Inteligencia y Libertad

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Francisco Capella

 

ARTÍCULOS DE OPINIÓN

Heroísmo y Tesoro Público

Aznar y la competencia eléctrica

Genes elegidos para salvar una vida

Las gracias de Hacienda

Ciencia y política del clima

Calentamiento global y Apocalipsis

El calentamiento global: datos observacionales vs. modelos teóricos

Agricultura, agua y política

El trabajo infantil

El lenguaje sindical

Apuesto a que no le toca la lotería

Demandas por el tabaco

Más sobre las vacas locas

Contra la fiscalidad global

Genoma, investigación pública y privada

Los pestíferos lodazales de Prada

Ibarra desbarra

Derechos de migración o de propiedad

Fútbol intervenido

Cine en el Congreso

El fin de la mili

Cook: las mentiras de la socialdemocracia

La conservación del capitalismo

Estefanía y la tasa Tobin

Los ciclos económicos

Chaves y el tabaco

Aznar y el proteccionismo eléctrico

Presuntos fallos del mercado

Pescando subvenciones

El pago de las medicinas

Libertad e igualdad

Una denuncia intachable

Mercado común entre desiguales

Carlos Fuentes odia a Bush

Pseudoliberalismo sin principios

Trasplantes, eficiencia y altruismo

El Día del Trabajo

Astronauta de pago

Libertad de prensa y capitalismo

Escudero del intervencionismo global

Una sandía llamada Cohn-Bendit

La UE y el suicidio global

La irracionalidad talibán

Liberalismo utilitarista o iusnaturalista

La dependencia del tabaco

Farmacias en guardia

Contra la Renta Básica de Ciudadanía

Socialismo chileno

Ley, tabaco y pitorreo

Ética y armas

La caja de concentración de Chaves

Ecológico y poco lógico

La televisión pública ambiciosa

Falacias Atkinson

Ética y prostitución

El pseudoderecho de huelga

La esencia del socialismo

Araújo, con pocas luces

El socialismo y la verdad

Los metomentodo antiglobalización

La izquierda verde

Las lecciones de Sintel

Las culpas del esclavismo

Veneno neokeynesiano

Catástrofes intelectuales

Las culpas de EEUU

Patético Patten

Alabanzas sindicales

Emociones o inteligencia

Intenciones o resultados

Las reglas del mercado

Los bienes o la vida

Poder económico y poder político

Recuperemos el dinero de Gescartera

Comunitarismo y colectivismo

La agricultura social

Ética e impuestos

Precios, euro y Argentina

Susan George, una apologista del latrocinio

La globalización colectivista

Derechos de autor o robo legal

Saramago y la justicia

El anarcocapitalismo

El botellón colectivista

Sobre la regulación eléctrica

Movilidad laboral

La irrelevancia de lo individual

Huelga o libertad

Observaciones sobre la huelga

Desarrollo insostenible

Naomi Klein, islamismo y capitalismo

Consumo y libertad

Marina y el estado de bienestar

Vivienda y socialismo

Manifestaciones violentas

Comparando libertades con Europa

Películas Gore de vísceras climáticas

Talante intolerante

Guapas, tramposas y lloronas

Anciana oprimida

Ética y estética

Populismo casero

El día del sindicalista

La noche del calentamiento global

Agricultores liberticidas

Riñones, trasplantes y libertad

El socialismo implica mucha ignorancia

Michael Moore, sic(k)ofante

 

Artículos de opinión

Libertad Digital

Libertad Digital - Archivo de Francisco Capella


Libertad Digital - 6 de octubre de 2000

Heroísmo y Tesoro Público

"Yo he construido este puente. Yo he restaurado esta obra de arte. Yo he salvado cientos de vidas." ¿A quién pueden atribuirse estas poco humildes declaraciones? ¿A algún estupendo filántropo? ¿A un superhéroe? Sería interesante conocer a alguien así, aunque pueda parecer algo chulesco presumir tanto de sus logros. Tal vez no lo haya hecho todo solo, pero le gusta resaltar su participación.

Según la publicidad del Tesoro Público, estas grandes personalidades son todos aquellos que adquieren sus productos financieros; gracias a ellos España va bien, con una economía moderna y europea. Este alarde de individualismo resulta extraño es una institución tan fundamentalmente colectivista y éticamente ilegítima como es el Tesoro Público.

Los miembros del Estado no se quedan satisfechos con el expolio permanente de riqueza que consiguen mediante los impuestos. Para poder llevar a cabo todas sus actividades populistas, necesitan además pedir dinero prestado a los ciudadanos. Una persona incauta puede tal vez pensar que su dinero está siendo bien invertido por probos funcionarios que obtendrán beneficios con los cuales devolverle su capital y los intereses correspondientes. Pero en realidad su dinero va a una caja común en la cual los políticos meten mano para financiar sus múltiples gastos, y lo que hacen los burócratas es prometer que en el futuro seguirán robando lo que haga falta (a todos, incluido el ingenuo prestamista) para pagar sus deudas pasadas (hasta que los ciudadanos se harten, digan basta y el Estado se declare en quiebra).

El Tesoro Público compite de forma desleal con las empresas que buscan financiación, dificultando la obtención de crédito a las personas realmente productivas. Los auténticos inversores son particulares que asumen riesgos y ponen sus posesiones a disposición de empresarios que llevan a cabo actividades auténticamente beneficiosas en un mercado libre. Un empresario que pide prestado necesita una reputación de eficiencia que el Estado no requiere, ya que cuenta con la fuerza de las armas, el monopolio de la emisión fraudulenta de moneda y el Boletín Oficial.

Reconozco que yo he contribuido, en contra de mi voluntad y mis preferencias particulares, con el dinero que me ha sido confiscado por la Hacienda Pública, a construir ese puente, a restaurar esa obra de arte, y a salvar cientos de vidas. Eso sí, todo ello de forma patéticamente ineficiente. Me consuelo pensando que no mantengo relaciones con el Tesoro Público.

 


Libertad Digital - 9 de octubre de 2000

Aznar y la competencia eléctrica

Dos importantes empresas de la industria eléctrica española, Endesa e Iberdrola, están planeando una posible fusión que incrementaría la concentración empresarial en el sector. Según el presidente Aznar, esto supondría una reducción de la competencia, ya que para él lo importante es el número de competidores; el gobierno debe oponerse a la fusión, para garantizar que no decrezca el número de competidores, que ahora son cuatro, y además exigir fuertes desinversiones como garantías a la competencia.

Así que parece que cuatro es un número hermoso y aceptable, pero tres no lo es, pobrecito. Quizás se les ocurra a los directivos que negocian la fusión crear otra empresa eléctrica diminuta (el presidente no se ha referido para nada al tamaño de las operadoras, sólo a su número) para mantener la cantidad total, aunque esto suena un poco a trampa.

El señor Aznar muestra con sus declaraciones su ignorancia económica. La competencia va inextricablemente unida a la libertad, entendida esta como el respeto a la propiedad privada y a la libertad contractual. No puede haber competencia real en un mercado que no es libre, y el mercado de la energía eléctrica está fuertemente regulado por el Estado. Esto explica por qué usted no ha recibido nunca publicidad de ninguna compañía eléctrica con atractivas ofertas de mejores precios y mejor servicio. Las eléctricas no compiten, sino que se reparten el territorio nacional con el beneplácito del Estado, que es quien les fija los precios. Dependiendo de dónde tenga usted su vivienda le corresponde una empresa y no otra, por lo cual éstas no necesitan esforzarse para mantener satisfechos a sus clientes cautivos: no hay posibilidad de elección, no hay alternativa.

En un mercado libre el número de operadores es un sector es completamente irrelevante para que éste sea competitivo. Un único proveedor puede ser eficiente según las circunstancias, si los consumidores están satisfechos y así lo deciden. Los monopolios nocivos son los mantenidos mediante las regulaciones estatales que dificultan o impiden la libre entrada y salida de empresas y consumidores en el mercado.

Como grupo de presión, las compañías eléctricas sí que son muy competentes, y pretenden recibir subvenciones a costa de los consumidores y contribuyentes que les indemnicen por los costes de la transición a la competencia. Antes se aprovechaban de que no tenían que competir, ahora hay que recompensarles por dejar de abusar del consumidor.

 


Libertad Digital Semanal - 14 de octubre de 2000

Genes elegidos para salvar una vida

Una pareja ha tenido un hijo cuyos genes fueron seleccionados con un doble propósito: conseguir un bebé sano, sin la enfermedad hereditaria presente en los genes de ambos progenitores; y que el bebé fuera compatible con su hermana, afectada por esta misma enfermedad, para la realización de un transplante que permitiera salvarle la vida. Varios embriones fueron fecundados in vitro; los embriones con los genes responsables de la enfermedad fueron descartados, y un embrión con la carga genética adecuada fue elegido e implantado artificialmente en el interior de su madre. El trasplante es indoloro para el bebé (se trata de células del cordón umbilical) y no le produce ningún daño físico ni psíquico.

La capacidad de escoger embriones permite tener hijos sanos a parejas portadoras de genes responsables de enfermedades hereditarias. El principal problema ético de este método de reproducción asistida mediante ingeniería genética es la producción al azar de embriones defectuosos que son eliminados. Lo ideal sería poder elegir óvulos y espermatozoides sanos para no tener que producir embriones que posteriormente serán descartados. Pero con la tecnología actual es necesario permitir que el embrión se desarrolle parcialmente, que tenga unas pocas células para extraer una y realizar un diagnóstico genético de preimplantación, ya que la célula estudiada queda destruida por el procedimiento de análisis.

Amplios sectores de la sociedad actual muestran una profunda ignorancia y una histeria irracional frente a la ingeniería genética, quizás influidos por supersticiones religiosas y falacias igualitaristas. Carentes de conocimientos éticos adecuados, muchas personas pueden confundir sus propias reacciones emocionales de miedo o repugnancia con principios fundamentales, o bien limitarse a repetir de forma irreflexiva la doctrina señalada por sus líderes religiosos o políticos.

Jeffrey Kahn, director del centro de bioética de la Universidad de Minnesota, cree que "Esto se está convirtiendo rápidamente en algo similar a comprar un coche y poder decidir el paquete de accesorios extra que quieres. Parece que pronto los padres exigirán embriones para tener hijos con rasgos determinados." Este individuo parece considerar que la reproducción humana debe seguir en manos del azar, que no es deseable que las personas tengan capacidad de control para poder escoger lo que desean, que la especie humana no tiene derecho a mejorarse a sí misma de forma consciente utilizando sus conocimientos científicos. Impedir las mejoras genéticas controladas no es precisamente un acto de solidaridad, ya que implica perjudicar a los más desfavorecidos, a aquellos cuyos genes son de peor calidad. Los que ya tienen buenos genes son quienes menos se beneficiarían de la ingeniería genética. ¿Prefiere usted que sus hijos sean resultado de la combinación aleatoria de sus genes y los de su pareja, algunos de los cuales pueden ser defectuosos o imperfectos, o tal vez le gustaría regalarles algunos rasgos que les permitan tener más éxitos y menos problemas en la vida y ser un poco más felices?

La ética de la libertad indica que toda acción es legítima si no existe una víctima de una agresión, y que nadie tiene derecho a obligar a otro a hacer algo por su supervivencia. El problema ético del tratamiento de embriones es muy interesante. Si el embrión no se considera un ser humano con derechos, sino sólo un conjunto de células, no hay ningún problema en manipularlo. Aunque el embrión sea un ser humano frágil y dependiente, tiene derecho a no ser agredido, pero no tiene derecho a exigir a nadie ser mantenido con vida. Además el tener los genes responsables de una grave enfermedad no augura una vida agradable.

La Iglesia Católica condena la motivación (tener un hijo para salvar la vida de otro) y el método de estos actos (la manipulación genética, la selección de embriones). ¿Es pecaminoso querer tener un hijo sano? ¿Es pecaminoso querer curar a una hija enferma? ¿Es pecaminoso querer tener un hijo sano que permita además curar a una hija enferma? El jesuita Eduardo López Azpitarte, teólogo y moralista, afirma que el ser humano es un fin en sí mismo, y no un medio para conseguir otra cosa (aunque esta sea buena en principio); que el ser humano nunca puede ser utilizado como un medio; que tener un hijo para salvar a otro es cosificar a un ser humano, buscando exclusivamente una dimensión utilitarista, y eso atenta contra la dignidad de la persona (aunque si los padres deseaban tener otro hijo, entonces es moralmente aceptable).

Aquello de que el ser humano es un fin en sí mismo y no un medio para conseguir otra cosa es una proposición muy solemne que parece tener mucho contenido ético, pero en realidad es una frase absurda y sin sentido. Los seres humanos actúan utilizando medios útiles disponibles para conseguir fines valorados. El fin es el objetivo de la acción, y no queda nada claro qué significa que el ser humano es un fin en sí mismo. Por otra parte los seres humanos, o algunos aspectos o habilidades de los mismos, son constantemente utilizados (de forma utilitarista) por otras personas para alcanzar sus metas particulares, y esto es perfectamente legítimo si las relaciones son voluntarias y consentidas, si ningún individuo agrede a otro.

Según la Congregación para la Doctrina de la Fe, intervenir en el patrimonio cromosómico y genético es atentar contra la dignidad, la integridad y la identidad del ser humano. Esto implica que sólo son morales los cambios accidentales en los genes, las mutaciones y las recombinaciones, que por otra parte son inevitables. Si al ser humano no le gusta su propia identidad, debe fastidiarse y no hacer nada por cambiarla, ya que esta parece ser sagrada; eso sí, preservará su dignidad, aunque no se sepa muy bien lo que este término etéreo pueda significar.

La verdad científica es que el patrimonio genético del ser humano no tiene nada de sagrado, sino que es resultado de un largo proceso evolutivo en el cual los cambios han sido producidos al azar, preservándose los genes adecuados a la supervivencia y eliminándose los no convenientes. La ingeniería genética, de forma aún muy limitada, permite comenzar a controlar voluntariamente el proceso evolutivo. La vida no es regalo de ningún dios, y los seres humanos no necesitan dar explicaciones ni pedir permiso a los presuntos representantes de la divinidad.

 


Libertad Digital Semanal - 28 de octubre de 2000

Las gracias de Hacienda

Según la Agencia Tributaria del Ministerio de Hacienda, avanzamos juntos. Esta bonita imagen de un grupo humano cuyos miembros caminan unidos y sonrientes hacia delante es típica de la monserga demagógica del Estado. Somos un pueblo que camina, y juntos caminando podemos avanzar. Ambas palabras, avanzamos y juntos, tienen fuertes connotaciones emocionales positivas (retroceder separados suena mal), y por eso Hacienda las utiliza en su publicidad. Merece la pena analizar más a fondo su uso: las eternas preguntas de quiénes somos y adónde vamos.

Cuando alguien utiliza un término plural (nosotros) es interesante preguntarse a quién se refiere, qué personas quedan incluidas en él. Para aquellos con mentalidad gregaria esta pregunta ni siquiera tiene sentido: nosotros es todos nosotros, nadie puede ni siquiera pensar en separarse del rebaño. También cabe estudiar si todos los miembros del grupo avanzan libremente, si la cohesión del grupo es espontánea y voluntaria, o si está impuesta por la fuerza. Tal vez algunas personas consideran que no vamos en la dirección correcta y preferirían, sin obligar a los demás, dirigirse por su cuenta y riesgo hacia otro lado. Los más perspicaces pueden darse cuenta de que los pseudolíderes políticos en realidad no paran de intentar dar pasos adelante hacia el abismo.

Hacienda no se conforma con confiscar enormes cantidades de recursos de los contribuyentes. Para hacer más fácil su labor intenta que los desvalijados piensen que los impuestos son legítimos, que la fiscalidad es justa y se hace por el bien de todos, y para ello utiliza campañas publicitarias periódicas en las cuales distorsiona términos como solidaridad, progreso y bienestar social. Pero la auténtica solidaridad es voluntaria y personal, no puede ser obligatoria y gestionada por el Estado, que es la institucionalización de la violencia y el mayor enemigo del progreso. No se puede incrementar el bienestar de una persona quitándole su dinero e impidiéndole elegir por sí mismo.

Los impuestos son tributos exigidos por la fuerza, no son pagos aceptados voluntariamente a cambio de la recepción de un bien o servicio. Los impuestos son una coacción unilateral y no se justifican por los presuntos servicios que el estado proporciona a sus contribuyentes, ya que éstos no se proporcionan mediante acuerdos libres y voluntarios. Que el ladrón entregue algo a la víctima no legitima el robo, no se trata de un intercambio ético de derechos de propiedad. Los impuestos perjudican directamente a aquellos que deben pagarlos, los contribuyentes. Los impuestos benefician a quienes los reciben y consumen: políticos, burócratas, funcionarios, receptores de subsidios, de contratos y de gastos estatales.

La Agencia Tributaria presta más y mejores servicios. O al menos eso dicen ellos mismos. No hace falta preguntar a los contribuyentes que la sufren, basta con su seguramente desinteresada autoevaluación. Hacienda agradece la contribución y el cumplimiento responsable de millones de ciudadanos. Millones de incautos que están ayudando a su peor enemigo. Las gracias de Hacienda no tienen gracia. Quítense la careta y sean sinceros, burrócratas de mano larga: avísenme de que si no pago mis impuestos bloquearán mis cuentas corrientes, embargarán mi nómina, confiscarán mi coche y mi vivienda y si me pongo muy pesado me enchironarán.

 


Libertad Digital - 28 de noviembre de 2000

Ciencia y política del clima

El ecologismo y la preocupación por el medio ambiente están de moda. Está muy extendida la opinión de que los seres humanos consumistas e irresponsables son un peligro para la naturaleza e incluso para sí mismos. Destaca más concretamente el dogma de fe, histérico y catastrofista, acerca de los presuntos cambios climáticos que puede producir un supuesto calentamiento global provocado por el incremento antropogénico del efecto invernadero. Según muchos políticos y fanáticos activistas a quienes parece no importar el rigor intelectual, se trata del mayor problema al que se enfrenta la humanidad. Una estrategia demagógica típica es la propaganda alarmista de presuntas amenazas que fomentan el miedo de los ciudadanos, facilitan la aplicación de intervenciones estatales coactivas, y distraen de los auténticos problemas.

En contra de la actual creencia popular que casi nadie se atreve a criticar, la temperatura global no parece estar aumentando de forma apreciable como consecuencia de las emisiones de CO2 que resultan de la utilización de combustibles fósiles como el petróleo, el carbón y el gas natural. No hay evidencia científica firme de que vaya a ocurrir un calentamiento significativo como resultado de la actividad humana, y de todos modos las consecuencias de un calentamiento moderado serían básicamente positivas. La base científica del calentamiento global es demasiado débil como para tomar medidas políticas coactivas drásticas, enormemente costosas y de dudosos beneficios.

El racionamiento energético (asignación política de recursos) y los impuestos sobre la energía (confiscación y redistribución de riqueza) causarían graves perjuicios económicos y empobrecimiento generalizado, especialmente a los pobres y a los países menos desarrollados: menos uso de energía, menos transporte, menos actividad industrial, menos calefacción, menos aire acondicionado.

Los ciudadanos reciben indicaciones de que la evidencia científica es definitiva, indiscutible, concluyente e indudable, cuando en realidad los expertos científicos muestran fuertes desacuerdos y escepticismos acerca de la evidencia, tanto teórica como observacional. El presunto consenso científico sobre el cambio climático es falso, y de todos modos el conocimiento científico no depende de votaciones democráticas u opiniones mayoritarias. Buena parte de la comunidad científica se opone a la actuación precipitada e ignorante de los burócratas internacionales para combatir un problema inexistente. Los mismos presuntos expertos, obsesionados con la toma de conciencia de la sociedad, hace años hablaban de los riesgos de un enfriamiento global inminente: disminución de la productividad agrícola, hambrunas, muerte, violencia, anarquía.

La ciencia es frecuentemente distorsionada para promover agendas políticas. Los informes gubernamentales sobre este tema son documentos políticos que presentan las opiniones de científicos del clima combinados con científicos no expertos en física atmosférica, economistas, expertos en política, burócratas, especialistas en relaciones públicas, y representantes de países con poco nivel científico. Informes del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas fueron manipulados de forma clandestina para distorsionar los testimonios de los asesores científicos, de modo que la versión oficial fuera conforme a los intereses de los políticos.

Muchas personas están a favor de actuaciones políticas sobre el presunto problema del cambio climático: algunas pueden estar sinceramente preocupadas pero mal informadas, y la mayoría simplemente acepta de forma acrítica lo que aparece en los medios de comunicación. Quienes realmente promueven las actuaciones políticas pertenecen a distintos grupos: los propios políticos que persiguen popularidad y votos; los burócratas oportunistas que con la creación de problemas buscan avances profesionales, dinero, privilegios, poder; los ecologistas cuyos ingresos dependen de asustar a la gente, y los ejecutivos y abogados de sus grupos de presión que consiguen grandes salarios; los socialistas que buscan un gobierno mundial centralizado de burócratas y ven en el control de la energía un paso adelante para eliminar las soberanías locales; los ideólogos fanáticos irracionales que consideran al ser humano como inherentemente malvado y destructivo y que pretenden equiparar los derechos humanos con los de animales y plantas.

Respecto al tema del medio ambiente muchos periodistas muestran su ignorancia científica, su poco rigor y su superficialidad: repiten clichés, se limitan a transmitir pasivamente los comunicados oficiales, y llegan a identificarse con los intereses de políticos y burócratas (no vayan a ofenderse) en contra de la libertad individual. Se recurre al dramatismo, a las exageraciones apocalípticas, al sensacionalismo efectista; no se comprueba lo que se cree cierto, y se niega lo que va en contra de las propias creencias aunque esté cuidadosamente demostrado; se ignora o descalifica a quien va en contra de las versiones comúnmente aceptadas.

Los institutos científicos oficiales, dependientes de los subsidios recibidos de sus respectivos gobiernos, son curiosamente los que apoyan las tesis que interesan a los políticos. Requiere valor para un científico oponerse a las versiones oficiales y arriesgar las becas o subsidios que pueda recibir. Los científicos que no dependen de ayudas estatales pueden ser más independientes. Si le interesa saber más sobre este tema, visite la página web del Science and Environmental Policy Project, www.sepp.org, o del Competitive Enterprise Institute www.cei.org, o www.junkscience.com.

 


Libertad Digital - 29 de noviembre de 2000

Calentamiento global y Apocalipsis

Ante una circunstancia futura potencialmente problemática, una persona inteligente y sensata verifica, incrementa y utiliza su conocimiento acerca de la realidad para poder prever los acontecimientos futuros y actuar de forma efectiva y eficiente. Tal vez el presunto problema no exista, quizás no sea urgente ni importante, o incluso el cambio podría resultar beneficioso. Una actuación precipitada y equivocada hace que el falso remedio sea peor que la enfermedad no demostrada.

La interferencia antropogénica con el sistema climático y sus efectos de calentamiento global no se conocen bien, pero no se espera ninguna catástrofe. Los seres humanos influyen sobre el clima con la agricultura, la actividad industrial y las ciudades. El incremento de población está cambiando las relaciones entre áreas de cultivo y bosques, lo cual altera el albedo o coeficiente de reflexión de la superficie terrestre. La construcción de presas, con la consiguiente disminución del flujo de agua dulce al mar, aumenta la salinidad de los mares y altera la circulación de las corrientes marinas.

Se cree que entre las influencias humanas están la suavización de las temperaturas extremas, el enfriamiento de la estratosfera y la disminución de la frecuencia de los huracanes. No se sabe cuál es el nivel adecuado o peligroso de gases de efecto invernadero, y por lo tanto resulta absurdo intentar estabilizar o reducir un nivel dado de los mismos: cualquier objetivo es arbitrario y no tiene base científica.

La conexión causal entre el CO2 y el calentamiento global parece un dogma irrefutable, y sin embargo los datos históricos de miles de años obtenidos en exploraciones en el hielo de la Antártida no muestran evidencia de ello. Las concentraciones de los gases responsables del efecto invernadero han aumentado un 50% en los últimos 150 años sin ningún calentamiento global asociado. Datos históricos de periodos geológicos muestran concentraciones muy altas de CO2 sin efectos apreciables sobre el clima. Las relaciones no son obvias, ya que ha habido glaciaciones con altos niveles de CO2. Las fluctuaciones climáticas resultan ser mayores en épocas de bajos niveles de CO2; los niveles altos de CO2 pueden promover la estabilidad climática y evitar cambios drásticos y peligrosos.

