Inteligencia y Libertad

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Francisco Capella

 

ARTÍCULOS DE OPINIÓN

Persona, cosa, libertad y religión

Esperanza perdida

Libertad, derecho de propiedad y principio de no agresión

¿Y si el Banco de España no existiese?

El deber

Violencia y armas

Libertad y moral religiosa

Jane Goodall: experta en chimpancés, ignorante sobre humanos

Voluntad, libertad, propiedad y contratos

Celebremos el Instituto Juan de Mariana

Liberalismo, humanidades y ciencias naturales

Cacareos contra la globalización

Ética y convencimiento

Más sobre derecho natural

Derecho natural

Liberalismo y liberalidad

Aclaraciones sobre la libertad

Consume hasta morir (para vivir)

La propiedad de las calles

Células colectivizadas

Ley de dependencia del estado

Evolución y liberalismo

Consumismo navideño

Ideas sobre la prostitución

La propiedad del agua

Catástrofe natural e intelectual

Tráfico y libertad

Pobreza y tráfico de órganos

Libertad, razón y emoción

Artículos de opinión

Instituto Juan de Mariana

Instituto Juan de Mariana

Persona, cosa, libertad y religión (13-09-2007)

Un error común y grave, especialmente frecuente en los creyentes religiosos más fervientes e irreflexivos, es la separación infranqueable entre personas y cosas (o dualismo de espíritu y materia o alma y cuerpo), entre el alguien y el algo. Casi todo lo que hay en el universo es materia y energía inerte (no viva); parte de esa materia tiene una organización autopoyética peculiar (de autocreación, mantenimiento y reproducción), es materia viva; parte de esa materia viva orgánica son animales que tienen mecanismos cibernéticos de control, sistemas nerviosos avanzados, cognición, emociones; los seres humanos son animales que se distinguen por su capacidad de actuar intencionalmente, y su capacidad intelectual les permite representar de forma abstracta la realidad, agrupar conceptualmente diversas entidades y etiquetar estos conjuntos mediante términos lingüísticos comunicables. Mediante módulos mentales innatos cada individuo humano representa a sus semejantes como personas, agentes intencionales proactivos con preferencias y capacidades particulares.

El dualismo animista es natural a la psicología intuitiva; es una primera aproximación útil porque refleja la distinción entre objetos inanimados y objetos vivos autónomos. Pero su esencialismo (por un lado las personas y por otro las cosas cada una con esencias diferentes) es completamente falso: las personas son cosas con una organización y actividad particulares (muy especiales), pero nada más; no hay ningún verbo o alma inmortal que se encarne en el hombre y lo trascienda, ni ninguna divinidad creadora origen de todo. Las personas (los seres humanos) son un subconjunto de las cosas, no se trata de conjuntos disjuntos.

Como el ser humano es hipersocial ha desarrollado evolutivamente sentimientos morales, leyes positivas y teorías jurídicas y éticas para regular su conducta. En estos ámbitos también se distingue entre personas (sujetos éticos con derechos y deberes) y cosas (objetos de propiedad). Pero si la argumentación ética quiere ser correcta no puede ignorar la realidad material de los seres humanos, no puede obviar que también son cosas, se alimentan de cosas, se construyen procesando cosas y convirtiéndolas en partes de sí mismos y también desechando otras cosas como residuos. Y como las personas (sujetos éticos) también son cosas (objetos de propiedad) tiene sentido hablar de autoposesión (y como la propiedad o legitimidad de la posesión es intercambiable, también de compraventa de partes o de todo uno mismo y de contratos de sumisión parcial o total). El cuerpo (y el cerebro es parte del cuerpo) es cosa: tiene partes, algunas se renuevan, se regeneran, otras no; algunas pueden perderse o darse a otro (una pierna, un brazo, un ojo, un riñón, sangre).

Al ser la ética de la libertad una teoría correcta, sus críticos deben cometer algún error para atacarla (normalmente son muchos los errores y no uno solo). Así se recurre al vaporoso e indefinido concepto de dignidad para rechazar todo lo que a uno no le gusta; se ataca al capitalismo diciendo que es voraz, que no se respeta la persona, que sólo importan las cosas, que se confunden personas y cosas de forma perversa; que absolutamente todo está manchado por el veneno del mercantilismo, que vivimos tiempos de barbarie.

Respecto a la compraventa de órganos, se afirma con absurda arbitrariedad que sólo pueden cederse gratuitamente, en aras del fin supremo de la solidaridad: no se alquilan, no se venden, no son negociables. Quien lo afirma ignora completamente no sólo los fundamentos del razonamiento ético sino también las consecuencias socioeconómicas de dicha prohibición. Respecto a la prostitución, se confunde con un alquiler del cuerpo cuando es en realidad la prestación de un servicio; el crítico se escandaliza de que el cuerpo se cosifique (el cuerpo no se hace cosa sino que es cosa) y de que se instrumentalice (el cuerpo es un instrumento, una máquina de supervivencia con órganos sensores, coordinadores y actuadores).

Los embriones son un caso problemático porque son una transición: el ser humano no aparece de repente sino que se construye gradualmente. Pero el creyente se obstina en que la única norma correcta es tratar al embrión igual que a una persona adulta (tal vez porque ya tiene alma desde la concepción); y además se asegura que sin duda así mejorará la sociedad en su conjunto aunque se ralentice la investigación científica (esto es arrogancia constructivista, pretender que se sabe todo y se calculan todos los costes y beneficios).

La supina ignorancia del crítico sobre economía le hace afirmar que utilizar a las personas es hacerlas capital humano, un objeto deleznable al servicio de intereses particulares y superfluos. Se caricaturiza a la empresa que sólo quiere cumplir unos resultados monetarios, a la que da la misma importancia a un despido que a una adquisición de bienes, a la que trata al trabajador como a un robot sin corazón, o a la que habla de recursos humanos y no de dirección de personas.

El crítico culmina sus disparates afirmando que se cosifica al ser humano cuando se construye una sociedad como si dios no existiera: es decir, basándose en la realidad, mejor construir sobre imaginaciones ficticias. Parece que si se edifica un orbe ateo, el hombre deja de tener conciencia de su condición de criatura y administrador de su entorno, considerándose el único señor de su circunstancia. El hombre no es criatura y ninguna divinidad le ha dado su entorno para que lo administre; y es libre el que es dueño de sí mismo. El crítico no puede entender que el hombre sea dueño de sí mismo, que la relación entre el alguien y el algo es en este caso reflexiva, de una entidad consigo misma, porque el ser humano es alguien y algo.

Construir una sociedad de personas con derechos que no sean objeto de explotación no requiere de ninguna divinidad, y de hecho las divinidades también se usan a menudo para oprimir a los crédulos (y a los no creyentes, ateos, herejes o creyentes en otros dioses). Quitar de en medio a dios puede ser un gesto de madurez humana y autosuficiencia y no implica querer ocupar su trono; para ser personas no hace falta ningún dios, y con dioses o sin ellos siempre será posible que los poderosos exploten o manipulen a los débiles. El ser humano puede trascender a través de sus descendientes (genes) y transmitiendo sus ideas (memes): lo que nunca trascenderá es su inexistente alma sobrenatural.

Las necedades del crítico: http://www.negocios.com/gaceta/articleview/2468

 

Esperanza perdida (15-08-2007)

La esperanza tal vez sea lo último que se pierde, pero a veces también. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, la presuntamente menos liberticida de los actuales políticos en el poder, ha decidido (¿ella sola o asesorada por alguna lumbrera?) prohibir la construcción de edificios de altura superior a tres plantas (incluida la baja) más ático. Esta nueva agresión contra la libertad al menos se limita a suelos no programados o rústicos y no afecta a los planes urbanísticos municipales ya aprobados: los gobernantes son tan magnánimos que suelen respetar la irretroactividad normativa del estado de derecho y presumen de ello; estaría feo prohibir hoy lo que ellos mismos permitieron ayer. Además habrá excepciones para los edificios singulares o con valor arquitectónico, “que enriquezcan el patrimonio arquitectónico y cultural”: los tecnócratas y burócratas de turno impondrán sus preferencias subjetivas particulares (camufladas como “valor arquitectónico” objetivo) sobre las apreciaciones subjetivas de los ciudadanos de a pie para la aprobación de “rascacielos o edificios emblemáticos”. Sus “razones” (por llamarlas de alguna manera) para todo esto, recogidas en diversas declaraciones, son penosas.

Quiere “un urbanismo más humano y que aporte más calidad de vida. Los madrileños quieren más calidad, tienen todo el derecho a disfrutarla y ahora existen las condiciones para ofrecérsela, ha llegado la hora de iniciar el camino de un urbanismo renovador y más humano”. ¿Cómo sabe lo que quieren los madrileños, cada uno de ellos, en detalle y con precisión? ¿Todos quieren lo mismo? ¿Sabe qué costes está dispuesto a asumir cada uno para conseguir lo que quiere? Lo de querer más calidad en abstracto es una perogrullada obvia y demagógica, no vamos a pedir menos calidad (salvo si un precio menor lo compensa, claro). Ese derecho a disfrutar de la calidad, ¿tiene alguna justificación ética o jurídica o es simplemente un guiño a los votantes? ¿Tiene alguna relación con el derecho de propiedad que fundamenta la libertad humana y es violado por esta nueva coacción legal? ¿Quién va a ofrecer esa calidad? ¿Los políticos? (Risas) Lo del urbanismo “más humano” es especialmente patético: ¿qué pasa, que las alternativas son “inhumanas”? ¿A qué especie animal pertenecen los residentes en Manhattan o en Hong Kong? Qué mala es la densidad de población, vivir todos juntos y rodeados de mucha gente y así poder tener un millón de amigos y además todos cerca de casa.

Afirma Aguirre que “no podemos hacer el mismo urbanismo que en las décadas de los 50, 60 ó 70, un urbanismo apelotonado y deshumanizado, con edificios de más de diez alturas”. Si se refiere a que no somos capaces de construirlos, se equivoca; si se refiere a que está prohibido, efectivamente ella acaba de hacerlo. Con la excusa de demonizar la densidad de población refiriéndose a ella como “apelotonamiento” (deshumanizado, claro).

Aguirre cree en “un país de propietarios que no tengan que residir en moles de hormigón de 12 ó 14 plantas en páramos periféricos”; esto supondrá “limitar la densidad de población, porque los madrileños quieren ciudades menos densas y más amplias, con más espacios abiertos y con más zonas verdes, quieren que el sol entre todas las mañanas por sus ventanas”; esta medida conferirá a los ciudadanos “más contacto con la naturaleza, más sol y más espacio”. Tal vez crea en los propietarios pero no acaba de entender qué es la propiedad. De los diez pisos límite ahora pasamos a 12 o 14 (de moles de hormigón, que suena muy feo, y además en páramos periféricos, muy sonoro y evocativo); igual es posible hacer edificios de viviendas altos y atractivos pero no conviene mencionarlo si se va a prohibir; la precisión del número de pisos a partir del cual un edificio no es “humano” no es su fuerte y no se entiende muy bien por qué de estas cantidades al final la ley fija el límite en 3 plantas (¿numerología?). Ahora concreta algo más lo que quieren los madrileños por si nosotros mismos no lo sabemos: contacto con la naturaleza (debe de referirse a esos jardincillos artificiales que abundan en los nuevos barrios), sol (como no creo que controle el tiempo atmosférico seguramente quiere decir viviendas exteriores y que unos edificios no hagan sombra a otros; lo que tiene más crudo es que el sol entre por la mañana por todas las ventanas, a no ser que exija por ley que todas las viviendas se orienten al este) y espacio (efectivamente en los nuevos desarrollos urbanísticos ya se notan aceras y calzadas enormes casi siempre vacías y todo muy lejos de todo, quizás para fomentar el saludable hábito del paseo o el desarrollo de la industria automovilística); donde quizás no haya tanto espacio es el interior de las viviendas dado lo cara que está la superficie edificable (¿por qué será?).

A su juicio, “los madrileños que tienen parte de sus zonas urbanas fruto de lo que fueron en los años 50 y 60 la llegada masiva de inmigrantes del resto de las provincias españolas demandan ahora un urbanismo más humano y más adaptado a lo que es una región que está en vanguardia en Europa y que pretende que sus familias puedan vivir de una forma más parecida a la del resto de miembros de la Unión Europea. Lo que queremos es un urbanismo más humano donde las familias madrileñas puedan vivir entrándoles el sol por las ventanas, teniendo garantía de zonas verdes, de parques y jardines en vez de vivir en torres en medio de los páramos como al parecer los urbanistas socialistas autorizan”. Qué malos son los urbanistas socialistas que autorizan cosas así, mejor prohibir y presumir de liberal. Sigue abusando de lo humano, demasiado humano. Y afirma, como buena colectivista, que la región (somos los mejores, oé, oé, oé) pretende (la región es la entidad que pretende, suena como colectivista) que sus familias vivan más como los otros europeos, nos guste o no. Como hay diversidad de europeos, ahora va a concretar.

Este modelo urbanístico tiene su base en países como Reino Unido, Alemania, Bélgica u Holanda, cuyas ciudades Aguirre considera “un ejemplo de urbanismo humano, de calidad y respetuoso con el medio ambiente, por eso aquí también habrá un urbanismo de calidad”; los madrileños “no tienen por qué vivir de forma diferente a los europeos ni en cajas de cerillas”. Más humanismo y calidad, se hace pesado. Los madrileños ya vivimos en cajas de cerillas y su prohibición agravará el problema al dificultar el uso inteligente de la tercera dimensión (la altura) y la generación de superficie y volumen habitable. A Aguirre le gusta cómo viven en algunos países y tenemos que imitarlos; no nos deja elegir por nosotros mismos, no permite que sean unidades de gestión más pequeñas (los municipios, o los barrios, por ejemplo) los que experimenten diversas alternativas urbanísticas: café para todos. De no estar obligados a vivir de forma diferente a los europeos vamos a pasar a estar obligados a vivir igual que ellos: eso es progreso.

“En lo que se refiere a las alturas de las viviendas, países como el Reino Unido, Holanda o Bélgica, con superficies territoriales muy inferiores a la de España, y con una arraigada tradición de defensa del medio ambiente, tienen mucho más suelo urbanizado que nuestro país. Y ciudades como Ámsterdam o Bruselas, que son referencias mundiales en materia de urbanismo, de transportes y de calidad de vida, son ciudades extensas y ajardinadas, donde predominan las viviendas unifamiliares con parcela y donde es casi imposible ver edificios residenciales de más de 4 alturas fuera del centro. El modelo de urbanismo que se practicó en España en los años 60 y 70, con moles de 15 alturas rodeadas de páramos, quizá fuera necesario entonces, como solución de urgencia frente al éxodo masivo del campo de las ciudades. Pero hoy es innecesario e incompatible con las necesidades y las aspiraciones de los madrileños a una vivienda de calidad. Es necesario un modelo de urbanismo más humano, más transparente, más ágil y menos arbitrario. Y, en este sentido, establecer un máximo de alturas elimina de raíz la posibilidad de retener suelo con fines especulativos, a la espera de que el lápiz de algún político o de algún funcionario incremente arbitrariamente el número de alturas permitido y, por tanto, los beneficios de los especuladores.”

Sigue insistiendo en lo estupendos que son los países y las ciudades que a ella (y quizás a sus asesores) le gustan. Ahora las moles son de 15 plantas. Y al mencionar los páramos, tal vez no ve que todo eso es suelo disponible para otras viviendas o para parques, y si el urbanismo se empeña en la baja altura el suelo se ocupa más rápidamente. No aclara por qué o para qué es necesario su urbanismo: va a ser que porque sí o porque lo digo yo. ¿Ha pensado en que el alto precio de las viviendas en el centro de Madrid, altas, apelotonadas y sin naturaleza por medio, indica algo sobre las preferencias de los compradores? Bajo su mandato la norma ya no es arbitraria: prohibido más de tres alturas, ¡qué avance en el rigor legal, todos igualmente fastidiados! Y acabamos hablando mal de los especuladores, que siempre queda bien, y mencionando la posibilidad de que los políticos (otros, ella no) y los funcionarios se corrompan. Mejor que se cumpla la ley estrictamente, por absurda e inadecuada que sea, ¿no?

 

Libertad, derecho de propiedad y principio de no agresión (19-07-2007)

Los conceptos de libertad, derecho de propiedad y principio de no agresión son equivalentes: son formas complementarias de referirse a las mismas ideas éticas fundamentales desde puntos de vista distintos; no son nociones contradictorias, las tres son útiles y necesarias y no tiene sentido intentar separarlos.

El lenguaje natural humano dispone de sustantivos y de verbos para referirse a cosas y procesos, agentes y acciones. En algunas circunstancias se enfatizan los sustantivos, los objetos físicos, los agentes y medios de acción; en otras se resaltan los verbos, los sucesos, lo que pasa, lo que se hace. La riqueza expresiva permite a los hablantes usar el tipo de lenguaje más adecuado sin pretender que es el único posible.

En matemáticas existen operaciones de transformación (transformadas de Fourier y Laplace) que asocian funciones equivalentes (contienen la misma información expresada de formas distintas) definidas según variables complementarias (como la intensidad de una señal variable en el tiempo y su espectro de frecuencias). En algunos casos solucionar un problema es mucho más fácil en el espacio transformado que en el espacio original, y por eso se asume el coste de realizar primero la transformación, resolver el problema y luego ejecutar la transformación inversa sobre la solución.

El ser humano actúa (hace algo) utilizando medios escasos (cosas presentes en la realidad). La persona es libre si actúa según su propia voluntad sin coacción externa; el derecho de propiedad define relaciones legítimas de posesión entre dueños y bienes económicos. La libertad enfatiza la acción, y el derecho de propiedad enfatiza los medios. La acción libre precisa de medios para llevarse a cabo, y la libertad tiene límites: no puede dañar la propiedad ajena. La propiedad es el ámbito en el cual toda acción está permitida (mientras no dañe a otro), el dueño es libre de hacer lo que quiera con sus posesiones; pero cada individuo no es libre de hacer lo que quiera con la propiedad ajena.

El principio de no agresión complementa las nociones de libertad y derecho de propiedad ligándolas con la legitimidad del uso de la fuerza: el ser humano agredido no es libre; no es ético atacar a otra persona o destruir o robar su propiedad (iniciar el uso de la violencia), y sí es justo utilizar la fuerza para defenderse. La agresión impide el libre ejercicio por la víctima de su derecho de propiedad.

Desgraciadamente el concepto de libertad es distorsionado por los colectivistas y confundido con otras nociones como la riqueza, el poder, o la ausencia de influencias; también es un concepto problemático cuando se refiere al libre albedrío como algo sobrenatural, indeterminado, causa de sí mismo. El derecho de propiedad es a menudo ninguneado en los ámbitos jurídicos y constitucionales, donde se ignora que es el único derecho natural del cual derivan todos los demás; sólo se le otorga una utilidad instrumental al servicio de otros pseudoderechos políticos. El principio de no agresión queda enterrado bajo múltiples excusas que falazmente pretenden justificar la intromisión estatal.

Para construir una ética científica (precisa, rigurosa, consistente) es conveniente explicitar las relaciones entre los tres conceptos básicos (libertad, derecho de propiedad y principio de no agresión) que se refuerzan y aclaran mutuamente.

 

¿Y si el Banco de España no existiese? (21-06-2007)

Lucía va por la mañana a su instituto, donde tiene un examen de Economía. Pero para su sorpresa el precio del viaje en autobús se ha quintuplicado por el descontrol de la inflación, los billetes los emite el sospechoso banco Avalancha, no existen cajeros automáticos y no hay examen porque sus profesores se manifiestan para pedir más sueldo. En el mundo ficticio de Lucía, imaginado por siete alumnos de 2º de Bachillerato del instituto de Secundaria Torrellano, de Elche (Alicante), desaparece el Banco de España y el monstruo hiperinflación campa a sus anchas. Los estudiantes imaginan un caos económico: los billetes no están emitidos por el BCE, nadie acepta las tarjetas de crédito ni se pueden hacer transferencias y los bancos no responden a sus obligaciones. Lucía se acuerda del corralito y empieza a entender por sus propias experiencias las funciones del banco central.

Se trata de un cuento con el cual han ganado el concurso “El Banco de España y la estabilidad de la economía” convocado para dar a conocer la institución. Según Miguel Ángel Fernández Ordóñez, su gobernador en el mundo real, “Afortunadamente, la protagonista se despierta de la pesadilla”. Seguramente se refiere a que él conservará su muy lucrativo e influyente puesto de trabajo desde el cual ejercer de semidiós controlador del sistema financiero del país. Está encantado de ver cómo calan las ideas de los bancos centrales sobre el socialismo estatista en lo monetario y lo prioritario que es controlar la inflación: ellos la causan, pero con total desvergüenza aseguran que luchan contra ella (contra la deflación también, que ambas son malísimas, sólo vale la estabilidad de los precios y papá estado ha de estar vigilante por el bien común).

La supina ignorancia sobre asuntos económicos, monetarios y financieros que estos críos demuestran con su relato es normal para su edad y el proceso de adoctrinamiento y aborregamiento conocido como educación pública. Pero algo de vergüenza podría darle a su profesor de Economía, José Ángel Molina, orgulloso de su necedad (la suya propia y la de sus pupilos): “Les dije que pensaran en qué pasaría si no existiese el Banco de España”. Dada la patética situación de la ciencia económica tampoco sorprende que los maestros sean meros transmisores irreflexivos de las falacias oficiales. Muchos presuntos economistas (entiéndase licenciados en ciencias económicas) tienen una ignorancia tal vez peor, porque en su sofisticación creen que saben.

Una burocracia coactiva que pretenda sobrevivir parasitando a los ciudadanos productivos necesita emitir propaganda sobre lo esenciales que son sus servicios y cómo éstos no pueden ser proporcionados en un mercado libre. Hay que saber mentir creyéndoselo, que así se engaña mejor. Sería interesante ver la reacción del (¿imparcial?) jurado del concurso ante un ensayo que mencionara la escuela Austriaca de Economía, el liberalismo, la emergencia espontánea de instituciones evolutivas como el dinero, el derecho y el lenguaje, la banca libre y competitiva con emisión privada de moneda, la posibilidad de organismos privados de certificación, los daños del intervencionismo estatal, y los ciclos económicos causados por la expansión monetaria y crediticia orquestada por los bancos centrales.

Dado que niños y adolescentes viven muchos años encerrados en entornos artificiales aislados del mundo real, es explicable que estos chicos ignoren que bancos centrales los hay en prácticamente todos los países (también en el del corralito, qué curioso) y en todas partes hay inflación y a menudo huelgas y manifestaciones para pedir aumentos de salario. Y que cuando no había bancos centrales había dinero emitido por bancos privados con bastante prestigio, y la economía y las finanzas funcionaban, y ya existían las transferencias y los bancos solían responder a sus obligaciones ante sus clientes o ante la justicia (salvo cuando los gobernantes les hacían algún favorcillo inconfesable como montar un banco central para que los bancos fraudulentos pudieran seguir trampeando sin que los bancos honestos los pusieran en evidencia).

Estos adolescentes demostraron no ser del todo intelectualmente irrecuperables: pidieron ver el oro del banco; no les dejaron ni acercarse a las cámaras acorazadas donde se supone que se guarda el poco que queda. Total, es una bárbara reliquia.

 

El deber (24-05-2007)

Una de las nociones éticas más importantes es el concepto de deber. Y desgraciadamente una de las peor comprendidas y utilizadas. Según la falacia naturalista, no se puede deducir lo que debe ser de lo que es. Pero esto es problemático: si con “lo que debe ser” se indica el contenido de las normas de conducta de las personas, es cierto que no basta con afirmar que todo “lo que es” (lo que alguien hace, o quizás una mayoría) es válido (no es lo mismo una descripción que una prescripción, las leyes son físicamente violables). Pero sí es posible investigar racionalmente qué normas son adecuadas para la convivencia social basándose en la naturaleza humana (lo que el ser humano es, con su racionalidad y sensibilidad limitadas) y en criterios de igualdad (universalidad, simetría) y funcionalidad (consecuencialismo). Y resulta que no hay deberes naturales: por defecto, nadie está obligado a nada simplemente por ser humano, solamente a respetar (de forma pasiva) los derechos de propiedad ajenos (principio de no agresión). Los deberes positivos legítimos (de hacer algo de forma activa) se obtienen mediante contratos, acuerdos legítimos mediante los cuales las partes se comprometen formalmente y que legitiman el uso de la fuerza más allá de la defensa propia y la justicia ante las agresiones delictivas.

El deber (u obligación) y la prohibición son nociones éticas complementarias que expresan que para la legitimidad de una acción la voluntad de la persona afectada es irrelevante: tiene que hacerlo o no puede hacerlo, independientemente de si quiere o no. Añadiendo la negación es posible relacionar estos dos conceptos: prohibido hacer algo es equivalente a es obligatorio no hacer ese algo; prohibido no hacer algo es equivalente a es obligatorio hacer ese algo. Pero cuidado: que algo no esté prohibido no implica que sea obligatorio, y que algo no sea obligatorio no implica que esté prohibido.

Algo diferente del concepto ético de deber es el sentimiento moral del deber o sentido del deber, la sensación mental subjetiva de incomodidad si no se hace algo que íntimamente se considera obligatorio y la correspondiente satisfacción del deber cumplido. Los sentimientos morales son evolutivamente adaptativos porque causan conductas que facilitan la cooperación y la solidaridad y cohesionan los grupos humanos. Pero los imperativos morales tienen ciertos peligros, sobre todo si son absolutos: sirven para manipular a las personas sin necesidad de darles órdenes directas (implantando en sus mentes esos imperativos que viven como valores propios incuestionables), pueden transformarse en obsesiones particulares autodestructivas, y pueden ser intolerantes y fomentar la violencia cuando una persona cree y siente intensamente que los demás deben compartir su idea del deber, indignándose si no es así.

Es inteligente reflexionar acerca de lo que uno hace simplemente porque cree que debe hacerlo: qué sentido tiene ese deber, qué resultados y costes tiene la acción que provoca, qué alternativas hay y por qué no se siguen. La conducta humana flexible no es la de un autómata simple irreflexivo que sólo sabe cumplir órdenes (externas o endógenas). No se trata de eliminar por completo el sentido del deber o vaciarlo de contenidos, sino de depurarlos, entenderlos y aprender a utilizarlos. Algunos deberes son simplemente la expresión de la necesidad técnica (tal vez desconocida) de un medio indispensable o necesario para alcanzar algún fin (quizás la supervivencia o la reproducción).

En la sociedad actual, colectivista e intervencionista, muchos hablan de forma abusiva del deber, mostrando su ignorancia o su falta de honradez e intentando restringir la libertad ajena. Muchos deseos particulares se camuflan como deberes impersonales (“hay que”) u obligaciones colectivas (“tenemos que”): así parece que no son simplemente “yo quiero” (y además no admito que tú no lo quieras), o “yo ordeno”, o “creo que esto es necesario” (pero en realidad no sé explicar por qué). Los políticos, gente habitualmente de escasos escrúpulos morales, afirman cumplir con su obligación y así se sienten moralmente superiores y ocultan su ambición de poder y control mediante la coacción.

Es perfectamente legítimo cuestionar y rechazar estas engañosas reclamaciones que sistemáticamente recibimos. Desgraciadamente la gente no suele hacerlo (o lo hace pero lanza otras a los demás), y por el contrario a menudo intenta escaquearse de los auténticos deberes: cumplir responsablemente con el trabajo o con los productos y servicios contratados.

 

Violencia y armas (26-04-2007)

La vida y la violencia están íntimamente relacionadas. Muchos seres vivos utilizan su fuerza o capacidad de acción contra otros seres vivos (también de su misma especie), para alimentarse de ellos o en competencia por territorio y sus recursos asociados o por acceso a parejas sexuales. Diversos organismos han desarrollado evolutivamente diferentes rasgos adaptativos que sirven como herramientas de ataque y defensa: dientes, garras, cuernos, caparazones, espinas, venenos.

Los seres humanos fabrican y acumulan herramientas y tecnología que incrementan su capacidad de acción, y son hipersociales: sus principales relaciones no son con el entorno no humano sino con otros seres humanos, de quienes proceden las principales oportunidades y amenazas. Las personas pueden utilizar su fuerza y habilidad física y sus armas para agredir y dominar a sus semejantes o para defenderse de esas mismas agresiones.

La posesión y habilidad en el uso de armas puede compensar las diferencias entre individuos fuertes y débiles, pero las armas pueden incrementar mucho las diferencias entre personas si una está armada y la otra desarmada (y según la calidad y potencia del armamento). El agresor considera los posibles beneficios, costes y riesgos de su acción, en especial qué capacidad de defensa o represalia tiene su víctima o sus aliados (a terroristas suicidas y locos muy desequilibrados o resentidos que odian y buscan venganza tal vez apenas les importe la disuasión). Si la diferencia entre sus capacidades marciales es muy grande es fácil que los fuertes dominen y exploten a los débiles, que los delincuentes asalten y roben a sus víctimas, que los tiranos reinen de forma totalitaria sobre sus súbditos. Es común a los dictadores y genocidas prohibir las armas a quienes quieren esclavizar o masacrar. Un pueblo armado es difícilmente víctima de sus propios gobernantes sin escrúpulos o de otros pueblos belicosos.

La ética busca normas de conducta universales, simétricas y funcionales. Para evitar agresiones con armas podrían prohibirse completamente a todo el mundo, lo cual suena muy bonito a paz perpetua pero es tremendamente ingenuo. No elimina las agresiones sin armas, impide la defensa con armas ante agresores más fuertes (una mujer y un violador), olvida que una simple piedra puede ser un arma letal y que muchas herramientas tienen múltiples usos (a los que habría que renunciar si pueden ser utilizadas como armas), y es una situación evolutivamente inestable e irrealizable: si una persona incumple la norma tiene un poder enorme muy difícil de contrarrestar por otros ciudadanos honestos desarmados (que tendrían que romper también la norma para hacerla cumplir).

La fuerza tiene una característica muy peculiar que la diferencia de otros bienes y servicios: es el medio de intercambio involuntario universal. Es muy peligroso que esté muy concentrada, con grandes diferencias entre individuos. Si una persona no tiene armas está a merced de quienes sí las tienen. Que haya más armas no implica necesariamente que haya más actos violentos utilizándolas, ya que no se trata de hechos independientes: el agresor tiende a inhibirse ante la posibilidad de defensa armada de sus víctimas. Es posible que se produzcan menos agresiones cuando todo el mundo está armado y puede repeler los ataques. Es especialmente importante el marco legal e institucional: que los violentos sepan que pierden su derecho a la vida cuando asesinan, y que los sistemas judiciales son eficientes y es difícil escapar de ellos.

La ética de la libertad se basa en el derecho de propiedad y en la legitimidad del uso proporcional de la fuerza para defenderlo. Los propietarios individuales pueden agruparse en asociaciones o cooperativas para facilitar su defensa o contratarla a especialistas (a quienes conviene controlar para que no se conviertan en agresores). Utilizar un arma para defenderse o defender a otros es un derecho pero no un deber, e implica una gran responsabilidad, ya que es posible herir o matar a inocentes de forma accidental (víctimas colaterales) o causar daños desproporcionados a un delincuente. Conviene disponer de armas cuyo efecto sea localizable y graduable con precisión. La posibilidad de usar arma puede servir como enseñanza de autocontrol y responsabilidad.

El agresor puede temer el uso defensivo de las armas en el mismo momento de la agresión, o su uso posterior por la justicia. En general el criminal tiende a asumir que no lo atraparán, teme menos la posible condena que la defensa inmediata, así que no le importa demasiado el incumplimiento de la ley respecto a la posesión y uso de armas. Si los defensores están cerca de las víctimas (o si los agredidos pueden defenderse) quizás puedan repeler inmediatamente la agresión y evitar o minimizar los daños; si están lejos los daños serán mayores y seguramente irreversibles e irreparables aunque se capture y condene al criminal (quien tal vez teme más una defensa en caliente de alguien amenazado que la justicia fría y burocrática de extraños). En las modernas sociedades estatizadas muchas personas se despreocupan de su seguridad y se vuelven pasivos, confían su defensa en el monopolio ilegítimo, ineficiente e ineficaz del estado; los gobernantes no confían en que sus ciudadanos puedan defenderse de forma responsable y les restringen el uso de las armas, pero exigen que los ciudadanos confíen en ellos a pesar de sus sistemáticos fracasos y demostraciones de incompetencia. En algunos países el uso defensivo de las armas es frecuente pero suele ser menos llamativo que las matanzas anecdóticas de unos pocos locos (facilitadas por la indefensión pasiva de sus víctimas) o las sangrientas batallas de los traficantes de drogas (que incrementan mucho las víctimas por arma de fuego).

Una persona puede tener armas en su propiedad, pero nadie tiene el derecho a portar armas en la propiedad ajena sin consentimiento del dueño. El propietario puede excluir a quien desee del uso de su propiedad y puede imponer las condiciones o normas particulares que quiera a sus invitados como condición para compartirla, ya sean sus domicilios o ámbitos de acceso público (parques, comercios, escuelas). Algunas personas se sienten más seguras si están cerca de individuos armados en quienes pueden confiar (sean particulares u organizados de alguna forma); otras personas prefieren zonas libres de armas, quizás porque no confían en algunos de sus semejantes. Ambas preferencias son legítimas y pueden ser tenidas en cuenta por empresarios que ofrezcan recintos con diversas normativas en competencia en un mercado libre para atender a los deseos de seguridad de sus clientes. Pero si en un determinado lugar se prohíbe de forma absoluta la posesión de armas y se anuncia públicamente, es necesario controlar que nadie con intenciones destructivas pueda acceder armado, ya que si lo hace puede provocar una matanza sin riesgos; los responsables del lugar deberán discriminar acertadamente a quienes consideren amenazas potenciales.

 

Libertad y moral religiosa (30-03-2007)

La norma fundamental de la ética de la libertad es el derecho de propiedad (equivalente al principio de no agresión), la única que puede ser universal, simétrica y funcional. Pero no todas las conductas compatibles con la libertad son igualmente exitosas. Los seres humanos guían su conducta social mediante normas morales (que pueden ser particulares, asimétricas y disfuncionales), sentimientos íntimos o tradiciones compartidas por el grupo (algunas compatibles, otras incompatibles con el derecho de propiedad).

La ciencia (especialmente la psicología evolucionista y la memética) puede explicar qué es la moralidad, cómo surge evolutivamente como herramienta cooperativa y por qué tiene ciertos contenidos concretos. La ciencia también puede explicar la religión (la creencia en entidades sobrenaturales imaginarias) como un fenómeno natural para la mente humana.

La religión, en sus múltiples formas, es muy importante en la vida de muchos seres humanos: es un meme exitoso que ha conseguido conectar con los sistemas emocionales de muchos seres humanos que quieren tener fe y que se sienten molestos o incluso muy ofendidos si sus creencias son cuestionadas o atacadas (y entonces los más radicales e intolerantes pueden reaccionar con violencia física).

Las diversas religiones suelen presentarse como fundamentos y garantes de la moralidad, pero la religión no es imprescindible para la moralidad porque no es su base. Un ateo o un agnóstico pueden tener comportamientos perfectamente éticos, y un creyente puede ser violento y deshonesto. La religión no es fuente de sentimientos morales que son preexistentes, sino que se apoya en ellos, y en ocasiones los fortalece o complementa pero también los distorsiona y puede hacerlos totalmente arbitrarios (la inexistencia de lo sobrenatural como base y la imposibilidad de comprobación permiten casi cualquier cosa). La moral religiosa pretende ser perfecta, infalible, no acepta crítica (es la verdad absoluta) y no puede evolucionar (al menos en teoría, en la realidad histórica sí que cambia). La moral natural es imperfecta pero puede existir sin interferencia religiosa, mientras que las religiones no suelen subsistir sin interferir con la moral.

Como el fundamento sobrenatural es inexistente el contenido de la norma moral religiosa puede en principio ser cualquiera: la voluntad de la divinidad es misteriosa, y el transmisor de la revelación puede haber sufrido alucinaciones, equivocar el mensaje o simplemente inventárselo todo. Recurrir a premios y castigos tras la muerte es un engaño, que tal vez pueda funcionar (para controlar el comportamiento para bien y para mal), pero refleja la debilidad del sistema social de justicia. Fundamentar epistemológicamente mal la moral puede llevar a rechazar erróneamente preceptos morales adecuados si el creyente se da cuenta del engaño de la superstición de lo sobrenatural.

La libertad protege la voluntad individual en el ámbito legítimo de la propiedad; la religión suele insistir en la sumisión (voluntaria o coactiva) a la voluntad divina (expresada directamente de forma mística o a través de representantes terrenales). La libertad se basa en el subjetivismo y el relativismo de las preferencias humanas evolutivas; la religión insiste en la objetividad del bien y el mal absolutos y eternos recibidos mediante la revelación, y sus normas no suelen considerar los deseos humanos particulares.

La libertad se refiere a individuos y sus derechos, la religión a menudo es colectivista: funciona como cohesionador de grupos y sirve de prueba de pertenencia a la comunidad de fieles o al pueblo elegido; si se opone al socialismo puede ser sólo por su materialismo. La religión puede fomentar la solidaridad y la confianza, pero también el colectivismo y la violencia (guerra contra el infiel o el hereje). Las sociedades pueden cohesionarse mediante principios éticos humanistas y redes de relaciones voluntarias, sin necesidad de símbolos imaginarios inexistentes. La ausencia de religión no implica una sociedad atomizada sin lazos entre las personas ni entre el presente y el futuro.

El liberalismo se basa en la realidad objetiva, tanto del mundo como del ser humano (resultado de la interacción entre factores genéticos universales e influencias ambientales y culturales variables). El liberalismo es una filosofía racional, crítica, evolucionista, que se construye científicamente a partir de axiomas, hipótesis, deducciones lógicas y contrastaciones empíricas. La religión es un cuerpo de creencias a menudo irracional, acrítico y creacionista, basado en revelaciones, tradiciones y dogmas arbitrarios y frecuentemente absurdos. No se trata de que la razón pueda aprehender, explicar y diseñar intencionalmente todo (constructivismo social, irracionalismo soberbio disfrazado de racionalidad). Pero la religión revelada no es lo adecuado cuando la razón, siempre limitada, no da más de sí: lo acertado es reconocer los límites del conocimiento y proceder con cautela mediante ensayos (preferiblemente locales y parciales) con errores y aciertos.

Criticar la religión no implica pasión antirreligiosa ni resentimiento. La fe religiosa (la creencia en lo sobrenatural) no es en absoluto equivalente a la confianza crítica, provisional y escéptica en los fundamentos epistemológicos del conocimiento científico. Creer o no en la divinidad no es lo mismo que creer o no en cualquier otra cosa. El conocimiento se entiende como creencia verdadera y fundamentada, la fe religiosa pretende ser verdadera pero en lo esencial no se refiere a la realidad ni está fundamentada epistemológicamente.