Un calentamiento global moderado tiene efectos positivos y negativos, pero en general el calentamiento es mejor que el enfriamiento. El calentamiento y el incremento del CO2 atmosférico son mejores para la agricultura (menos heladas, épocas de cultivo más largas, mayor crecimiento de las plantas, más lluvias, menor necesidad de agua), para el crecimiento de los bosques, disminuye los extremos climáticos, permite ahorros energéticos en calefacción y es mejor para la salud: los periodos fríos en la historia de la humanidad son desastrosos por las hambrunas y las enfermedades.

El aumento del nivel del mar debido al calentamiento global (con las consecuencias de inundaciones de zonas costeras y desaparición de algunas islas) es una falacia muy extendida. El nivel del mar lleva varios siglos ascendiendo levemente: no se sabe por qué (tal vez por movimientos tectónicos que reconfiguran los fondos oceánicos), pero seguro que no es por cambios climáticos o por influencias humanas. El aumento de la temperatura produce varios efectos contrarios sobre el nivel del mar, y el resultado neto no es claro: por un lado, el nivel del mar tiende a aumentar debido a la dilatación del agua causada por el aumento de su temperatura, y a la recepción de agua procedente de la fusión parcial del hielo de glaciares y casquetes polares; por otro lado el nivel del mar tiende a disminuir por el aumento de la evaporación seguido de más lluvias sobre las regiones polares que aumentan la acumulación de hielo en las mismas. Los datos históricos recientes muestran que al aumentar la temperatura baja el nivel del mar.

El avance y retroceso de los glaciares es un fenómeno complejo que no sólo tiene que ver con los cambios climáticos. Muchos glaciares se derritieron parcialmente y retrocedieron a comienzos del siglo XX, pero no se puede extrapolar una media del siglo pasado al futuro.

No está demostrada ninguna relación entre la influencia humana sobre el clima y los desastres meteorológicos como sequías, inundaciones, riadas, huracanes. No hay incrementos relevantes de inundaciones, pero sí de los daños debidos a las mismas debido a construcciones en áreas proclives a las mismas.

Se afirma que el calentamiento global contribuye a la expansión de insectos portadores de enfermedades infecciosas tropicales, pero en realidad el factor dominante de la transmisión de enfermedades es el aumento de los contactos humanos causado por el incremento del transporte aéreo, marítimo y terrestre. Las epidemias de malaria y fiebre amarilla han ocurrido en zonas frías, y no ocurren en algunas zonas ricas tropicales.

El peligro real para la humanidad es la posibilidad, señalada por los geólogos, de una próxima edad de hielo. El periodo cálido interglacial actual puede terminar pronto y el efecto invernadero podría suavizar esta amenaza.

Los problemas medioambientales pueden resolverse mediante el conocimiento científico, el avance tecnológico y el desarrollo económico. El mercado libre fomenta la eficiencia de los medios de transporte y plantas de energía, y la correcta asignación y defensa de derechos éticos de propiedad impide las agresiones contaminantes.

 


Libertad Digital - 30 de noviembre de 2000

El calentamiento global: datos observacionales vs. modelos teóricos

La historia del clima terrestre en los últimos millones y miles de años muestra muchos cambios climáticos naturales grandes y rápidos, reflejados en los hielos polares, en los núcleos de sedimentos oceánicos y en los anillos de los árboles. En los últimos 2 millones de años ha habido unas 17 Edades de Hielo.

El clima cambia constantemente y los seres humanos son capaces de adaptarse. Ahora hace más frío que hace 1000 años, durante los períodos templados de la Edad Media, cuando se podía cultivar vino en las islas británicas y los vikingos colonizaron Groenlandia (la Tierra Verde). Entre 1450 y 1850 se produjo la Pequeña Edad de Hielo. Hubo un claro calentamiento de origen natural entre 1880 y 1940 (antes de que aumentaran notablemente las emisiones de CO2). Aparte de un enfriamiento global entre 1940 y 1975, que llevó a temer un enfriamiento global catastrófico y una nueva edad de hielo, no ha habido un cambio apreciable en los últimos 50 años (salvo un ligero enfriamiento en los últimos veinte años), en contra de las predicciones de los modelos informáticos. Se ha informado erróneamente (ya que no son un fenómeno nuevo) y de modo sensacionalista de la aparición de lagunas en el Polo Norte como presuntas pruebas del calentamiento global.

Hoy día hay un leve calentamiento en las latitudes medias del hemisferio norte que no es consistente con la teoría global del efecto invernadero, la cual predice mayores calentamientos en los polos. Una posible explicación es el efecto regional del tráfico aéreo (cambia la composición química de la baja estratosfera y los cirros delgados producidos por la estela de los aviones causan un incremento local del efecto invernadero).

Los datos atmosféricos independientes de los satélites meteorológicos (desde 1979) y de instrumentos en globos sonda de las últimas dos décadas no muestran ningún calentamiento, sino más bien un leve enfriamiento. Los datos procedentes de las mediciones en superficie de las estaciones terrestres son problemáticos por múltiples razones: faltan datos de grandes porciones del Hemisferio Sur y de la mayor parte de la superficie de los océanos; se producen perturbaciones e interferencias locales como el crecimiento urbano cerca de las estaciones meteorológicas, lo cual produce una apariencia ficticia de tendencia al calentamiento; se combinan diferentes técnicas para producir un valor global, pero la intercalibración es problemática; la composición relativa de fuentes de datos cambia con el tiempo, lo cual probablemente introduce tendencias de variación de temperatura que son resultado de errores sistemáticos.

El clima es un fenómeno muy complejo que aún no se comprende bien. Los efectos de múltiples factores no se conocen con precisión: composición de la atmósfera, nubes, usos y configuración del terreno. Los actuales modelos matemáticos del clima son defectuosos, incompletos, y no se corresponden con las observaciones de la realidad. Estos modelos inadecuados aún no incluyen correctamente efectos de interacciones entre atmósfera y océano, corrientes marinas, partículas atmosféricas de polvo y aerosoles, erupciones volcánicas y principalmente nubes. Incluso los modelos más sofisticados tienen una pobre resolución espacial, y no son capaces de representar adecuadamente las nubes, cuyos procesos físicos no son suficientemente bien conocidos. Por lo tanto los modelos no calculan adecuadamente la distribución del vapor de agua, el principal gas de efecto invernadero. Estos modelos defectuosos no son capaces de explicar la evolución pasada del clima, no se ajustan a los datos observacionales y sus predicciones de rápidos y pronunciados aumentos globales de las temperaturas no son fiables. Sin embargo, son el único fundamento de las políticas medioambientales erróneas referidas al cambio climático.

 


Libertad Digital Semanal - 9 de diciembre de 2000

Agricultura, agua y política

Resulta paradójico que la Unión Europea, una asociación de naciones avanzadas, dedique la mitad de su presupuesto (unos cuantos billones de euros confiscados a los ciudadanos) a subvencionar la agricultura, una de las actividades económicas más primitivas. Muchas personas se sorprenderían y tal vez incluso se escandalizarían si supieran los muchos millones de beneficio neto que generan los invernaderos de la zona mediterránea española. Grandes fortunas particulares se han formado gracias al mar de plástico, y ya no cuadra la imagen tradicional del agricultor pobre y sacrificado. Esta riqueza puede utilizarse para influir sobre los políticos y para financiar campañas de propaganda demagógica (qué bonito es recordar que la agricultura es fuente de vida) destinadas a conseguir el apoyo de la opinión pública.

En un intento desvergonzado de justificar todos sus privilegios, las asociaciones de beneficiados por los invernaderos mencionan la enorme riqueza que aportan a España con sus exportaciones, riqueza que olvidan mencionar va a parar a sus propios bolsillos, a menos que se haya nacionalizado su actividad y no nos hayamos enterado. Es como afirmar que el que le toque la lotería al vecino del quinto supone un gran enriquecimiento para toda la comunidad.

Los pseudoempresarios de este sector agrícola intentan que se mantengan todas las regulaciones que los protegen, siempre a costa de los demás contribuyentes: precios garantizados por encima del mercado, subvenciones de todo tipo, y protección (aranceles y cuotas) contra los productos más competitivos de países menos desarrollados (lo cual dificulta su desarrollo y contribuye a mantenerlos en la pobreza). Dos de sus factores de producción les resultan especialmente baratos (aparte de la luz solar, que les sale gratis): la mano de obra inmigrante (frecuentemente ilegal o en condiciones precarias) y el agua regalada por el Estado.

El agua es legalmente un bien público, no se compra ni se vende. Como no existen derechos de propiedad privada sobre el agua ni un mercado de la misma, es imposible saber cuáles son sus usos más valorados por los ciudadanos. El precio del agua se fija mediante mecanismos políticos: los colectivos organizados pueden presionar para obtener mejores condiciones, y de este modo los agricultores consiguen agua mucho más barata que la destinada al consumo humano.

Todos los bienes públicos que se gestionan políticamente sufren el mismo problema de luchas encarnizadas por su uso. En el mercado libre los bienes se asignan a quien está dispuesto a pagar el precio más alto. En una economía intervenida los bienes los reciben quienes más puedan influir, mediante favores o amenazas, sobre los gobernantes: todos quieren obtener la mayor cantidad posible de bienes y que los paguen los demás. Los políticos locales deben luchar con el gobierno central para recibir el máximo, siempre a costa de otras regiones: la política es un juego de suma cero, para que uno gane otro debe perder.

El problema del agua no se solucionará mientras se mantenga su gestión política. El mar contiene enormes cantidades de agua que puede ser desalada si los consumidores del producto final están dispuestos a asumir sus costes. También pueden realizarse trasvases desde zonas que estén dispuestas a vender el agua, teniendo también en cuenta el coste del transporte. En un mercado libre triunfaría la opción más eficiente. En la situación política actual, parece que las empresas constructoras de infraestructuras para trasvases tienen más amigos en el gobierno que las constructoras de plantas desaladoras, y que las regiones costeras tienen más peso político que las interiores. Pero todo se hace en nombre de la solidaridad interterritorial, claro.

 


Libertad Digital - 12 de diciembre de 2000

El trabajo infantil

Cercanas las fiestas navideñas los niños son el centro de atención y las intenciones caritativas llenan los corazones de todo el mundo. Personas de buena voluntad se escandalizan ante los presuntos horrores del trabajo infantil y reclaman a los políticos su prohibición.

En los países más desarrollados los niños son en general queridos, cuidados e incluso mimados. Nos parece natural que los niños jueguen y aprendan ajenos a las preocupaciones de sus mayores. Pero a menudo se olvida que la existencia de clases pasivas es posible gracias a la acumulación previa de conocimiento y bienes de capital que incrementan la productividad del trabajo y facilitan la obtención de riqueza. Una sociedad rica puede aceptar que una buena parte de sus miembros no trabajen, pero un pueblo pobre no puede permitirse esos lujos.

Los niños pueden dejar de trabajar cuando sus familias disponen de suficientes recursos para sobrevivir. En los países ahora desarrollados también hubo trabajo infantil cuando no tenían suficiente capacidad de generar riqueza. Lo preocupante no es el trabajo infantil, sino la pobreza generalizada de algunos pueblos, causada principalmente por la violencia y la ignorancia de los sistemas políticos que los oprimen.

Comparar el trabajo infantil con la esclavitud es una tergiversación repugnante. El esclavo es amenazado con la muerte y no tiene oportunidad de elegir: los bajos salarios y las duras condiciones de trabajo no son en absoluto equivalentes a la esclavitud. El empresario que da trabajo no ha provocado la pobreza y ofrece un modo de ganarse la vida, no es ningún explotador: toda relación voluntaria es beneficiosa para ambas partes, y su prohibición violenta es perjudicial.

Las empresas que utilizan mano de obra infantil en el tercer mundo no obligan por la fuerza a nadie a trabajar para ellas. Estas empresas ofrecen oportunidades y tienden a aumentar los salarios, por bajos que éstos sean. Los sueldos y las condiciones laborales mejoran si aumenta el número de empresas que deben competir por la mano de obra. El problema es la escasez de empresarios y de bienes de capital combinada con una gran oferta de mano de obra poco cualificada. Prohibir el trabajo infantil imposibilita a los no adultos la obtención de recursos propios para su emancipación. Además, cualquier edad determinada legalmente para definir lo que es un niño es arbitraria.

Si usted decide felicitar las Navidades con tarjetas de Unicef, tal vez tranquilice su conciencia, pero en realidad está contribuyendo a la supervivencia de una institución de mentalidad colectivista cuyos burócratas disfrutan de elevados sueldos y múltiples privilegios. Las presuntas ayudas de las naciones avanzadas que muchos reclaman son en realidad transferencias de riqueza de los pobres de los países ricos a los ricos de los países pobres. Si usted no compra un producto porque ha sido elaborado con mano de obra infantil, condena a los niños a la pobreza.

 

Versión original de Francisco Capella:

El trabajo infantil

Cercanas las fiestas navideñas los niños son el centro de atención y las intenciones caritativas llenan los corazones de todo el mundo. Personas de buena voluntad se escandalizan ante los presuntos horrores del trabajo infantil y reclaman a los políticos su prohibición.

En los países más desarrollados los niños son en general queridos, cuidados e incluso mimados. Nos parece natural que los niños jueguen y aprendan ajenos a las preocupaciones de sus mayores. Pero a menudo se olvida que la existencia de clases pasivas es posible gracias a la acumulación previa de conocimiento y bienes de capital que incrementan la productividad del trabajo y facilitan la obtención de riqueza. Una sociedad rica puede aceptar que una buena parte de sus miembros no trabajen, pero un pueblo pobre no puede permitirse esos lujos. Los niños pueden dejar de trabajar cuando sus familias disponen de suficientes recursos para sobrevivir. En los países ahora desarrollados también hubo trabajo infantil cuando no tenían suficiente capacidad de generar riqueza.

Lo preocupante no es el trabajo infantil, sino la pobreza generalizada de algunos pueblos, causada principalmente por la violencia y la ignorancia de los sistemas políticos que los oprimen. Resulta chocante que la gente espere de los burócratas improductivos que resuelvan mediante leyes y regulaciones los graves problemas que ellos mismos crean mediante la coacción institucional: esta pretensión implica desconocer la naturaleza nociva del estado y su actividad parasitaria. El estado no crea nada, sólo coacciona, destruye, roba a unos para darles parte a otros, y pone todo tipo de obstáculos para la creación pacífica de riqueza. Reclamar a los estados su obligación de educar a los niños supone darles más poder político para confiscar recursos y moldear a su gusto las mentes de los ciudadanos.

El trabajo infantil no es un fenómeno exclusivo de países atrasados. Los niños trabajan en países ricos ayudando en el negocio familiar, con las tareas domésticas, en tiendas, en talleres o repartiendo periódicos. A muchos les gusta, aprenden una profesión y el sentido de la responsabilidad, y no están ociosos.

Comparar el trabajo infantil con la esclavitud es una tergiversación repugnante. El esclavo es amenazado con la muerte y no tiene oportunidad de elegir: los bajos salarios y las duras condiciones de trabajo no son en absoluto equivalentes a la esclavitud. El empresario que da trabajo no ha provocado la pobreza y ofrece un modo de ganarse la vida, no es ningún explotador: toda relación voluntaria es beneficiosa para ambas partes, y su prohibición violenta es perjudicial.

Las empresas que utilizan mano de obra infantil en el tercer mundo no obligan por la fuerza a nadie a trabajar para ellas. Estas empresas ofrecen oportunidades y tienden a aumentar los salarios, por bajos que éstos sean. Los sueldos y las condiciones laborales mejoran si aumenta el número de empresas que deben competir por la mano de obra. El problema es la escasez de empresarios y de bienes de capital combinada con una gran oferta de mano de obra poco cualificada.

Los padres no tienen derecho a obligar a un niño a trabajar, pero tampoco tienen ninguna obligación ética de mantenerlo. Las regulaciones estatales sobre la patria potestad y la adopción dificultan que los niños puedan abandonar padres indeseables y encontrar refugio en familias dispuestas a acogerlos. Prohibir el trabajo infantil imposibilita a los no adultos la obtención de recursos propios para su emancipación. Además, cualquier edad determinada legalmente para definir lo que es un niño es arbitraria.

Por mucho que la ONU y los estados se empeñen en proclamar pomposas declaraciones de pseudoderechos para múltiples colectivos, el único derecho ético auténtico es el derecho de propiedad de cada ser humano sobre sí mismo y los frutos de su trabajo. Si usted decide felicitar las Navidades con tarjetas de Unicef, tal vez tranquilice su conciencia, pero en realidad está contribuyendo a la supervivencia de una institución de mentalidad colectivista cuyos burócratas disfrutan de elevados sueldos y múltiples privilegios. Las presuntas ayudas de las naciones avanzadas que muchos reclaman son en realidad transferencias de riqueza de los pobres de los países ricos a los ricos de los países pobres. Si usted no compra un producto porque ha sido elaborado con mano de obra infantil, condena a los niños a la pobreza. ¿Dejaría usted de adquirir algo porque lo han hecho mujeres o negros? Si quiere usted ayudar a las familias y los niños del tercer mundo, compre sus productos o colabore con organizaciones privadas de su confianza.

 


Libertad Digital - 17 de diciembre de 2000

El lenguaje sindical

El lenguaje es una potente herramienta que permite la comunicación entre los seres humanos, pero su uso inadecuado resulta muy peligroso: ciertas personas y colectivos no tienen escrúpulos a la hora de pervertirlo en su provecho para poder vivir a costa de los demás, fingiendo ser las víctimas para ocultar que son los agresores.

Los sindicatos son grupos de interés que buscan su propio beneficio (aunque según ellos, hablan en nombre de todos los trabajadores y todo lo hacen por el bien de los ciudadanos) y que utilizan como herramienta política la distorsión sistemática del lenguaje. Su talismán favorito es el término "social", adjetivo que añaden a todo lo que pueden para intentar aparentar legitimidad ética. Así llaman avances o conquistas sociales a múltiples obstáculos institucionales a la creación y distribución de riqueza mediante la acción humana y la creatividad empresarial. Llaman protección social al sistema coactivo de redistribución de riqueza del cual ningún trabajador puede escapar: pensiones públicas fraudulentas y seguros de desempleo que fomentan la inactividad y la dependencia.

Llaman fomento del empleo estable a impedir la libertad de contratación y despido, provocando rigidez e ineficiencia en el mercado laboral. Llaman reducción de la jornada laboral a prohibir a quien lo desee trabajar más de un determinado número de horas. Llaman derecho a la negociación colectiva a la ausencia de derecho de cada trabajador a la negociación individual con la empresa. Llaman huelga legal a un incumplimiento de contrato mediante el cual presionan de forma coactiva al empresario para obtener mejoras en las condiciones laborales. Llaman piquetes informativos a grupos de activistas que amedrentan a los trabajadores que se niegan a participar en una huelga.

Llaman concertación o diálogo social al privilegio legal mediante el cual los sindicalistas, a pesar de su muy escasa representatividad, además de su voto democrático en las elecciones tienen privilegios políticos añadidos para influir sobre los contenidos de las leyes laborales. Llaman apoyo al diálogo social a manifestaciones y huelgas donde lo que se busca es mostrar el daño que se puede hacer, su capacidad de presión. Llaman paz social a la rendición incondicional a sus pretensiones. Se oponen a la liberalización de la economía, ya que según ellos condiciona la negociación social. Negociar con los sindicatos para obtener paz social es equivalente a aceptar las exigencias de los violentos para no ser agredidos.

 


Libertad Digital - 22 de diciembre de 2000

Apuesto a que no le toca la lotería

Llegan la Navidad y el Gordo de la Lotería Nacional, la solemne celebración anual de ese astuto impuesto sobre los que no saben matemáticas. En la última campaña publicitaria del Tesoro Público, el encargado de la ruleta rusa de un casino advierte a un jugador sobre las muy escasas probabilidades de que salga premiado su número. Obviamente los juegos de azar no son una buena inversión, como puede explicarle cualquier matemático. Los dueños de casinos, bingos y demás garitos no se ganan la vida regalando dinero a sus clientes.

En una sociedad intervenida tan obsesionada con la eliminación de la incertidumbre y el riesgo, ¿cómo es que no se informa a los jugadores de lotería de las ínfimas oportunidades de ganancia de dicho juego? Tal vez porque es la propia Administración reguladora quien lo organiza y promociona, obteniendo enormes ingresos, y no van a echar piedras sobre su propio tejado. Mejor atacar sutilmente los juegos de azar organizados por empresarios privados, quienes deben sobrevivir luchando contra la competencia desleal del Estado.

Los defensores del estado del bienestar suelen deplorar el egoísmo y el ansia de enriquecimiento de los seres humanos, y resulta que las propias instituciones estatales se dedican a fomentar y aprovechar la ambición de lucro sin esfuerzo. "¿Quiere usted ganar una fortuna y realizar sus sueños? ¡Juegue a la lotería!" El Estado presuntamente igualitario contradice su propia ideología cuando organiza y fomenta juegos de azar que sirven para crear enormes desigualdades entre abundantes perdedores y escasos ganadores multimillonarios: antes del sorteo la distribución de riqueza es mucho más uniforme que después del mismo.

Toda ser humano dueño de su vida puede participar con su dinero en los juegos de azar que desee, pero es triste que lo haga en beneficio de instituciones coactivas. Muchas personas participan para compartir una ilusión y una posible alegría, pero algunas confiesan parte de envidia al comprar participaciones, no sea que les toque a los demás y uno quede como un tontaina. Hay asociaciones de ludópatas que siempre protestan contra las máquinas de apuestas de los bares, pero nunca les he oído oponerse a la lotería: sin embargo apuesto lo que quieran a que con ella tampoco ganan.

 


Libertad Digital - 3 de enero de 2001

Demandas por el tabaco

Varias asociaciones de afectados de cáncer de laringe han demandado colectivamente a la industria tabaquera española, a la que consideran causante de su enfermedad. Afirman que el dinero de la indemnización no es para el lucro personal, sólo lo quieren para ayudar a recuperar la voz y la autoestima de miles de afectados: adquirir locales, gastos de funcionamiento, gastos médicos y de rehabilitación. Parecen bien asesorados por abogados expertos en relaciones públicas: hay que evitar el lucro particular, que suena fatal, y dar algo de pena para tener apoyo popular. Pero si realmente han sido agredidos o estafados mediante productos adulterados tienen derecho a mucho más, y la indemnización es independiente de en qué quieran gastarse el dinero.

La industria tabaquera no causa por sí misma ninguna enfermedad, como puede comprobarse por la inexistencia de efectos del tabaco entre los no fumadores, especialmente si trabajan en un estanco. Son los propios fumadores quienes se causan a sí mismos el daño por un hábito que no saben controlar. Es el fumar en exceso (es decir, depende de la cantidad y la frecuencia) lo que provoca problemas de salud, y no la producción y venta de tabaco. Para que el tabaco cause daño hay que fumarlo, y fumar es decisión personal y privada de cada individuo. Toda adicción puede vencerse con suficiente fuerza de voluntad. ¿Tienen estas presuntas víctimas alguna forma de demostrar que intentaron dejar de fumar, o tal vez disfrutaban con su hábito? ¿Solicitaron a alguien que les impidiera fumar por la fuerza? Parece que no se quejaban mientras no sufrían los posibles daños (inflingidos a sí mismos) de su vicio. Sólo protestan cuando tienen que asumir las consecuencias de sus propios errores.

Los afectados solicitan que las compañías demandadas inserten en los productos que fabrican los componentes que contienen estos productos, con especial hincapié en los que provocan cáncer. En justa correspondencia se espera que los fumadores muestren públicamente y de forma bien visible un aviso acerca de sí mismos, a elegir entre:

a) Soy una persona madura, consciente, responsable de mis actos; conozco los riesgos y peligros del hábito de fumar y los asumo plenamente; renuncio a cualquier reclamación posterior por daños y perjuicios.

b) Soy una persona inmadura, inconsciente, e irresponsable; soy una marioneta sin carácter, ni personalidad, ni capacidad de decidir por mí mismo; la publicidad me convence de cualquier cosa; soy un adicto a un vicio que me domina; necesito que se me considere mentalmente incapacitado, que se me quite mi derecho al voto para no afectar a personas inocentes y se me asigne un tutor que me vigile.