No todos los memes son beneficiosos para sus portadores: algunos memes parásitos pueden ser nocivos. Es posible que un meme o costumbre sea útil y no se sepa por qué, pero también es posible que no se vea la utilidad porque no la tenga y sea conveniente eliminarlo (y tal vez se puede comprender su desutilidad): que hayan sobrevivido mucho tiempo en muchos sitios no implica necesariamente que sean correctos, o verdaderos, o adecuados (puede ser que su éxito reproductivo compense la desutilidad sobre sus portadores, o que sean falsedades usadas por los poderosos para manipular a las masas oprimidas). Algunas religiones pueden ser más adecuadas que otras, actuando como memes domesticados que cooperan para la supervivencia de sus portadores y que protegen de otras creencias religiosas más destructivas.

La naturaleza humana es precisamente natural, no sobrenatural. Preceptos morales religiosos pueden ser adecuados si se basan en la naturaleza humana, pero entonces son filosofía moral y no revelación sobrenatural. Interpretadas de forma sensata, prescindiendo de sobrenaturalidad, son adecuadas por lo humano, no por lo divino. A pesar de sus bases irracionales (y en algunos aspectos incluso debido a ello) la religión puede tener efectos positivos: pero eso no garantiza que su efecto neto sea positivo, o que la selección natural de grupos garantice que las religiones nocivas sean eliminadas.

La religión como solución a los problemas humanos es problemática cuando choca contra el conocimiento científico de la realidad. La religión es parte del problema si la gente no piensa sino que simplemente cree y se aferra emocionalmente a sus prejuicios recibidos durante la infancia. Algunas sociedades desarrolladas están moralmente empobrecidas (familias rotas, drogadicción, criminalidad, dependencia) y en declive no porque hayan abandonado la religión sino porque se han colectivizado, por la importancia de la política y el intervencionismo coactivo contra las instituciones éticas espontáneas de una sociedad libre. Muchos creyentes saben poco de economía y ética y promueven el socialismo, fracasando sistemáticamente en sus nobles intentos de erradicar el sufrimiento y la pobreza.

La moral religiosa es legítima si se considera como consejos persuasivos para una vida buena y feliz, pero no lo es si se trata de mandatos coactivos impuestos por organizaciones que monopolizan el poder. Algunas creencias religiosas son liberticidas, mientras que el liberalismo incluye la libertad religiosa, creer lo que se quiera mientras no se agreda a los demás.

 

Jane Goodall: experta en chimpancés, ignorante sobre humanos (01-03-2007)

La prestigiosa primatóloga Jane Goodall acaba de publicar “Otra manera de vivir”, donde propone una “revolución civil” contra la comida basura, el maltrato a los animales y el grave deterioro del medio ambiente. Suena muy bien no maltratar a los animales, y deteriorar el medio ambiente parece peligroso (cabe preguntarse si está sucediendo y qué hacer al respecto); no conozco a nadie que consuma comida basura, es un término idiota con el cual algunos intolerantes se refieren despectivamente a lo que otros comen.

Goodall es una idealista que sueña con lograr que su proyecto educativo para concienciar a la gente joven sobre la conservación de la naturaleza se extienda por todo el mundo. Está convencida de que podemos aprender mucho analizando comportamientos que compartimos humanos y chimpancés, lo cual es cierto pero muy incompleto: tal vez podamos aprender mucho más estudiando las diferencias. Sus declaraciones muestran que es muy necia cuando se sale de su especialidad.

“Los chimpancés pueden ser muy agresivos, pero la diferencia es que ellos no destruyen su medio ambiente”. Lo cual debe querer decir que los humanos destruimos nuestro medio ambiente. Es más correcto afirmar que lo transformamos, y toda modificación implica destruir algo y crear algo nuevo, recombinar elementos, construir. Si se destruye algo intencionalmente es porque compensa lo que se consigue a cambio. Naturalmente toda acción produce residuos o contaminantes, pero estos pueden tratarse adecuadamente utilizando adecuadamente los derechos de propiedad. Si los chimpancés no alteran más su medio ambiente es porque no pueden, porque su capacidad de actuación es muy limitada en comparación con la humana, y no porque sean sabios que mantienen conscientemente un equilibrio natural.

“El problema es que somos inteligentes, pero hemos perdido la sabiduría. Es muy importante hacer esta distinción. La pregunta que debemos hacernos es: ¿cómo es posible que la criatura con el cerebro más sofisticado del planeta, que le ha permitido viajar a la Luna, construir catedrales y componer música bellísima, sea capaz de destruir el único hogar que poseemos? ¡No tenemos otro! El gran biólogo Ed Wilson dice que si todo el mundo adquiriese el nivel de vida de los países ricos, necesitaríamos tres o cuatro planetas nuevos. Pero evidentemente no los tenemos, sólo tenemos éste. ¿Qué pensarán nuestros tataranietos de nosotros si continuamos destruyendo todo, por culpa de nuestra insaciable avaricia y egoísmo?”

¿Somos tan memos e insaciables que lo destruimos todo? ¿Lo que queda destruido luego lo redestruimos y así sucesivamente? Efectivamente Goodall misma muestra que ella ha perdido la sabiduría, o quizás no la ha tenido nunca. El principio de autoridad es epistemológicamente nulo, y las afirmaciones de Wilson muestran que él es también profundamente ignorante en cuestiones económicas. Muchos biólogos olvidan que el ser humano no es un simple depredador que consume lo que la naturaleza le da; los humanos producen de forma activa, hace tiempo que dejaron de ser recolectores y cazadores para hacerse agricultores y ganaderos. La riqueza no está dada, sino que se crea, y los precios en un mercado libre sirven para gestionar la escasez de recursos de forma coordinada. Nuestros tataranietos seguro que serán unos desagradecidos (la juventud siempre está peor que nunca) pero les habremos dejado tal acumulación de capital que serán mucho más ricos que nosotros.

Aunque Goodall reconoce que el buen salvaje es un mito, ella misma lo reproduce y desvaría cuando se pone sensible y mística. “Basta pensar en los pueblos indígenas que sí respetaban el medio ambiente y que sentían auténtica reverencia por la vida. Aunque cazaran para comer, rezaban una oración por el espíritu del animal. Lo que ocurre es que si tienes un cerebro tan sofisticado y astuto como el nuestro, pero lo desconectas del corazón -en el sentido literario del corazón como la sede del amor y la compasión-, entonces lo que surge es una criatura muy peligrosa. Y eso es lo que somos ahora mismo.”

Goodall cree que podemos recuperar la capacidad para la solidaridad, porque conoce “a muchas personas que tienen esa sabiduría. Los movimientos que luchan contra las grandes corporaciones, que luchan para erradicar la pobreza, y para lograr una verdadera justicia ambiental.” ¡Qué malignas son las grandes corporaciones! Normal, si están constituidas por peligrosos seres humanos. Lo de la justicia ambiental tendrá que aclararlo un poco más.

“Los chimpancés no provocan una sobrepoblación de su entorno. Esto es muy importante, es uno de nuestros problemas más graves: el imparable crecimiento de la población humana. Es algo totalmente insostenible, al igual que la expansión económica sin frenos. Los chimpancés sólo tienen una cría cada cinco o seis años, así que no tienen problemas de sobrepoblación. En segundo lugar, aunque pueden ser muy violentos, también tienen una gran capacidad para el amor y la compasión, e intentan resolver sus problemas rápidamente. No les gusta la tensión, y se les da muy bien resolver sus conflictos. Pero quizás lo más importante que he aprendido de ellos es la importancia de tener una buena experiencia formativa en los primeros dos o tres años de la vida. Se ve muy claramente la diferencia entre los chimpancés que tuvieron buenas madres que les dieron mucho afecto y los que tuvieron madres ariscas y crueles. Al mismo tiempo, las cicatrices emocionales que puede dejar la pérdida de la madre, o una muy mala experiencia durante la infancia, se pueden percibir perfectamente en los chimpancés. Y esto es algo que también dicen los psicólogos sobre los niños humanos. Creo que hoy, especialmente en el mundo occidental, muchos niños no están recibiendo el cariño y afecto maternal que necesitan, debido a la incorporación de la mujer al mundo laboral y el deterioro de muchas familias.”

Los chimpancés no se reproducen más porque no pueden, no porque planifiquen su procreación. El crecimiento de la población humana no es ningún problema (incrementa la extensión de la división del trabajo), y no sólo no es imparable sino que se está parando ya (la cultura, propia de los humanos, tiene mucho que ver). La población humana y el crecimiento económico son sostenibles si las instituciones sociales se basan en la libertad y no en la coacción colectivista. Y efectivamente la educación y las emociones son muy importantes: somos mamíferos familiares, hipersociales, afectivos y altriciales (muy dependientes al nacer).

“Teniendo en cuenta que en la sociedad moderna, las mujeres tienen que trabajar, si queremos dar a los niños los cuidados que necesitan en los primeros años de su vida -algo crucial para el futuro de nuestra especie-, tenemos que buscar una buena alternativa. Una buena guardería no está mal, pero no es lo mismo que tener relaciones de afecto y confianza con unos pocos adultos. Me gusta más la idea de comunidades de vecinos que se organizan para cuidar de sus respectivos niños.”

¿Qué es eso de que las mujeres tienen que trabajar? ¿Alguien las obliga por la fuerza? ¿O es que somos tan tontos que aunque cada vez somos más ricos y productivos no podemos permitirnos que las madres cuiden de sus hijos sin dedicarse a otras cosas? ¿No será el parasitismo estatal lo que hace que muchas familias necesiten dos sueldos para mantenerse? Al menos Goodall no pretende imponer ningún sistema de cuidado infantil, pero sus preferencias son algo ingenuas: ya no vivimos en tribus donde todo el mundo se conoce y se comparten tareas (la gente es libre de intentarlo pero no suele hacerlo).

“Yo sí creo en el alma, aunque no lo digo como un hecho científico, sino como algo que yo sentí cuando viví en la jungla de África. Pero no es algo exclusivo al ser humano; creo que todos los seres vivos tienen una chispa de vida, un poder misterioso que les permite estar aquí sobre la Tierra.” Alguien debería explicarle a esta señora principios como la autocatálisis, la autopoyesis, la autoorganización espontánea, que son complejos pero no tienen nada de misterioso. Queda muy poético lo de la chispa de la vida, pero ya suele utilizarlo una perversa gigantesca corporación del sector del refresco.

“En mi caso, mi trabajo con chimpancés ha supuesto una comprobación diaria de la teoría de la evolución, así que para mí no puede existir la más mínima duda sobre la validez de las ideas de Darwin. Pero al mismo tiempo, para mí esto nunca ha sido incompatible con la creencia en Dios, un Dios que no sé definir, pero que siento como un poder mayor que nosotros. Para mí, esto no es incompatible con la ciencia. Puedes asumir perfectamente que el Big Bang fue el origen del Universo, pero, al mismo tiempo, plantearte qué es lo que inició ese proceso.” Es muy típico del misticismo creer en algo que no se sabe qué es, y es posible plantearse científicamente lo anterior al origen del Universo sin meter a ninguna divinidad poderosa por medio.

“Aunque los chimpancés comen carne, sólo constituye un 2% del total de su dieta, que es muy poco. Nosotros comemos demasiado y la queremos barata, lo cual explica en buena medida la epidemia de obesidad en el mundo occidental. Por otra parte, como explico en mi nuevo libro, el consumo elevado de carne es, probablemente, lo que más amenaza el futuro del planeta, porque cuanta más gente come carne, más zonas se deforestan para cultivar el grano que alimente al ganado.” Si los chimpancés no comen más carne tal vez es porque no pueden, no porque se preocupen por seguir una dieta equilibrada. Conceptos como mercado, empresarialidad, beneficios, le son completamente ajenos, pero qué bien suena lo de criticar la deforestación sin aclarar por qué son preferibles los árboles a las gramíneas.

Si existiera la reencarnación, a Goodall le “encantaría volver a la vida transformada en un pájaro, porque siempre me ha parecido que ver el mundo volando libre desde las alturas debe ser una experiencia insuperable. Pero sólo me gustaría reencarnarme en un animal si el mundo cambiara primero, porque en estos momentos cualquiera de las criaturas que me gustaría ser probablemente lo pasaría muy mal, por culpa de la crueldad que sigue predominando.” Hay que ver qué malos somos: avaros, egoístas, crueles, insaciables. Qué bonachona parece sin embargo esta bien intencionada señora: algo no encaja.

 

Voluntad, libertad, propiedad y contratos (29-01-2007)

De niño yo quería tener el poder del deseo, y estaba preparado para cuando apareciese el genio de la lámpara: le pediría que se cumpliera siempre todo lo que yo quisiera, con lo cual sobrarían los otros dos deseos (genios expertos en metalógica y los problemas de la auto-referencia aclararían que no pueden conceder ciertos metadeseos para no quedarse sin empleo). Es una lástima, pero no existe el genio de la lámpara (ni los Reyes Magos, ni Santa Claus, ni Papá Noel): todo el mundo se entera antes o después.

La voluntad aspira a realizarse, pero los deseos suelen estar muy lejos de la realidad; para evitar la frustración puede recurrirse a la superstición, y así los creyentes de las diversas religiones rezan a sus divinidades para pedirles todo tipo de cosas (si son buenos negociadores prometen algo a cambio y agradecen lo ya concedido). Yo quería ser una estrella del baloncesto, salir con la chica más bonita y ser admirado por todos (nada original). Es una lástima, pero no existen las entidades sobrenaturales: solamente algunas personas consiguen romper el hechizo y se dan cuenta de ello. Si quieres conseguir algo, haz algo al respecto; simplemente desear intensamente no sirve de nada si esa motivación no impulsa a la acción. Querer mucho y hacer poco es garantía de frustración e infelicidad.

La relación entre hijos y padres es fuertemente asimétrica: el niño pide, exige, llora, y el progenitor se esfuerza para poder dar y satisfacer su voluntad (desde las necesidades hasta los caprichos). Es una lástima, pero es biológicamente imposible ser eternamente niños todos a la vez, alguien tiene que producir (dar puede ser emocionalmente gratificante, pero el altruismo puro es evolutivamente imposible).

Por otro lado el niño necesita ser educado, aprender mediante transmisión cultural, adquirir hábitos adecuados: los padres guían este proceso mediante prohibiciones y obligaciones que van contra la a menudo poco razonable voluntad del niño. La persona adulta no necesita los mandatos de sus mayores y actúa según su propia voluntad. Los colectivistas tal vez asumen que lo que funciona con los niños debe ser adecuado para los adultos, de modo que pretenden organizar la sociedad a golpe de leyes intervencionistas que impongan su voluntad sobre la de los demás (o quizás quede en ellos un residuo de resentimiento que les lleva a vengarse de su represión infantil coaccionando al vecino). Algunos intentan vivir siempre como niños, o simplemente fracasan en el proceso de maduración, no asumen su autonomía y su responsabilidad y se transforman en pedigüeños profesionales, intentan dar lástima y vivir de la caridad ajena (hay vagos muy hábiles en la manipulación de los sentimientos que consiguen recibir algo sin dar nada a cambio).

La biología, la psicología evolucionista y la praxeología indican que la voluntad (las preferencias, los deseos) es impulsora y guía de la acción adecuada que permite la supervivencia. Una persona madura e inteligente tiene posibilidades de éxito porque actúa conforme a sus deseos, no se limita a recrearse en sus ensoñaciones, a rogar a la divinidad, a esperar que pase algo, a recibir un regalo milagroso o un golpe de suerte.

Como los seres humanos son hipersociales cada persona actúa persiguiendo sus preferencias en un entorno en el que están presentes otras personas con sus propias preferencias. En las sociedades no libres unos seres humanos imponen por la fuerza sus preferencias a otros. En una sociedad libre se reconocen derechos de propiedad universales y simétricos, ámbitos de control legítimo dentro de los cuales cada propietario es soberano, sus valoraciones son las únicas relevantes y así se evitan, minimizan o resuelven los conflictos.

Los liberales tenemos una concepción humilde y realista de la libertad como ausencia de coacción y respeto al derecho de propiedad. Muchos enemigos de la libertad distorsionan el concepto de diversas formas arbitrarias, absurdas o incoherentes, que distorsionan el papel de la voluntad. Para algunos libertad es poder y riqueza (realización de los proyectos vitales personales), aunque se obtengan coaccionando a los demás (de forma directa o indirecta), garantía de que se cumpla mi voluntad obviando la escasez y los límites de la capacidad de actuación humana; para otros libertad es ausencia de influencias o condicionantes externos o internos, que nada perturbe mi voluntad considerada como una entidad causante pero incausada, que influye pero no es influida (no tengo necesidades, solamente deseos autogenerados); y según otros sólo soy libre si escojo entre dos bienes y no entre el menor de dos males (por ejemplo en una situación angustiosa, desesperada), mi elección es libre solamente si no hay ningún aspecto en ella que sea valorado negativamente (sin costes).

Las relaciones en una sociedad libre son voluntarias por ambas partes. Algunas relaciones son tan importantes que se formalizan explícitamente mediante contratos. Los contratos no son simples transferencias absolutas y definitivas de derechos de propiedad (eso más bien sería un simple apunte en un registro de la propiedad). Los contratos son acuerdos más o menos complejos mediante los cuales las partes contratantes deciden voluntariamente en el presente aceptar restricciones sobre la legitimidad de su actuación según sus preferencias futuras. Igual que el derecho de propiedad impone límites a la voluntad (la propiedad ajena), los contratos implican compromisos limitadores de la libertad que son exigibles mediante el uso de la fuerza, porque los contratantes entienden claramente que en eso consiste un contrato, que si no se transformaría en una mera declaración de intenciones fácil de incumplir. Los contratos son herramientas éticas y jurídicas importantes que permiten a las personas planificar de forma conjunta y así no tener que actuar improvisando en cada instante sin poder prever el futuro con algo de certeza. Quien sacrifica parte de su libertad no es necesariamente un enfermo mental sin voluntad propia. Contratar implica obtener algo renunciando a algo a cambio, así que no es sorprendente que una parte de lo contratado (lo que se pierde, se entrega, o se obliga uno a hacer) sea lamentado por el individuo: conviene no olvidar que lo que consigue le compensa de la pérdida, al menos en el momento de la realización del pacto.

Algunos comentaristas poco consistentes pretenden que es evidente (axiomatizan sin dar argumentos ni explorar alternativas de forma exhaustiva) que todo contrato laboral debe poder rescindirse cuando el trabajador lo desee (el empleador aparentemente no debe disfrutar de los mismos derechos humanos, y no les suena el concepto de cláusula de rescisión), porque si no se violaría su libertad: absolutizan la voluntad presente (la libertad no es simplemente poder hacer lo que te dé la gana en todo momento, rompiendo cualquier compromiso previo) y destruyen la esencia de los contratos y su capacidad de organizar la acción humana de forma cooperativa. No saben definir coherentemente qué es la libertad y se hacen un buen lío al respecto.

Tal vez por falta de capacidad intelectual estos comentaristas no suelen realizar análisis teóricos rigurosos: mezclan de forma patosa la esclavitud involuntaria con los contratos voluntariamente aceptados de sumisión parcial o total, tema delicado pero intelectualmente explorable (sin que su estudio implique que al pensador le guste la posibilidad de la sumisión). En lo que sí se esfuerzan es en mostrar a los demás sus preferencias particulares: insisten en lo horribles, vomitivas, aberrantes y repulsivas que les parecen las teorías éticas liberales más consistentes y radicales (la pesadilla hecha realidad del anarcocapitalismo como liberalismo fundamentado en el derecho de propiedad y los contratos). Según ellos los anarcocapitalistas son fulanos impresentables, hijos de puta, sectarios, locos aprovechados de la coacción estatal, herederos con un ejército de siervos y esclavos, canallas inhumanos, hedonistas aspirantes a ser lo más guay entre lo radical que compiten por decir la mayor burrada, promotores de barbaridades, vergonzosos devoradores de niños, proxenetas y clientes de niñas prostitutas, prima donnas, fantasmas, fraudulentos, enemigos de la sociedad abierta (y en realidad no liberales), partidarios de un feudalismo ciertamente contrario a toda idea de libertad burguesa, defensores de una libertad consistente en la impunidad y que se cagan literalmente en la libertad política, malos compañeros de cruzada, indiferentes frente a hechos cuya relativización supone algo rayano en lo criminal.

 

Celebremos el Instituto Juan de Mariana (12-12-2006)

Existimos como instituto desde hace un par de años. Escribimos artículos de análisis, ensayo y opinión en prensa escrita y digital, participamos en debates y seminarios, nos invitan a la radio y a la televisión, organizamos conferencias, cursos, escuelas de verano, producimos informes. Nos gusta lo que hacemos, sabemos que es importante y crecemos, aprendiendo juntos a hacerlo cada vez mejor. Con recursos económicos ridículos (realmente patéticos, créame y rásquese un poco el bolsillo si le damos pena y cree usted en lo que hacemos) somos el instituto liberal europeo de crecimiento e impacto más espectacular. Tal vez tenga que ver con nuestro entusiasmo y con que contamos con un arsenal intelectual y ético espectacular: vamos, que somos brillantes y además tenemos razón. Nos lo confirman nuestras abuelas; y amablemente algunos de ustedes.

Naturalmente somos humanos e imperfectos, y sabemos que no se puede contentar siempre a todo el mundo. Así como tenemos seguidores tenemos también críticos, faltaría más. No sólo entre los colectivistas enemigos de la libertad humana: también los hay que se autocalifican como verdaderos liberales (y tal vez lo sean pero es difícil saberlo porque no acaban de definir con precisión qué significa para ellos este término) y nos consideran desde inútiles hasta muy nocivos para la causa liberal.

Algunos insisten en que debemos hacer política, utilizar lenguaje político, sobre todo en los medios de comunicación de masas, para convencer a la gente de que no siga comprando ideas equivocadas que conducen a la servidumbre: creen que es la única o al menos la mejor estrategia. Pero si se conoce el liberalismo se sabe que casa bastante mal con la política, que entendida como la gestión coactiva y fraudulenta del colectivismo es la negación de la libertad individual.

Si nos invitan desde un medio audiovisual público o privado seguramente participaremos en la medida de nuestras posibilidades. Sabemos que nuestras ideas son chocantes para la mayoría, que fácilmente generan rechazo, así que conviene ir con cuidado, sobre todo porque no somos animales televisivos. Sabemos que la tele no es un aula ni una revista académica: no hay que ser muy listo para entender la diferencia. Para algunos recurrir a la ciencia económica en un debate televisivo es una actitud elitista esencialmente antiliberal (¿insinúan que agredimos violentamente a los contrincantes?); quizás les duele que en el Instituto Juan de Mariana muchos prefiramos la corrección intelectual y la honestidad argumentativa al éxito político y mediático. Estamos abiertos al debate ideológico y estratégico crítico y constructivo, pero no estamos dispuestos a cualquier cosa para triunfar. Preferimos ser sinceros y acertados a demagógicos y populares, nos gusta más la persuasión intelectual racional y coherente que la manipulación emocional. No nos interesan las ficciones éticas: nos preocupa la ética de verdad, defender el derecho de propiedad, la no agresión, el cumplimiento de los contratos. El avance así es más lento y difícil pero mucho más sólido.

Si la audiencia no nos entiende intentaremos simplificar, explicar y enseñar desde el nivel más bajo que sea necesario, pero sin engañar, ni mentir, ni insultar al adversario. Preferimos que los que ahora son ignorantes algún día lleguen a darse cuenta de quiénes les están estafando. Hay muchos obstáculos importantes: el ideario liberal se basa en que la opinión pública es éticamente irrelevante, que lo importante es la decisión individual pacífica en el ámbito del derecho de propiedad; las ideas instintivas de muchos seres humanos son colectivistas porque surgieron evolutivamente para adaptarse a entornos ancestrales muy diferentes de los actuales (pequeñas tribus o bandas seminómadas), y esas emociones siguen allí aunque sean disfuncionales e inadecuadas en el mundo moderno de sociedades extensas abiertas y dinámicas; el liberalismo es muy minoritario y no nos ayudan precisamente en las escuelas y los medios de comunicación de masas.

Los críticos que aseguran que los liberales austriacos españoles somos políticamente inútiles, incapaces de cambiar una sola conciencia, de modificar una sola corriente de opinión y que no hacemos avanzar la causa de la libertad desde las aulas y los foros académicos, tal vez no nos conocen muy bien. Una gran mayoría de los miembros fundadores de este instituto tenemos algo en común: haber conocido a un académico brillante y entusiasta, Jesús Huerta de Soto, quien jamás hace política ni participa en debates audiovisuales (y comete el imperdonable pecado de ser radicalmente anarcocapitalista y trabajar en una universidad pública, como otros influyentes e inmoderados liberales); pero crea una escuela creciente, motivada e ilusionante.

Necesitamos también políticos y comunicadores liberales para ganar la decisiva batalla de la opinión pública. Algunos políticos liberales, en quienes tenemos grandes esperanzas, incluso tienen poder de gobierno, y los criticamos cuando no ejercen de forma compatible con la libertad. Algunos comunicadores liberales (no hay solamente uno) tienen éxito de audiencia, pero tal vez lo consiguen renunciando en parte al liberalismo para proponer un conservadurismo estatista más asumible por muchos ciudadanos: educación, sanidad y pensiones públicas estatales; no hablar de la despenalización de las drogas o de la eutanasia, porque la audiencia es muy sensible; no criticar educadamente y con argumentos la religión, que ofendes a muchos y ahora necesitamos estar todos juntos frente a los socialistas; y la unión política de la nación es un bien que no admite discusión (el nacionalismo liberal es imposible).

Estos comunicadores pueden despertar en muchas personas el interés por el liberalismo, y gracias que les damos por ello y lo mucho que les debemos, pero hace falta alguien más académico para llenarlo de ideas, propuestas y contenidos. Además no conviene olvidar que ellos también tienen críticos que los rechazan personalmente de forma visceral, lo cual no facilita la difusión del liberalismo en esos sectores. Nosotros no luchamos contra personas sino contra ideas erróneas y nocivas, preferimos pensar, al menos inicialmente, que la gente está equivocada antes de juzgarles como indeseables de aviesas intenciones. Aunque es más cómodo no tener principios claros y consistentes y adaptarse como hacen muchos políticos a lo que quieran las masas votantes (o al menos una facción de ellas), no nos parece mal intentar definir con precisión qué es la libertad y simultáneamente defenderla con argumentos. Preferimos no aparentar que tenemos razón con cualquier táctica que se tenga a mano, correcta o incorrecta, honesta o tramposa (erística); preferimos tener razón y demostrarlo con algo de rigor intelectual.

Nos gusta llegar a la gente y convencerlos, no nos contentamos con circunloquios onanistas. Sabemos que estamos rodeados de estatistas pero no tememos su contagio, por el contrario pretendemos salir a la calle e inculcarles el muy simbiótico meme de la libertad. No somos una panda de corporativistas empeñados en defendernos unos a otros; somos muy tolerantes, tenemos mucho sentido del humor, y no somos una secta (por lo menos la última vez que miré mi cuenta bancaria seguía intacta, tenía algo de pelo aunque poco y no me habían prohibido ver a mi familia): en todo caso somos una quinta… de amigos liberales.

Algunos de nosotros (no todos, que conste), ahora que nadie puede enterarse, somos anarcocapitalistas, lo cual suena realmente mal (minarquista es simplemente críptico). Es algo tan malo que algunos críticos insisten en que somos perjudiciales para la causa y que hay que atacarnos y excomulgarnos. Preferiríamos que nos dejaran explicarnos y debatir ideas; no somos alucinados, estamos muy bien de la cabeza y contamos con pensadores muy brillantes, con perdón.

Algunos de nuestros miembros incluso se atreven a afirmar que no son de la escuela austriaca de economía, y no los expulsamos de forma fulminante. Unos pocos creen que vestimos de tiroleses en la intimidad. Somos bastante acogedores y no somos tan tontos como para no darnos cuenta de que habrá gente que no quiera ser acogida. No trabajamos por la megalomanía de ninguna prima donna; sí discutimos vehementemente entre nosotros, pero hay que estar aquí para verlo y poder participar.

En breve celebraremos nuestra fiesta anual. Enhorabuena. Aquí estamos. Si quieres apoyarnos, contamos contigo.

 

Liberalismo, humanidades y ciencias naturales (01-11-2006)

El liberalismo es fundamentalmente filosofía política, un cuerpo de conocimiento ético y económico acerca de la convivencia social de los seres humanos. Muchos de sus defensores son humanistas (gente de letras, economistas, juristas, filósofos, historiadores), aunque desgraciadamente no todos los humanistas son liberales.

Muchos de los críticos del liberalismo (obviamente no los únicos) son gente de ciencias, estudiosos de la naturaleza (físicos, biólogos), ingenieros. Sus ámbitos se caracterizan por el rigor del formalismo matemático y la comprobación empírica controlada. Han tenido grandes éxitos en la comprensión y la manipulación de sistemas simples, y erróneamente extrapolan sus métodos epistemológicos al ámbito de las sociedades humanas, órdenes espontáneos hipercomplejos no diseñables intencionalmente ni planificables de forma centralizada y coactiva. No entienden que la ingeniería social no funciona (el orden no viene de la orden), y no saben apenas nada de economía y ética, lo cual además comparten con la gran mayoría de quienes se consideran expertos en economía y ética (esos humanistas que no son liberales).

Muchos liberales (reales y presuntos) son ignorantes en los ámbitos de las ciencias naturales. Pero algunos (desconocidos o famosos) de forma temeraria critican algunas de las teorías científicas más sólidas, como la relatividad, la mecánica cuántica y la evolución biológica; lo hacen patéticamente, quedando en ridículo intelectual, a menudo por referencias de segunda mano a escritores marginales que se creen genios cuando son locos equivocados. Parecen creer que el ser humano tiene un alma mágica sobrenatural que fundamenta su consciencia y su libre albedrío, y que el bien y el mal son decididos y sancionados por la divinidad. Defienden a sus memes religiosos antes que reconocer la verdad de la realidad: y es posible explicar científicamente por qué lo hacen, aunque no suele servir de nada contárselo (también esto es predecible).

El subjetivismo es perfectamente compatible con el naturalismo. La acción y la elección están integradas en la biología humana como mecanismos de supervivencia. La ciencia cognitiva y la psicología evolucionista explican cómo la mente humana es muy sofisticada pero no requiere milagros para sentir emociones y sentimientos morales, tomar decisiones, preferir, elegir, actuar. No son necesarios imposibles espíritus incausados para dirigir la conducta. La mente no es un misterio insondable, no surge de la nada, es la descripción funcional a alto nivel de la actividad del cerebro. Los seres vivos son agentes autónomos, y los seres humanos son agentes autónomos intencionales (capaces de planificar, de preparar el futuro y no simplemente reaccionar ante el presente). Cada persona toma decisiones particulares por la interacción entre su sistema cognitivo (único en sus detalles, resultado de sus genes y su historia ambiental pasada) y la información percibida de las circunstancias de su entorno (realidad objetiva).

No nos quedemos sólo en las humanidades desconectados del mundo físico, biológico y psicológico. El materialismo naturalista reduccionista es cierto y funciona; no es ningún prejuicio metafísico. Las ciencias naturales sirven de fundamento profundo del liberalismo y es un completo disparate ir en su contra en lo que tienen de correcto. No parece acertado renunciar al conocimiento científico (provisional, revisable, criticable, pero también abundante, preciso, consistente y explicativo) a favor de la superstición. Los liberales somos pocos y sabemos que la mayoría (socialistas y conservadores) están equivocados (o son deshonestos) respecto a la organización social. Pero la analogía no vale en las ciencias naturales: no nos pasemos de listos con nuestra pose rebelde negando lo que ya se sabe; así la gente inteligente no nos tomará en serio y nos hará aun menos caso (si es que eso es posible).

 

Cacareos contra la globalización (12-10-2006)

Nuestra televisión pública nos amenaza con un programa más de telebasura, “Voces contra la globalización - Otro mundo es posible”, esta vez dirigido al ansia de confirmación de sus prejuicios de la progresía colectivista. Seres moralmente superiores van a recordarnos que, según ellos, otro mundo más socialista es posible (y para ellos deseable): seguramente no entrarán a detallar cómo, ya que implicaría violar múltiples leyes praxeológicas, económicas y éticas; pretenden defender un mundo más justo, lo cual no es sorprendente, ya que incluso sin asesores de imagen puede suponerse que promover la injusticia no está bien visto. Estos propagadores de memeces (memes de baja calidad intelectual) suelen despotricar contra la propaganda comercial, pero es que lo suyo no es adoctrinamiento, no, sino ejercer de profetas con conciencia social crítica.

Son una selección de necios más o menos populares que se toman a sí mismos muy en serio y que conviene consumir con moderación: José Saramago, Adolfo Pérez Esquivel, Carlos Taibo, Eduardo Galeano, Jean Ziegler, José Vidal Beneyto, Sami Nair, Ignacio Ramonet, Jose Bové, María José Fariñas, François Houtart, Manu Chao, Giovanni Sartori, Pedro Casaldáliga, Toni Negri, Avi Lewis, Federico Mayor Zaragoza, Vitorio Agnolletto, David Held, Jeremy Rifkin, Ramón Fernández Durán, Susan George, Jaume Botey. Llamarles necios no es un insulto ni un ataque ad hominem: es una descripción, no hay más que analizar sus argumentos.

Se van a preguntar “¿Quién gobierna el mundo?” (contestarán que los malvados norteamericanos de forma unilateral); “¿Cuál es el poder real de los políticos?” (siempre poco, nunca suficiente, están comprados por los avariciosos empresarios); “¿Sabe ested que el volumen de negocios de una sola multinacional es superior al producto interior bruto de muchos países, incluidos Austria o Dinamarca?” (sí, lo sé ¿y qué? ¿Será que tienen éxito y satisfacen a los consumidores?); “¿Cuál es el papel de los paraísos fiscales que dan cobijo al dinero del crimen o al de la corrupción?” (son refugios fiscales, no paraísos, y también protegen el dinero de personas honradas de la voracidad confiscatoria); “¿Por qué se permite la existencia de estos territorios sin ley?” (como si no tuvieran ninguna ley, y es que los progres han olvidado aquello tan bonito de prohibido prohibir); “¿Cuál es el papel real de organismos como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Organización Mundial del Comercio?” y “¿Qué pasó realmente en la Argentina para que su economía se viniera abajo?” (difícilmente van a acertar dada su supina ignorancia de economía y ética).

Gracias a ellos vamos a saber en manos de quién están los grandes medios de comunicación y cuál es su papel: seguramente se correrá un tupido velo sobre aquellos de titularidad pública (que curiosamente no emiten programas existentes favorables al liberalismo y la globalización). Nos vamos a enterar de que suceden catástrofes como privatizaciones y deslocalizaciones de empresas (algo malísimo para los países más pobres que las reciben, los pobrecillos son explotados sin saberlo); la sociedad del bienestar en Europa y los derechos laborales se están perdiendo (no es que desaparezcan privilegios, redistribución coactiva e incentivos a la pereza); está triunfando la economía especulativa sobre la economía productiva (pronto no habrá que producir nada, los consumidores comprarán especulación pura) y la política económica neoliberal (seguro que es por la actividad del Instituto Juan de Mariana, con sus millones de seguidores y su exorbitante presupuesto).

Hay miseria en los países desarrollados (pregunten a los pobres dónde prefieren serlo), unos consumen más que otros (tal vez porque producen más), las grandes multinacionales farmacéuticas se niegan a regalar sus medicinas. Hace poco, el presupuesto de Naciones Unidas era seis veces menos que lo que los norteamericanos se gastaron en cosméticos: a ver si conseguimos que sea sesenta o seiscientas veces menos, que los cosméticos al menos son altamente apreciados por las personas libres (evolución, selección sexual, atractivo…). Vamos condenados camino de la extinción, dejándonos unos cuantos millones de especies en la cuneta, y es que los políticos son insensibles con el calentamiento global, un tema del que no hablan nunca. Las culturas se uniformizan, se pierden identidades indígenas: mejor establecer reservas puras de buenos salvajes e impedirles imitar culturas diferentes quizás más exitosas.

 

Ética y convencimiento (11-09-2006)

La ética es un conjunto de normas sociales de comportamiento universales, simétricas y funcionales. Una vez conocidos sus principios básicos, el derecho de propiedad y los contratos (equivalentes al principio de no agresión) cabe preguntarse por las motivaciones para su cumplimiento. ¿Por qué respetar la propiedad ajena y cumplir con los compromisos contractuales? ¿Por qué no robar, asesinar, violar, estafar?

“Por tu propio bien”, responderán algunos; una respuesta paternalista, simple y problemática. El subjetivismo indica que el bien es percibido individualmente, no hay recetas objetivas detalladas que garanticen la satisfacción de todos, y es el propio actor quien mejor conoce sus deseos y capacidades. Un sabio puede indicarle a otra persona que le conviene cumplir alguna norma para no arrepentirse en el futuro de su incumplimiento, pero nunca podrá asegurar dicho arrepentimiento. Tal vez el delincuente no teme a la justicia, o al ejército enemigo, o al repudio de los demás, porque se cree más astuto, más fuerte o más independiente (y tal vez lo sea), y no hay que recordarle las posibles consecuencias y represalias porque ya las ha tenido en cuenta. Hay personas o grupos organizados más fuertes que los demás, y puede merecerles la pena agredir, depredar o parasitar a los débiles desorganizados: la historia de la humanidad está repleta de situaciones de dominación. Tal vez soy mejor guerrero o estafador que productor o comerciante, y no me interesan las normas universales y simétricas, yo quiero estar por encima, y la cosa puede funcionar mientras que no me quede sin riquezas ajenas que saquear.

“Por el bien de los otros” es otra respuesta insatisfactoria. Tal vez los otros no me importan, o tal vez no sé cómo hacerles el bien. Quizás me interesen unos pocos y conozca bien a los más próximos, pero esto no es en absoluto universal. “Para no hacer el mal a otros” es algo más satisfactorio, ya que el principio básico de la ética es éste, y es posible y fácil no agredir a nadie, pero de nuevo tal vez carezco de escrúpulos y el mal ajeno me es indiferente o no me atañe lo suficiente si con ello consigo mi bienestar.

La ética no es lo mismo que la moral, la cual manipula los sentimientos íntimos personales para influir sobre la conducta, tanto para la felicidad individual (evita las tentaciones, piensa a largo plazo) como para la coordinación social (recuerda que vives en un grupo, que a los demás les afectan tus acciones, que la imagen que tienen de ti es importante). La moral es una herramienta de manipulación (lo cual no implica que sea necesariamente nociva), no un ejercicio de racionalización, y no suele ser universal ni simétrica (a menudo se usa para camuflar la opresión), a veces es funcional pero a menudo es disfuncional.