Las artimañas legales a las que van a recurrir los abogados de este caso son llamativas por su estupidez: según diferentes leyes, el tabaco es un producto nocivo para la salud, los productos que son nocivos para la salud son considerados peligrosos, y todo producto peligroso se considera defectuoso. ¡Todo producto peligroso, como por ejemplo un paracaídas, un avión o un arma, es automáticamente defectuoso! Pobres ingenieros que no saben construir adecuadamente productos peligrosos.

La Administración concede la justicia gratuita a las asociaciones sin ánimo de lucro y de interés público para que puedan afrontar un pleito con la tranquilidad de que, de perder, no tendrán que pagar las costas del juicio, que en un proceso de este tipo podrían ser muy altas. O sea que encima los ciudadanos inocentes tienen que pagar las facturas de los picapleitos de los irresponsables que no saben cuidar de sí mismos. ¿Si pierden no se ha demostrado que no tienen razón? ¿No han contribuido de forma inútil al colapso del sistema judicial, dificultando la resolución de conflictos que sí son auténticas agresiones? Y por otra parte ¿cómo puede haber alguien que espere que el Estado resuelva este problema cuando gran parte de su financiación (un billón de pesetas al año en impuestos especiales) depende de que el mismo se mantenga?

¿Por qué no demandan los afectados a los estanqueros que les vendieron el tabaco? Tal vez porque el dinero y la mala imagen pública los tienen las grandes compañías tabaqueras. "¿Por qué roba usted bancos?", le preguntaron a un ladrón. "Porque ahí es donde está el dinero".

 


Libertad Digital - 6 de febrero de 2001

Más sobre las vacas locas

Imaginemos una gran multinacional que distribuye un producto destinado al consumo humano que en algunos casos resulta ser defectuoso (de forma no intencionada y durante algún tiempo sin conocimiento de ello) por la presencia de pequeñas cantidades de un veneno acumulativo potencialmente mortal (dependiendo de la dosis) a largo plazo. Las asociaciones de consumidores lo denunciarían poniendo el grito en el cielo, los consumidores tenderían a evitar dicho producto, y la empresa vería disminuir drásticamente sus ingresos. Aquellos que hubieran resultado damnificados presentarían demandas por daños y perjuicios.

Supongamos además que la imparcialidad de la justicia exige tratar igual a las personas, no según quiénes son, sino según qué han hecho. Y ahora sustituyamos a la odiada multinacional por algunos ganaderos y carniceros que presuntamente han distribuido carne de vacuno contaminada con priones que pueden causar en los seres humanos una enfermedad mortal que ataca al sistema nervioso. Resulta que estos profesionales protegidos por el Estado no sólo no son enjuiciados (alegan que todo lo que han hecho es legal), sino que encima amenazan con cortar las calles y provocar serios disturbios si no les entregan enormes cantidades de dinero (del bolsillo de ciudadanos inocentes) como indemnizaciones para resolver su problema, ya que están arruinándose: o sea, que paguen justos por pecadores. Los ganaderos pretenden que su forma de ganarse la vida sea infalible: si las cosas van mal, que el Estado les saque del apuro. Jamás se les habría ocurrido contratar seguros o sistemas de control privados para protegerse de estas contingencias. También es cierto que cualquier carnicero, ganadero, o distribuidor de harinas animales debe ser considerado inocente mientras nadie demuestre en concreto lo contrario (no se puede acusar a una clase).

El problema principal de las vacas locas no son los cada vez más escasos bovinos, sino los muy abundantes bobinos de la clase política y los medios de comunicación. Algunos ignorantes pretenden que este problema es una señal que debería advertir a los liberales de lo peligroso que es dejar al mercado libre, sobre todo al alimentario, sin estrictos controles estatales, lo cual afectaría gravemente a la salud de los consumidores. Hay que tener mucha cara dura para realizar estas afirmaciones, ya que este problema ha mostrado que son los controles estatales los que han fracasado estrepitosamente, lo cual es inherente a su naturaleza. Los políticos y los burócratas sólo se preocupan por la salud de los consumidores en la medida en que estos puedan darles o retirarles su voto y mantenerlos o apartarlos del poder.

Los ingenuos ciudadanos confían en que todo está bien por que papá Estado está vigilando. El mercado alimentario europeo (con su nefasta política agraria común) no es un mercado libre, es un mercado fuertemente intervenido y subvencionado a expensas de los consumidores (se dificulta o impide la importación de carne de otros países, se garantiza a los productores precios por encima de los de mercado), donde no existen controles de calidad y garantías realmente eficientes como serían los proporcionados por agencias de certificación en competencia, que reflejaran las diferentes asunciones de riesgos y evaluaciones de costes y beneficios. Además un mercado libre implica unos mecanismos de justicia (respeto a la propiedad privada y los contratos, indemnización por los agresores a las víctimas) actualmente inexistentes.

Las vacas han sido tradicionalmente vegetarianas, pero no es una aberración ni un crimen ecológico darles de comer proteínas animales si sus sistemas digestivos son capaces de asimilarlas sin deteriorar su salud. El problema no está en los piensos animales en general, sino en su contaminación con priones. Buscar la eficiencia (reducir costes, aprovechar residuos) es inteligente. Si todo cambio provocado por los seres humanos en la naturaleza fuera una aberración, no existirían los animales domésticos.

El problema médico y científico de las vacas locas es difícil por varias razones peculiares: se trata de un nuevo tipo de enfermedad, no causada por ningún microorganismo, y los riesgos y peligros no están bien establecidos de forma científica. Algunos expertos hablan de hecatombe o de bomba a punto de estallar, mientras que otros lamentan tanta alarma social ante una enfermedad que se ha cobrado muy pocas víctimas humanas en varios años. Es posible que los riesgos para la salud se estén exagerando, igual que es posible que se estén minimizando. Los seres vivos son enormemente complejos y el conocimiento acerca de los mismos no es simple. Imponer una versión oficial como la única verdad es un grave error. Se sabe que no existe contagio entre animales por proximidad, pero se están sacrificando millones de vacas sin ni siquiera saber si están enfermas o no: un enorme despilfarro de riqueza y un absurdo asesinato en masa de seres vivos con la excusa de la seguridad de las personas.

 


Libertad Digital - 11 de febrero de 2001

Contra la fiscalidad global

Jesús Lizcano Álvarez, catedrático de Economía Financiera y Contabilidad de la Universidad Autónoma de Madrid, acaba de publicar en El País un artículo en defensa de la tasa Tobin. Se trata de un impuesto mundial propuesto por el norteamericano James Tobin (premio Nobel de Economía en 1981), consiste básicamente en gravar el uno por mil de las transacciones financieras en los mercados internacionales de divisas.

Al profesor Lizcano los mercados cambiarios le parecen demasiado volátiles, inconsistentes, aleatorios (como un casino), variables e impredecibles, y excesivo su volumen y nivel especulativo. La tasa Tobin podría "desincentivar y reducir las continuas compras y ventas de divisas que se hacen diariamente por millones con carácter de apuestas especulativas". Resulta chocante que un catedrático de economía financiera no entienda la naturaleza positiva de la especulación para uniformar los precios de los bienes en el tiempo: el especulador no es un apostante en un juego de azar, sino que compra cuando un bien está barato, incrementando su precio, y vende cuando está caro, disminuyendo su precio.

Los especuladores monetarios son los perros guardianes que dificultan la comisión de tropelías monetarias por parte de políticos ineptos y sin escrúpulos. Obstaculizar los intercambios voluntarios y el funcionamiento de los mercados de divisas es una pésima idea (los volvería más inestables al hacer más difíciles los ajustes), pero muy del agrado de los déspotas que nos gobiernan. Es obvio que los políticos estarán encantados de que les den oportunidades de apropiarse de más riqueza ajena de la forma más cómoda posible.

En un intento de justificar moralmente este patoso proyecto de ingeniería social a escala mundial, Lizcano dice que los recursos financieros que se obtendrían, "se podrían destinar a importantes fines sociales, fundamentalmente en los países del Tercer Mundo." Naturalmente, un robo sistemático a tal escala generaría un botín espectacular confiscado a sus legítimos propietarios. Es la vieja falacia económica de que el dinero que les sobra a los ricos es mejor aprovechado por los pobres. Todos los colectivistas excusan sus coacciones con la ayuda a los más débiles.

En el colmo de los despropósitos, Lizcano indica que este impuesto podría servir "para ampliar el libre comercio internacional", y parece alegrarse de que los ciudadanos no podrían evitarlo fácilmente (utilizando paraísos fiscales), porque la mayor parte de las transacciones financieras del mundo se producen en unas pocas plazas controladas; propone incluso el boicoteo de los países "que no respetasen el pago de esta tasa legal". Este catedrático espera "que los políticos puedan estar a la altura de los ciudadanos y de una sociedad moderna como la actual, que puedan regalarnos esta primera iniciativa fiscal de ámbito mundial". Resulta escandaloso hablar en nombre de todos para calificar de regalito lo que es un penoso castigo. Esperemos que no cuele esta disparatada iniciativa.

 

Versión original de Francisco Capella:

Contra la fiscalidad global

Jesús Lizcano Álvarez, catedrático de Economía Financiera y Contabilidad de la Universidad Autónoma de Madrid, acaba de publicar en El País un artículo en defensa de la tasa Tobin, el impuesto mundial propuesto por el norteamericano James Tobin (premio Nobel de Economía en 1981), que consiste básicamente en una tasa impositiva del uno por mil sobre las transacciones financieras especulativas en los mercados internacionales de divisas. "Esta medida podría contribuir a una mayor estabilidad mundial de los mercados financieros internacionales, y de paso, se podrían mejorar los desequilibrios y necesidades acuciantes de una buena parte de la población mundial."

El profesor Lizcano estima que hay "una globalización caótica del riesgo financiero": los mercados cambiarios le parecen demasiado volátiles, inconsistentes, aleatorios (como un casino), variables e impredecibles, y excesivo su volumen y nivel especulativo. La tasa Tobin podría "desincentivar y reducir las continuas compras y ventas de divisas que se hacen diariamente por millones con carácter de apuestas especulativas". Resulta chocante que un catedrático de economía financiera no entienda la naturaleza positiva de la especulación para uniformar los precios de los bienes en el tiempo: el especulador no es un apostante en un juego de azar, sino que compra cuando un bien está barato, incrementando su precio, y vende cuando está caro, disminuyendo su precio.

En el caso de los mercados de divisas, el auténtico problema está en las manipulaciones estatales coactivas de las monedas sin respaldo real (envilecimientos, devaluaciones) agravadas por las políticas fiscales depredadoras y las regulaciones paralizadoras de la actividad económica. Los especuladores monetarios son los perros guardianes que dificultan la comisión de tropelías monetarias por parte de políticos ineptos y sin escrúpulos. Obstaculizar los intercambios voluntarios y el funcionamiento de los mercados de divisas es una pésima idea (los volvería más inestables al hacer más difíciles los ajustes), pero muy del agrado de los déspotas que nos gobiernan. Es obvio que los políticos estarán encantados de que les den oportunidades de apropiarse de más riqueza ajena de la forma más cómoda posible.

En un patético intento de justificar moralmente este patoso proyecto de ingeniería social a escala mundial, Lizcano menciona los enormes recursos financieros que se obtendrían, "que se podrían destinar a importantes fines sociales, fundamentalmente en los países del Tercer Mundo." Naturalmente, un robo sistemático a tal escala generaría un botín espectacular, una enorme cantidad de riqueza que sería confiscada a sus legítimos propietarios. Afirma también que se trata de una "medida de suma positiva" sin indicar qué es lo que se está sumando. Es la vieja falacia económica de que el dinero que les sobra a los ricos es mejor aprovechado por los pobres. Todos los colectivistas excusan sus coacciones con la ayuda a los más débiles. ¡Qué fácil es la solidaridad con el dinero ajeno! Es una lástima el olvido de conceptos éticos fundamentales como la inviolabilidad de la propiedad privada y la importancia de los intercambios libres.

En el colmo de los despropósitos, Lizcano indica que este impuesto podría servir "para ampliar el libre comercio internacional", y parece alegrarse de que los ciudadanos no podrían evitarlo fácilmente (utilizando paraísos fiscales), porque la mayor parte de las transacciones financieras del mundo se producen en unas pocas plazas controladas; propone incluso el boicoteo de los países "que no respetasen el pago de esta tasa legal". Este catedrático espera "que los políticos puedan estar a la altura de los ciudadanos y de una sociedad moderna como la actual, que puedan regalarnos esta primera iniciativa fiscal de ámbito mundial". Siempre me ha parecido penoso el uso que hacen del plural aquellos que no se atreven a hablar en primera persona del singular, y resulta escandaloso hablar en nombre de todos para considerar un regalito lo que en realidad es un penoso castigo. No sé por qué, pero el "¡Por favor, róbennos!" me suena poco creíble.

Tal vez haciéndole un guiño al partido político en el poder, señala que es una medida adecuada para una derecha "moderna, progresista y liberal". Típico del pseudointelectual que da ideas a los políticos para incrementar el poder de ambos, como cuando aconseja la creación de un grupo multidisciplinar para su estudio. ¡Qué forma tan sutil de proponerse a sí mismo como experto para un carguito bien remunerado! Espero que no cuele.

 


Libertad Digital - 14 de febrero de 2001

Genoma, investigación pública y privada

Mediante la investigación el ser humano incrementa su poder al obtener conocimiento científico y tecnológico, pero a menudo se olvida que la utilidad del conocimiento sólo puede ser juzgada con referencia al propósito y a la valoración subjetiva de cada persona. El conocimiento puede ser valioso, pero su adquisición tiene un coste que cada individuo debe considerar.

Las empresas privadas investigan para obtener conocimientos y tecnología que les permitan servir a sus clientes de forma más eficiente y competitiva, y deben decidir cuántos recursos dedicar (y cómo hacerlo) a la investigación y al desarrollo de nuevos productos, de modo que lo obtenido sea más valioso que los recursos gastados. Los accionistas muestran su aprobación a los proyectos de la empresa invirtiendo en ella. Los consumidores demuestran que valoran lo producido pagando por ello.

La investigación estatal produce necesariamente conocimientos menos valiosos y útiles que los conseguidos en una sociedad libre. Los recursos utilizados proceden de los impuestos confiscados a los ciudadanos, los cuales no pueden decidir voluntariamente si les interesa o no participar en los proyectos de investigación. Las líneas de investigación se deciden según criterios políticos, por razones electorales de prestigio e imagen de los gobernantes. Los resultados obtenidos se distribuyen de forma gratuita, con lo cual es imposible determinar su auténtico valor. Los institutos oficiales compiten de forma desleal con las empresas privadas.

La investigación estatal suele ser realizada por funcionarios no sometidos a la obligación de satisfacer a sus clientes, y que constantemente reclaman más recursos públicos para poder continuar con sus actividades favoritas (que a menudo sólo interesan a una ínfima minoría). Aunque alegan que trabajan en beneficio de toda la sociedad, en realidad ellos mismos son los principales beneficiarios: mantienen sus puestos de trabajo y adquieren una experiencia que les puede proporcionar mejores oportunidades profesionales en el futuro.

La investigación del genoma humano es una clara muestra de demagogia. La prensa alaba a los investigadores públicos y demoniza a los privados. Para Francis Collins, director del consorcio público, "Lo importante es que cualquiera pueda estudiar el genoma humano". Según John Sulston, coordinador del equipo británico, "Sería criminal dejar esta investigación en manos privadas". Los científicos piden acceso libre al genoma sin tener que pagar por ello (están acostumbrados a ignorar todos los criterios económicos) y afirman de forma arbitraria y sin ofrecer ningún dato al respecto que el coste social de no participar de la nueva era de la genética puede ser mucho mayor que las inversiones necesarias. Si están tan bien informados, ¿a qué esperan entonces para invertir su propio dinero?

En el campo contrario (el de los buenos), la iniciativa empresarial privada de Craig Venter y Celera no les ha costado un duro a los contribuyentes y ya produce beneficios para sus accionistas. ¿Quiere usted aprovecharse de los resultados de su trabajo? Pues sea honrado y pague por ellos.

 


Libertad Digital Semanal - 17 de febrero de 2001

Los pestíferos lodazales de Prada

Al escritor Juan Manuel de Prada (ABC) le disgusta "el infinito estiércol que abruma las páginas de Internet". Según él, "Sabemos que ocho de cada diez páginas de Internet son pestíferos lodazales donde cualquier espíritu sensible podría perecer atufado. Sabemos también que ese prodigioso vehículo de información corre el riesgo de convertirse en el sarcófago de nuestras más vergonzantes vilezas... somos muchos los que pensamos que esos aliviaderos deben ser clausurados, aunque tanta mierda obturada haga estallar Internet en mil pedazos."

Este escritor de exquisita hipersensibilidad y escasa tolerancia comete varios errores típicos de los más ignorantes, confundiendo la opinión con el conocimiento y lo subjetivo con lo objetivo. Utilizando un lenguaje plural típicamente colectivista, en lugar de afirmar directamente algo sobre la realidad se refugia en un grupo no identificado que pretende saber algo esencialmente imposible, ya que no puede saberse lo que no es cierto o no tiene sentido. Su afirmación mezcla una cantidad completamente precisa (el ochenta por ciento de las páginas de Internet) con otros términos cuyo significado es arbitrario y está lleno de connotaciones literarias y emocionales, como "pestíferos lodazales" y "espíritu sensible". No aclara dónde ha obtenido estos datos estadísticos, tal vez sean simplemente producto de su imaginación. Si fueran resultado de una investigación personal, me sorprende el sacrificio masoquista de alguien que se dedica a explorar una inmundicia que le parece insoportable.

Una característica típica del intolerante es que se ofende por algo que hacen otras personas (y que consideran de algún valor) sin agredirle a él y pretende prohibirlo. Es algo incoherente que exija la censura en Internet (aunque no utilice este término se le ve el plumero de lejos) alguien que se dedica a despreciar a las masas ("resignadas a un destino subalterno", "asustadas de su propia vulgaridad", "ya no se avergüenzan de sus propias bajezas, sino que se regodean en ellas y se consuelan con ellas", "se refocilan en su propia mierda") y sus groserías, abyección y mentecatez. Es cierto que muchas personas inteligentes y cultas pueden lamentar las estupideces que se comunican en ciertos foros. Pero cada persona que navega por Internet decide por sí misma aquello a lo que quiere acceder, nadie está obligado a prestar atención a contenidos que no considere adecuados, y puede libremente rechazarlos o incluso boicotearlos. Clausurar algunos foros requeriría una policía intelectual propia de sistemas políticos totalitarios. La ética de la libertad de expresión implica que, mientras no agreda la propiedad ajena, toda persona puede decir lo que le plazca, guste o no a los demás, aunque sean calumnias o falsedades. La ofensa está en el ojo del que contempla.

Internet es hoy día un medio enormemente abierto y bastante libre de injerencias estatales, a pesar de los intentos de algunos jueces y legisladores. Esto no significa que no existan normas (la "netiqueta" que desconocen los que hablan de Internet sin conocerlo en profundidad), sino que dichas normas surgen de las interacciones espontáneas entre los múltiples participantes, y no son impuestas coactivamente desde fuera mediante la violencia institucional. Internet permite que las personas puedan mantener relaciones libres (personales y comerciales) sin intromisión de los gobernantes, y esto es lo que realmente les asusta: que los ciudadanos descubran que pueden prescindir de ellos sin ningún problema. Por ello los políticos no descansarán hasta que consigan regular la red a su gusto. Mientras tanto agradecen a "intelectuales" como de Prada el apoyo moral para su causa.

 


Libertad Digital - 23 de febrero de 2001

Ibarra desbarra

El presidente de la Junta de Extremadura, el socialista Juan Carlos Rodríguez Ibarra, ha decidido imponer un impuesto a los bancos que operan en su región, gravando fiscalmente la captación del ahorro de los extremeños que no se reinvierta en proyectos productivos mediante créditos a otros extremeños. Es decir, que Ibarra quiere chupar la sangre de los bancos que consiguen fondos en Extremadura y los invierten en otros lugares.

Si Extremadura no es un buen sitio para invertir, tal vez sea por culpa de sus impresentables gobernantes. Si Rodríguez Ibarra fuera coherente, aplicaría ese impuesto no sólo a los bancos, sino también a los inversores particulares que se llevan su dinero fuera de la región. Sería interesante ver el efecto electoral de esa coherencia, además de investigar dónde invierten su dinero los políticos socialistas de esta comunidad autónoma.

Los principales perjudicados por esta agresión a la libertad serán los ciudadanos de Extremadura, que encontrarán más dificultades para que sus recursos económicos sean utilizados de la forma más valiosa. Se trata de una medida propia del más rancio mercantilismo que muestra los desastres a los que puede dar lugar la autonomía fiscal.

Seguramente esta medida única en España no se lleve a cabo, porque parece inconstitucional y va contra la normativa europea de libre circulación e instalación de entidades financieras. Pero Ibarra es conocido como maestro demagogo, y atacar a los bancos y a los ricos puede ser un mensaje político popular para las clases bajas e incultas que son su reserva de votos: "Hay que sacar el dinero de aquel que lo tiene". Qué listo en darse cuenta de que de donde no hay no se puede sacar. Como cree el ladrón que todos son de su condición, Ibarra afirma que los bancos "recaudan" en Extremadura (sobran comentarios). Y encima cometen el pecado de "enriquecer o mejorar la situación de sus accionistas", por lo cual deben ser castigados.

Se librarán las cajas de ahorros porque no tienen accionistas y destinan parte de sus beneficios a obra social en la región. Hablando en cristiano: porque los dueños son los propios políticos, las cajas hacen lo que les mandan y no van a ser tan tontos de quitarse poder a sí mismos. Además "si hay bancos que deciden hacer obra social, ese importe se les deduciría del impuesto". Pórtense bien, banqueros, y les perdono parte del castigo.

 


Libertad Digital Semanal - 24 de febrero de 2001

Derechos de migración o de propiedad

Algunos comentaristas políticos protestan ante la aparente contradicción de un mundo globalizado en el cual el dinero y las mercancías se mueven libremente mientras que las personas encuentran grandes obstáculos para sus movimientos migratorios. El principal defecto de su análisis es que hablan (normalmente en términos colectivos y no individuales) de un presunto derecho a la inmigración, e ignoran por completo el único derecho auténticamente ético, el derecho de propiedad, cuya violación implica todo tipo de paradojas.

Los derechos de propiedad privada determinan ámbitos de decisión y control que sirven para evitar conflictos. Al igual que todos los bienes escasos susceptibles de uso por los seres humanos, el espacio físico o territorio es un objeto de propiedad. El propietario decide según su voluntad y sus capacidades qué desea hacer con el terreno (vivienda, agricultura, industria, venderlo, alquilarlo, etc.), e igual que puede invitar a algunos a compartirlo puede rechazar a otros e impedirles el acceso. Ninguna persona está legitimada para obligar o prohibir a los demás el compartir su territorio con otras personas. A quién invita o rechaza el vecino es cosa suya. El derecho de migración existe a condición de que no se invada la propiedad ajena. Si un ser humano desea viajar o cambiar de residencia, puede hacerlo siempre que respete los derechos de propiedad de los demás.

Es posible que algunas personas se sientan incómodas frente a individuos de otras razas o religiones, o con distinto idioma o apariencia física, y no se les puede obligar a relacionarse con ellos. A unos puede gustarles el mestizaje y la mezcla de culturas, mientras que a otros puede disgustarles o incluso asustarles. La diversidad no siempre supone un enriquecimiento. Las asociaciones de propietarios pueden establecer voluntariamente determinadas zonas donde se controle o limite el acceso de personas según distintos criterios.

El dinero y las mercancías son objetos de propiedad (bienes poseídos); las personas son sujetos propietarios (dueños, poseedores). El dinero y las mercancías son movidos por seres humanos, mientras que los propios seres humanos se desplazan por sí mismos. Los intercambios voluntarios de dinero y mercancías entre sus legítimos propietarios son resultado de relaciones voluntarias que benefician a ambas partes. Las relaciones entre las personas que se encuentran próximas en el espacio pueden ser agradables o desagradables: cada uno valora y decide de forma subjetiva quién le cae simpático y quién antipático, en quién confía y en quién desconfía.

Las personas suelen transportar a su casa lo que han comprado en el mercado, pero normalmente no les apetece invitar al tendero a que se instale en el cuarto de invitados. Igualmente el comerciante se lleva a su domicilio el dinero obtenido por la venta de sus productos, pero esto no da derecho a sus clientes a utilizar su cocina. Los anfitriones pueden disfrutar de la compañía de sus invitados, pero suelen esperar que se marchen en un plazo de tiempo razonable. No es lo mismo un turista, que un trabajador, que un mendigo. La suegra, ¿viene de visita o pretende quedarse?

Algunos defensores de los derechos irrestrictos de inmigración alegan que es una solución para los problemas humanitarios del Tercer Mundo, y que así los países ricos compensan a los pobres por los daños que les han causado por la colonización imperialista del pasado. Pero los ciudadanos de hoy día no son responsables de lo que hicieron sus antepasados, y no es justo hacer pagar a todos de forma indiscriminada por las agresiones de unos pocos. La riqueza del mundo desarrollado es en su mayor parte resultado de acciones pacíficas y no es la causante de la pobreza del Tercer Mundo. Tal vez sería mejor resolver los graves problemas de los países de origen de los inmigrantes (básicamente la violencia institucional de los gobiernos totalitarios y la ignorancia ciega de los fanatismos religiosos), fomentar su desarrollo económico mediante la inversión de capital, y eliminar las barreras comerciales proteccionistas que les impiden vender sus productos. El comercio y la migración están inversamente relacionados: cuanto más hay de uno, menos se necesita del otro.

El Estado no es propietario legítimo de ningún territorio, y por lo tanto no puede promulgar ningún tipo de leyes relativas a la migración de personas. El Estado impone coactivamente sus decisiones a todos los ciudadanos, y al legislar sobre la inmigración fuerza relaciones involuntarias y prohíbe relaciones voluntarias. El problema de los espacios públicos se resuelve privatizándolos o se alivia haciendo que el ámbito de decisión sea lo más pequeño posible (pueblos o incluso barrios).

El emigrante es responsable de financiar su desplazamiento y sus gastos de asentamiento y adaptación. Los emigrantes no tienen ningún derecho a servicios estatales (como educación y sanidad), al igual que no lo tiene ningún ciudadano local. Aceptar inmigrantes para resolver el problema de las pensiones públicas es como buscar nuevos primos para la estafa de la pirámide.

 


Libertad Digital - 9 de marzo de 2001

Fútbol intervenido

El mundo del fútbol, con su competencia feroz, sus pasiones desatadas, y sus enormes cantidades de dinero, puede parecer un prototipo de mercado libre y capitalismo. Pero la Comisión Europea (mediante sus comisarios de Competencia, Deportes y Empleo) la UEFA y la FIFA (ambas asociaciones de federaciones deportivas estatales) han llegado a un acuerdo para regular los traspasos internacionales de futbolistas que deja muy claro que se trata de un mercado intervenido.

En un mercado libre las competiciones deportivas son organizadas por asociaciones o empresas privadas que establecen unas normas que deben ser aceptadas por los clubes y deportistas individuales que desean participar. Estas normas no son arbitrarias, sino que pretenden conseguir el máximo éxito de la competición para así poder lograr beneficios de los espectadores y los patrocinadores publicitarios. Un mismo deporte puede tener diversos torneos en competencia (con diferentes regulaciones), de modo que triunfan los que mejor satisfacen los deseos de los consumidores y de los deportistas. Las relaciones entre deportistas, clubes y organizadores están formalizadas mediante contratos privados libres. Un contrato bien hecho incluye cláusulas de rescisión que determinan las compensaciones que una parte debe a la otra en caso de incumplimiento del mismo, y cada parte negocia para obtener las mejores condiciones posibles.

Los Estados no tienen ninguna legitimidad para inmiscuirse imponiendo normas coactivas. Al no ser posible la competencia pacífica entre diversas normativas, las regulaciones uniformes impuestas por el intervencionismo estatal son necesariamente ineficientes. Generalmente se acepta que la ley estatal está por encima de los reglamentos particulares, pero lo ético es lo contrario, lo fundamental son los acuerdos locales entre propietarios legítimos.

Tras los objetivos declarados de proteger a los jugadores más jóvenes (como si estos potenciales multimillonarios no pudieran arreglárselas solitos) y de dar estabilidad al mundo del fútbol ("el conjunto sufre cuando un jugador se va") se esconden graves agresiones contra la libertad contractual y la propiedad privada de los participantes: limitaciones arbitrarias de las duraciones de los contratos, de las edades y tiempos en los cuales es aceptable una rescisión, de los momentos en que son posibles los fichajes, e indemnizaciones arbitrarias por conceptos no objetivos como formación y promoción. Los clubes ricos son obligados a subvencionar a los pobres (presuntos formadores a quienes arrebatan los jugadores más prometedores, lo cual mantiene o incrementa las desigualdades) mediante un "fondo de solidaridad", eufemismo que oculta la realidad de que los fichajes sufren un gravamen adicional.

 


Libertad Digital - 10 de marzo de 2001

Cine en el Congreso

En el Congreso de los Diputados están viendo cine. Además de los políticos asisten productores, distribuidores y exhibidores, que según ellos mismos son todas las partes interesadas en el proyecto de ley del cine. ¿Todos? ¿No olvidan a nadie? Tal vez los espectadores tengan algo que decir, pero entre los productores de arte y cultura es frecuente el desdén hacia el público que no los comprende. Además son tantos que no cabrían en la sala, mejor dejarlos fuera.

En estas sesiones predomina una curiosa mezcla de drama, terror, farsa y cine de autor con mensaje. El presidente de los productores, Eduardo Campoy, afirma radicalmente que lo que corta la libertad de comercio es precisamente que no exista la cuota de pantalla. Muy consistente: la libertad de comercio consiste en mantener restricciones coactivas al libre intercambio, en este caso del lado de la oferta. Menos mal que no se les ha ocurrido coaccionar por el lado de la demanda, obligando a los espectadores a ver una película española por cada tres americanas (y no vale dormirse ni salirse antes del final). El cine de vodevil con divertidos malentendidos también tuvo su lugar: un congresista adormilado se sintió ofendido cuando entendió que Campoy le decía "Debemos legislar, sinvergüenza"; en realidad dijo "Debemos legislar sin vergüenza".

Recuerden que el cine es ficción, porque según la presidenta de la Academia de Cine, Marisa Paredes, "El libre mercado no existe". Enrique González Macho, productor y distribuidor, afirma que la cuota de pantalla es "imprescindible para sobrevivir", y que su desaparición pone al cine español "en el corredor de la muerte y con fecha fijada para la ejecución". Lástima que no estuviera presente Sherlock Holmes para utilizar la lógica e indicarle que si el cine español está tan mal que no puede sobrevivir sin protección, es que es muy malo.

La ley del cine es un atentado contra la libertad. La cuota de pantalla obliga a los propietarios de las salas a exhibir películas españolas o europeas que no interesan y que producen pérdidas (si fueran atractivas no sería necesario obligarles a proyectarlas). Mediante las subvenciones estatales los contribuyentes que no están interesados en el cine español financian a sus productores, directores, guionistas, técnicos y actores, los cuales además ya suelen ganar buenos sueldos o incluso auténticas millonadas. Se afirma que la actual política de subvenciones es más racional, ya que es proporcional a los ingresos por taquilla. Pero si una película consigue una buena taquilla, ¿qué necesidad tiene de subvención?; y si la taquilla es mala, ¿no significa eso que no interesa, o sea que no merece ninguna recompensa?

A menudo las gentes del cine se consideran a sí mismos influyentes creadores de opinión y centros del universo. No les entra en la cabeza que son trabajadores sometidos como todo el mundo a la voluntad de los consumidores. El director de la Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid, Fernando Méndez Leite, insiste en lo que "al parecer muchos olvidan: que el cine es cultura". Supongo que esto arruina todos mis argumentos precedentes.

 


Libertad Digital - 11 de marzo de 2001

El fin de la mili

Se acabó el servicio militar obligatorio. Por fin ha desaparecido una de las grandes agresiones colectivistas a la libertad humana, una forma institucionalizada de secuestro, adoctrinamiento y esclavitud en nombre de la patria. Terminó la discriminación sistemática entre hombres y mujeres por la cual pocas mujeres protestaban a pesar de su evidente falta de igualitarismo.

Ya no es posible maquillar de esta forma las cifras del paro. No más cohesión social mediante la convivencia forzosa. No más disciplina y obediencia ciega contra individualidad, creatividad e inteligencia racional. Adiós a la sofisticada palabrería de sesudos constitucionalistas intentado inútilmente cuadrar el círculo de la incompatibilidad que implica afirmar que defender a la patria es un derecho y un deber. Si algo es un derecho, se puede renunciar a ello (puede hacerse si uno quiere, puede no hacerse si uno no quiere); si algo es un deber, no se puede renunciar a ello (debe hacerse, quiérase o no). Y si ese artículo de la Constitución sigue vigente, ¿cómo es que su concreción legal es ahora tan diferente? Misterios de la hermenéutica jurídica.

Se ha puesto punto final a la heroica forma de desobediencia civil conocida como insumisión, la cual era a menudo y de forma extraña protagonizada por comunistas inconsecuentes que obviamente no entienden lo que es e implica el comunismo. Se acabó la astuta picaresca para librarse de la mili o conseguir un destino cómodo recurriendo a un amigo médico o mando militar, o utilizando supuestos problemas de salud que nunca han sido obstáculo para la realización de todo tipo de actividades físicas y deportivas por los reclutas dados de baja, o inventándose alguna objeción de conciencia completamente imposible de comprobar. No es que me pareciera mal, sólo lamento no haberme unido a ella en su momento.

Además de la presunta necesidad del servicio de armas, los defensores del servicio militar obligatorio señalan su utilidad para hacer amigos y conocer ciudadanos de otros lugares y niveles sociales, como escuela de alfabetización y de formación personal, cultural y profesional, y para salvar a pobres hijos de campesinos del atraso del mundo rural. Pero si estos servicios eran tan estupendos, ¿qué necesidad había de coaccionar a la gente para que los aceptara? ¿No existen ya los clubes, las academias, las agencias de viajes, las fundaciones caritativas? ¿Y qué pasa con los que no los necesitaban en absoluto o tenían algo mejor que hacer con sus vidas?

Los gobernantes y legisladores, normalmente adultos o ancianos que obligaban a otros adolescentes o jóvenes a jugarse el pellejo y servir de carne de cañón barata, han decidido que es políticamente rentable para sus expectativas electorales profesionalizar las fuerzas armadas. A partir de ahora el que participe en el ejército español lo hará por su propia voluntad. Tal vez algún día los presuntos beneficiarios tengamos también opción de darnos de baja.

 


Libertad Digital - 15 de marzo de 2001

Cook: las mentiras de la socialdemocracia

Robin Cook, ministro de Asuntos Exteriores británico y candidato a la presidencia del Partido de los Socialistas Europeos, reconoce sin tapujos en un reciente artículo en El País que el objetivo del centro izquierda es permanecer y afianzarse en el poder político, llegar a "convertirse en la fuerza natural para el gobierno europeo". Disfrutan mandando y quieren seguir haciéndolo, a ser posible para la eternidad.

Según Cook, la socialdemocracia es una ideología política flexible y reformable, capaz de producir nuevas ideas y adaptarse a un mundo en rápido cambio. Es decir, que alterarán sus ideas lo que haga falta para tener éxito en las elecciones. Aún así afirma que tienen unos principios básicos, que sus valores fundamentales son la libertad, la justicia y la solidaridad, pero esto simplemente refleja que están dispuestos a cualquier corrupción lingüística con tal de engañar a los ciudadanos: se apropian de términos con connotaciones positivas y los pervierten hasta que llegan a invertir sus significados. De este modo la libertad consiste en que los individuos no puedan elegir, sino que lo hagan los políticos y los burócratas cada vez más lejanos; la justicia ya no es dar a cada uno lo suyo y reparar las agresiones contra la propiedad privada, sino el igualitarismo mediocre alcanzado mediante la redistribución coactiva de riqueza; la solidaridad no consiste en ayudar voluntariamente a los necesitados, sino en promocionar el victimismo para transferir privilegios a grupos de interés políticamente organizados.

Al tiempo que alaban las maravillas de la globalización y el cosmopolitismo, los izquierdistas europeos ponen todo tipo de trabas proteccionistas contrarias al libre comercio. Hablan de empleo total mientras que impiden la libre negociación entre empresarios y trabajadores y dificultan la contratación de mano de obra. ¡Incluso pretenden que son ellos quienes proporcionan puestos de trabajo a los ciudadanos! Hablan de servicios públicos de calidad, pero olvidan mencionar que éstos se financian con los impuestos confiscados a los contribuyentes, quienes seguro que harían mejor uso de su propio dinero. Pretenden que los servicios públicos deben ofrecerse según las necesidades humanas, sin tener en cuenta la capacidad de pagar: perfecta receta para la bancarrota económica y moral.

Quieren aprovechar el potencial de la economía del conocimiento desarrollando el capital humano, lo cual significa que el Estado seguirá controlando escuelas y universidades, excelentes herramientas de adoctrinamiento social. Y hablan de un Estado Activo (¡como si el actual fuera pasivo!) paternalista que guíe a los trabajadores en la jungla de las nuevas tecnologías, como si esto no pudieran hacerlo eficientemente los propios trabajadores y empresarios.

Los partidarios del socialismo camuflado y diluido apelan a los instintos tribales ("juntos somos más fuertes que como ciudadanos individuales") y proponen una gestión sensata de la economía: no se han enterado de que la planificación socialista no funciona, porque la economía es un orden espontáneo. "Sí a la economía de mercado y no a la sociedad de mercado". No saben ni lo que es una sociedad, ni una economía, ni un mercado. Por eso se dedican a la política.

 


Libertad Digital Semanal - 17 de marzo de 2001

La conservación del capitalismo

Susan George, presidenta del Observatorio de la Mundialización, acaba de publicar un libro, "El Informe Lugano. Sobre la conservación del capitalismo en el siglo XXI", donde en forma de novela se repiten las falacias típicas acerca de los mercados, los empresarios, la economía y la política. La colaboración de Intermon revela que se trata de una ONG con la que no merece la pena colaborar si uno espera que su dinero se utilice con algo de sentido común.

Lo absurdo de sus afirmaciones demuestra que en ausencia de una teoría correcta acerca de la acción humana, las interpretaciones de los hechos de la realidad producen todo tipo de disparates. En un tono apocalíptico, habla de catástrofes dramáticas, de crisis de la economía globalizada por su mala gestión, de sufrimiento, de excesos, de descontrol, de lucha de todos contra todos, de destrucción del medio ambiente, de un sistema que produce "millones de perdedores con los que nadie tiene la más mínima idea de qué hacer". Todo culpa del capitalismo irrestricto, que "no puede asegurar la felicidad para todos", lo que hasta ahora había constituido su gran éxito. ¿O sea que ha podido garantizarla pero de repente ya no?. Con 8,000 millones de personas el sistema no funciona, pero al parecer con 4,000 millones sí es posible. Maravillas de los óptimos de población.

Un superhéroe para niños resuelve problemas porque lo sabe todo y lo puede todo, o sea por definición. George recurre a la falacia del principio de autoridad: inventa a unos presuntos superexpertos (detrás de los cuales se esconde) y patatín, patatán, espera que nos creamos que todo lo que dicen es correcto, porque, claro, son rigurosos, utilizan datos reales y están muy bien pagados para decir la verdad. Y así dicen cosas tan brillantes como que "Hay demasiadas fábricas notablemente eficientes que producen demasiados bienes para muy pocos compradores solventes". O sea, que los dueños de las fábricas son muy buenos técnicos pero no saben qué quieren los consumidores y cuánto están dispuestos a pagar por ello. Como esto debe provocar graves pérdidas, ¿cómo es que son capaces de conservar la propiedad de los medios de producción? ¿O es que estos pseudoexpertos se preocupan de que no se puede consumir lo suficiente? ¿La escasez se ha acabado y estamos en el Nirvana? ¿O se trata otra vez de la falacia del subconsumo de Keynes?

El plan de salvación del capitalismo y sus amos del universo consiste en eliminar a los que sobran, "aquellos que no contribuyen a consolidar la economía", por ejemplo mediante la intoxicación alimentaria, la epidemia del sida y la promoción de fanatismos violentos para que se maten entre ellos. Antes el empresario era demonizado por su egoísmo y su afán de captar más y más clientes, pero ahora resulta que pretende liquidar a los que no consumen. La autora realiza un curiosísimo análisis de la función empresarial: "Los empresarios no son personas libres, si no aseguran una rentabilidad del 15%, si no despiden, dejan de ser empresarios".

"El poder hoy está en los mercados financieros, en los que sólo cuentan 150 personas, y está en los dirigentes de las transnacionales y sus servidores". Estos malignos poderes distraen a la gente común para "evitar que se ocupen de lo que pueden hacer juntos; se bloquea la solidaridad". Juntos como hermanos, no nos moverán, suena a movimiento hippy.

George imagina "un accidente global, una crisis bursátil: las empresas no podrían pagar a los bancos, todo el mundo sería despedido, los bancos y las empresas cerrarían, el paro se generalizaría, los Gobiernos se verían impotentes, los precios aumentarían, la gente no tendría dinero..." Si todo el mundo es despedido obviamente el paro se generaliza, pero entonces ¿quién produce los bienes cuyos precios aumentan? ¿Quién paga estos bienes a altos precios si la gente no tiene dinero? Lo más bonito del cuento es imaginar a los gobiernos impotentes, pero sospecho que no es la idea de la autora, porque probablemente no entiende cómo se producen las crisis bursátiles por la manipulación crediticia de los gobiernos, y cómo se agravan por sus regulaciones y su presión fiscal.

Susan George afirma que sus críticos no han cuestionado sus datos, sus premisas o su "lógica", y que le gustaría que alguien lo hiciera. ¿Pretende conocer todas las críticas en su contra? Juzgue usted mismo.

 


Libertad Digital - 21 de marzo de 2001

Estefanía y la tasa Tobin

Joaquín Estefanía, principal comentarista económico de El País, comete unos cuantos errores de bulto en un reciente artículo sobre la tasa Tobin. Afirma que hay muchos países víctimas inocentes de las crisis financieras: "a pesar de practicar políticas económicas virtuosas y apelar al sacrificio de sus ciudadanos, quedan arruinados por la salida inmediata de enormes cantidades de dinero". Si un país sigue una política económica virtuosa, ¿cómo puede ser que los inversores lo abandonen en masa? ¿Es que no les gusta ganar dinero en un entorno político adecuado? La explicación real es que los inversores abandonan los países en los que la política económica es desastrosa (manipulando de forma insensata tasas de interés y tipos de cambio), abunda la corrupción y no se respetan los derechos de propiedad (regulaciones, confiscaciones fiscales, devaluaciones, nacionalizaciones).

Según Estefanía la globalización debe ser gobernada "para transformar sus efectos más indeseables", ya que supone "un riesgo cierto de acentuar aún más las lacerantes desigualdades que ya existen en la economía mundial entre los países más avanzados y los que pugnan por salir de la miseria". O sea que lo inaceptable no es la pobreza sino la desigualdad. No importa si no existe relación causal en ningún sentido entre la pobreza de unos y la riqueza de otros, ya que se asume que los ricos son culpables por definición. Si todos fueran pobres no habría problemas de desigualdad. ¿Y quién gobernará la globalización? ¿Un gobierno mundial? Comunismo a escala planetaria, como si los catastróficos desastres locales de este siglo no hubieran sido suficiente.

Estefanía critica los movimientos especulativos en los mercados de divisas a muy corto plazo, los cuales tienden a ajustar los valores de las monedas a las realidades económicas (presentes y esperadas) de los países, pero no indica qué perjuicios pueden causar. El término "especulación" está tan distorsionado y mal visto que basta nombrarlo para quedar eximido de un análisis racional de un fenómeno que no se comprende.

Con su impuesto sobre las transacciones internacionales James Tobin pretendía "echar un poco de arena en los engranajes bien aceitados de la especulación financiera", pero según Estefanía "sin afectar por ello a la eficiencia de los mercados financieros internacionales". ¿No hay aquí una pequeña contradicción? ¿Echar arena en los engranajes no afecta a la eficiencia de un mecanismo?

Parece que el hecho de que en España existan unas "asociaciones para una Tasa Tobin de Ayuda a los Ciudadanos" significa que la sociedad civil lucha a favor de este impuesto mundial, y los políticos deben escuchar el clamor popular. No importa si es la primera vez que usted oye hablar de estas asociaciones o si la inmensa mayoría de la población ni siquiera sabe en qué consiste este descabellado intento de ingeniería social a escala mundial.

 


Libertad Digital Semanal - 24 de marzo de 2001

Los ciclos económicos

Los ciclos económicos son fenómenos recurrentes de auge y depresión en mercados intervenidos, causados inevitablemente por los intentos del banco central (la autoridad monetaria) de ajustar la economía mediante la manipulación del dinero y del crédito, y agravados por las políticas fiscales y reguladoras de los estados. Los estados son incapaces de planificar la economía para evitar las recesiones: presuntamente supervisan el desarrollo económico armonioso, pero en realidad son los causantes de los problemas. Los ciclos económicos no son defectos de los mercados libres, los cuales no son ni autodestructivos ni peligrosamente inestables. Los agentes económicos no son autómatas dominados por miedos o exuberancias irracionales. La prosperidad puede ser un estado económico permanente si el estado no interviene coactivamente sobre el mercado. Un sistema monetario y financiero adecuado, respetuoso de la propiedad privada y la libertad contractual, con una moneda de oro no devaluable, está libre de crisis.

En una economía de mercado cada persona produce bienes que intercambia por dinero, y este dinero puede intercambiarlo por otros bienes que desea, guardarlo como reserva o invertirlo. La producción precede al consumo, y la oferta y la demanda se ajustan de forma espontánea: antes de demandar bienes, cada individuo debe ofrecer otros bienes. Las descoordinaciones económicas suceden cuando se intenta consumir lo que no se ha producido, cuando se crea dinero de la nada (inflación estatal de medios fiduciarios sin respaldo real, expansión crediticia) y este dinero falsificado se utiliza para comprar bienes y servicios, lo cual tiende a incrementar sus precios.

El tipo de interés en un mercado libre se determina mediante la oferta y la demanda de crédito, ajustándose espontáneamente a sus cambios, y coordina de forma óptima las capacidades y deseos de todos los participantes en el mercado, tanto productores como consumidores. Una tasa de interés baja es una señal para los empresarios de que hay ahorro disponible para respaldar nuevos procesos productivos. Una tasa de interés alta indica que los ciudadanos prefieren consumir a ahorrar.

El intento de sustituir el tipo de interés de mercado por un tipo arbitrario impuesto por una autoridad monetaria está abocado a un rotundo fracaso. Si el estado intenta fijar un tipo máximo de interés por debajo del tipo de mercado, se producirá una escasez de crédito (muchos ahorradores no querrán prestar en esas condiciones); si el estado intenta fijar un tipo mínimo de interés por encima del tipo de mercado, se producirá una sobreabundancia de crédito (muchos prestatarios no querrán créditos tan caros). Para manipular de forma efectiva los tipos de interés el estado necesita controlar también el dinero, utilizando medios fiduciarios (papel moneda impuesto legalmente) cuya cantidad pueda aumentar a su antojo para así satisfacer la demanda de crédito.

Un descenso artificial de los tipos de interés provoca que las industrias de bienes de capital inviertan en exceso en proyectos que en realidad no son sostenibles ni rentables, ya que no es posible invertir si previamente no se ha ahorrado. Si el banco central reduce artificialmente la tasa de interés (crea inflación o incremento de la oferta monetaria fiduciaria facilitado por la utilización bancaria de reservas fraccionarias), provoca una expansión de créditos sin respaldo de ahorro efectivo (contraria a las posibilidades y preferencias temporales de la sociedad), la cual causa distorsiones en el sector de bienes de capital de la estructura productiva de la sociedad. Se producen sistemáticamente inversiones erróneas de forma generalizada, se alargan de forma inadecuada e insostenible los procesos productivos, que se hacen excesivamente intensos en capital. El proceso inflacionario mediante la expansión crediticia no puede continuar indefinidamente, necesariamente acaba en una crisis o recesión económica en la que se manifiestan los errores de inversión cometidos y aparecen las pérdidas, las quiebras, los despidos y el desempleo.