El conocimiento ético permite al menos razonar, argumentar y desmontar múltiples patrañas políticamente correctas cuya difusión y aceptación permiten el mantenimiento de privilegios de unos a costa de otros: la fachada de respetabilidad democrática de la coacción política se desmorona; los grupos de interés parasitarios quedan expuestos como hipócritas que insisten en que todo es por el bien ajeno; las víctimas descubren que defenderse es perfectamente legítimo, y que no deben a nada a nadie; los presuntos e intocables derechos humanos (interpretados en clave socialista) aparecen como supercherías colectivistas para mayor gloria del estado.

Quienes no respetan el derecho de propiedad pueden ser personas que no están dispuestos a tratar a todos en pie de igualdad (quieren leyes especiales para ellos, impuestas mediante la violencia o el engaño), o ignorantes bienintencionados de quienes conviene alejarse y protegerse si se niegan a aprender. Las personas honestas y productivas que comprenden la ética pueden utilizar sus normas para organizarse socialmente de forma justa y eficiente, evitando parásitos y agresores, con sistemas de policía, justicia y defensa merecedores de esos nombres, que disuadan a potenciales criminales y no se utilicen para mantener sistemas de dominación o utopías irrealizables.

 

Más sobre derecho natural (17-08-2006)

Algunos críticos del iusnaturalismo asumen que basta con tener una naturaleza, (parece que cualquier naturaleza) para tener una ética normativa con sus derechos y deberes: las piedras tienen derechos acordes a su naturaleza pétrea; a las aves de naturaleza plúmea les corresponden derechos específicos…

La ética o derecho natural es una herramienta conceptual, un conjunto de normas argumentadas útiles para evitar, minimizar y resolver conflictos entre seres humanos. Sólo tiene sentido para los humanos porque sólo ellos tienen el desarrollo mental evolutivo necesario para entender normas y argumentarlas según criterios de universalidad, simetría y funcionalidad. Algunos animales pueden asociar un premio o un castigo a una determinada conducta (condicionamiento) y así ajustar su comportamiento (aprender), pero no pueden razonar de forma abstracta acerca de lo prohibido, lo obligatorio y lo opcional; algunos animales tienen formas rudimentarias de comunicación, pero sin el poder expresivo indispensable como para discutir asuntos éticos; algunos animales actúan intencionalmente (no sólo reaccionan, aunque su comportamiento no es tan complejo como la acción humana), tienen sensibilidad, emociones y preferencias (hay posibilidad de conflictos) e incluso ciertos sentimientos morales (emociones respecto a otros, consideran el resultado de sus acciones sobre los demás): pero no tiene sentido asignarles derechos y deberes pues no los entenderían, no sabrían qué hacer con ellos. Igual que los números enteros son pares o impares pero no tienen colores asociados, no tiene sentido aplicar la ética a entidades incapaces de utilizarla.

No es arbitrario limitar la ética a los humanos. Tal vez algún día algún ser vivo evolucione (algunos animales sociales, especialmente los primates, muestran morales rudimentarias, les falta la capacidad de reflexionar sobre ellas) o se cree o surja accidentalmente una inteligencia artificial que tenga intereses y sea capaz de razonar y argumentar en términos éticos; hasta entonces, la ética será exclusivamente humana.

No se trata de que solamente el ser humano actúe escogiendo entre múltiples fines y medios utilizables; eso también lo hacen los animales, aunque con un grado de complejidad mucho menor. No sirve de nada afirmar que la acción humana es libre (idea raramente explicada) mientras que la animal es puramente instintiva. El ser humano no tiene menos instintos: tiene más, y están estructurados de formas más sofisticadas de modo que la conducta humana es más rica y menos predecible.

El ser humano no es el único animal social cuya convivencia puede originar conflictos. Los animales se apropian de territorios y recursos y también cooperan, intercambian (comida por sexo, limpieza corporal), y en ocasiones hacen trampas. Un animal puede causar un daño pero no entenderá que lo hagamos responsable porque no es capaz de responder, de dialogar, de dar razones, explicaciones, excusas. A la cebra no le hace ninguna ilusión que el león la mate y se la coma, pero ni le afea su conducta, ni le exige una justificación ni se ponen a debatir acerca de la adecuación ética de su conducta. Es posible domesticar y entrenar parcialmente a algunos animales, pero los discursos normativos les superan. La racionalidad no consiste solamente en pensar lógicamente, es también dar razones, explicar motivos e intenciones de acciones, justificar ante otros para que comprendan y acepten, no represalien o incluso colaboren.

La naturaleza humana no es únicamente lo genético. Es la descripción abstracta de lo que es esencial y común a todos los seres humanos, y su origen puede ser genético (la inmensa mayoría de los genes de una especie son iguales en todos sus miembros), ambiental (todos los seres humanos viven en un mundo con rasgos comunes, los genes no necesitan codificar información disponible fácilmente en el entorno) o cultural (si algo distingue especialmente a los humanos de todas las demás entidades inorgánicas y orgánicas es su capacidad memética de producir y copiar patrones de información, como las instituciones sociales, patrones de comportamiento que pueden ser imitados en función de su éxito).

La capacidad de producir cultura puede ser parte del fenotipo humano extendido, pero sus contenidos son independientes de los genes. Las reglas culturales de comportamiento pueden interactuar a favor o en contra de inclinaciones genéticas. El derecho natural no está grabado en los genes, aunque ciertas tendencias morales innatas son compatibles con la ética. No se trata de que todo lo instintivo y biológico sea negativo y todo lo cultural positivo, de modo que la cultura debe controlar la biología (civilizar las pasiones). El instinto de defensa es ético mientras que el socialismo es una idea contraria a la ética.

Lo natural del iusnaturalismo se opone a lo sobrenatural (ley divina revelada) y a lo convencional (ley positiva pactada en un ámbito particular) porque es racional, realista, crítico, universal y no arbitrario. Aunque históricamente el iusnaturalismo surge en un contexto religioso (¿lo quiere la divinidad porque es bueno o es bueno porque así lo deciden los dioses?), su concepción actual no tiene nada que ver con lo trascendente o espiritual.

El derecho es artificial en el sentido de que es un producto humano, pero no es algo diseñado intencionalmente sino más bien descubierto de forma progresiva. Es posible razonar hoy acerca de las leyes humanas porque previamente se ha depurado evolutivamente un sistema lógico crítico, se han cometido errores y se han corregido algunos. El iusnaturalista no intenta defender una racionalidad ilimitada que todo lo puede y resuelve; se trata de construir mediante exploración crítica exhaustiva de alternativas un sistema ético consistente, adecuado a los humanos, tan completo, claro y preciso como sea posible, pero con consciencia de sus capacidades y limitaciones (el sistema normativo puede quedar abierto en algunos ámbitos, y en ellos puede recurrirse a la competencia, a la comparación empírica).

Muchas instituciones humanas, como el lenguaje, el derecho, el dinero, han evolucionado de forma espontánea, no diseñada, pero son criticables y mejorables (si no lo fueran no habrían podido evolucionar), especialmente si han sido distorsionadas por grupos de interés: las circunstancias pueden cambiar, tal vez sea posible descubrir una institución alternativa mejor (las morales particulares pueden converger hacia la ética universal mediante selección evolutiva a nivel de grupo, los memes institucionales compiten unos con otros). La ética se basa en el racionalismo crítico para depurar múltiples falacias de las leyes positivas, que subsisten como memes exitosos por su engañoso atractivo o por su utilidad para mantener los privilegios de grupos opresores dominantes. El derecho de propiedad y los contratos son instituciones jurídicas que permiten la cooperación y la competencia pacífica y evitan la violencia destructiva, el parasitismo de los tramposos y agresores.

Es posible construir predicados éticos prescriptivos alternativos y analizarlos de forma exhaustiva (explorando todas las posibilidades), eliminando los que no cumplen las condiciones éticas de universalidad, simetría y funcionalidad (igual que un detective va exculpando sospechosos, e igual que muchas leyes físicas fundamentales son deducibles a partir de principios básicos de simetría y consistencia que limitan enormemente el espacio de posibilidades); es necesario utilizar el conocimiento acerca de la realidad del mundo y los seres humanos dado por predicados científicos descriptivos para entender por qué algunas normas no son adecuadas (tienden a destruir o empobrecer a la humanidad, igual que quitar la regla del fuera de juego empobrece el espectáculo futbolístico, y sin humanidad no habría ética humana que estudiar). El iusnaturalismo inteligente no es tan ingenuo como para caer en la falacia naturalista y afirmar que quien posee algo tiene automáticamente derecho sobre esa cosa: la ética distingue entre la posesión (el control físico efectivo de algo) y el derecho de propiedad (la legitimidad de la posesión), indicando los mecanismos de obtención de derechos de propiedad mediante primer uso e intercambio libre. Para entender su justificación, haga el ejercicio de explorar las alternativas.

 

Derecho natural (20-07-2006)

Para algunos pensadores el concepto de derecho natural es absurdo porque el derecho ni está en la naturaleza ni es natural. Su error proviene de confundir distintas acepciones del concepto de lo natural y la naturaleza.

Si se considera que la naturaleza está constituida por la materia inorgánica (rocas, agua, aire…) y los seres vivos (bacterias, protistas, plantas, animales…) excepto los seres humanos, entonces efectivamente el derecho no es natural en este sentido. Ni las piedras ni los árboles ni las garrapatas utilizan leyes prescriptivas que coordinen de forma adecuada su comportamiento conjunto.

El derecho es un fenómeno humano, artificial, una construcción mental, cultural y lingüística que permite regular la convivencia social de las personas. Algunos animales sociales con cerebros sofisticados tienen sentimientos morales básicos que facilitan su supervivencia conjunta (y que son el germen evolutivo del derecho), pero carecen de la sofisticación intelectual y lingüística necesaria para reflexionar y argumentar sobre sus normas de conducta de unos respecto a otros.

Pero el ser humano no es sobrenatural, no es ajeno a la realidad física, química y biológica, en realidad es una parte especial de la naturaleza capaz de crear, imitar y producir cultura. El derecho es así en cierto modo también natural, sólo que restringido a un ámbito limitado de la naturaleza, el dominio de lo específicamente humano.

Lo natural se refiere también a lo que se corresponde con cierta naturaleza de las cosas. Tiene sentido hablar de la naturaleza de las entidades que existen en la realidad: son sus rasgos comunes esenciales que los distinguen de otras cosas y que los agrupan en una misma clase (su composición, su estructura, sus interacciones con otras cosas, su comportamiento). La naturaleza humana puede ser conocida de forma científica mediante la praxeología (estudio formal de la acción intencional), la psicología evolucionista (investigación evolutiva de los múltiples subsistemas cognitivos y emocionales de la mente humana) y la memética (análisis evolutivo de la cultura).

El derecho natural no se refiere a la implacable ley de la jungla (típico arquetipo de naturaleza contrapuesta a la ciudad humana) según la cual el fuerte se come al débil, ni a las normas que hipotéticamente hubieran cumplido los presuntamente bárbaros ancestros humanos en el llamado estado de naturaleza antes de socializar y civilizarse.

El derecho natural, ética o iusnaturalismo se refiere a las normas (derechos y deberes, opciones, prohibiciones y obligaciones) adecuadas para la convivencia social y el progreso de los seres humanos: dada la naturaleza humana, no todos los sistemas legales son igualmente convenientes, igual que una bicicleta de montaña y una de carretera son más adecuadas en entornos diferentes, e igual que si un aparato funciona con pilas eléctricas no le echas gasolina. Se trata de leyes generales para todos los seres humanos, porque comparten una misma naturaleza universal, y no sólo de unos pocos en un lugar y tiempo concreto (derecho convencional). Son leyes que no necesitan ser reveladas por ninguna inexistente divinidad reguladora omnipotente, ni tampoco impuestas por déspotas paternalistas: sus contenidos pueden estudiarse mediante la razón humana (y la exploración empírica competitiva donde la razón no da más de sí), y su concepto fundamental es el derecho de propiedad.

La falacia naturalista consiste en inferir erróneamente que lo que hay en la realidad (en la naturaleza) es justo: es una idea absurda, ya que deja sin sentido el concepto de derecho y justicia, al no haber realidades contrapuestas (cosas injustas o que no se ajustan a derecho). Pero el deber ser puede inferirse del ser si se hace de forma inteligente: se conoce lo que el ser humano es para estudiar qué normas de conducta le convienen, y eso es la ciencia ética.

El complejo orden espontáneo de la sociedad libre moderna no parece natural a muchas personas, y es normal: sus instintos genéticos e intuiciones irreflexivas están ajustados para la supervivencia de los ancestros humanos en grupos pequeños, estáticos, permanentemente amenazados, con pocas posibilidades de acción y con escasa acumulación de riqueza y capital. Ahora vivimos en un mundo muy diferente, y la razón crítica puede compensar intuiciones erróneas nocivas.

 

Liberalismo y liberalidad (22-06-2006)

El término “liberal” es polisémico: según una concepción el liberal es generoso y desprendido, obra con liberalidad, la virtud moral de quien distribuye sus bienes sin esperar recompensa; según otra concepción el liberal es partidario de la libertad individual y social en lo político y de la iniciativa privada en lo económico (liberalismo).

La praxeología enseña que el ser humano individual actúa intencionalmente para conseguir objetivos subjetivamente valorados, para alcanzar una satisfacción o evitar un malestar psíquico. Se actúa para obtener beneficios (hacer el bien) que no son necesariamente monetarios o materiales. Si una persona generosa regala voluntariamente sus bienes es porque obtiene a cambio un placer íntimo al hacer el bien a su prójimo, o porque mejora su reputación (asume costes presentes a cambio de beneficios futuros), evitando el malestar que puede producir ser considerado egoísta por los demás: el desprendido también busca su propio bienestar, igual que el que no regala nada sino que comercia (pidiendo algo a cambio de sus bienes o servicios, estableciendo relaciones mutuamente beneficiosas), e igual que el agresor (ladrón, violador, asesino, estafador, secuestrador) que persigue su propio beneficio aun a costa de perjudicar a los demás.

Desde el punto de vista del actor, todo ser humano actúa para obtener beneficios: el altruista se alegra del bienestar ajeno y asume todos los costes, el comerciante ofrece oportunidades de beneficio recíproco donde los costes se reparten entre ambas partes, y el agresor vive a costa de las víctimas a quienes causa daños.

La agresión no puede ser muy popular para las víctimas, de modo que a menudo se camufla con diversos ropajes: es por tu propio bien, es por bien del colectivo, te quito a ti para ayudar a otros más necesitados…

El altruismo suena muy bien: es fantástico que todos los demás sean generosos ya que así yo recibiré algo gratis. Y si quiero ser popular yo también seré generoso (no me lo pueden exigir porque el auténtico desprendimiento no espera nada a cambio). Es una lástima que la generosidad tenga serios problemas: la capacidad emocional de las personas reales es limitada, sólo sentimos como próximos a unos pocos familiares y amigos; la capacidad intelectual de las personas reales es limitada, de modo que aunque queramos beneficiar a los demás tal vez no sepamos cómo hacerlo, sobre todo si son extraños alejados de nosotros; la capacidad de acción de las personas reales es limitada, de modo que no podemos regalar riqueza indefinidamente. Se suele desear expandir estas capacidades, pero una cosa son los deseos y otra la realidad. Además los generosos incautos pueden ser fácilmente parasitados por vagos sin escrúpulos que prosperen a su costa: un grupo de generosos ingenuos es evolutivamente inestable.

Los intercambios voluntarios o altruismo recíproco (yo te doy a cambio de que tú me des, ahora o en el futuro) resuelven los problemas de la generosidad ingenua: es posible comerciar con conocidos y con extraños, próximos y lejanos, sin necesidad de amarlos intensamente; la inteligencia se utiliza de forma distribuida y local, de modo que ya se encarga cada participante de asegurarse de que lo que hace es en su beneficio; los derechos de propiedad, los precios y los beneficios empresariales economizan los recursos escasos y fomentan su producción y su asignación a los fines más valorados.

Una cosa es lo que cada persona hace, otra lo que dice en público, otra lo que quiere que hagan los demás, y otra lo que quiere que los demás piensen de él. Si alguien dice que sólo hace lo que le beneficia (sin agredir a los demás), se está suicidando socialmente, aunque sea una verdad universal: lo que los demás quieren oír es que lo que haces también les beneficia a ellos, que eres generoso, que compartes, que no tienes afán de lucro, que les ayudarás cuando te necesiten. Y como hablar es barato, no compromete a casi nada y tiempo habrá de escurrir el bulto o buscar excusas, el discurso o meme predominante es el de la generosidad, ignorando sus limitaciones y problemas. A menudo la promoción de la generosidad es sincera, pero tiende a fingirse y exagerarse: además de fijarse en las declaraciones de la gente, fíjese en sus acciones. Promover la generosidad puede ser maravilloso para las relaciones humanas, el problema es que suele imponerse políticamente por la fuerza, y entonces ya no es todo tan idílico.

El liberalismo suele basarse en un análisis racional de la realidad, no en la participación en un concurso de popularidad. Por eso propone que antes que hacer el bien a los demás es fundamental (y mucho más sencillo y realizable) no hacerles el mal: no robar, no matar, no estafar, no violar, no secuestrar. Todo resumido en respetar el derecho de propiedad. El comerciante egoísta al menos no perjudica a nadie. Si además de no agredir al prójimo usted quiere sacrificarse por él, estupendo: pero sobre todo no sea usted generoso con lo que no le pertenece.

 

Aclaraciones sobre la libertad (01-06-2006)

El término libertad se refiere a diversos conceptos posibles más o menos abstractos. Un asiento está libre si no está ocupado, si está disponible. Un preso está libre si sale (o consigue escapar) de la cárcel. Las cadenas y las camisas de fuerza restringen la libertad de movimientos. Algunas sociedades tienen esclavos y ciudadanos libres. Un piso está libre de cargas si no está hipotecado. Estoy libre esta tarde para una cita si no tengo ningún compromiso previo. Un sistema físico tiene tantos grados de libertad como parámetros independientes sean necesarios para describirlo de forma completa. En inglés se confunden lo libre y lo gratuito.

Todos estos usos lingüísticos son perfectamente legítimos: nadie es dueño del lenguaje ni tiene derecho a prohibir expresiones o a forzar determinadas utilizaciones de los conceptos. Pero al estudiar la realidad con rigor científico conviene precisar, aclarar y formalizar al máximo los conceptos utilizados. La noción de libertad es compleja y es utilizada a menudo de forma ambigua y equívoca.

No existe el libre albedrío si este se entiende como la capacidad de decidir incausada, surgida de la nada, sin soporte material. Los seres humanos eligen constantemente entre diversas alternativas de acción percibidas como posibles. Estas decisiones son procesos cognitivos que resultan de la interacción (cooperativa o competitiva) de múltiples subsistemas mentales conscientes y subconscientes que procesan información acerca de la realidad e intentan influir sobre el comportamiento. A una persona pueden no gustarle ciertos rasgos de su personalidad y puede intentar librarse de ellos: se trata de unos sistemas cognitivos tratando de eliminar a otros. Algunos de estos subsistemas pueden resultar especialmente poderosos o influyentes para el control de la conducta: los adictos se sienten empujados por una fuerza irresistible. La sensación de libertad psicológica se refiere a la inactividad de ciertas emociones pasionales difíciles de frenar o a la capacidad mental de controlarlas: la parte consciente de la persona vence sobre mecanismos básicos inconscientes. Los niños exigen satisfacción inmediata de sus deseos, la maduración es un proceso de construcción gradual de una persona adulta con más autocontrol. Pero a menudo se envidia a quien vive pasionalmente, se entrega con ardor a una causa motivadora o se deja llevar por fuerzas que le superan. Algunos maestros espirituales recomiendan ser como niños.