La recesión es una fase inevitable y necesaria de corrección de los errores de inversión previamente cometidos, de liquidación y reasignación de los recursos económicos, de reorganización de la estructura de producción de la sociedad conforme a los verdaderos deseos y capacidades de los actores económicos. Para resolver más rápidamente y de forma menos dolorosa una recesión, los gobiernos deben dejar de causar el problema (abandonar la manipulación monetaria y crediticia y permitir que los tipos de interés alcancen su valor de mercado), y facilitar el desarrollo económico y la creación privada de riqueza mediante las reducciones fiscales y presupuestarias drásticas y generalizadas y el abandono de políticas intervencionistas, proteccionistas y reguladoras. La inyección de más crédito y la manipulación de la demanda agregada mediante el aumento del gasto estatal y del déficit no estimulan la economía, sino que prolongan y agravan el problema.

 


Libertad Digital - 24 de marzo de 2001

Chaves y el tabaco

El presidente de la Junta de Andalucía, el socialista Manuel Chaves, ha anunciado en el Congreso Nacional sobre Prevención y Tratamiento del Tabaquismo que demandará a las tabacaleras si éstas se niegan a sufragar parte de los elevados costes sanitarios que suponen las enfermedades que tienen su origen en el hábito de fumar. No resulta sorprendente que los asistentes a este congreso, cuyos trabajos y sueldos dependen de que exista una política oficial contra el tabaquismo, no hayan llevado la contraria a un político que les alimenta.

Según Chaves, "Los datos legales y científicos confirman que el lucro del negocio del tabaco proviene del daño que se le infringe a las personas, muchas de ellas menores de edad". Como es completamente imposible que la ciencia confirme algo falso (las leyes que hacen los políticos son tan absurdas que pueden afirmar cualquier disparate), Chaves miente y lo hace con descaro. Su frase analizada lógicamente significa que dañar a las personas es causa y condición necesaria (y tal vez suficiente) para que haya beneficios en el negocio del tabaco: sin daños antecedentes no habría ganancias consecuentes. Si el daño se considerara causa suficiente de beneficio, entonces no sería necesario producir tabaco, ni distribuirlo, ni venderlo, bastaría con causar directamente el daño y embolsarse el dinero. En realidad el daño a la salud es independiente de los beneficios de las tabaqueras: puede haber beneficios sin daño y puede haber daños con pérdidas. Si Chaves supiera en qué consiste una empresa se daría cuenta de que matar o dañar al cliente no es una estrategia comercial recomendable.

Típico de los políticos sin escrúpulos es mencionar la protección de los menores en todos los asuntos, vengan o no a cuento, para ver si cuela y se ganan las simpatías del personal. ¿Han tratado los servicios médicos andaluces a muchos jóvenes con patologías derivadas del tabaco? Sería una noticia de gran alcance, un record mundial de precocidad. Fíjese además en que todo el que quiere denunciar un beneficio lo llama lucro, palabra malsonante y con connotaciones emocionales negativas.

En el negocio del tabaco participa el propio Estado, que subvenciona a agricultores de tabaco, otorga arbitrariamente concesiones de estancos, y hasta hace muy poco era dueño absoluto de empresas monopolísticas para su producción y distribución. Como los daños sanitarios del tabaquismo tardan tiempo en producirse, es el Estado el responsable de los males actuales. Como Chaves tiene poder político desde hace bastante tiempo, ¿va a denunciarse a sí mismo como participante en este crimen o simplemente como cómplice o encubridor? ¿Y si se reclama a los estanqueros o incluso a los propios fumadores, que han sido advertidos hasta la saciedad sobre los problemas sanitarios del tabaco?

"Los poderes públicos no pueden permanecer más tiempo impasibles". Los políticos se otorgan a sí mismos con total desparpajo deberes y obligaciones que siempre consisten en agredir la libertad de los ciudadanos. Afirman que están legalmente obligados a actuar, y así se eximen de cualquier responsabilidad. Pobres sacrificados, son simples autómatas inconscientes que sólo cumplen órdenes. Si Chaves es consecuente, pronto denunciará a los fabricantes de automóviles por los gastos sanitarios originados por los accidentes de circulación, y a los productores de alimentos por los daños provocados por una dieta inadecuada, por la obesidad, el colesterol y las indigestiones. No hay límite para las denuncias imaginables.

¿No existen ya elevadísimos impuestos sobre el tabaco mediante los cuales el Estado ingresa enormes cantidades de dinero? ¿Para qué se utilizan? ¿Se ha tenido en cuenta lo que el Estado se ahorra en sanidad y otros gastos sociales, como las pensiones, porque los fumadores mueren antes? Habría grandes sorpresas.

La solución al problema es muy simple: que el fumador, como cualquier otra persona, pague él mismo sus gastos médicos y no obligue a los demás a participar en problemas de los cuales no son responsables. Pero claro, el tabaco está demonizado y se utiliza como chivo expiatorio, de modo que esta idea no es políticamente correcta y no obtendría muchos votos de un electorado de mentalidad colectivista. El fumador es un pobre enfermo manipulado por las multinacionales, y nadie se atreve a mencionar la estulticia de quienes fuman para parecer más interesantes (ocultando su inmadurez y su falta de carácter), ni la falta de voluntad y de capacidad de autocontrol de los adictos al tabaco.

 


Libertad Digital - 26 de marzo de 2001

Aznar y el proteccionismo eléctrico

En la última cumbre europea, el presidente del gobierno Jose María Aznar ha afirmado que no es lógico que las empresas francesas del sector de la energía eléctrica puedan vender electricidad a los españoles mientras que el gobierno francés no abra sus fronteras de la misma forma a empresas eléctricas extranjeras. Parece que si no hay reciprocidad en la apertura de los mercados a los productos foráneos no puede haber libertad de comercio, pero esto es falso y sólo se entiende desde una mentalidad intervencionista y proteccionista.

La libertad de comercio no necesita ningún tipo de tratado internacional ni organismo que la gestione. Si un país quiere realmente beneficiarse del comercio global no tiene más que abrir sus fronteras a los bienes y servicios procedentes del extranjero, eliminando tarifas y aranceles. De este modo ganan los consumidores nacionales, que tienen más posibilidades entre las cuales elegir, y se obliga a las empresas nacionales a hacerse más competitivas, ofreciendo productos de más calidad a mejores precios. Los únicos que pierden son los empresarios locales privilegiados por la política mercantilista de sus países. ¿Está Aznar intentando proteger (aún más) a las ineficientes empresas eléctricas españolas?

La situación óptima, que todos los países abran sus fronteras, facilita la división de trabajo y la especialización a nivel mundial, lo cual incrementa enormemente la creación y distribución de riqueza. Que unos países desmonten sus barreras comerciales y otros no es una situación asimétrica y subóptima, pero es mucho mejor que la situación perfectamente simétrica en la cual todos los países se encierran sobre sí mismos y pretenden autoabastecerse. El "si tú no me compras, pues te fastidias y yo no te compro tampoco" suena a berrinche infantil. Chile es un claro ejemplo de país cuyo desarrollo económico se aceleró enormemente por la disminución unilateral de las trabas comerciales.

Además, después del largo e intenso debate sobre la frustrada fusión entre Endesa e Iberdrola, ¿no estaba claro que había necesidad de más participantes en el sector eléctrico para garantizar la competencia? Los franceses son nuestros vecinos desarrollados más próximos y tienen muchas centrales nucleares a pleno rendimiento, lo que significa que pueden vendernos energía a buen precio. Aprovechémonos y comprémosla: si lo hacemos será que no es más cara que la nacional.

 


Libertad Digital Semanal - 31 de marzo de 2001

Presuntos fallos del mercado

Los enemigos del mercado libre necesitan de vez en cuando sacar de la chistera algún ejemplo de "fallo del mercado" para justificar sus regulaciones intervencionistas, presuntamente correctivas y beneficiosas. Algunos mitos al respecto se aceptan sin crítica y se han vuelto muy populares, ya que al parecer "muestran" cómo un producto "inferior" se impone de forma persistente a otro "superior". Por desgracia los criterios de calidad los establecen ingenieros que suelen saber mucho de cuestiones técnicas, pero muy poco de economía, preferencias subjetivas, derechos de propiedad, precios, competencia dinámica y procesos de mercado. Entre estas historias de ficción económica destacan el teclado Qwerty, el sistema de video VHS y los ordenadores con sistema operativo DOS - Windows.

Aunque parece que el origen del formato de teclado Qwerty (teclas frecuentemente consecutivas separadas para evitar atascos en las antiguas máquinas de escribir mecánicas) debería hacerlo muy ineficiente para los actuales ordenadores electrónicos, en realidad resulta que no es así. El mito que afirma que el teclado Dvorak es superior se basa en un solo estudio, realizado por el propio inventor (tal vez poco imparcial), que no ha podido ser confirmado por investigaciones posteriores. La ergonomía de ambos teclados es tan parecida que no merece la pena asumir los costes de entrenamiento para cambiar de uno a otro. Si no fuera así y unos pocos días de adiestramiento permitieran amplios incrementos de eficiencia, las empresas competitivas habrían cambiado hace tiempo sus teclados, sobre todo ahora que no es necesario producir teclados diferentes, sino que basa un simple programa informático que reasigne de forma arbitraria símbolos a teclas. Además los avances en los sistemas de interacción entre el usuario y el ordenador (interfaces gráficos, ratones, reconocimiento de voz) hacen que los teclados sean cada vez menos importantes.

Al diseñar sus sistemas de grabación de video, los ingenieros y directivos de Sony (sistema Betamax) escogieron opciones diferentes al consorcio del VHS. El sistema Betamax ofrece mayor definición y calidad de imagen en una cinta más pequeña y portátil, pero capaz de almacenar menos tiempo de grabación, y los aparatos de grabación y reproducción eran más caros y exclusivamente de la marca Sony. El consorcio VHS ofrecía un sistema con menos calidad de imagen, más tiempo de grabación en una cinta más grande, a menor precio y con la posibilidad de escoger entre distintas marcas; además acertaron al comprar los derechos de distribución en video de muchas películas de cine, apostando por que ese mercado sería más importante que las grabaciones domésticas (de la televisión o con cámaras de video). El sistema Betamax comenzó su comercialización dos años antes que el VHS, pero el segundo ofrecía un conjunto de características más del gusto de los consumidores, y por eso terminó venciendo. Pronto ambas tecnologías analógicas quedarán obsoletas por la aparición de múltiples sistemas digitales de grabación audiovisual (CD-Rom, DVD y otros).

Un ordenador personal tiene múltiples parámetros que los consumidores deben valorar: potencia del procesador, capacidad de memoria primaria y secundaria, interfaz de usuario, posibilidades de modificación y ampliación, acceso a programas y periféricos, relación entre precio y prestaciones. La empresa Apple apostó con sus ordenadores MacIntosh por un sistema con una interfaz gráfica muy fácil de usar (ventanas, iconos y ratón) pero que consumía muchos recursos de computación, por lo cual sus productos eran muy caros. Eran máquinas con arquitecturas y sistemas operativos muy bien diseñados pero sin muchas opciones y no pensadas para ser modificadas o ampliadas por el propio usuario. Eran adecuadas para consumidores no interesados en la informática sino en sus aplicaciones, y dispuestos a pagar un mayor precio, pero no eran una alternativa aceptable para muchos ingenieros, científicos y negocios. Las máquinas Apple se han hecho progresivamente más abiertas, pero siempre han sido más caras.

Los primeros PCs de IBM con sistema operativo DOS de Microsoft eran sistemas más difíciles de usar, con una incómoda interfaz de texto, pero eran más baratos y flexibles. Además IBM licenció su tecnología, lo cual facilitó su difusión mediante la aparición de múltiples clones más baratos. La arquitectura más abierta de los PCs de IBM ha provocado problemas de compatibilidad y estabilidad, pero ha permitido la existencia de múltiples alternativas de programas y periféricos. La interfaz gráfica Windows apareció cuando se comprobó su utilidad y el precio de los componentes informáticos necesarios bajó lo suficiente.

Hoy día existen múltiples plataformas (ordenadores personales aislados o en red, servidores, minis, micros, mainframes, con diferentes procesadores de Motorola, Intel, AMD, Cyrix, Sun, etc.) y sistemas operativos en competencia (Apple MacOS, IBM OS/2, las múltiples variantes de Unix, y los diversos Windows de Microsoft) a disposición de todos los usuarios, con diferentes precios y características. Incluso existe un movimiento por el software gratuito, encabezado por el sistema operativo Linux, el cual es potente, estable y muy simpático, pero no tan fácil de instalar y mantener como las distintas variantes de Windows predominantes.

Dejar que un grupo arbitrario de tecnócratas imponga coactivamente un sistema como preferible a otros implica congelar los procesos competitivos de descubrimiento de alternativas. Ningún comité de "expertos" tiene el conocimiento necesario sobre las preferencias y capacidades de los diferentes agentes económicos. Los empresarios pueden cometer errores en un mercado libre, pero su propia ocurrencia genera fuertes incentivos (oportunidades de beneficio) para su corrección (la cual lleva tiempo, los escenarios estáticos son engañosos).

 


Libertad Digital Semanal - 14 de abril de 2001

Pescando subvenciones

Imaginen a una empresa petrolera o minera solicitando al gobierno español o a la Unión Europea que negocien con Marruecos para que este país les permita extraer petróleo o minerales de su territorio, a cambio de unos cuantos miles de millones de pesetas de los contribuyentes. Si la ayuda les fuera denegada, podrían protestar por ser tratados de forma no equitativa, ya que los pescadores españoles sí han estado recibiendo estos subsidios durante mucho tiempo para poder pescar en los caladeros marroquíes. Y si las negociaciones con Marruecos no llegaran a buen puerto, podrían reclamar ayudas por inactividad, igual que los marineros.

Ahora que no ha sido posible un acuerdo de pesca entre la Unión Europea y Marruecos, los empresarios del sector pesquero en España deben plantearse reconvertir la flota, y naturalmente lo primero que hacen es lanzar las redes al mar del presupuesto para tratar de pescar alguna ayudita. Ponen como cebo la amenaza de pérdida de puestos de trabajo para ver si pica algún incauto. No han tenido suficiente con los años que han vivido a costa de los demás sin hacerse eficientes y competitivos (durante mucho tiempo sin hacer absolutamente nada al permanecer los barcos amarrados), ahora exigen que el Estado les ayude a reestructurarse, a buscar nuevas zonas de pesca pagadas con el dinero de todos y a seguir chupando del bote.

Decidir políticamente si merece o no la pena pagarle a Marruecos lo que pide es completamente arbitrario: el cálculo económico racional es imposible si no se respetan los derechos de propiedad. Sólo un empresario que arriesga su propio dinero puede decidir cuánto puede pagar por los factores de producción en función de los ingresos esperados en un mercado libre. Al político sólo le interesa saber cuántos votos puede comprar y cuántas manifestaciones de protesta consigue evitar.

Si supieran algo de ética y de derechos de propiedad privada, los pescadores le podrían reclamar al gobierno marroquí que esas aguas no son suyas, que las cosas son del primero que las utiliza y que no basta con reclamarlas, no es suficiente que estén ahí cerca. La soberanía de los gobiernos sobre el mar hasta una determinada distancia de las costas, aunque sea algo reconocido internacionalmente, no tiene ningún fundamento ético.

Algunos auténticos empresarios en el sector pesquero ya están dándose cuenta de que igual que la caza y la recolección de frutos fueron sustituidas por la ganadería y la agricultura, la pesca depredadora en mares sobreexplotados debe ser reemplazada por algún tipo de piscicultura. Esto requiere que se reconozcan derechos de propiedad sobre parcelas de mar y sobre bancos de peces, pero los diferentes estados del mundo no parecen estar por la labor, ya que supondría renunciar a una riqueza y un poder que ahora controlan de forma ilegítima.

 


Libertad Digital - 19 de abril de 2001

El pago de las medicinas

Para la ministra de Sanidad, Celia Villalobos, "No es justo que un parado pague un 40% y un pensionista con 260.000 pesetas no pague nada" por los medicamentos. Y tiene razón en ambas afirmaciones, aunque por motivos erróneos, ya que la comparación entre ambas es irrelevante. Uno y otro, parado y pensionista, deben pagar el total de los fármacos y servicios sanitarios que necesiten, ya que no es justo que se le pase la factura a otra persona inocente que no guarda ninguna relación con su enfermedad. Cada cual se paga todo lo suyo (no un porcentaje arbitrario), y si pretende que le inviten más le vale pedirlo y no exigirlo. Es triste estar enfermo, pero es más triste robar, aunque sea disimuladamente a través de los presupuestos del Estado. Desgraciadamente la auténtica justicia no es políticamente correcta y ha sido pervertida por la demagogia de la solidaridad estatal.

El famoso copago es una tímida medida propia de políticos que actúan según la reacción popular a globos sonda que anuncian sus intenciones. Por lo menos la intención de reducir el gasto público farmacéutico es buena, pero la solución real es explicar a los ciudadanos que no existen las comidas gratis y que nadie tiene derecho a vivir a costa de los demás, ni siquiera los pobres, los desempleados o los ancianos. En un mercado auténticamente libre y competitivo las empresas productoras y distribuidoras de medicamentos se verían obligadas a reducir al máximo sus márgenes de beneficio, proporcionando a los consumidores mejores medicinas a precios más asequibles. Pero a la ministra, gran defensora del grupo de interés formado por los dueños de farmacias, no le gusta el mercado libre, y no está de acuerdo con que los fármacos que no necesitan receta se puedan vender en supermercados.

Pagar los bienes o servicios que se reciben según la renta del beneficiario es un absurdo igualitarista (igual que la tasa fiscal progresiva). ¿Se imaginan hacer la compra con la declaración de la renta bajo el brazo? Los productos en tiendas y mercados tendrían sofisticadas etiquetas con diferentes precios para los diversos clientes. Como los ricos no suelen serlo por su falta de astucia, mandarían a los pobres a hacerles el favor de comprarles lo que necesitan a cambio de una pequeña comisión. Por otra parte, ¿cómo se trataría a quienes no obtienen ingresos pero disponen de riqueza acumulada?

Evidentemente cuando uno se paga sus propias medicinas tiene perfecto derecho a exigir que le reduzcan sus impuestos, no va a pagar encima dos veces por lo mismo. Como es natural las federaciones sindicales de pensionistas se oponen al cambio, no les gusta perder sus privilegios. Igualmente protestan numerosas organizaciones de consumidores de inspiración colectivista: "Si se atreven a hacer que los jubilados se paguen las medicinas, imagínate lo que harán con nuestras subvenciones".

Así que salud, dinero y amor para todos, sobre todo dinero ganado honradamente para cuidar cada uno su propia salud.

 


Libertad Digital Semanal - 21 de abril de 2001

Libertad e igualdad

La libertad y la igualdad correctamente entendidas no son conceptos opuestos ni contradictorios. Si se considera que la ética es el conjunto universal de normas adecuadas para la supervivencia, el desarrollo y la felicidad de los seres humanos, resulta entonces que la idea de libertad se basa en la idea de igualdad. La ética se descubre progresivamente estudiando la naturaleza humana, es decir lo que todas las personas tienen en común, la esencia que todos los seres humanos comparten, aquello en lo cual somos iguales: todos somos actores racionales, valoramos y escogemos fines que intentamos alcanzar mediante la aplicación de medios escasos.

El concepto ético central es la libertad entendida como respeto de la propiedad privada, que cada persona está legitimada para decidir por sí misma en el ámbito de su propiedad, sin interferencias violentas de los demás: es la única norma ética que puede ser universal y simétrica. Cada uno es propietario de sí mismo, de lo que crea y coloniza y de lo que intercambia voluntariamente con los demás.

Si se renuncia a la universalidad de la ética, entonces la igualdad esencial y la simetría en las relaciones no son necesarias: es posible que algunas personas se consideren fundamentalmente diferentes a otras, unos son superiores y otros infrahumanos. La libertad se esfuma: unos seres humanos pueden agredir a sus víctimas sin que éstos se defiendan, y son aceptables la esclavitud, el pillaje, el parasitismo, el robo, la coacción.

Afirmar sin más que todos los seres humanos son iguales es muy peligroso, ya que es una expresión ambigua y sus diferentes interpretaciones tienen consecuencias muy distintas, prácticamente divergentes. La igualdad esencial de la especie (su estructura mental, su forma abstracta de actuar) es cierta, pero a partir de allí surgen las diferencias. Hay accidentes, características particulares, que pueden y de hecho suelen ser diferentes: capacidades (aptitudes intelectuales y físicas, disponibilidad de bienes de consumo y de capital, oportunidades) y deseos (gustos, preferencias).

La igualdad en lo accidental o igualitarismo es empíricamente falsa (la vida siempre se caracteriza por la heterogeneidad y la diversidad), pero hay una multiplicidad de ideologías (normalmente irracionales) que la consideran un valor supremo. Pero cuando todo tiene que ser igual (o por lo menos no tan diferente), ¿quién decide cuáles son las características que deben ser compartidas? ¿Quién asigna los recursos y cómo los reparte? El igualitarismo sufre la irresoluble paradoja de que necesita unos cuantos seres diferentes para su gestión y una multitud de gestionados. La democracia no resuelve esta cuestión, ya que siempre hay jefes y subalternos, elegidos y electores, quienes mandan y quienes obedecen. Los sistemas igualitarios, además de contradictorios son fuertemente inestables, por lo cual su mantenimiento (siempre aparente) requiere intervenciones constantes y normalmente violentas.

Si se quiere conseguir que a todos les guste lo mismo y tengan lo mismo, todos los seres humanos son como clones salidos idénticos de la misma fábrica: sólo hay un ser humano y múltiples copias, pero la interacción con ambientes diversos puede hacer que personas inicialmente iguales tiendan a diferenciarse. Si se quiere que todos tengan lo mismo pero respetando las distintas preferencias, y si se les permite realizar intercambios, las personas tenderán a hacerlos voluntariamente (en la medida en que sea posible transferir bienes materiales o conocimientos) para poder alcanzar mejor sus diferentes objetivos, y así se apartarán de forma espontánea de la igualdad de recursos. Que todas las personas puedan disponer de distintos recursos pero los mismos gustos parece la aspiración última de un genio de la publicidad y el marketing, acabar con la subjetividad de las valoraciones.

Una persona que defiende la libertad no puede oponerse a la igualdad esencial. Resulta extraño imaginar a alguien respetuoso de la libertad luchando a favor o en contra de la igualdad accidental. ¿Por qué ser todos más iguales si la diversidad permite la especialización, la división del trabajo, y el enriquecimiento mutuo? ¿Por qué empeñarse en ser diferentes en todo cuando objetivamente hay formas más eficientes de hacer las cosas?

La raíz del igualitarismo a menudo esconde envidia y resentimiento (no se trata de eliminar la pobreza, sino de culpar de ella a los ricos), o el deseo genuino pero impotente e ignorante de quien aspira a erradicar el sufrimiento. La causa de la pobreza es casi siempre la violencia, la agresión a los derechos de propiedad, la ausencia de libertad, que dificulta o impide la creación, la acumulación y la distribución de la riqueza. Los igualitaristas que dicen trabajar por los pobres los aman tanto que los crean por millones.

 


Libertad Digital - 24 de abril de 2001

Una denuncia intachable

En los tiempos en que la palabra justicia aún tenía un significado riguroso, las personas honradas denunciaban delitos o crímenes. Pero en estos días en los que cada vez más gente intenta vivir políticamente a costa de los demás, cualquier protesta ante una situación desagradable se convierte en una denuncia que intenta obtener la simpatía y la solidaridad de los ciudadanos.

La Asociación de Titulados del INTA (Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial) muestra que estos científicos e ingenieros están aprendiendo mucho de política: ya han formado una asociación que refleja su mentalidad colectivista y que muestra que están unidos como grupo de presión: "denuncian" precariedad laboral (contratos por obra o servicio), imposibilidad de promoción profesional, huida al sector privado e insuficiencia de personal.

Los contratos por obra o servicio permiten a una empresa emplear trabajadores para la realización de un proyecto sin necesidad de tenerlos indefinidamente en nómina cuando ya no son necesarios o competitivos. Igual que un consumidor que un día acude a una tienda para adquirir un producto no se compromete con ser su cliente el día de mañana. Pero el trabajador confundido con las ideas socialistas cree que esto es inmoral, que tiene derecho a un puesto de trabajo con contrato indefinido, a ser posible de por vida.

Los empleados laborales del INTA llaman imposibilidad de promoción profesional al hecho cierto de que tienen muy pocas opciones de acceder a la carrera funcionarial. El sueño de todo científico, convertirse en burócrata, tener un puestito garantizado de por vida en el cual poder elucubrar sobre los secretos del Universo y llevar a cabo sus ensoñaciones. También se quejan de que algunos investigadores terminan trabajando para empresas privadas. ¡Qué horror, ganarse la vida honradamente, lejos de los presupuestos del Estado, satisfaciendo de forma eficiente los deseos y las necesidades de los consumidores!

Por último lloran porque son pocos para el mucho trabajo que hay que hacer. Lo de muchos o pocos siempre es relativo, pero ¿realmente quieren que nos creamos que en un instituto público puede alguien trabajar al límite de su capacidad? Y siendo un poco más incisivos, ¿realmente merece la pena lo que hacen? La técnica aeroespacial puede ser fascinante e incluso útil, pero muchas otras cosas también lo son.

 


Libertad Digital - 26 de abril de 2001

Mercado común entre desiguales

Según José Vidal-Beneyto en El País, el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) "está inspirada en la opción ideológica ultraliberal". Esto es radicalmente falso. Una auténtica área de libre comercio necesita un único principio muy simple que se expresa claramente en pocas palabras: que cualquier ciudadano pueda legalmente negociar y comerciar libremente con cualquier otro ciudadano, respetando la propiedad ajena y garantizando el cumplimiento de los contratos.

Si el documento de establecimiento del ALCA dice algo más (y seguro que lo dice, ya que hay bastante diferencia entre unas pocas decenas de palabras y las miles de páginas de letra pequeña de los tratados internacionales) será para oponerse al libre comercio e imponer el mercantilismo y el proteccionismo: excepciones, regulaciones, límites, tarifas, aranceles, que privilegian a algunos grupos de presión políticamente organizados y con buenos contactos a costa de consumidores y contribuyentes.

Según Vidal-Beneyto "Estados Unidos se sirve del ALCA para institucionalizar la dependencia de Latinoamérica. Pensar que cabe un Mercado Común Panamericano entre países cuya renta per cápita oscila entre 30,600 dólares en EE UU y 430 en Nicaragua, o pretender que el intercambio comercial restablecerá por sí solo el equilibrio entre Estados Unidos, Brasil y Canadá, que representan el 87% del PIB de la región, y los otros 32 países, que alcanzan justo el 13%, es un interesado desatino". El Presidente de Brasil Fernando Enrique Cardoso, ha afirmado que "vamos a insistir que los beneficios del libre comercio se compartan en forma equitativa entre todos los participantes, que la apertura comercial deber ser recíproca y que debe tender a atenuar y no a agravar las desigualdades que existen en nuestra región" (las excusas para la letra pequeña).

El libre comercio no institucionaliza ninguna dependencia, sino que facilita la especialización, la división del trabajo, la creación y la distribución de la riqueza. Los clientes de un comercio no dependen del mismo, pueden acudir a la competencia. El disparate es pretender la autarquía absoluta, que un país debe cerrar sus fronteras para evitar que sus riquezas escapen. La ley económica de las ventajas comparativas indica que el libre comercio beneficia a todos, también a los más débiles, incluso si algunas personas o países son peores que otros en todas las actividades imaginables. Un médico puede ser mejor organizador que su secretaria, pero aun así la contrata para poder dedicarse a su labor más productiva y beneficiosa. Los pobres no necesitan defenderse de lo que los ricos pretendan venderles o comprarles.

Por otra parte los intercambios comerciales no se producen con la intención de alcanzar un estado de equilibrio o una distribución más equitativa de riqueza. Todo intercambio voluntario se produce porque beneficia a ambas partes, y prohibir los intercambios libres es necesariamente perjudicial para ambas partes. Se trata de que todo el mundo pueda ser más rico y vivir mejor, aunque unos puedan ser más ricos y felices que otros.

 


Libertad Digital - 27 de abril de 2001

Carlos Fuentes odia a Bush

El escritor mejicano Carlos Fuentes opina que George W. Bush, además de "tonto y perverso", un "muñeco que no sabe hablar sin tarjetas de auxilio", es "el peor presidente norteamericano". Esto no es nada sorprendente, ya que para este literato favorito de la progresía los buenos presidentes son los que atacan la libertad individual, incrementan el poder del Estado y promueven el colectivismo y la ingeniería social a gran escala. Así considera a Franklin D. Roosevelt, "el principal estadista del siglo pasado", quien "sacó, con el 'nuevo trato', a su país de la depresión". Y echa de menos a Bill Clinton, ese simpático adúltero y mentiroso compulsivo que estuvo a punto de ser procesado por perjurio y obstrucción de la justicia, y a quien ahora se investiga como vendedor de indultos. En realidad Roosevelt destrozó la Constitución, agravó y prolongó la Gran Depresión con sus medidas contrarias a la libertad de mercado y comenzó el fraude de la Seguridad Social como forma de comprar votos con el dinero ajeno.

Como es un novelista, no le importa demasiado el rigor intelectual; él vive del drama, la exageración y la distorsión de la realidad: "los EEUU practican un mercado-leninismo implacable". Fuentes rezuma odio hacia Bush por todos sus poros: "la lista de sus perversidades aumenta día con día"; vende armas a Taiwan (país capitalista y democrático), espía a China (gigante comunista poco respetuoso de los derechos humanos) y cancela conversaciones con Corea del Norte (dictadura comunista a lo bestia).

Parece que lo que más le fastidia de Bush es su "política de asalto al medio ambiente", especialmente su pecado mortal: "denunciar el Tratado de Kioto contra la emisión de gases mortales para la vida en el planeta; es un insulto a la comunidad internacional y una amenaza a la vida planetaria. La emisión de gases tóxicos y el efecto invernadero condenan a muerte a las generaciones venideras". Un buen drama propio de un culebrón latinoamericano, y con la misma falta de inteligencia: envenenamientos, condenas a muerte, insultos, amenazas... El calentamiento global y sus presuntamente catastróficas consecuencias no tienen base científica, pero esto es mejor ignorarlo para ser popular. "Lo inmportante es que los EE UU sigan despilfarrando la mitad de los recursos energéticos del planeta". Pobres yanquis, sólo saben malgastar energía, tal vez por eso son los más competitivos del planeta, por ser ineficientes. Quizás consumen más porque producen más y mejor.

Además de tener poderes telepáticos que le permiten leer la mente del presidente de los USA, "los seres humanos tampoco le importan demasiado", Fuentes juega a pitoniso y predice que "muchas iniciativas reaccionarias de Bush encontrarán severa oposición ... No creo que los votantes norteamericanos permitan su reelección". Bush al parecer fue "seleccionado por cinco jueces de la Suprema Corte": ¿qué fue de los escándalos que prometían los progres del mundo tras los recuentos de las papeletas que iba a efectuar la prensa?; ¿tal vez no conviene resaltar que los recuentos oficiales estaban bien hechos? ¡Cómo debe sufrir este pobre antiamericano al saber que la popularidad del objeto de su desprecio es a estas alturas de su mandato mucho más alta que la de su padre, Reagan o el mismísimo Clinton!

 


Libertad Digital Semanal - 28 de abril de 2001

Pseudoliberalismo sin principios

Una teoría científica se expresa mediante un sistema formal, una estructura consistente de proposiciones relacionadas mediante inferencias lógicas. Una teoría bien construida incluye necesariamente una serie de conceptos primitivos, principios fundamentales y axiomas (hipotéticos o apodícticos) a partir de los cuales se deducen diversas consecuencias o teoremas. Un pensador riguroso establece con claridad el significado de los términos que utiliza y sus asociaciones.

En el mundo de los pseudointelectuales abundan los charlatanes que jamás han podido construir o asimilar un sistema conceptual integrado y coherente. Son a menudo gentes de letras con nula o escasa formación lógica y matemática, incapaces de distinguir una teoría correcta de un cúmulo deslavazado de falacias más o menos sofisticadas. Estos especialistas en verborrea llaman dogmáticos e intolerantes a quienes piensan de forma lógica y argumentativa, mediante definiciones y demostraciones. Detestan la lógica y el razonamiento porque desmontan sus fraudes, los derrotan, los dejan en evidencia y muestran la falta de fundamentación o coherencia de sus afirmaciones.

¿Tanto les cuesta a algunos mojarse un poco y definir, aclarar de qué están hablando, precisar lo que quieren decir, razonar, declarar explícitamente sus fundamentos, ser coherentes y extraer conclusiones lógicas? La respuesta es que sí, que el precio a pagar es en ciertos casos demasiado alto. Cuando una persona fundamenta y explica lo que quiere decir, se abre a la crítica y al análisis. Los principios son contrarios a la arbitrariedad. La falta de honestidad intelectual permite divagar, engatusar, decir lo que conviene en un momento dado, lo que el jefe manda, lo que adula al poderoso, lo que hace popular, lo que la plebe quiere oír, lo que no ofende. El demagogo conecta un falso cliché detrás de otro y encima parece profundo y preocupado por el bien común.

El historiador Javier Tusell se burla en un reciente artículo de los liberales que critican al gobierno en abstracto "sea quien sea y cómo lo desempeñe", le culpan "de todos los males imaginables" y proponen "siempre el mínimo de intervención estatal". Esto "podría ser tan sólo una anécdota si la opción no ocultara tras de sí un pensamiento"; "lo peligroso es que los conceptos fundamentales alimentados en la reflexión abstracta más aparentemente alejada de cualquier circunstancia política concreta pueden tener unas consecuencias graves"; "una actitud demasiado abstracta puede resultar muy peligrosa".

¿O sea que lo que es peligroso y maligno es tener principios abstractos fundamentales, o tal vez importa algo si estos son correctos o incorrectos? Tusell, como tantos otros, no se molesta en estudiar los principios de los liberales anarquistas (en el sentido de contrarios a la coacción estatal) más radicales como Murray Rothbard, Hans Hermann Hoppe, Jesús Huerta de Soto y un servidor. Simplemente señala, con razón, que nuestro pensamiento tiene graves consecuencias éticas, que es como un ácido revolucionario que destruye todo el absurdo montaje de la organización política de la sociedad. No le interesa saber si es verdad o no, sólo le asusta el radicalismo de los cambios que implica.

Si se puede demostrar que un problema es causado por la coacción estatal, es obvio que la solución pasa por la eliminación de ésta. Los liberales consecuentes ya hemos demostrado, a partir de fundamentos praxeológicos y éticos, que el Estado es una institución nociva e innecesaria, y que la inmensa mayoría de la población vive engañada respecto a su naturaleza. Estamos acostumbrados a que no se nos haga caso, a que se nos acuse de utópicos, pero esperamos ansiosos un debate intelectual.

Como es típico en un demagogo, Tusell utiliza la táctica de tergiversar lo que se critica: resulta ridículo afirmar que el anarcoliberalismo es una solución "omnicomprensiva y omniresolutoria", cuando en realidad es un sistema abierto que señala firmemente unos principios mínimos inviolables (respeto de la propiedad privada y los contratos) pero permite múltiples opciones más allá de estos. De hecho el anarcoliberalismo es mucho más flexible y tolerante que la llamada "sociedad abierta".

Pero Tusell, de nuevo igual que muchos otros, prefiere el liberalismo relativista y tímido, el que no es capaz de fundamentarse y se basa sólo en el escepticismo o la conservación de lo tradicional, y así no es tan ofensivo para las mentalidades colectivistas. Parece que como no puede saberse nada con certeza, hay que someter a competencia las ideas a ver cuáles vencen. ¿Tal vez con guerras mundiales, con campos de concentración, con genocidios, con comunismo y socialismo a gran escala, a ver si funcionan? Resulta curioso comprobar cómo los ignorantes pretenden ensayar cosas que es posible saber teóricamente que son dañinas; eso sí, no quieren hacerlo solos, siempre pretenden obligar a todos a participar como víctimas de sus insensatos "experimentos". Hitler, Stalin, Mao, Pol Pot, los talibanes, sólo son "ensayos fallidos"; y más tímidamente hacen lo mismo todos los políticos actuales. La competencia legítima entre organizaciones sociales es fácilmente articulable en un marco anarcocapitalista, que reconoce la complejidad humana, y es prácticamente imposible en una socialdemocracia estatal.

Tusell ya delira cuando pretende que "los valores verdaderamente trascendentales del liberalismo han triunfado hasta tal punto que ni siquiera se discuten: los derechos de la persona, la propiedad privada o la economía de mercado, la igualdad ante la ley". Los derechos de la persona no son en absoluto los de la Declaración de los Derechos Humanos hoy tan de moda; la propiedad privada se viola sistemáticamente por todos los Estados (es su naturaleza esencial); la economía de mercado no existe en ninguna parte; ¿y dónde está la igualdad ante la ley con todas las inmunidades, exenciones y privilegios de los cuales disfrutan los políticos?

 


Libertad Digital - 28 de abril de 2001

Trasplantes, eficiencia y altruismo

Los políticos españoles suelen presumir de nuestra primacía mundial en el campo de los trasplantes de órganos: tenemos los más altos índices de donaciones y los enfermos que lo necesitan tienen altas probabilidades de recibir un trasplante. El economista Enrique Costas Lombardía critica en un artículo en El País que esto no es toda la verdad, y que el sistema no es tan eficiente como parece, ya que "está engrasado con dinero y privilegios". "Se enseñan las cifras de donaciones pero se esconde la corriente de dinero que las empuja". El gobierno presume de modernidad, tecnología y buena administración y tapa otras graves carencias de la sanidad pública.

Los espectaculares resultados de la Organización Nacional de Trasplantes se consiguen "mediante fuertes estímulos financieros que en otras naciones no se aplican": el coordinador de trasplantes, los médicos y las enfermeras dedicados a esta actividad cobran mucho más que otros trabajadores sanitarios, gracias a incentivos monetarios a la producción (no a la calidad ni a la eficiencia) que hacen que se esfuercen más para conseguir posibles donantes y órganos. Los expertos en trasplantes se quedan el dinero en lugar de los donantes o sus familiares, quienes no reciben ninguna compensación. Y mientras tanto, los pacientes con otros problemas no reciben un tratamiento tan exquisito.

Hasta aquí todo correcto y muy informativo, pero este economista se equivoca de pleno cuando se refiere a ciertos "efectos perversos" que este sistema tiene en la sociedad, especialmente el "desprecio del altruismo": "El principio ético que rige todos los sistemas de trasplantes del mundo civilizado es el altruismo. Nadie debe aprovecharse del 'regalo de vida' que es la donación de un órgano humano". Parece que sólo el altruismo es civilizado, que es repugnante actuar siguiendo el propio interés y vender un órgano. Pero ¿qué hay de malo en que un donante se beneficie de lo que entrega? ¿Por qué prohibir intercambios voluntarios?

Éticamente todo ser humano es propietario de su propio cuerpo, y puede donar sus órganos, su sangre o cualquier otro constituyente de su cuerpo, de forma gratuita o a cambio de una compensación económica, o negarse a hacerlo. La prohibición de la compraventa de órganos perjudica a los donantes y a los receptores potenciales, produciendo carencias de órganos y sangre. El sistema estatal de trasplantes utiliza dinero confiscado a los ciudadanos para pagar a los profesionales médicos y beneficiar a unos enfermos a expensas de otros. El elemento principal, el donante, no recibe nada, y sólo se invoca a su generosidad para que participe en el sistema. ¿Por qué no se pide también el altruismo de los médicos y los contribuyentes de forma voluntaria?

 


Libertad Digital - 2 de mayo de 2001

El Día del Trabajo

Resulta paradójico que el Día del Trabajo sea un día de fiesta y descanso oficial, y es también extraño que el centro de la atención esté en los sindicalistas, esos poderosos personajes "liberados" de la obligación de trabajar. Representan (es un decir) a una ínfima minoría de trabajadores políticamente organizados, pero pretenden hablar y negociar en nombre de todos, y todos deben sufrir sus imposiciones, les interese o no. Afirman que los trabajadores (y trabajadoras, faltaría más) los necesitan para defender sus derechos, pero no les dejan prescindir de sus servicios. Claro que uno puede renunciar a afiliarse a un sindicato, pero la negociación laboral individual es inadmisible.

Año tras año se repite el mismo ritual: los líderes sindicales se echan flores, se felicitan a sí mismos, se presentan a la sociedad como benéficos e imprescindibles, descalifican a los gobernantes que no les hacen caso y desautorizan a quienes les critican defendiendo los auténticos derechos individuales contra los presuntos "derechos sociales". El líder sindical típico es un colectivista que se cree que entiende los problemas sociales y que conoce las soluciones, pero todo su pensamiento (es otro decir) se basa en ideologías falaces, trasnochadas, nocivas e inoperantes.

Creen por ejemplo que las convulsiones de los mercados de valores, la recesión económica, los despidos masivos y los problemas generalizados de las empresas son causados por el libre mercado no regulado, cuando en realidad son la consecuencia lógica de la intervención coactiva del Estado sobre las instituciones monetarias y crediticias. Creen que son los contratos temporales los que causan inestabilidad, cuando es justo al contrario, es la inestabilidad causada por las medidas socialistas la que obliga a las empresas a recurrir a la temporalidad.

Detestan el cambio, que podría desalojarlos de sus poltronas. Están convencidos de que no hay progreso social ni relaciones laborales ordenadas sin su intervención. Para distraer la atención de lo poco que saben de economía (la conciben como un conflicto entre capital y trabajo), y para incrementar su poder e influencia, hablan mucho de derechos de la mujer, de salud, de pensiones, de educación, de formación profesional, de medio ambiente. Es curioso que, en un mundo tan especializado, no se dediquen sólo a lo suyo, que es defender los intereses de los trabajadores afiliados.

 


Libertad Digital - 4 de mayo de 2001

Astronauta de pago

El multimillonario financiero Dennis Tito se ha gastado un buen montón de dólares para ser incluido en una de las tripulaciones rusas a la Estación Espacial Internacional. Aunque sea acuciada por la necesidad, resulta que Rusia es más capitalista que los Estados Unidos en este aspecto, ya que aceptan comprar y vender servicios. Tal vez pronto se extienda el patrocinio privado de estas espectaculares misiones.

Tito es un astronauta honrado, ya que se paga su billete a la aventura y la fama con su propio dinero. Además ha aceptado no demandar a las agencias espaciales si resulta herido durante el viaje, y se le obliga a pagar lo que rompa. Es el único que paga y no tiene derechos. ¿Por qué no se hace lo mismo con los demás astronautas profesionales, que además se supone que están estupendamente entrenados para no hacerse daño y no romper nada?

La versión oficial afirma que los carísimos viajes espaciales tripulados se hacen en beneficio de la Humanidad, por las posibilidades de investigación y la colonización del espacio. Pero casi todo lo que se pretende puede conseguirse con misiones no tripuladas más baratas. Los avances tecnológicos derivados de la carrera espacial se obtendrían de forma más eficiente si los recursos utilizados estuvieran en manos de empresas privadas atentas a los deseos y las capacidades de los consumidores.

Respecto a la colonización del espacio, la mayoría de la gente es muy ingenua e ignora los altísimos costes y dificultades que entraña. La supervivencia del ser humano no es fácil en entornos sin vida, sin atmósferas respirables, sin agua, sin presión, sin gravedad y rodeados de radiaciones nocivas. Se utilizan astronautas principalmente por el elemento emocional, porque son más llamativos y atractivos, el público los admira y se identifica con ellos: así los políticos pueden vender mejor sus ambiciosos programas.

La Estación Espacial Internacional no es la primera morada de la Humanidad en el espacio, como algunos pretenden, sino un proyecto faraónico que cuesta muchos miles de millones de dólares, todos ellos confiscados a los contribuyentes de los países que la financian. Los recursos necesarios no han sido obtenidos honradamente de accionistas privados voluntarios. Los auténticos beneficiados de los programas espaciales son los políticos que los presentan como éxitos propios, los astronautas que consiguen fama, prestigio, y una experiencia excitante memorable, las agencias espaciales y sus trabajadores, y los propietarios de las empresas diseñadoras y constructoras.

 


Libertad Digital Semanal - 5 de mayo de 2001

Libertad de prensa y capitalismo

En ocasiones se dice malvadamente que un especialista lo sabe casi todo acerca de casi nada, y que un generalista no sabe casi nada acerca de casi todo. Algunos periodistas presuntamente progresistas no se conforman con ser generalistas moderadamente ignorantes. Están acostumbrados a aparecer y ser observados, hablar y ser escuchados, escribir y ser leídos: con tanta atención acaban confundiendo su papel y pretenden actuar como expertos, enseñar a los demás y asesorar a la sociedad. Pero el que no sabe no puede transmitir conocimiento.

Fernando Castelló, presidente de Reporteros sin Fronteras, afirma que lucha por la libertad de prensa, pero desconoce la esencia de la auténtica libertad, que es no agredir a los demás y respetar la propiedad ajena. Según él, sin libertad de prensa no hay libertad, y "sin libertad, basada en el respeto de los derechos humanos, no hay pleno desarrollo humano de los pueblos. Libertad y derechos que no deben ser sólo individuales. Un concepto de libertad individual a secas se quedaría corto y lindaría con el egoísmo individualista, propio de los sistemas ultraliberales, en detrimento de la igualdad y la solidaridad". Habla también de derechos "de todo pueblo e individuo a la libertad en igualdad fraternal y solidaria" y de "derechos a la paz y la igualdad solidaria y fraternal". Se repite un poco, aunque aún le quedarían múltiples combinaciones posibles de los adjetivos libre, igual, solidario y fraternal, con los sustantivos libertad, igualdad, solidaridad, fraternidad. A falta de ideas claras y precisas es muy importante acumular palabras (si no sabes qué decir, no dejes de hablar).

Sepa usted que cada vez que alguien mezcla de forma indiscriminada libertad, igualdad y solidaridad, está intentando colarle un gol sin que se dé cuenta. Todo suena muy bonito pero no está nada claro lo que se quiere decir, y la argumentación no suele brillar por su rigor. Asociar liberalismo radical y egoísmo está muy visto, pero en realidad no van inextricablemente unidos. La libertad, el poder escoger libremente sin coacción externa, es válida tanto para los egoístas (los que piensan principalmente en sí mismos) como para los altruistas (los que piensan principalmente en los demás). Los socialistas nunca han podido explicar qué problema hay con un egoísta pacífico que no agreda a los demás.

Por otra parte el fundamento de los derechos son los individuos, no los colectivos. La libertad no puede establecerse desde el colectivismo. Son los individuos quienes piensan, valoran, eligen y actúan. Las sociedades son agrupaciones útiles para los individuos, pero no tienen una existencia independiente ni están por encima de ellos. Pretender que los pueblos tienen derechos es una excusa común para que los gobernantes arrasen a las minorías con la complicidad de las mayorías. No existen los derechos sociales, y la solidaridad debe ser una opción individual y no una imposición estatal.

Según Castelló, el capitalismo conculca los derechos humanos: "ha demostrado ser el sistema mejor para ahondar la desigualdad, para producir ricos en el mundo pobre y pobres en el mundo rico, y, en su versión neoliberal globalizada, ya sin el contrapeso igualitario comunista, países cada vez más ricos a costa de países cada vez más pobres." Lo afirma con mucha rotundidad, pero no se molesta en explicar cómo sucede. Si lo intentara tal vez haría el ridículo, ya que no entiende que el capitalismo es el sistema económico (basado en la propiedad privada, sea de bienes de consumo o de medios de producción) que mejor permite la creación y distribución de riqueza. El igualitarismo comunista no es ningún contrapeso, sino un lastre nocivo y dañino incluso en pequeñas dosis. Además existe un sistema mucho mejor para incrementar las desigualdades, que consiste en permitir que los ricos y fuertes roben sistemáticamente a los pobres y débiles.

"El propio Estado de bienestar sufre el acoso del darwinismo social neoliberal, esa filosofía insolidaria que, en la lucha por la supervivencia, deja en la cuneta del desarrollo insostenible a los débiles frente a los fuertes". Suena dramático, casi teatral, para que luego digan de las aspiraciones de objetividad del periodismo. Las filosofías no son insolidarias, lo son los individuos según su libre elección, les guste a los demás o no (en eso consiste ser tolerante, en aceptar pacíficamente las decisiones ajenas legítimas). El desarrollo insostenible es el de los sistemas intervenidos que tanto gustan a los que mencionan a menudo los derechos humanos sin referirse jamás al derecho de propiedad.