Las personas no viven en el vacío, sus acciones tienen consecuencias sobre la realidad, y parte esencial de su entorno son otras personas que valoran las acciones ajenas. Se supone que uno es más libre si no le importa el qué dirán, pero si esto se lleva al extremo resulta que la persona libre es aquella a quien no le importa en absoluto la opinión de los demás, y por lo tanto no resulta posible influir sobre él mediante la persuasión: un asocial. Si las influencias ajenas determinan completamente tus decisiones eres una marioneta (el niño que imita irreflexivamente, el adolescente que se amolda a su pandilla), y si no lo hacen en absoluto eres un egoísta.

Algunos consideran que son más libres porque piensan con criterios propios. Pero el pensamiento correcto debe necesariamente seguir unas leyes lógicas universales; al negarlas uno puede sentirse muy original pero no piensa de forma inteligente, y probablemente simplemente repita algún viejo error, falacia o prejuicio.

Todo individuo tiene circunstancias, condicionantes, limitaciones, restricciones, que son diferentes para cada uno. El poder siempre es finito, hay cosas sobre las cuales no es posible decidir, que no dependen de uno, no pueden controlarse a voluntad, son hechos dados. Uno no elige a sus padres, ni su carga genética, ni el entorno social y cultural en el que nace y se desarrolla. La libertad, entendida como fundamento necesario de la convivencia social, asume estas realidades y no consiste en eliminar todas las restricciones para que los seres humanos se conviertan en espíritus omnipotentes ajenos a las necesidades y problemas de la vida real. La idea política de liberalismo es más modesta y realista: implica eliminar la violencia y la coacción de las relaciones humanas, de modo que esa restricción no condicione ni determine las decisiones individuales. La persona libre es soberana en el ámbito de su propiedad, son sus decisiones las únicas éticamente relevantes, no hay otros que decidan en su nombre por la fuerza. Los demás pueden influir, pero no de forma coercitiva. De este modo el pobre y el rico son igualmente libres en el mercado: lo que les diferencia es que tienen distinto poder.

 

Consume hasta morir (para vivir) (27-04-2006)

Consume hasta morir, porque después es innecesario (además de imposible) y dejar de hacerlo antes puede ser problemático (si quieres seguir viviendo).

Los activistas de la organización Consume hasta morir (un subgrupo de Ecologistas en acción) han producido un documental donde compendian todas sus machaconas críticas contra la sociedad moderna. Según ellos todas son de sentido común, lo cual revela su hipersensibilidad (léase histeria) ante temas banales, su debilidad argumentativa y su profunda ignorancia sobre casi todos los asuntos que tratan, ya que más bien constituye un compendio educativo sobre tópicos y falacias (hay muchos memes nocivos difíciles de erradicar), un lloriqueo intolerante muy propio de colectivistas metomentodo sin nada mejor que hacer (sobre todo nada realmente productivo y valioso para los demás); eso sí, con buen rollito y excelentes intenciones ya que se trata de salvar al mundo del mal destructivo que es la libertad humana encarnada en el capitalismo y el progreso tecnológico. Y para eso hay que sensibilizar y educar.

Dicen que todo falla respecto al consumo, que no es la solución sino un gran problema: es un sustitutivo del ocio (es que hay que pagar por todo, lo cual está mal, mejor que sea todo gratis, o divertirse sin comprar, qué horror que comprar sea entretenido); se usa para curar la depresión (de sentido común que esto no puede estar bien).

Los teléfonos móviles, al facilitar la comunicación, parece que hacen que la gente exija el contacto inmediato y que se enfade cuando alguna persona no tiene el móvil encendido; algo gravísimo que hay que denunciar y solucionar de inmediato.

Afirman que el nivel de vida de los países desarrollados es inviable, necesitaríamos varios planetas de materias primas (están allí, aunque un poco lejos y muy altos en el potencial gravitatorio y es caro llegar a ellos). Este rollo de las limitaciones físicas ya lo hemos oído antes (¿recuerdan los límites del crecimiento, de cuando el movimiento ecologista estaba en pañales?), parece que no aprenden: no entender la importancia de los derechos de propiedad, los precios y la empresarialidad tiene estas cosas. Nos estamos cargando el planeta y encima todo es muy injusto porque dejamos morir gente (ni una palabra contra los tiranos que oprimen y matan a esa gente) y hay grandes y crecientes diferencias entre el Norte y el Sur (lo de las crecientes diferencias es mentira, pero es que el rigor metodológico no es su fuerte).

Nos damos cuenta de que el consumo no nos hace felices: ¿quién será ese nosotros al que se refieren?; ¿han preguntado a todo el mundo?; ¿por qué la gente sigue entonces consumiendo y cada vez más y mejor?; ¿cuál es la alternativa para ser feliz?; ¿entiende mucha gente el sentido biológico evolutivo de la felicidad? Te compras un coche y a los dos meses quieres otro mejor: no sé si algo tan patético le pasará a mucha gente, pero al menos ilustra la infinitud de los deseos humanos (o sea, que siempre habrá trabajo ilimitado para todos).

Les parece excesiva la presión publicitaria, que con cierta incoherencia consideran inútil y manipuladora, generadora de necesidades superfluas y caprichosas: la idea de necesidad superflua se me escapa, porque lo necesario es aquello sin lo cual no. Y por cierto, ¿en qué inmutable tabla de la ley está escrito lo que es necesario y lo que no? ¿Por qué no viven ellos a base de pan y agua? ¿No será que intentan imponer a los demás sus austeras preferencias particulares disfrazadas de normas morales absolutas y universales? Dicen que sólo se publicita lo innecesario (yo recuerdo bastante publicidad de cosas esenciales, como el papel higiénico) metiéndolo por los ojos: su sistema cognitivo debe de estar sobrecargadísimo, lo cual les disculparía; podrían aprender a ignorar algunos mensajes (que además seguramente no van dirigidos a ellos) con aquello de que me entra por un oído y me sale por el otro.

Parece que los medios de comunicación privados dependen de la publicidad y fomentan la ideología del consumismo para mantener contentos a sus anunciantes (y se atreven a colocar publicidad encubierta en las series de televisión, qué horror). Tal vez sea mejor promover los medios públicos, que con el dinero confiscado a los contribuyentes mantienen cómodamente ociosos a hordas de sindicalistas encargados de transmitir consignas políticas y adoctrinar a la sociedad acumulando ingentes pérdidas año tras año. ¿Y por qué será que las televisiones públicas tienen la misma publicidad que las privadas?

La televisión es muy fácil de ver (lo cual debe ser malísimo, sería mejor que supusiera un gran esfuerzo) y además mientras tanto dejas de hacer otras cosas (albricias, comprenden el coste de oportunidad; aunque se puede comer mientras se ve la televisión, pero eso sería consumir aún más). Parece que la caja tonta provoca la pérdida de la capacidad de la relación social; lo dicen en serio.

Aseguran que la sociedad (ese ente abstracto del cual se abusa tanto) exige un cuerpo hermoso (¿no será que la gente suele preferir la belleza?) y que la autoestima por el propio cuerpo ha caído: ¿la han medido?; ¿desde cuándo?; ¿no estarán proyectando sus propios problemas?; ¿entienden el fenómeno biológico de la selección sexual?

Resulta que Coca Cola ha sido acusada de prácticas monopolísticas incluso por la propia Pepsi (que naturalmente lo ha hecho por justicia, no por tener ningún interés particular en el asunto). A dónde vamos a llegar: los menos competitivos recurriendo a la coacción política legal para fastidiar a los dominantes. Y encima Coca Cola es un símbolo de la globalización. Era mejor antes, con las banderas nacionales (a menudo acompañadas de cruces y medias lunas) como estandartes de los ejércitos en el campo de batalla.

Para dar prestigio intelectual al documental recurren a declaraciones de adolescentes que afirman que tener unas Nike es prueba de éxito social (e incluso demuestra que se es un gran deportista).

¿Por qué será que siempre se refieren a la gente en abstracto, sin mencionar a nadie en concreto? ¿Se avergüenzan de reconocer sus propias miserias o no se atreven a enfrentarse a personas específicas que puedan ridiculizar sus afirmaciones?

Y esto no es todo, lo mejor es ver el documental (aunque tal vez sea consumo superfluo).

Lamentablemente este artículo no ha sido patrocinado por ninguna firma comercial, y ninguna de las marcas mencionadas en él me ha pagado nada por ello.

 

La propiedad de las calles (30-03-2006)

El derecho de propiedad sirve para evitar, minimizar y resolver conflictos entre seres humanos: el propietario es el único legitimado para decidir qué hacer con su propiedad, y su única limitación es no agredir la propiedad ajena. Los no propietarios pueden no estar de acuerdo, o no gustarles lo que hacen los demás con sus cuerpos, sus vidas y sus cosas, pero eso no es equivalente a ser agredido, así que no tienen ningún derecho a intervenir coactivamente.

Existen situaciones en las cuales es difícil (aunque quizás no imposible) asignar derechos de propiedad sobre ciertos bienes a personas individuales. En estos casos las unidades de gestión más pequeñas son más adecuadas para localizar y resolver problemas, porque tienen el conocimiento y los incentivos necesarios para ello, y porque cuantas más personas estén involucradas en un asunto más difícil es llegar a acuerdos máximamente satisfactorios.

Las calles existen porque es necesario trasladarse de un lugar a otro (a pie o en un medio de transporte), y suelen ser públicas porque es difícil y caro cobrar a los transeúntes por su utilización. Quienes viven o trabajan en un lugar son los principales interesados en que su hábitat sea agradable y atractivo y no se degrade, e igualmente son quienes mejor conocen la problemática particular de la zona. Las unidades urbanas más pequeñas posibles (bloques urbanos, barrios, pequeños municipios) son las más adecuadas para establecer las normas de uso de los espacios comunes.

Pero no hay garantías de que no haya conflictos, ya que distintas personas pueden tener diferentes preferencias, y la tragedia de los comunes enseña que es muy humano intentar aprovecharse al máximo de algo y contribuir lo mínimo posible a su mantenimiento: si alguien obtiene un beneficio provocando un coste a otros debería pagarles por ello de algún modo, con una tasa por un aprovechamiento o con una sanción por un daño causado. Cuando los destrozos se permiten lo normal es que proliferen, ya que la destrucción es fácil y a menudo divertida (los edificios abandonados suelen tener muchas ventanas rotas y no es por accidente).

Es posible conocer algunos principios generales acerca de cómo optimizar la normativa de uso de las calles mediante la observación de cómo se comportan las personas en sus propios hogares y cuando son invitados a viviendas ajenas, y mediante el estudio de las normas de conducta en calles de propiedad privada (centros comerciales, parques de atracciones).

Parece sensato exigirle a la gente que no ensucie ni estropee la calle, y por lo tanto no defecar u orinar en ella (tampoco los animales de compañía), ni abandonar basura (cuesta muy poco utilizar las contenedores dispuestos al efecto), ni destrozar el mobiliario urbano. Si alguien no admite esto tal vez lo entienda cuando otras personas hagan sus necesidades en el pasillo de su casa, abandonen allí también su basura y además destrocen sus muebles.

Los que pegan carteles sin permiso deberían retirarlos, limpiar lo ensuciado y ser informados de que existen medios de comunicación de masas que aceptan comentarios políticos y publicidad comercial: si no quieren o no pueden pagar el precio es su problema, y tal vez a los ciudadanos no les interesen los mensajes que quieren transmitir. Las pancartas colgadas son al menos más fáciles de retirar.

Las pintadas y el grafiti, aunque a sus ejecutores les parezcan artísticos y les sirvan para dejar constancia pública de su probablemente patética existencia, no suelen embellecer el entorno (no hay mucha gente dispuesta a pagar por ello y algunos se limitan a firmar con mala letra): a estos vándalos callejeros, además de obligarles a limpiar su porquería y a devolver las cosas a su estado original, se les podría educar pintarrajeando sus caras, sus cuerpos, sus ropas y sus posesiones más queridas. A ver si les gusta.

La venta ambulante reduce mucho los costes para el vendedor: no tiene que pagar el alquiler de un local y puede desplazarse y colocarse donde más clientes potenciales haya. Lástima que al hacerlo impida el paso de los viandantes (quienes tal vez podrían hacer como si toda esa mercancía no estuviera allí y pasar por encima, ya que no tendría que estar allí). Y si uno puede hacerlo, ¿por qué no todos hasta que la circulación quede totalmente bloqueada?

Algunos comerciantes parece que no tienen suficiente con el espacio de su local e invaden parte de la acera con sus mercancías o su publicidad. Algunos quiosqueros expanden su negocio mucho más allá de su pequeño habitáculo (y seguramente más allá de lo que su licencia municipal les permite).

Los pobres pueden pedir ayuda en múltiples organizaciones de caridad; pero hay profesionales de la mendicidad que no quieren que les sermoneen o les ofrezcan trabajo, prefieren dar pena y no les importa demasiado si impiden el paso o si molestan a otros ciudadanos.

Las prostitutas pueden ejercer discretamente en domicilios particulares o burdeles, pero el contacto con el cliente es más rápido y directo en la calle; quizás no consideran que siendo su profesión tan mal vista por muchos deberían ser cuidadosas con sus vecinos, parece que a mucha gente no les gusta la prostitución callejera cerca de sus hogares, escuelas, iglesias o trabajos.

El botellón callejero es una forma atractiva para los jóvenes de pasar el rato juntos, conversar, hacer amigos, buscar pareja y entretenerse. Todo eso puede hacerse en lugares privados (o sin convertir la zona es un basurero), pero al parecer las copas son muy caras: a ninguno se le ocurre tener un poco de iniciativa empresarial y poner un bar donde sean más baratas.

Aparcar en la calle parece gratis, pero obviamente tiene un coste: esa plaza no puede ser utilizada por otros; no es descabellado exigir una tasa cuando el espacio es limitado. Dejar el vehículo mal aparcado puede entorpecer el paso de otros.

Las manifestaciones callejeras sirven para presionar políticamente a los gobernantes o para protestar por múltiples causas. Podrían reunirse pacíficamente en muchos lugares donde no entorpecerían el tráfico (estadios, parques, manifestódromos), pero parece que parte esencial de muchas manifestaciones es llamar la atención perjudicando a otros y mostrando cuántos son y cuánto daño pueden hacer si se ponen de acuerdo.

Se supone que los gobernantes organizan la utilización de los recursos comunes de modo que no se abuse de ellos, pero los políticos y los burócratas son notoriamente incompetentes en sus funciones. Y en realidad se dedican a otras cosas que quedan como ejercicio para el lector.

Para que luego digan que a los liberales no nos interesa lo colectivo.

 

Células colectivizadas (02-03-2006)

Se ha sabido que la familia real española ha enviado células del cordón umbilical de su primera hija a una empresa privada estadounidense. Un portavoz de la Organización Nacional de Trasplantes, dependiente del Ministerio de Sanidad, ha afirmado: “cada persona es libre de hacer lo que quiera, pero la ONT advierte que usar un sistema privado no garantiza la confidencialidad. No hay ninguna garantía. Una prueba de ello es la filtración que se ha producido, y que nunca hubiera ocurrido en un sistema público”. Parece que esta práctica deja información genética sensible en manos privadas; aunque estos bancos privados garantizan contractualmente a sus clientes que el ADN de esas células no se descifra ni se manipula (las células pasan a ser directamente congeladas hasta su futura utilización), las autoridades públicas alertan de que no hay forma de saber cómo se gestiona la confidencialidad de esta información genética.

Este portavoz es un necio, un alarmista, y un desvergonzado: pretende que los ciudadanos españoles somos libres de hacer lo que queramos, o sea que vivimos en la sociedad liberal perfecta, sin regulaciones ni leyes coactivas absurdas en todos los ámbitos de la existencia (no podemos, por ejemplo, vender nuestros órganos o nuestra sangre); nos advierte contra las empresas privadas, que no roban a nadie ni se imponen por la fuerza pero que al parecer no ofrecen ninguna garantía (ninguna, inexistente, no pocas o insuficientes sino cero) y podrían incumplir lo pactado contractualmente (y así advertir de su incompetencia a los futuros clientes potenciales) porque los fisgones estatales no las controlan exhaustivamente; y alaba el sistema público del cual forma parte (¿conflicto de intereses?), donde milagrosamente hay garantías absolutas (no nos explica cuáles son ni cómo se consiguen, tal vez algún periodista podría conseguir un soplo por una filtración gubernamental, pero eso no sucede nunca en la realidad). Confunde la filtración sucedida de que alguien famoso usa ese servicio (que no tiene por qué ser un fallo de la empresa receptora) con la temida difusión de la información genética de cualquier ciudadano corriente.

La Organización Nacional de Trasplantes se ha opuesto sistemáticamente a los bancos privados que han intentado instalarse recientemente en España (porque son privados), abogando por la donación altruista de sangre de cordón umbilical a los bancos públicos del Registro de Donantes de Médula Ósea, que asiste de forma “desinteresada” a enfermos de todo el mundo (no es que sus empleados trabajen gratis por amor al prójimo sino que sus sueldos proceden del reparto del botín fiscal). Su principal responsable, el doctor Rafael Matesanz, se opone a los bancos privados por la quiebra del principio de altruismo que caracteriza a nuestro “modélico” sistema nacional de trasplantes y la ausencia de evidencias sólidas sobre el potencial médico de estas células.

El modelo ideal propuesto es claramente colectivista y burocrático: la utilización de las células de cordón umbilical para uso exclusivo del donante o sus familiares es inaceptable, ya que esta práctica resulta contraria al principio de libre disponibilidad (por el médico, claro, no por el ciudadano) y universalidad (también para aquellos que no contribuyan o no paguen). El ánimo de lucro es abominable: la donación de células debe realizarse sin buscar un beneficio de personas concretas y de forma voluntaria (al menos no las roban directamente, pero todo llegará, piense que ahora al morirse usted es donante a no ser que se haya opuesto explícitamente), altruista (amando a todos en abstracto pero sin dedicación especial a nadie en particular) y desinteresada (¿ni siquiera el interés de ayudar a la humanidad?).

Tal vez estas células no tengan potencial médico (o sí, nunca se sabe), pero el amante funcionario quiere evitar que malgastes recursos y te prohíbe que te esfuerces por la salud de tus hijos personalmente: mejor dale una buena parte de tu dinero y de tu libertad y él se ocupará del bienestar de todos; no hay razón para desconfiar, está todo garantizado, porque el sistema es público y estatal.

 

Ley de dependencia del estado (31-01-2006)

La ley de dependencia del estado merece ese nombre. No porque sea un ley de ámbito estatal referida a las personas dependientes, sino porque es una ley que consagra y sistematiza la dependencia del estado. El aparato estatal, formado por políticos, funcionarios y subvencionados, sobrevive a costa de expoliar sistemáticamente a los ciudadanos productivos. Una estrategia estatal de supervivencia implica generar múltiples intereses que favorezcan su existencia: las muchas personas que reciben del estado más que lo que contribuyen (que a menudo es nada) tienden a preferir que el sistema gubernamental se mantenga o se expanda. Jubilados con pensiones públicas, sindicalistas, funcionarios o empleados públicos (profesionales de la educación, de la sanidad, de diversos servicios colectivos), receptores de subsidios varios: a todos les interesa de forma egoísta que las cosas sigan como están, y si es posible que se colectivice todo aun más. Los pobres envidian a los ricos y votan felices y convencidos para que se les confisque su riqueza y se reparta el botín: todo en nombre de un tan presunto como inexistente contrato social.

Como lo normal es que los seres humanos no se dejen robar pasivamente, los intelectuales cortesanos están permanentemente a la busca de excusas para intentar justificar la coacción institucional: el estado sólo quiere hacer el bien, ayudar a los necesitados, perseguir a los insolidarios que no aceptan cargar con su parte de responsabilidad colectiva. ¿Cómo negar ayuda a los más necesitados, a quienes por enfermedad, accidente o envejecimiento no pueden ya valerse por sí mismos y necesitan ayuda ajena? Los políticos sabios y bondadosos van a crear un sistema nacional de dependencia que creará muchos puestos de trabajo y estimulará la economía, compensará a los familiares que se ocupan de sus seres queridos más débiles, y resolverá todos los problemas imaginables.

Tras esta imagen de bondad se esconde la pulsión del poder, el deseo del dominio o control sobre otras personas, todo intencionalmente confundido mediante múltiples falacias comúnmente aceptadas. Si los más necesitados tienen algún derecho especial frente a otras personas, estos derechos no pueden ser derechos humanos, es decir derechos que se tienen por ser humano y sólo por ser humano (y no por estar enfermo o ser pobre). La necesidad no genera ningún derecho especial, y los que los políticos afirman reconocer se obtienen de forma ilegítima a costa de violar el derecho natural básico de propiedad. La justicia no tiene nada que ver con la redistribución de riqueza.

Los más ancianos podrían haber ahorrado para su vejez, o confiar en la ayuda de sus hijos (si no los tienen sus ahorros serán mayores). Los accidentados y enfermos podrían haber suscrito algún tipo de seguro que les garantizara una ayuda en caso de fatalidad. Pedir ayuda es muy diferente de exigirla. Confiar en los sentimientos de afecto y solidaridad de los otros es muy diferente de reclamar por la fuerza derechos inexistentes frente a completos extraños. El estado destruye los lazos espontáneos de la familia y la sociedad y pretende sustituirlos por trámites burocráticos impersonales. Crea empleos ineficientes a costa de destruir los auténticamente productivos. Y afirma estar resolviendo los problemas que previamente ha causado y sistemáticamente agrava.

¿A usted le preocupan los dependientes necesitados? ¿A qué espera para demostrarlo ayudándoles? Lo que hagan los otros es cosa de ellos, ¿o es que es usted de esos resentidos que no hacen nada más que quejarse de lo poco solidarios que son los demás? ¿Pretende usted convencerles u obligarles a ayudar? Si usted cree que es una persona pacífica y tolerante, ¿por qué se acerca a mí armado para que participe en un sistema de solidaridad que yo sé que no es adecuado? Claro que usted no viene directamente, prefiere reclamar a sus representantes políticos para que me envíen a sus fuerzas de inseguridad. Que mira por dónde también son dependientes del estado.

 

Evolución y liberalismo (02-01-2006)

A menudo se critica al liberalismo que se basa en una versión cruel del evolucionismo según la cual los débiles deben desaparecer en beneficio de los fuertes. Esta opinión es un tópico irreflexivo que muestra un profundo desconocimiento de lo que es la evolución (biológica y cultural) y lo que es la libertad. Cualquier filosofía ética y política que pretenda ser científica debe corresponderse con la realidad, y la naturaleza biológica y humana es evolutiva. El liberalismo no se basa de forma arbitraria y caprichosa en el evolucionismo, sino que lo acepta como un fundamento dado irrenunciable: las variantes reproductivas mejor adaptadas (más eficientes en el automantenimiento y propagación de sus características) van a ser exitosas, abundantes y predominantes; los peor adaptados tienden a desaparecer.

Las estrategias evolutivas son complejas y deben tener en cuenta las posibles acciones de los demás. El juego de la supervivencia admite muchas estrategias exitosas, y por eso hay tantas especies y nichos biológicos. La competencia es a menudo brutal: muchos organismos viven a expensas de otros (parasitismo, depredación, esclavitud). Pero la lucha a muerte de todos contra todos no sólo no es la única opción posible sino que es una alternativa pésima. La vida es competitiva (ser competente, capaz) pero también esencialmente cooperativa y simbiótica a todos los niveles: cromosomas como alianzas de genes; colonias de bacterias; células eucariotas como confederaciones bacterianas; organismos pluricelulares como asociaciones de células; grupos animales para unificar esfuerzos en la protección y la caza; sociedades humanas con especialización, división del trabajo, intercambio e instituciones evolutivas como el lenguaje, la propiedad y el dinero.

Por su fuerza o su astucia para muchos seres humanos resulta posible vivir a costa de los demás, y lo hacen. En las sociedades no libres los parásitos (gobernantes, burócratas, subsidiados) explotan mediante la violencia (directa o indirecta) y el expolio fiscal a las personas pacíficas, honestas y productivas, con excusas diversas como la superioridad de alguna casta, el mandato divino, el bienestar general o la defensa de los más débiles.

La libertad es la característica de una sociedad que respeta el derecho de propiedad (la legitimidad de la posesión o control sobre los recursos), la única norma ética universal, simétrica y funcional posible. En una sociedad libre ningún individuo vive a costa de otros sin su consentimiento, todas las relaciones deben ser voluntarias y mutuamente beneficiosas, no se obtienen ganancias de forma coactiva a costa de pérdidas ajenas (robos, estafas). La riqueza legítima se obtiene sirviendo a los demás, ofreciéndoles bienes y servicios valiosos en un mercado libre. La competencia puede ser muy dura (tanto entre productores vendedores como entre consumidores compradores) pero la agresión violenta queda excluida. Triunfan profesionalmente quienes mejor sirven a los demás (y sus formas de hacerlo), y adquieren más poder para seguir haciéndolo si así lo desean. Los que fracasan admiten sus pérdidas e intentan mejorar o se dedican a otra cosa. La riqueza es generada constantemente, no hay tartas fijas o botines que repartir equitativamente. Los ricos no viven a costa de los pobres, y aunque no tienen ninguna obligación de ayudarles lo hacen al ofrecerles la posibilidad de comerciar y al producir excedentes de riqueza que permitan la caridad.

La sociedad libre evoluciona renunciando a la agresión, y progresa de forma espectacular porque el comercio es mucho más eficiente que la esclavitud parasitaria. Pero los necios colectivistas siguen con el tópico del capitalismo salvaje y la ley de la jungla; y proponiendo más política, más intervencionismo, más regulación contraria a derecho, más estatismo coactivo: ahí sólo hay ángeles desinteresados velando por el interés ajeno.

 

Consumismo navideño (07-12-2005)

Las fiestas navideñas no son un invento de malvados capitalistas ávidos de lucro y deseos de vender sus mercancías. Muchas culturas celebran fiestas especiales cerca del solsticio de invierno (el día más corto del año): la oscuridad y el frío se combaten con vacaciones, festejos, iluminación y ornamentación hogareña y callejera, reuniones familiares, comidas abundantes y sabrosas e intercambio de regalos. En este ritual navideño no faltan a la cita las descerebradas críticas de la progresía contra el consumismo: consumimos demasiado, derrochamos de forma irreflexiva, injusta e insostenible.

Algunos confiesan su propia culpa, se muestran como peleles sin criterio incapaces de controlar su comportamiento frente a la masa social y a la inercia de la costumbre. Otros critican a los demás de forma colectiva pero no tienen el valor de personalizar: si lo hicieran tal vez les responderían que se ocuparan de sus propios asuntos y no hicieran el memo juzgando conductas ajenas cuyos detalles desconocen por completo. Estos ataques que pretenden pasar como análisis objetivos no son más que declaraciones personales de preferencias subjetivas acerca de conductas ajenas. El socialista predecía el empobrecimiento progresivo de los trabajadores, y ahora fracasado, enrabietado, intolerante y tal vez envidioso critica que consumen demasiado.

El consumo es justo cuando se trata de algo que uno ha producido para sí mismo o intercambiado con otros de forma libre y voluntaria (comercio justo) sin robar ni estafar a nadie. La riqueza de algunos seres humanos no se obtiene necesariamente a costa de la pobreza de otros. Toda la redistribución estatal (y consumo asociado) de riqueza es injusta, se quita a unos (víctimas) para dar a otros (parásitos), y además es inútil para solucionar la pobreza. Igualdad material y justicia no son sinónimos. El ser humano siempre aspira a consumir más y mejor: se puede ayudar a los pobres dándoles oportunidades para trabajar y producir bienes para intercambiar con otros.

Algunos recomiendan austeridad, disfrutar de los pequeños detalles, de lo intangible: esto es muy legítimo si no se impone a los demás ni se les engatusa con argumentos equivocados. El asceta se conforma con poco, pero no suele esforzarse en producir nada de valor para los demás; puede tener mucha fortaleza mental, pero su capacidad de actuación física en el mundo es muy limitada. Ciertos creyentes lamentan el materialismo y la pérdida del sentido espiritual tradicional de las fiestas navideñas: la celebración religiosa del nacimiento de su divinidad (quien curiosamente no nació en estas fechas). Olvidan convenientemente que las fiestas invernales existían desde mucho antes de su usurpación por el cristianismo.

El consumo en una economía libre es sostenible. Cada participante en una economía de mercado es un productor especializado y un consumidor generalista: produce para los demás intentando averiguar qué les interesa y qué están dispuestos a pagar por ello. Los precios, junto a beneficios y pérdidas, son señales informativas acerca de las preferencias y las capacidades de los individuos que permiten dar a los medios escasos sus usos más valiosos. Los recursos naturales (renovables o no) defendidos por derechos de propiedad privada no se agotan.

No se consume para poder mantener una estructura productiva sino todo lo contrario: se desarrolla capital a partir del ahorro para poder producir y consumir más y mejor en el futuro. Los estados fomentan el consumo insostenible (no respaldado por producción realmente deseada por los consumidores) al evitar la liquidación de proyectos empresariales fracasados mediante la manipulación del crédito y el envilecimiento de la moneda: consumamos como si el mañana no existiera, ya que endeudarse es fácil y el dinero cada día tiene menos valor.

La inmensa mayoría de los productos disponibles en el mercado a mí no me interesan. Si no se trata de un error empresarial, seguramente les interesan a otros. Si ese otro no es quién para criticar mis compras, ¿quién soy yo para reprocharle por las suyas?

 

Ideas sobre la prostitución (11-11-2005)

-¿Se acostaría usted conmigo por un millón de euros?
-Ay, caballero, qué cosas tiene usted…
-¿Y por diez euros?
-Pero, ¿por quién me ha tomado? ¿Qué se cree usted que soy?
-Está claro que una prostituta; ahora estamos discutiendo el precio.

Algunas feministas colectivistas quieren abolir la prostitución. No se atreven a aclarar si quieren prohibirla (prohibición es prácticamente sinónimo de abolición) o simplemente que sin coacción legal y de algún modo que no explican deje de existir el intercambio de sexo por dinero. Parece que la prostitución es contraria a la dignidad humana, que denigra al trabajador sexual (generalmente mujer) y lo convierte en una persona de clase inferior. Afirman que pretenden ayudar a las prostitutas diciéndoles que son ciudadanos de segunda. No aclaran si también habría que abolir la pornografía, donde además de sexo y dinero el asunto se exhibe públicamente por más dinero. Insisten en que la prostitución no puede considerarse una profesión porque no es un oficio cualquiera, es la comercialización y compraventa de un cuerpo humano para algo íntimo y personal como el sexo. Ignoran que la prostitución no es la venta ni el alquiler de un bien sino la prestación de un servicio. Abominan del lucro, del beneficio y del empresario, les repugna que alguien pueda ganar sucio dinero ejerciendo de intermediario o protector entre prostitutas y clientes. Repiten de forma monótona y machacona sus tópicos (les encanta oírse a sí mismos, monopolizando el debate, interrumpiendo a los demás y evitando que se discutan temas importantes) y son incapaces de aprender. Algunas han dedicado toda su vida a una causa y sería horrible descubrir que ha sido en vano, que no ha tenido sentido porque estaban fatalmente equivocadas.

Algunos conservadores quieren prohibir la prostitución porque según ellos es inmoral. No aclaran si defienden que la moral es obvia, objetiva y universal (y cuáles son todos sus contenidos o preceptos y cómo es posible conocerlos) o si es posible que existan distintas morales en diversos grupos humanos; parecen asumir que si algo es inmoral es legítimo prohibirlo, es decir utilizar la coacción sistemática del estado para castigar a quienes cometan actos inmorales. Inquieren a quienes quieren mantener legal (o mejor alegal, apartada de la regulación estatal) la prostitución si les gustaría que su mujer, su madre o sus hijas (o maridos, padres, o hijos) se dedicaran a ello, como si el hecho de que no te guste algo implique automáticamente que debes intentar conseguir su prohibición. No está claro cómo puede ser inmoral algo que hace tanta gente desde hace tanto tiempo sin agredir a nadie y produciendo beneficios (monetarios y psíquicos) para todas las partes directamente involucradas. Tal vez el moralista es incapaz de entender que lo que a él le parece repugnante en grado sumo a otro puede resultarle interesante o un mal menor que merece la pena a cambio de algo mejor (o un mal no tan menor para el que hay que mentalizarse, bloquearse emocionalmente o incluso drogarse, pero si es la elección libre es la preferencia demostrada, aunque a posteriori pueda haber arrepentimiento). El hombre de bien quizás no tiene en cuenta que si no hubiera prostitutas el deseo sexual de muchos hombres podría dirigirse hacia su madre, su mujer, sus hijas u otras potenciales víctimas de seducción o violación.

La prostitución frecuentemente es una forma de esclavitud y explotación asociada al crimen organizado y a la inmigración ilegal, pero no siempre. Hay prostitutas (pobres o ricas) que ejercen su trabajo libre y voluntariamente. Las que son pobres y no tienen muchas alternativas son tan libres como las menos pobres si nadie las obliga por la fuerza a ejercer. Los prohibicionistas confunden y mezclan todas las situaciones (por interés o incapacidad intelectual), no analizan las diferencias relevantes, y en vez de luchar contra la violencia de las mafias (para lo cual las instituciones estatales son incompetentes) pretenden agredir o acosar a los clientes (y a los empresarios o intermediarios), porque aparentemente son quienes fomentan la prostitución: hay prostitución porque ellos pagan (admirable tautología para la cual sólo hay que conocer la definición del fenómeno analizado). Efectivamente que haya más clientes dispuestos (demanda) incentiva que haya más prostitutas (oferta). Si se quiere ayudar a las prostitutas libres conviene incrementar la demanda para que puedan subir el precio. Si se quiere eliminar la prostitución que se ejerce con violencia no parece muy acertado utilizar más violencia institucional para prohibir la prostitución voluntaria que se ejerce sin violencia. Si se quiere ayudar a las prostitutas forzadas conviene atrapar a sus agresores y obligarles a que las compensen por los daños causados.

En lugar de luchar contra la pobreza causada por el colectivismo (muchas prostitutas, libres o esclavas, proceden de países socialistas) parece que es mejor eliminar los síntomas y las vías de escape. Los colectivistas hablan en nombre de personas a quienes no representan y se refieren a clases, no a individuos. Les preocupa la dignidad de la mujer como colectivo, no el bienestar de cada mujer particular. Asumen que la prohibición ayudaría a la prostituta, no imaginan que podría dañarla marginándola aún más y quitándole una fuente de ingresos más necesarios cuanto más pobre sea y más cargas familiares tenga. Cuando quieren subvencionar a las mujeres para que abandonen la prostitución suele ser con el dinero de los demás.

Algunas prostitutas y quienes las defienden pretenden que puedan pagar impuestos, sindicarse e inscribirse en la seguridad social: ingenuamente desconocen la auténtica naturaleza del estado o piensan que van a obtener más que lo que tengan que aportar. Algunas prostitutas querrían poder organizarse de forma cooperativa sin intermediarios, pero parece que en este negocio es imprescindible alguien con habilidad y contactos para pagar los sobornos adecuados a policías, jueces y políticos corruptos (y eso que la prostitución no es ilegal).

El sexo es esencial en los seres humanos, organismos vivos preocupados por reproducirse y transmitir sus genes de forma eficiente para ser competitivos en la historia evolutiva. El hombre y la mujer son biológicamente y sexualmente diferentes, no sólo en su anatomía y fisiología sino también en su psicología. Sus estrategias de apareamiento son diferentes: el hombre produce fácilmente gran cantidad de espermatozoides y no se queda embarazado, por lo cual es más proactivo y menos selectivo. La mujer sólo produce un óvulo en cada ciclo menstrual y si es fecundado se queda embarazada nueve meses y luego suele querer cuidar de sus hijos, lo que supone un alto coste que explica que sea mucho más selectiva y exigente para el sexo (obviamente los anticonceptivos han cambiado la situación, pero las emociones básicas permanecen porque evolucionaron en un entorno muy distinto del actual). El hombre suele tener el poder físico y económico. El hombre es en general físicamente más fuerte que la mujer (resultado de largos periodos evolutivos de lucha entre los machos por las hembras), y a menudo es quien trabaja para otros y quien tiene el dinero (resultado de la división del trabajo según roles sexuales). Pero respecto al sexo es la mujer quien tiene el poder, ya que conoce el deseo del hombre y puede ocultar el suyo (los seres humanos no tienen periodos anuales de celo como otros animales, y las hembras humanas no muestran abiertamente su periodo fértil). La mujer suele pedir algo a cambio de sexo (regalos, compromiso afectivo o legal, dinero), y el hombre tiende a estar dispuesto a ofrecer algo por el sexo. Después del sexo es la prostituta la que se queda con el dinero, mientras que el hombre tuvo un placer psíquico efímero.

Pero los razonamientos biológicos de la psicología evolucionista acerca de la naturaleza humana y los económicos de la praxeología les parecen espantosos e inválidos a los progresistas que creen que todo es cultura y todo puede cambiarse con el adoctrinamiento adecuado; y los ignorantes no pueden o no quieren entenderlos.

La prostituta novata le cuenta a la veterana:
-Ese hombre era tan guapo que me habría acostado con él gratis.
-Cariño, no te ha dado dinero para que te acostaras con él, sino para que luego te marcharas.

 

La propiedad del agua (13-10-2005)

El agua es esencial para los seres humanos (bebida, limpieza, agricultura, usos industriales). Aunque el agua salada es abundante en mares y océanos, el agua dulce potable es un bien escaso sujeto a leyes económicas inexorables. Los problemas causados por las sequías se ven agravados por la falta de derechos de propiedad privada sobre el agua y la coacción del intervencionismo político.

Los colectivistas de todos los partidos repiten una y otra vez las mismas necedades presuntamente indudables: que el agua es un bien público indispensable y que por lo tanto la disponibilidad de agua es un derecho humano fundamental, de modo que el agua es de todos y para todos; sólo se puede debatir cómo se gestiona como recurso compartido, patrimonio común de todos los ciudadanos.

Algunos pretenden ingenuamente que el problema del agua es simplemente técnico, que basta con encargar a los expertos una solución eficiente y definitiva, un plan hidrológico nacional con la combinación racional y estratégica de elementos como tecnología, embalses, trasvases, desaladoras, depuradoras… Otros mencionan la necesidad de consenso entre todos los afectados. Se recurre a menudo a los principios de justicia y de solidaridad interterritorial para legitimar trasvasar el agua que aparentemente sobra en unas regiones a otras presuntamente necesitadas.

El problema del agua es ético y económico. El consenso universal sobre el uso de los bienes escasos es imposible: las distintas personas tienen preferencias que suelen ser mutuamente incompatibles; el derecho de propiedad sirve para evitar o minimizar los conflictos sociales. Como no existe el derecho de propiedad privada sobre el agua, abundan los conflictos (enfrentamientos entre individuos, colectivos y regiones) y todos los planes estatales de ingeniería social están condenados al fracaso porque no es posible realizar cálculos económicos sin precios de intercambio que muestren las preferencias y las capacidades de las personas; los precios de mercado sirven además como incentivos para economizar los recursos, produciéndolos y distribuyéndolos donde son más valorados y ahorrando cuando se considere oportuno, y no por penosas campañas de concienciación pública que son parches a corto plazo que evitan conocer la auténtica naturaleza del problema. Cada persona tiene derecho a toda el agua que quiera y pueda pagar (o conseguir por sí mismo).