"En el mundo capitalista occidental hay libertad de expresión reconocida y practicada, pero persisten intentos de sometimiento y control de la prensa por parte de poderes políticos y económicos". El control político de la prensa es por supuesto indeseable, pero el control económico es perfectamente natural: el propietario de un medio de comunicación es quien en último término decide su utilización, su orientación, qué artículos se publican y cuáles no, qué interesa y qué se desecha. A algunos periodistas les molesta que sus jefes les indiquen acerca de qué y cómo informar. Son libres para convertirse en empresarios de su propio medio de comunicación. Si quieren un salario seguro a fin de mes deben aceptar las limitaciones de ser un trabajador a sueldo: el dueño manda. En eso consiste la auténtica libertad de prensa, en ejercer la profesión de periodista respetando los derechos de propiedad.

 


Libertad Digital - 6 de mayo de 2001

Escudero del intervencionismo global

Manuel Escudero, profesor de Macroeconomía del Instituto de Empresa, hace en El País un intento (fallido) de balance de la economía global, analizando si sus efectos benéficos están siendo compartidos por todos. Concluye que "La globalización no va bien, ni mucho menos", porque las divergencias aumentan entre los países ricos y los países pobres.

Según Escudero su propuesta de solución tiene racionalidad casi absoluta (muy humilde el "casi") y "no resultaría muy difícil defender su rigurosidad y su viabilidad técnica" (pero no lo hace). Y profetiza que una solución análoga a la suya ganará terreno, aunque sólo sea como única respuesta posible para evitar los grandes "males" del futuro. Hayek ya hablaba de la fatal arrogancia de quienes pretenden poder controlar la complejidad de la sociedad humana y dirigirla globalmente de forma coactiva.

Su solución es básicamente ingeniería social a gran escala. "En teoría, la solución lógica a este estado de cosas no es difícil: a un mercado global le debe corresponder una acción racionalizadora y redistribuidora global. El mix de mercado y de límites sociales, el mismo que hemos practicado con éxito todos los países desarrollados, debería ser ahora aplicado a escala global". Quiere que un organismo internacional "dirija y ponga en práctica un nuevo sistema económico mundial".

No es extraña la mala prensa de la razón cuando ésta es invocada tan a menudo por megalómanos irracionales empeñados en "redistribuir" riqueza, es decir quitársela a sus legítimos propietarios para dársela a otros. El éxito de los países desarrollados se ha producido a pesar del intervencionismo y las limitaciones al mercado, y no gracias a ellos. Los países ricos pueden permitirse el error del intervencionismo, pero en los países pobres resulta letal.

Sus disparatadas propuestas incluyen "un acuerdo de estabilidad monetaria basado en la paridad semifija entre el dólar, el euro y el yen, y que presuponga la convergencia de sus políticas económicas" y "un acuerdo de fiscalidad básica mundial que ponga en circulación títulos de Deuda Mundial de suscripción obligatoria". Pero ¿por qué los países con políticas económicas acertadas deben imitar a los intervencionistas? ¿La Deuda Mundial la van a comprar los extraterrestres o se la endosaremos a las generaciones futuras? Los derechos de propiedad ¿significan algo para un profesor en un Instituto de Empresa?

Para ser justos, Escudero tiene algunas buenas ideas, como sancionar el proteccionismo, fomentar el libre comercio y revisar las políticas agrícolas de los países desarrollados. Si sigue intentándolo tal vez llegue el día en que se dé cuenta de que los países que avanzan son los que protegen eficientemente la libertad y la propiedad privada. Mientras tanto, esperemos que a este Escudero del intervencionismo global no le asciendan a Caballero.

 


Libertad Digital - 8 de mayo de 2001

Una sandía llamada Cohn-Bendit

Daniel Cohn-Bendit, alias Dany el Rojo, líder de la Revolución del 68, es hoy eurodiputado verde. Ha pasado de las manifestaciones callejeras a vivir a cuerpo de rey a costa de los contribuyentes europeos: sueldos millonarios, despachos, dietas, viajes. Aunque él afirma que nunca ha sido comunista, como buen ecologista es como una sandía: verde por fuera y rojo por dentro. Colectivista hasta la médula, Europa es su última utopía: "tenemos que darles a los europeos una identidad común". Aunque sea a la fuerza, aunque muchos no la quieran. Parte esencial del marxismo es cambiar la naturaleza humana.

Según él "los demócratas somos abiertos, aceptamos las contradicciones". Algunos son tan intelectualmente deshonestos, poco rigurosos y contradictorios que no pueden aceptar que "un país tan civilizado como Italia pueda votar por alguien como Berlusconi". ¿Acaso en una democracia no puede todo ciudadano presentarse como candidato? ¿Ser rico es un impedimento? ¿No puede el votante elegir a quien le dé la gana sin ser recriminado por pseudointelectuales moralistas? Cohn-Bendit declara que no entiende por qué los jóvenes o los pobres pueden votar por él; es normal que un parásito enquistado en la maquinaria burocrática del Estado no comprenda que la riqueza y el progreso se consiguen mediante la libertad y el carácter emprendedor.

Colectivista y alarmista, pretende hablar en nombre de millones de europeos (que no le han elegido como portavoz) a los que "Berlusconi da miedo" porque es "un peligro para la democracia" y "tenemos que controlarlo". Se intuye el pánico en las calles que reclaman una democracia tutelada por individuos omniscientes intachables. Y es que la democracia está bien mientras no produzca resultados desagradables. Pobres italianos que no saben lo que les conviene.

"La mayoría de la sociedad se resiste a aceptar que para vivir mejor, para mantener el medio ambiente, tenemos que cambiar nuestra forma de vida. El problema de Los Verdes es ése: nosotros le recordamos a la gente que si ganamos, la vida será más dura". ¿Una vida más dura es una vida mejor? ¿Mejor para las personas o para animales, plantas y elementos inorgánicos? Menos mal que a veces los seres humanos se resisten a aceptar la estupidez. Cohn-Bendit tiene suerte de ser contradictorio, porque si no lo fuera tendría que dejar de respirar, beber, comer y producir residuos, para así mantener el medio ambiente. Y es que vivir es así.

 


Libertad Digital - 10 de mayo de 2001

La UE y el suicidio global

Tal vez lea usted este artículo intrigado por el dramatismo de su título. Lamento decepcionarle si lo que busca es sensacionalismo escandaloso, ya que lo que pretendo es criticar ese mismo infundado alarmismo de José Vidal-Beneyto, quien habla en su tribuna habitual del "suicidio programado de la Unión Europea" por "la degradación de la función pública" que "nos acercará al suicidio global" por permitir los "múltiples desmanes que está causando el cretinismo y la perversidad que coinciden en Bush Jr. y a los que sólo la potencia europea puede poner coto". SuperUE al rescate vencerá al megavillano USA.

Según él "La ausencia de liderazgo, resultado de la mediocridad de quienes la gobiernan y de la ausencia de una voluntad política común por parte de los Estados que la forman, es responsable de su mal funcionamiento". Los colectivistas están obsesionados por la voluntad común, aunque sea a la fuerza; son incapaces de permitir que cada cual marche pacífica y felizmente por su lado según su voluntad individual; buscan líderes carismáticos que nos salven de nosotros mismos y nos guíen hacia el paraíso.

Afirma Vidal-Beneyto que "para el ejercicio de toda gestión racionalizada del poder es indispensable disponer de un conjunto funcionarial suficiente y capaz" y opina que los funcionarios europeos son insuficientes, cada vez cobran menos y sus contratos son temporales, lo cual "hace imposible la identificación con el colectivo al que se pertenece y con el logro de sus objetivos". Olvida mencionar si ese poder es legítimo y respetuoso con la libertad de los individuos cuyas vidas son "gestionadas", e ignora completamente los múltiples problemas causados por una burocracia desconectada de la voluntad de los ciudadanos. Los funcionarios europeos cobran espectaculares sueldazos y disfrutan de múltiples privilegios: no pagan impuestos, no están obligados a participar en la Seguridad Social, pueden comprar vehículos libres de cargas fiscales y con importantes descuentos diplomáticos, y reciben importantes ayudas para educación, salud y ocio. Ya están muy identificados con la expansión de la burocracia, no necesitan ser animados. Y todo a cambio de administrar intervencionismo a gran escala.

En realidad no habría ningún problema en que desapareciera la Unión Europea como estructura política y se regresara al beneficioso concepto de Mercado Común sin barreras o aranceles proteccionistas. Así los europeos disfrutaríamos de menos política megalómana, menos confiscación de riqueza, más libertad y más bienestar. De todos modos es ingenuo pretender que el malo de la película se liquide a sí mismo, aunque sólo sea por la pérdida de dramatismo en la historia: es el héroe el que debe matar al villano. Si la UE no se suicida por el bien de sus ciudadanos, podemos pensar en practicarle la eutanasia. Aunque no lo pida.

 


Libertad Digital - 11 de mayo de 2001

La irracionalidad talibán

Wakil Ahmad Muttawakil, ministro de Asuntos Exteriores de los talibanes, la milicia de rigoristas islámicos que controlan Afganistán, es un claro ejemplo de la irracionalidad que caracteriza a estos fanáticos de la violencia, vergüenza de la humanidad que resulta de institucionalizar la superstición religiosa y el colectivismo coactivo.

Según Muttawakil hombres y mujeres "deben ser igualmente educados", "los dos sexos son seres humanos y tienen grandes responsabilidades, además de su vida espiritual". "Les daremos una educación que esté de acuerdo con los principios del islam y con nuestras tradiciones, lo que significa que no habrá coeducación y que las mujeres tendrán que cubrirse de acuerdo con el islam. En nuestra estructura social, las mujeres no están destinadas a trabajos duros como conducir camiones, sino principalmente a cuidar de sus hogares de acuerdo con la observancia de los principios islámicos y las tradiciones locales".

O sea que primero la vida espiritual, que no es una cuestión íntima individual sino la imposición por la fuerza de una religión oficial, y luego las responsabilidades exigidas por los puritanos cabecillas del régimen, que incluyen cosas tan absurdas como que los hombres deben llevar barba y las mujeres ir completamente cubiertas. Estos cobardes machistas tienen tanto pánico al poder de atracción y seducción de la mujer que sólo se les ocurre taparlas y mantenerlas en un secuestro y sumisión permanente. Todo para mantener una estructura social tradicional, totalmente rígida e incapaz de evolucionar, en la cual las personas ni deciden ni importan: maravillas del conservadurismo reaccionario irreflexivo llevado a sus últimas consecuencias. Y todavía pretende que "los afganos son un pueblo amante de la libertad".

Obsérvese que no se dice que los individuos tienen derecho a la educación, sino que los dirigentes darán una educación, es decir que intentarán lavar el cerebro de toda la población para perpetuar sus insensateces. "Nuestra prioridad número uno es restablecer la ley y el orden, y unificar la totalidad del territorio". Su ley y su orden, y que no se escape nadie. Para que luego digan que la ley es la ley y hay que cumplirla. Y respecto al ejemplo de la conducción de camiones, naturalmente un retrógado ignorante como éste no sabe que existe la dirección asistida, producto de una tecnología que ellos jamás serán capaces de producir ni entender.

Este indeseable personaje no se corta a la hora de echarle cara dura al asunto: se queja de que la comunidad internacional no les ayuda a arreglar los destrozos que ellos mismos han causado; expulsan a su gente empobrecida del país, exigen que los países vecinos los acepten como refugiados y los cuiden, y afirma que pueden volver "siempre que reciban ayuda para reinstalarse"; protesta porque los talibanes no son respetados y tratados como un gobierno legal, su falta de luces le impide ver que son rechazados por lo bestias que son.

 


Libertad Digital Semanal - 12 de mayo de 2001

Liberalismo utilitarista o iusnaturalista

La fundamentación del liberalismo suele efectuarse desde dos puntos de vista: el utilitarista o el iusnaturalista. El utilitarismo es un concepto básicamente económico, mientras que el iusnaturalismo o derecho natural es una idea ética. Son dos perspectivas que a veces parecen dispares e independientes, pero bien entendidas están estrechamente relacionadas y son complementarias, no tiene sentido separarlas. No se trata de dos alternativas excluyentes entre las cuales se debe elegir sólo una. El liberalismo coherente es iusnaturalista y utilitarista. El mercado libre es moralmente superior, y la justicia es eficiente. No se trata de que la libertad individual de elegir importe más o menos que la eficiencia, porque ambas son inseparables.

El utilitarismo habla de eficiencia referida a fines, medios, valoraciones y preferencias en la acción humana. El utilitarista indica que el sistema económico liberal produce y distribuye más riqueza, optimiza la asignación y la utilización de recursos escasos y coordina de forma espontánea los deseos y las capacidades de los participantes en el mercado. La ciencia económica enseña que el mercado libre es la única forma racional de aprovechar el conocimiento disperso, práctico y tácito de los agentes económicos. El socialismo es imposible debido a las limitaciones cognitivas de los seres humanos: el cálculo económico racional no puede realizarse sin propiedad privada y precios de intercambio. Las soluciones intermedias intervencionistas son inestables y pueden derivar hacia el totalitarismo. El mercado es mucho más eficiente y beneficioso que el Estado centralista y planificador.

El iusnaturalismo habla de justicia referida a derechos de propiedad, agresión, fuerza, violencia y voluntariedad de las relaciones humanas. El iusnaturalista indica que la única norma ética basada en la igualdad esencial de los seres humanos que puede ser universal y simétrica es el respeto de los derechos de propiedad de cada persona sobre sí mismo y sobre aquellos bienes que coloniza, crea o intercambia libremente con los demás. Libertad y derechos de propiedad son equivalentes. La sociedad libre está basada en el principio de no agresión: sólo es legítimo utilizar la fuerza para defender los derechos de propiedad. El socialismo es la coacción sistemática contra la acción humana emprendedora, y el Estado es la institucionalización de la violencia. La ley ilegítima del Estado prohíbe acciones y relaciones pacíficas, voluntarias y beneficiosas, e impone acciones y relaciones no deseadas, agresivas y perjudiciales. En la sociedad libre cada individuo decide y elige por sí mismo; en una sociedad colectivista los gobernantes o los demás escogen por cada uno.

La ley natural no es un residuo metafísico de las ideas religiosas reaccionarias de derecho divino. Los derechos individuales de la ética de la libertad son los que se corresponden con la naturaleza de los seres humanos y permiten su desarrollo y progreso. Los derechos son conceptos abstractos que sirven como herramientas útiles para evitar y resolver conflictos, no son resultado de inútiles elucubraciones disociadas de la realidad. Las diferentes éticas o sistemas normativos deben estudiarse, además de por si cumplen una serie de condiciones teóricas, por sus consecuencias y funcionamiento en la práctica, para lo cual es necesario tener conocimientos económicos o praxeológicos acerca del comportamiento humano. No se requiere omnisciencia, no hace falta conocer las cambiantes preferencias particulares, sólo si éstas pueden verse realizadas o no, si son respetadas o violadas, con lo cual las personas resultan beneficiadas o perjudicadas (se fomenta el bienestar o el malestar).

Una concepción exclusivamente utilitarista de la libertad y el mercado es peligrosa. La definición de eficiencia como medición del aprovechamiento de los factores en la producción de un bien es demasiado estrecha y limitada. La eficiencia es posible en la producción de bienes y de males: un mercado negro de asesinos a sueldo, la competencia violenta entre matones por parasitar a sus víctimas de forma exclusiva. Una persona puede desear el mal a otra, o querer obligar a otro, o sentirse amargado por comportamientos ajenos perfectamente pacíficos. Prohibir las agresiones supone una pérdida de utilidad para quienes desean agredir. El derecho de propiedad indica qué valoraciones son relevantes respecto a cualquier entidad (las de los propietarios involucrados), y cuáles no lo son (las de todos los demás). Es imposible medir, comparar o agregar utilidades para intentar maximizar un inexistente "bienestar social". Los presuntos análisis de costes y beneficios sociales son falacias que sólo sirven para excusar (que no justificar) las actividades ilegítimas de los políticos.

Dentro de la tradición de la Escuela Austriaca de Economía, el gran Ludwig von Mises estudió la libertad desde el punto de vista del utilitarismo. El maestro fue superado por su alumno Murray Rothbard, el cual integró la perspectiva económica con las ideas éticas. Hoy día muchos pensadores se quedan en la visión económica de la libertad, quizás porque tienen una noción difusa y confundida de la ética y la política y porque consideran que los derechos humanos son los que erróneamente se interpretan en su Declaración Universal.

 


Libertad Digital - 27 de mayo de 2001

La dependencia del tabaco

Existen otros adictos al tabaco además de los fumadores. Son unos 6,500 cultivadores de esta planta en España, los cuales reciben anualmente 18,500 millones de pesetas de la Unión Europea. Unos 3 millones por cabeza, dinero del cual parece que "depende" su subsistencia, ya que no están dispuestos a aceptar pasivamente el intento de la Comisión Europea de eliminar las ayudas al cultivo. Para Fernando Moraleda, secretario general de la Unión de Pequeños Agricultores, "es preciso dar una respuesta contundente a las pretensiones del presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, para eliminar las ayudas a este cultivo ante la importancia social y económica que supone esta producción en zonas donde no hay alternativas de cultivo". Por supuesto que la respuesta contundente no es verbal, sino que consiste en movilizaciones más o menos violentas.

En realidad lo que es importante para estos agricultores no es la producción, que es antieconómica, sino las enormes subvenciones que reciben y a las cuales están tan habituados que creen tener derecho eterno a ellas. De los ingresos que genera un kilo de tabaco, sólo una sexta parte corresponde a los precios de venta; el resto son ayudas comunitarias. Los agricultores europeos no se plantean qué producir en función de los deseos de los consumidores, sino según las subvenciones que puedan recibir.

Estas subvenciones estatales, procedentes de los impuestos confiscados a los contribuyentes, contribuyen a generar dependencia e irresponsabilidad. Sus receptores se acostumbran a un estilo de vida sin riesgos, sin obligaciones, sin esfuerzos. Siguen haciendo lo que han hecho siempre sin preguntarse si eso es lo que desean los demás ciudadanos. Ni se plantean dedicarse a otra actividad económica más demandada en un mercado libre. No ven alternativas porque no las buscan. El espíritu emprendedor les es completamente ajeno, se resisten a los cambios e incluso llegan a creer que tienen derecho a ser compensados cuando se agota el maná celestial. Viven del cuento a costa de los demás y pretenden seguir haciéndolo.

Y no es un problema sólo del tabaco, esa sustancia demonizada por los políticos que tanto se preocupan para que las cámaras de televisión no les pillen fumando, sino de toda la producción agrícola y ganadera en Europa. La Política Agraria Común es un gigantesco lastre que hay que soltar cuanto antes. Aunque les duela a sus adictos.

 


Libertad Digital - 30 de mayo de 2001

Farmacias en guardia

Los grupos de interés beneficiados por el intervencionismo estatal reaccionan ante el peligro de perder sus privilegios particulares. Se sienten amenazados por la posibilidad de un cambio y actúan para defender sus conquistas. Uno de los grupos de presión mejor organizados es el de los farmacéuticos, encabezado por Pedro Capilla Martínez, presidente del Consejo General de Colegios Oficiales de Farmacéuticos.

Capilla afirma que "En España no existe un monopolio sobre las oficinas de farmacia; lo que existe es un modelo planificado y regulado por el Estado en beneficio del ciudadano. El farmacéutico no puede abrir donde quiere, sino donde es necesario; no fija los precios". Por esto las oficinas de farmacia "no se pueden liberalizar sin perjudicar al ciudadano". Toda la economía (por llamarlo de alguna manera) soviética también era un modelo planificado y regulado por el Estado, presuntamente en beneficio del ciudadano. Así les iba. Y así les va a los habitantes de Cuba y Corea del Norte. Pero ¿quién es tan perverso que puede dudar de la benevolencia y la capacidad de los gobernantes y los farmacéuticos? ¡No puede ser que los políticos defiendan los intereses de los grupos particulares que los apoyan!

El sector de las oficinas de farmacia es un claro monopolio nocivo en el cual se impide o se dificulta la competencia y el acceso de nuevos actores al mercado mediante la coacción estatal. La fijación de precios de los medicamentos evita que los farmacéuticos tengan que competir entre ellos para atraer clientes con precios más bajos, consiguiendo así grandes márgenes de beneficio. Prueba de que defienden suculentos intereses económicos está en las cantidades millonarias que se abonan por el traspaso de una farmacia, y en la gran cantidad de licenciados dispuestos a abrir una en cuanto les concedan una licencia. La liberalización del sector transferiría a los consumidores buena parte de la riqueza que ahora se embolsan cómodamente los propietarios de las farmacias.

Si Capilla fuera coherente reclamaría la estatización completa del sector, con funcionarios dispensadores de medicamentos con sueldos garantizados pero modestos. Pero no se puede esperar mucha lógica de quien afirma que el medicamento "no es un producto de consumo, sino un instrumento de salud", algo equivalente a afirmar que un gato no es un animal, sino un felino. Con muy poco rigor pretende que la "concentración excesiva de farmacias en ciertas zonas puede hacer que volvamos a la España de los años sesenta, donde había farmacias, pero no medicamentos". Según Capilla y la OMS (esa organización de burócratas amantes del colectivismo sanitario) "el servicio farmacéutico español es uno de los mejores del mundo", mejor no cambiarlo, mejor "potenciar la farmacia como establecimiento sanitario". Y todavía se pregunta que "por qué no afrontamos los problemas sin demagogias".

 


Libertad Digital Semanal - 2 de junio de 2001

Contra la Renta Básica de Ciudadanía

Debemos a Joaquín Estefanía en su columna habitual la divulgación de casi todas las falacias económicas y éticas hoy comúnmente aceptadas por el estatismo. Como buen colectivista, el rigor intelectual le es ajeno y asume convencido todas las sofisticadas falsedades del socialismo. Una de ellas es la Renta Básica de Ciudadanía (RBC).

"Consiste ésta en un ingreso pagado por el Estado a cada ciudadano de una sociedad por el mero hecho de serlo; un pago incondicional que da una cierta seguridad a las personas, que les proporciona un cierto fundamento material sea cual sea su situación económica (parado u ocupado, rico o pobre, con familia a su cargo o sin ella...), al que se puede añadir todo tipo de ingresos adicionales. La filosofía de la RBC es que se tiene derecho a esa renta de existencia por el simple hecho de existir, no para existir."

"Según Daniel Raventós, profesor de la Universidad de Barcelona, con el pago de una renta básica a todos los ciudadanos, al menos se solucionarían los siguientes problemas: evitaría a las personas tener que elegir entre la RBC y un empleo; al convertirse en una renta garantizada, permitiría que todo el mundo pudiera contar con una cantidad de dinero regular, aunque fuera modesta, y por tanto hacer proyectos y tener una mayor movilidad; la simplificación administrativa sería notable, tanto por la ampliación de derechos como por el control."

La ciencia de la ética demuestra fácilmente que el único derecho natural es el derecho de propiedad. El único derecho que toda persona tiene por el mero hecho de existir es el de controlar su propio cuerpo y los objetos o entidades que posee legítimamente. Ningún derecho natural auténtico puede obtenerse a costa de otro ser humano, ya que por simetría, si Pedro tiene derecho a algo respecto a Pablo, entonces Pablo tiene el mismo derecho respecto a Pedro. Si yo puedo quitarte mil pesetas entonces tú puedes quitarme mil pesetas y estamos como al principio.

Los defensores de la RBC ignoran deliberadamente que el Estado no puede dar algo a alguien si antes no se lo ha quitado a otra persona mediante la confiscación fiscal. La RBC no es ningún derecho auténtico, sino un intento de sistematizar el robo institucional y la redistribución coactiva de riqueza. El Estado ya no presta servicios, sino que directamente da dinero. Su carácter incondicional indica que ya no se trata de una red de seguridad que proteja a los que intentan prosperar en la vida y tal vez se caigan o accidenten: parece que hasta el individuo más vago, pasivo, irresponsable e indolente tiene derecho a parasitar a los demás.