Cuando alguien dice que el agua es de todos en realidad está reclamando su parte, que le quiten a otro para dárselo a él. Los bienes económicos son distribuidos en un mercado libre si los compradores pagan por ellos; en el caso del agua muchos se hacen las víctimas, pretenden que se la den gratis o a precios fuertemente subvencionados, acusan a los demás de insolidarios y luego se sorprenden de que el agua escasee o de que otros no estén de acuerdo con sus reclamaciones. Los que quieren recibir agua afirman que la sequía afecta por igual a todos los miembros de la comunidad como ente cohesionado, pretenden que los demás sufran por un problema que en realidad sólo tienen ellos. Algunos representantes de los agricultores incluso afirman con total desvergüenza que tienen derecho a agua a precios competitivos porque si no su actividad sería económicamente inviable: los demás sectores económicos pueden fracasar, a ellos se les debe garantizar la supervivencia a costa del resto porque han hecho muchos avances tecnológicos y contribuyen a la riqueza del país.

El abastecimiento de agua seguirá siendo un grave problema mientras se pretenda garantizar su suministro con ese arcaico y violento sistema tribal que es la política, y se resolverá fácilmente cuando se apliquen normas éticas de derecho de propiedad y se recurra al mercado libre y a la perspicacia empresarial: así se descubrirá qué es más eficiente, si esperar a que llueva, o reducir el consumo, o trasvasar, o reciclar y reutilizar aguas residuales, o desalar agua del mar o alguna otra idea que aún no se le ha ocurrido a nadie.

 

Catástrofe natural e intelectual (14-09-2005)

Se ha hablado y escrito mucho, con gran cantidad y variedad de estupideces, acerca de la inundación de la zona de Nueva Orleans por el huracán Katrina: la catástrofe natural ha sido seguida por una catástrofe intelectual que ni ha sido la primera ni será la última dado el nivel de ignorancia de la mayoría de los comentaristas y de la población en general.

Algunos han protestado porque no se dedicó más dinero estatal al mantenimiento y a la construcción de diques. A toro pasado y después de ocurrido un desastre es fácil lamentarse de un riesgo no perfectamente cubierto. Se exigen a posteriori más recursos para cuestiones preventivas pero se olvida que decidir a priori qué recursos adjudicar a qué asuntos es muy problemático: los medios son finitos, y añadir a alguna partida presupuestaria implica quitar de otra, y tal vez haya quien proteste; ahora hay quienes se arrepienten de no haber gastado más en diques (sin especificar cuánto más sería adecuado), pero el error siempre es posible en toda acción humana, el futuro es en general impredecible en detalle y no existen garantías completas de seguridad. Todo lo que se gaste ahora en diques no podrá utilizarse para prepararse frente a otras amenazas que quizás sucedan en el futuro.

No se trata simplemente de un problema técnico (recurrir sólo a diques puede evitar alguna inundación pero agravar problemas futuros debido a la distribución de los sedimentos transportados por el río), es sobre todo un problema económico y ético donde entran en conflicto las preferencias particulares de grandes cantidades de personas. Protegerse del alza de un río mediante diques puede trasladar el problema a otra parte del río, y esto lo saben muy bien los habitantes de zonas proclives a inundaciones: en ocasiones se ha recurrido a destruir diques en unos lugares para salvar otros. Y además el sistema de diques es especialmente vulnerable a ataques terroristas (si no se les había ocurrido antes ya deben haber tomado nota). Muchos insisten en que un dique es un bien público que debe ser financiado y gestionado por el estado.

Los ecofanáticos insisten en culpar de todo al calentamiento global, a la actividad industrial, a la depredación de la naturaleza. Algunos han afirmado que esta catástrofe sucedida en una nación rica demuestra la necesidad de gobiernos estatales más fuertes (incluso un gobierno mundial) que nos defiendan porque todos somos igualmente vulnerables y podemos sufrir por igual las consecuencias de los desastres naturales. Pero las naciones más libres (o menos coactivas, es decir con menos injerencia gubernamental) son más ricas y tienen más recursos para defenderse de los ataques de la naturaleza.

Distintos lugares son diferentes respecto a su vulnerabilidad frente a catástrofes naturales de todo tipo (terremotos, inundaciones, incendios, huracanes…): es absurdo considerarlos a todos iguales y pretender garantizar institucionalmente de forma colectiva y coactiva la reparación de los daños. Los seguros estatales los obtienen unos a costa de otros e incentivan la construcción y la población de zonas peligrosas: los individuos no tienen en cuenta adecuadamente los riesgos ya que el gobierno les va a rescatar sistemáticamente y no tendrán que responsabilizarse por sus errores. La demagogia frente al desastre es tal que se insiste en que es una cuestión de orgullo nacional el reconstruir a toda costa, y se tacha de insensible a quien ose afirmar que tal vez sea más sensato asumir las pérdidas y aprender la lección. La solidaridad se puede pedir, pero no es legítimo exigirla.

Los votantes culpan a sus políticos odiados y lamentan que no estén los suyos en el poder. Los políticos se culpan unos a otros, se hacen las fotos y los discursos de rigor para que parezca que hacen algo. Las burocracias estatales han mostrado su incompetencia, pero esto no les preocupa gran cosa, ya que el fracaso está en su naturaleza y es esencial para su crecimiento: se cortan unas pocas cabezas como chivos expiatorios y se incrementa su presupuesto. Sin agencias estatales financiadas mediante impuestos la gente tendría más dinero disponible para contratar seguros privados o para donarlo voluntariamente a instituciones de caridad (las que realmente ayudan) y nadie tendría la excusa moral de que ya ha pagado para que el gobierno se ocupe de todos los problemas de los necesitados.

Muchos han puesto el grito en el cielo al descubrir que en los ricos Estados Unidos de América (una nación presuntamente liberal) todavía hay pobres que no pudieron evacuar la ciudad (¿o quizás algunos no quisieron, porque sabían que era muy probable que es su ausencia sus viviendas fueran saqueadas?). Exigen más redistribución de riqueza y más socialismo, no se les ocurre pensar en las causas de esa pobreza, en todas las regulaciones que dificultad la actividad empresarial y laboral y en la institucionalización de los subsidios que genera una cultura de dependencia e irresponsabilidad personal.

Algunos piensan que la situación de colapso y fracaso del estado es sus funciones teóricamente más básicas de protección del orden público es equivalente al funcionamiento de un mercado de seguridad. Los críticos del anarcocapitalismo creen haber demostrado su causa, que sin un estado monopolista del uso de la fuerza aparece el caos, e incluso critican al mercado por no impedir los saqueos y las agresiones. Ese mismo estado tan necesario para algunos permitía la existencia de esta ciudad famosa por su delincuencia y corrupción. Es difícil que las instituciones sociales del mercado puedan surgir y mostrar su funcionamiento si los gobernantes no sólo son incapaces de proteger la propiedad privada sino que además deciden desalojar por la fuerza a los ciudadanos y confiscarles las armas, si se les impide defender su persona, su domicilio y sus posesiones, si se les considera incapaces de evaluar su situación por sí mismos y se les impide organizarse de forma espontánea. Además el desarrollo de instituciones sociales lleva tiempo, no surgen de la noche a la mañana, y el monopolio coactivo del estado impide su formación.

 

Tráfico y libertad (18-08-2005)

Algunos ilusos creen ingenuamente que los poderes públicos están al servicio de los ciudadanos. Puede comprobarse la falsedad de esta creencia intentando indicar a nuestros presuntos servidores qué deseamos que hagan por nosotros y en qué preferimos que no intervengan. Se escudarán entonces en el obligado cumplimiento de los deberes legales, en normas objetivas democráticamente establecidas e iguales para todos: la ley es la ley y hay que cumplirla porque sí (o tal vez por el bien común, si alguien sabe lo que es). Normas casi siempre paternalistas, coactivas y contrarias a la libertad humana, que muestran que el legislador y su ejército de autómatas burócratas incapaces de pensar críticamente por sí mismos creen saber más acerca de uno mismo que cada persona protagonista de su vida en circunstancias particulares muy complejas. Normas arbitrarias como las leyes del tráfico y el reglamento de la circulación aplicables a todas las carreteras monopolizadas por el Estado.

Si no llevas puesto el cinturón de seguridad, porque te resulta incómodo, porque se te ha olvidado, o simplemente porque no te da la gana utilizarlo (¿tal vez por rebeldía contra el sistema?), el diligente agente de la circulación aliviará el peso de tu cartera para recordarte que es por tu bien, o por reducir los costes de la sanidad pública que debes financiar sí o sí, o por reducir las cifras de víctimas que alguien ahí fuera considera inaceptables. No has agredido la propiedad ajena, pero has osado transgredir las normas y mereces ser castigado; tal vez así te des cuenta de que los que mandan no bromean.

Lo mismo pasa si no llevas el casco en la motocicleta. No importa si viajas muy despacio por una carretera desierta admirando el paisaje. Tus preferencias personales son irrelevantes, eres un irresponsable y debes ser reprendido. Si quieres hacer el favor de acercar a su casa a una amiga de noche no puedes si no tienes un segundo casco; hay que fomentar el transporte público y colectivo. De nada sirve ir con más cuidado, la ley no considera que puedas adaptarte responsablemente a las circunstancias, son normas arbitrarias que hay que cumplir, si fueran razonables y justas el poder político no tendría ninguna gracia.

Que no se te ocurra superar el número máximo de personas en un vehículo: los que sobren que se busquen la vida. Hablar por el teléfono móvil es un gravísimo pecado, tú no eres capaz de evaluar los riesgos y de decidir si la conversación es suficientemente importante. Si quieres llevar a tus sobrinitos de paseo mejor mételos en el maletero como equipaje porque si no eres padre es poco probable que dispongas de sillas de seguridad homologadas.

Recuerda que los límites de velocidad para distintos tipos de carretera son los mismos en cualquier circunstancia, aunque no haya nadie más en la carretera a quien poner en peligro, y aunque tu coche en otro país en una carretera semejante podría ir legalmente mucho más deprisa. Si has bebido algo de alcohol eres un criminal en potencia al volante incapaz de distinguir el bien y el mal. Si no has dormido en varios días, o estás enfermo o cansado, no pasa nada si no se nota mucho.

Si tu vehículo es una vieja tartana que no mantienesadecuadamente o si tu conducción es patosa o despistada, no te preocupes: el hecho de bloquear un carril por avería o accidente y causar graves pérdidas de tiempo y dinero a miles de personas puede hacerse sin ser sancionado y sin tener que compensar a los perjudicados por tu incompetencia (paraíso de misántropos). Si pierdes el control de tu vehículo y alguna persona fallece por tu culpa, pues sólo ha sido un accidente, qué se le va a hacer, las víctimas tendrán que resignarse. Si conduces sin carnet y atropellas a alguien por no respetar un paso de peatones y lo matas lo más probable es que no te pase gran cosa, no te considerarán homicida.

El reglamento de la circulación viola sistemáticamente los derechos de propiedad y la libertad contractual, se concentra en circunstancias objetivas arbitrarias que no afectan por igual a todos los conductores, e ignora la capacidad de los individuos de adaptarse responsablemente a las circunstancias. Como me recuerda la Dirección General de Tráfico en sus campañas de propaganda, no pueden conducir por mí. Obviamente tampoco pueden pensar por mí; ni siquiera pueden pensar.

 

Pobreza y tráfico de órganos (21-07-2005)

La pobreza de muchas personas es trágica, y recurrir a la venta de un órgano para paliarla revela lo penosas que son sus condiciones de vida (si se hace es porque no vender es considerado subjetivamente aun peor); pero escandalizarse ante ello y promover su prohibición no va a ayudarles en absoluto. Un reciente reportaje periodístico sobre el tráfico de órganos en Nepal revela múltiples falacias comúnmente admitidas.

Los traficantes de órganos son denominados mafiosos: lo que hacen es ilegal, tal vez son individuos con pocos escrúpulos morales o legales, pero no coaccionan a nadie, no utilizan la violencia. Trabajan en zonas remotas para evitar ser descubiertos: los habitantes pobres de las ciudades no tienen la oportunidad de vender un órgano. Se dirigen a las familias más desesperadas en las zonas más pobres: ellos no son responsables de su pobreza y les ofrecen una posibilidad para mitigarla (pueden rechazarla, no se la imponen); de forma inteligente buscan el máximo beneficio concentrando sus esfuerzos en quienes estén dispuestos a proporcionar órganos sanos a precios más económicos, y al mismo tiempo ofrecen una oportunidad de subsistencia a los más necesitados. La ley sólo permite la donación voluntaria de un órgano a un familiar y castiga con cinco años de cárcel su comercio: afortunadamente para los pobres el tráfico de órganos no está entre las prioridades de la policía.

Los vendedores de órganos son denominados víctimas de las mafias. La venta de órganos se presenta como algo deplorable, y sin embargo un alto porcentaje de los habitantes de los pueblos investigados han vendido ya uno de sus riñones y algunos se quejan por no ser considerados aptos (ancianos dispuestos a vender a menor precio). Algunos aspirantes a vendedores incluso viajan a la ciudad sabiendo que no cobrarán nada si son rechazados y que tendrán que volver a su casa por su propia cuenta. Algunos campesinos trabajan como intermediarios y recorren los pueblos tratando de convencer a amigos y conocidos para que acepten las demandas de los traficantes, pero según el reportaje no son los más emprendedores sino las víctimas más desesperadas.

Algunos vecinos se han negado a vender un riñón al comprobar que el sacrificio no ha servido para cumplir los sueños de quienes aceptaron operarse (como si fuera una cuestión universalmente objetiva): parece que los que aceptaron se dejaron arrastrar por la tentación de un dinero fácil (el sueldo de todo un año), y algunos que aceptaron todavía no ha tenido tiempo de arrepentirse.

Un labrador en paro arrepentido de haber vendido su riñón (afirma que en su momento no vio qué otra cosa podría hacer) protesta porque diversas promesas no han sido cumplidas: si el tráfico de órganos fuera legal podría reclamar a la justicia. Cree que si se hubiera negado probablemente otros no habrían seguido su ejemplo: como si él fuera determinante para el comportamiento de otros. Creó el Comité de Víctimas del Tráfico de Órganos para tratar de alertar a otros, pero no le hacen mucho caso: el dinero ofrecido les resulta a priori más valioso que el órgano perdido.

Aunque se reconoce que algunos lograron pagar algunas deudas, comprar fertilizante para las cosechas y medicinas para sus hijos, según el reportero la mayor tragedia del tráfico de órganos de Nepal está en lo poco que han cambiado las cosas para los que accedieron a vender, al parecer casi todos eran campesinos analfabetos que despilfarraron una cantidad inaudita de dinero en juego y bebida. Para algunos la situación incluso ha empeorado, ya que el padre de familia ha quedado debilitado por la operación y no puede trabajar la tierra como solía: no hay garantías de acierto en la acción humana.

Parece que el engaño constante de las mafias no pone en peligro un negocio en el que los traficantes se llevan con cada operación beneficios tres veces superiores de lo que pagan por un riñón. El periodista no aclara cómo ha obtenido una información así acerca de criminales sin escrúpulos, pero en un mercado libre esto sería un incentivo enorme para la actividad de más empresarios capaces de trabajar con márgenes menores, pagando más a los vendedores y cobrando menos a los compradores finales.

Los vendedores de órganos contribuyen a salvar las vidas de los ricos, pero ellos no tienen acceso a servicios sanitarios, ya que no hay en todo Nepal ni un sólo hospital preparado para realizar un transplante de riñón, el sistema público de salud está en bancarrota y las máquinas de diálisis apenas funcionan: no resulta sorprendente en un país tan pobre, si venden órganos para sobrevivir sería raro que disfrutaran de servicios sanitarios de calidad. Ojalá que algún día dejen de ser pobres, pero incluso entonces tal vez a alguien le resulte beneficioso vender parte de su propio cuerpo… porque recibe algo más valioso a cambio.

 

Libertad, razón y emoción (23-06-2005)

Dicen que el que no es socialista a los veinte años no tiene corazón, y que el que sigue siendo socialista a los cuarenta no tiene cabeza. Pero lo cierto es que quien es socialista a los veinte es un necio, y quien sigue siéndolo a los cuarenta sigue siendo un necio, por mucho que lata su corazón.

A menudo se nos critica a los liberales que no tenemos sentimientos. Cuando el colectivista (de izquierdas o de derechas) ya no tiene argumentos racionales que oponer (que es casi siempre), nos ataca llamándonos malvados, indiferentes, insolidarios… No nos preocupamos por los pobres, no nos importa el medio ambiente, no nos conmueven los sufrimientos humanos… Si defendemos temas delicados como la legalización de las drogas es porque nos dan igual los drogadictos; si proponemos la legalización de la prostitución es que nos es ajeno el drama personal de las prostitutas; si criticamos la prohibición del trabajo infantil es porque queremos explotar a los niños indefensos del tercer mundo. Y así con todo.

Es muy arrogante juzgar las intenciones de otro a quien apenas se conoce personalmente. Las emociones impulsan la conducta y son fundamentales en todos los seres humanos. Son fenómenos íntimos muy complejos: no siempre es fácil saber lo que realmente siente otra persona aunque trate de expresarlo con sinceridad, y en ocasiones uno mismo no tiene claros sus sentimientos. En los trabajos de análisis intelectual se estudian hechos de la realidad y no suelen expresarse emociones particulares de los autores, pero eso no significa que los pensadores sean fríos procesadores de información. Si un asunto humano se estudia en profundidad tal vez sea porque interesa el bienestar de las personas implicadas.

Algunos enemigos de la libertad parecen emocionalmente inmaduros: frente a los aspectos de la realidad que no les gustan sufren reacciones viscerales, bloqueos emocionales que les impiden pensar. Los análisis éticos y praxeológicos de muchos problemas humanos muestran cómo las prohibiciones estatales y las violaciones del derecho de propiedad están en la raíz de todos ellos, pero el colectivista se empeña en que la realidad no puede ser esa, que tiene que haber otras alternativas; no sabe cuáles son, ni siquiera entiende la situación, pero lo que le disgusta no puede ser cierto. El colectivista está equivocado y como la batalla de las ideas la tiene perdida sólo puede ofrecer buenas intenciones y hermosos sentimientos (sinceros o no).

Los liberales no acusamos a todos los socialistas de no tener sentimientos, solemos asumir que en general su ignorancia es al menos honesta y bien intencionada. Pero la psicología evolucionista muestra cómo en algunas circunstancias puede ser una buena estrategia de comportamiento el ocultar las propias emociones y fingir que se tienen buenos deseos hacia los demás. Demagogos y estafadores son expertos en manipular las emociones ajenas para obtener confianza y engañar a los incautos. Los líderes políticos más dañinos suelen ser muy carismáticos y seductores.

Una iglesia tenía este cartel a la entrada: “They will not care how much you know, until they know how much you care”. A la gente no le importa cuánto sabes, hasta que saben que te importan. De esta profunda verdad acerca de los seres humanos se han aprovechado sistemáticamente los enemigos de la libertad y la razón, tocando los corazones ajenos y nublando sus mentes, haciendo que asuman sus errores y se muevan a ciegas.

 

 

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Francisco Capella