Los colectivistas ignoran que la riqueza no está dada, que no existe simplemente ahí fuera lista para su reparto, sino que hay que producirla con el esfuerzo del trabajo humano inteligente. En un paraíso de abundancia y maná celestial puede tener sentido la RBC, pero no en el mundo real. El empeño de los colectivistas por garantizar la seguridad de la existencia humana es completamente contrario a la realidad natural de la lucha de todos los seres vivos por su existencia. Si todas las personas deciden tumbarse a la bartola y esperar a que les entreguen su renta básica, ¿de dónde van a salir los recursos necesarios para la misma? ¿No hemos quedado que basta con existir para tener derecho a ella? Por muy de acuerdo que estén todos los parásitos, no podrán sobrevivir si no disponen de huéspedes productivos de los cuales aprovecharse. ¿Qué sucede en medio del desierto donde no hay nada comestible que repartir?

Los partidarios de la RBC no la fundamentan, básicamente porque es una tarea imposible demostrar lo que es falso. Lo único que hacen es describir obviedades, como qué bonito es que todo el mundo tenga su vida resuelta al menos en un nivel básico. Parece que no han superado la fase infantil de los cuentos de hadas en los cuales todo se soluciona con la varita mágica. El hecho de que algunos premios Nobel de economía como James Meade, Herbert Simon (genio de la inteligencia artificial y la ingeniería del conocimiento pero pésimo economista) o James Tobin apoyen esta idea sólo demuestra lo devaluado que está dicho premio. Como decía el maestro Ludwig von Mises a sus alumnos, no tenga usted miedo a decir una completa estupidez, casi seguro que un premio Nobel la ha dicho ya antes que usted de forma muy solemne y sofisticada.

Como es una pésima idea da igual distorsionarla poco o mucho. Para el PSOE, la RBC es el mínimo vital de subsistencia que toda persona o familia necesita para vivir. Ya no es por existir, sino para existir. Además "La viabilidad económica de la RBC depende de la cantidad a pagar a cada ciudadano y de los recursos disponibles." Igual que una banda de ladrones se plantea si un atraco merece la pena en función de la parte del botín que quiere obtener cada miembro del grupo y las riquezas disponibles que pueden ser robadas. Si su cantidad debe adecuarse a la realidad socioeconómica en la cual vive cada persona, entonces ya no es simplemente un derecho por existir.

Más interrogantes: ¿a los ricos también se les paga o simplemente se les deja de cobrar en los impuestos, que no es lo mismo?; ¿y a los niños y los locos?; ¿cómo controlar que la gente se gasta el dinero en lo imprescindible para la supervivencia?; ¿cómo determinar de forma no arbitraria la cantidad adecuada, para que no sea una limosna ridícula o un chollo total? Cuando se parte del absurdo y la incoherencia no se pueden esperar respuestas correctas.

La RBC es sin embargo defensible si se utiliza como cantidad exenta de pago de impuestos: entonces es ideal incrementarla rápidamente sin límite. Infinito es la cantidad correcta. ¿Que entonces el Estado no dispondría de recursos? Precisamente de eso se trata.

 


Libertad Digital - 5 de junio de 2001

Socialismo chileno

El presidente de Chile Ricardo Lagos parece moderado y razonable, pero muestra con sus declaraciones que comparte los errores fundamentales del socialismo, y simplemente los disfraza con la retórica política habitual. Según Lagos "Los países tienen que tener un mínimo de cohesión social para competir en este mundo global. ¿Qué es cohesión social? Quiere decir que si tengo flexibilidad laboral tiene que haber seguro de desempleo."

En realidad la competitividad y la cohesión social de los estatistas son contradictorias. La competencia se basa en el respeto a la propiedad privada, en no poner límites coactivos a la empresarialidad y en incrementar constantemente la eficiencia de la acción humana. La cohesión social que tanto mencionan los gobernantes se basa en la redistribución de riqueza ajena, dinero obtenido mediante la confiscación arbitraria de propiedad privada. Las leyes estatales que presuntamente persiguen la cohesión social suponen más impuestos y regulaciones que reducen la competitividad de las empresas y el atractivo del país para las inversiones.

La flexibilidad laboral no implica en absoluto que sea necesario un seguro de desempleo, lo cual simplemente transfiere el problema de los empresarios a todos los contribuyentes, que son quienes lo pagan. En una sociedad auténticamente libre el problema del desempleo no existe. En tono paternalista y como si fuera personalmente responsable del bienestar de sus súbditos, Lagos afirma que "Mi desafío es ahora qué hago con esos desempleados. Es decir, qué políticas públicas aplico para introducir justicia social. No quiero una sociedad de mercado porque reproduce en la sociedad la desigualdad del mercado." No quiere una sociedad donde los individuos decidan libre, voluntaria y pacíficamente por sí mismos (en eso consiste el mercado), sino donde los políticos decidan por ellos y les impongan sus ideas por la fuerza. La presunta "justicia social", ese eslogan sin sentido que corean universalmente los socialistas, es en realidad injusticia antisocial.

"A lo mejor ser socialista hoy es garantizar que usted pueda llegar a ser Bill Gates porque tiene un sistema de educación que le permite desarrollar determinadas habilidades." En realidad el socialismo es siempre la negación de la empresarialidad que representa Bill Gates. Es imposible garantizar (es decir, hacer necesaria) una posibilidad. Si se quiere incrementar las posibilidades de éxito de las personas, lo que debe hacerse es respetar la propiedad privada, especialmente en el ámbito educativo. La socialización de la educación es siempre desastrosa.

 


Libertad Digital - 7 de junio de 2001

Ley, tabaco y pitorreo

El Gobierno sigue adelante con su cruzada política contra el tabaquismo, y la ministra de Sanidad Celia Villalobos pretende prohibir el tabaco en los lugares de trabajo. No se cumple la ley anterior y ya están pensando en sacar otra para que tampoco se respete. El Congreso está casi siempre vacío, pero sus señorías sufren de incontinencia legislativa, tal vez para que parezca que hacen algo. ¿Es que quieren desprestigiar la legislación aún más de lo que ya está? Con la ley actual en vigor se supone que está prohibido fumar en hospitales, colegios, dependencias públicas con ventanillas de atención al público, ascensores, locales comerciales cerrados y salas y transportes públicos. Y digo que se supone, porque el cumplimiento de esta ley es un cachondeo, como puede observarse en los pasillos del metro, en las terminales de aeropuertos, y especialmente en los edificios de instituciones públicas repletos de funcionarios y demás civiles con pitillo encendido en la boca.

Como dice la picaresca española, es que esa ley es de las que no hay que cumplir. ¿Alguien ha sido denunciado y multado por transgredirla? ¿Alguien ha visto alguna vez a algún policía, guardia civil o responsable de seguridad llamar la atención a un infractor? No es mi caso, y eso que me fijo mucho.

A mí me molesta mucho el humo del tabaco en un lugar cerrado, pero no me parece mal que los fumadores se atufen unos a otros libremente en mi ausencia. Si un solo trabajador es agredido por el humo ajeno tiene perfecto derecho a exigir a sus compañeros que dejen de fumar: con los derechos no valen votaciones ni mayorías. Pero ¿por qué prohibir fumar en un lugar si a nadie le molesta, si todos desean hacerlo? El dueño de una empresa puede éticamente proponer las condiciones laborales que desee a sus trabajadores: son los propietarios de un espacio físico quienes en última instancia están legitimados para decidir si allí se puede fumar o no. Quienes no estén de acuerdo pueden marcharse o no acercarse a ese sitio. El Estado no tiene derecho a imponer sus criterios a ciudadanos particulares y a regular el funcionamiento de las empresas. Para defender a los no fumadores lo que es necesario es que se tomen en serio las denuncias de los auténticamente agredidos.

Dicen que este gobierno tiene algo de "liberal": es que pretenden excluir el tabaco del cálculo del IPC para poder subir sus impuestos especiales con total "libertad". Paradojas del lenguaje. Y respecto a los mensajes que deben aparecer en las cajetillas de tabaco, como que fumar mata, si son ciertos pronto gran parte de los propios legisladores pasará a mejor vida. Aunque es difícil vivir mejor que como viven ahora.

 


Libertad Digital Semanal - 16 de junio de 2001

Ética y armas

Las armas son herramientas con las cuales el ser humano puede herir o matar otros seres vivos, incluyendo otros seres humanos. Las armas pueden ser utilizadas para agredir y atacar a otras personas, para defenderse de agresiones, y para la caza, como entretenimiento o como deporte. La propiedad en sí, sin más, sea del objeto que sea, no es violencia. La propiedad no es causa del crimen. Toda persona tiene derecho ético a poseer armas e intercambiarlas libremente. Ninguna persona tiene derecho a agredir a otra, sea usando armas o sin ellas. La posesión pacífica de armas no es un delito, no es causa de agresión, no daña a otras personas. Es posible poseer un arma sin utilizarla violentamente contra los demás. Los crímenes no se cometen por poseer armas, sino por usarlas de forma violenta. La agresión armada es un delito muy grave por los daños que causa.

Las armas pueden utilizarse para ejercer el derecho legítimo de defensa propia. Los partidarios de la prohibición de la posesión de armas suelen resaltar la cantidad de crímenes que se cometen con armas, lo cual es redundante, ya que muy pocos crímenes se cometen sin ellas, pero olvidan indicar la cantidad de crímenes que se evitan gracias a que las víctimas potenciales o actuales poseen armas defensivas. La posesión de armas por las personas honradas dificulta la actividad de los delincuentes: la posibilidad de una resistencia armada es un fuerte desincentivo contra el crimen.

Si el Estado controla las armas de fuego viola derechos de propiedad. Las leyes de control de armas sólo son obedecidas por aquellos que no piensan usarlas para dañar a nadie. Los criminales ignoran las leyes de control de armas, ya que éstas son fáciles de producir y distribuir. Las víctimas potenciales, los ciudadanos pacíficos e inocentes, quedan indefensas ante la agresión, sea esta de criminales no organizados, o de bandas criminales privadas o estatales. El peligro para los ciudadanos pacíficos está en los violentos y en sus armas, no en las armas en general. Que una persona agreda a otras utilizando armas no justifica la condena de todos los poseedores de armas. Los productores y distribuidores de armas no son responsables de los daños que su uso pueda causar.

El Estado argumenta falazmente que los ciudadanos no necesitan armas porque la policía y el ejército ya los defienden. La defensa proporcionada por el Estado es un monopolio violento e ineficiente que no impide los delitos ni compensa a las víctimas. Si sólo las agencias estatales de seguridad tienen armas, el Estado puede agredir impunemente sin encontrar resistencia. El tirano debe desarmar a la población antes de someterla. El registro obligatorio de la posesión de armas facilita su incautación. Los Estados totalitarios utilizan sus armas para mantener secuestrados a sus súbditos. El Estado necesita las armas para poder parasitar a la sociedad: las leyes estatales se cumplen principalmente por la amenaza armada de prisión o ejecución, y no por su adecuación ética al desarrollo humano. Los Estados producen y utilizan armas de destrucción masiva e indiscriminada muy diferentes de las armas que suelen utilizar los individuos privados, suelen subsidiar las industrias de armamento y venden o regalan armas a otros Estados amigos.

Los crímenes en masa se producen a menudo en lugares públicos de control estatal, como parques o escuelas, sin servicios eficientes de vigilancia, sin personas armadas que puedan repeler un ataque. Cada cual en su propiedad puede imponer a sus invitados las condiciones que desee, o llegar a acuerdos contractuales con otros para conseguir espacios sin armas. Una persona no tiene derecho a llevar armas en una propiedad ajena cuyo dueño lo prohíbe.

 


Libertad Digital - 21 de junio de 2001

La caja de concentración de Chaves

Manuel Chaves, presidente del PSOE y máximo responsable de la Junta de Andalucía, trabaja "para que haya un proceso de concentración financiera y para que haya una gran Caja en Andalucía que compita con otras cajas, que participe en los grandes sectores estratégicos de nuestro país, el gas, la electricidad". Según él "el objetivo de la concentración financiera es hoy asumido por un gran número de ciudadanos".

¿No resulta extraño este empeño concentrador en un político cuya ideología normalmente critica a las grandes empresas? Los gobernantes suelen luchar contra los grandes monopolios, acusándoles de abusar de los consumidores, pero ahora resulta que en Andalucía Chaves quiere un monopolio financiero con una Caja Única. La respuesta a esta aparente paradoja es muy simple: a los políticos les molestan las grandes empresas sólo cuando no pueden controlarlas, son independientes y no les rinden pleitesía. Están encantados con la gran concentración de poder que implica una gran corporación influyente y obediente.

Las cajas de ahorro no son empresas privadas con accionistas que buscan maximizar sus beneficios sirviendo adecuadamente a sus clientes; son en realidad herramientas financieras dirigidas por y al servicio del poder político. Todo bajo la tapadera y excusa de la reinversión social de sus beneficios. Las cajas sirven para conceder préstamos ventajosos a los partidos políticos que las dirigen, créditos que a menudo son graciosamente perdonados y transformados en regalos o contribuciones encubiertas. También pueden ser útiles para participar en sectores de gran importancia económica que requieren fuertes desembolsos, y aquí es donde Chaves siente envidia de la influencia de otras entidades que él no puede controlar directamente, como la Caixa o Cajamadrid.

Naturalmente un político con aspiraciones imperiales nunca hace nada en contra de los deseos de sus súbditos, quienes automáticamente "asumen" los objetivos del gran líder: ni siquiera hace falta consultarles, el Gran Hermano lo sabe todo. Pero en la lejana galaxia de Andalucía, unos pocos directivos rebeldes han decidido oponerse a los planes megalómanos del jefe supremo. El Partido Solícito a las Órdenes del Emperador ya ha depurado a los traidores.

 


Libertad Digital Semanal - 23 de junio de 2001

Ecológico y poco lógico

Los ecologistas suelen utilizar como estrategia reconocida de propaganda el alarmismo, la exageración y la distorsión de la realidad para movilizar las conciencias ciudadanas: no importa confundir mediante mensajes falsos y manipulación lingüística si con ello se incrementa su influencia social. Se disfrazan de sensibles y preocupados para ocultar su ignorancia y sus tendencias colectivistas y totalitarias.

Ahora al CO2 se le denomina gas contaminante o incluso gas tóxico, cuando es un gas fundamental para la vida. Sin él no habría plantas ni fotosíntesis, y sin plantas no habría animales ni seres humanos. Pero demonizar al CO2 está de moda, sobre todo si lo producen las actividades humanas de generación de energía a partir de combustibles fósiles. Son políticamente correctas las caras e ineficientes energías renovables como los molinos de viento, con su espectacular impacto paisajístico y su dependencia de los caprichos del viento, y como los paneles solares fotovoltaicos, en cuya fabricación se producen residuos auténticamente venenosos.

El presidente Bush es caricaturizado por algunos editorialistas graciosillos como el "texano tóxico". Estos grandes psicólogos han penetrado en el alma del presidente norteamericano y han descubierto que no sólo es indiferente al medio ambiente, sino incluso abiertamente hostil: todo porque autoriza centrales nucleares (otra vez el integrismo progre antinuclear) y la perforación de reservas naturales en Alaska para buscar petróleo y gas. Son los mismos listillos que creen que el mercado eléctrico en California está desregulado. Han visto muchas películas en las que el malo, para no cansar al público con el inevitable narcotraficante, es el petrolero despiadado que masacra a la población indígena y disfruta viendo cómo su preciado oro negro se despilfarra ensuciando las prístinas reservas naturales.

El mayor pecado de Bush es que no piensa ratificar el Protocolo de Kioto. Olvidan mencionar que la ratificación de un tratado no es un hecho automático y obligatorio (no tendría sentido), y que depende del Congreso y del Senado de su país, los cuales no están por la labor. El Protocolo de Kioto no es, como pretenden algunos, el único instrumento de la comunidad internacional para luchar contra la grave amenaza que supone para el medio ambiente el calentamiento de la Tierra, provocado por la emisión de gases causantes del efecto invernadero. El calentamiento global no está tan claro como muchos pretenden, mucho menos su relación con la actividad humana; pero lo más llamativo del caso es que en realidad no supondría graves problemas sino más bien moderadas ventajas; y si los cambios son lentos la humanidad puede adaptarse fácilmente a ellos.

Algunos incluso pretenden que recordar el carácter incompleto del conocimiento científico sobre el calentamiento atmosférico es un endeble pretexto. O sea, que no importa que no sepamos lo que hacemos, si es importante o no, si la acción es necesaria y adecuada, hay que actuar pase lo que pase, cueste lo que cueste. Eso tiene un nombre, y es irracionalidad.

Si el motivo de la negativa de Bush es el impacto que tendría limitar la emisión de dióxido de carbono sobre la economía estadounidense, hace muy bien, está actuando para bien de quienes le han elegido como gobernante. Seguramente Bush tiene fuertes relaciones con la industria energética norteamericana que financió su campaña, pero tal vez los intereses de la industria energética coincidan con los de sus consumidores. Aquellos a quienes preocupan las relaciones entre grupos de interés y políticos deberían quizás considerar la posibilidad de acabar con el poder de los políticos de conceder favores. Pero ese poder es el mismo que les permite imponer tratados coactivos como el de Kioto.

Según Carlos de Prada, "La dicotomía maniquea que algunos establecen entre desarrollo y ecología no es real. Aquí nadie plantea que empeore la calidad de vida de norteamericanos o europeos. Lo que se plantea es un modelo energético más eficiente, menos despilfarrador y que no genere tantos impactos innecesarios, perfectamente evitables." Efectivamente puede haber desarrollo y ecología simultáneamente, pero no mientras los Estados parasiten la sociedad libre. La mejor defensa compatible de las personas y del medio ambiente es la que se consigue mediante los derechos legítimos de propiedad, y no mediante leyes estatales coactivas. La eficiencia de la empresa privada competitiva en un mercado no intervenido es lo que mejor evita el despilfarro y las agresiones innecesarias, sobre todo si son tan fácilmente evitables como se pretende. Las economías gestionadas o tuteladas por los Estados son siempre desastrosas, tanto para las personas como para el medio ambiente.

Y conviene no olvidar que es el ser humano quien da valor a las cosas, que la naturaleza no es valiosa en sí misma. Porque ¿qué naturaleza es la que se pretende proteger? ¿Las cucarachas, las ratas, los mosquitos, el virus del SIDA, las células cancerígenas? ¿O simplemente la que nos cae bien, la que consigue provocar respuestas emocionales agradables en nosotros, como el oso panda, el koala, el águila imperial, los pinares y las montañas nevadas? Muchas personas aman más a su perro que a otros seres humanos: están en su perfecto derecho, pero que no pretendan que otras personas se sacrifiquen para que su mascota favorita pueda vivir mejor. Además ¿por qué es necesario preservar santuarios naturales? ¿Para hacer turismo en ellos o filmar hermosos documentales? ¿Para que las generaciones futuras puedan aprovecharlos o para que ellos también los preserven para sus respectivas generaciones futuras y así sucesivamente sin que nadie pueda nunca realmente beneficiarse de ellos? Afirmar que la naturaleza tiene derechos implica que no se comprende el significado de dicho término o que se defiende una ética extraña a la especie humana.

 


Libertad Digital - 25 de junio de 2001

La televisión pública ambiciosa

Los directivos y profesionales de la televisión pública son niños mimados de los gobernantes. En un mundo en el cual la mayoría de la población no lee y es incapaz de un análisis crítico y racional de la información que recibe, para los políticos es crucial el control de los mensajes y las imágenes transmitidas por los medios de comunicación de masas. A ambos bandos, políticos y comunicadores al servicio del Estado, les conviene llevarse bien, y es muy fácil porque pueden hacerlo a costa de los contribuyentes.

Así como en otros sectores de la economía abundan las privatizaciones, las televisiones públicas son intocables y cada vez más ambiciosas y exigentes: son un poder formidable que nadie parece dispuesto a perder. A cargo de los Presupuestos del Estado (o de la Autonomía, o del Municipio) se gasta o se legisla lo que haga falta para conseguir el favor de la audiencia. Las televisiones públicas con financiación política pueden permitirse el lujo de dañar a la competencia privada reduciendo drásticamente el precio de la publicidad, aunque ello les suponga pérdidas seguras. También pueden pagar más que el mercado por las transmisiones más populares. La deuda de RTVE es gigantesca y sigue creciendo, pero a los políticos no les importa, ya que no piensan pagarla de sus bolsillos. Más bien planean pagarla de los nuestros.

El director general de RTVE, Javier González Ferrari, ha pedido recientemente para las televisiones públicas una financiación estable: es decir, no depender de los deseos de anunciantes y consumidores, y poder meter la mano de forma sistemática en la cartera de todos los ciudadanos, les interese o no la televisión pública. También ha pedido los derechos deportivos de las competiciones con más tirón de audiencia, entre ellas el fútbol. "No sería bueno que se repitiera, como ha ocurrido en nuestro país, que un Mundial o un torneo europeo estuviera simplemente en manos de una televisión privada y, además, de pago". Ferrari ha dicho también que las televisiones públicas no pueden perder los derechos de emisión de eventos como la Eurocopa en Portugal o los Juegos Olímpicos de Atenas.

O sea que no es adecuado que el sector privado gestione recursos: estos deben quedar en manos de bienintencionados tecnócratas con espíritu paternalista que nos digan lo que es bueno y es malo, lo que puede y no puede pasar. La falacia colectivista se extiende a ciudadanos indignados que protestan porque no pueden contemplar en abierto sus espectáculos favoritos; afirman que ellos prefieren pagar entre todos para que todos puedan verlo. Olvidan que tal vez haya gente a quienes este acuerdo tribal no les guste. Y quizás haya promotores de espectáculos que prefieran negociar los derechos de transmisión con empresas privadas honradas que deben conseguir recursos de forma legítima sirviendo de forma competitiva los intereses de sus clientes.

Los directivos del Ente todavía tienen la desvergüenza de pretender que todo lo hacen por sus compromisos de servicio público. Tal vez la BBC, pero no Televisión Espantosa.

 


Libertad Digital - 28 de junio de 2001

Falacias Atkinson

El profesor de Oxford e ideólogo de izquierdas Anthony Atkinson, promotor intelectual de la combinación de renta básica ciudadana y tarifa impositiva única, afirma que "el tipo único y la renta vital nunca pueden separarse". Lo que en realidad quiere decir es que a él no le gusta la idea de que se separen, pero estas entidades son de naturaleza muy diferente y perfectamente separables. La renta básica ciudadana es una ocurrencia absurda propia de la huida ciega hacia delante del colectivismo: ya ni siquiera se trata de dar a cada cual según sus necesidades, ahora hay que dar a todos lo mismo aunque no lo necesiten, y sobre todo sin tener en cuenta si se lo han ganado o no; y sin mencionar de dónde sale el dinero que se reparte. El tipo impositivo único es una idea excelente, contrario al cliché irreflexivo de que debe pagar más quien más tiene, y será una idea óptima si la base exenta se aproxima a infinito y el porcentaje impositivo se acerca a cero: así serán los ciudadanos, legítimos propietarios de la riqueza, quienes decidan qué hacer con ella.

Ser ideólogo de izquierdas requiere habilidades de incomunicación para conseguir hablar mucho sin transmitir demasiada información: cuando no se tiene nada inteligente y coherente que decir, mejor salirse por la tangente para no decir nada. Ante la pregunta de cómo se calcula la renta ciudadana, Atkinson escurre el bulto describiéndola tautológicamente como un salario universal: y hace bien, porque no hay ninguna forma racional no arbitraria de calcularla. Si la pregunta es si es posible dar un salario para todos, contesta que él prefiere un nivel mínimo de participación por parte de los receptores: sí pero ¿es posible o no lo es?

Continuación de los despropósitos: "Si el Estado se desentiende de las pensiones, no hay garantías para la gente. En un fondo privado, los mayores dependerán de los mercados financieros para recibir su pensión. La gente encara un futuro muy arriesgado. Nadie puede dar una seguridad total, pero sólo el Estado puede dar más garantías". Olvida mencionar que los mercados financieros son mucho más rentables que las pensiones estatales (y estables a largo plazo cuando están libres de la intervención política), y que la seguridad de lo estatal se basa en la institucionalización de la coacción. Si el sistema estatal de pensiones es tan bueno, ¿por qué es necesario hacerlo obligatorio?

Las falacias nunca terminan: "Está claro que necesitamos pagar más impuestos; si no, pagaremos más, pero al sector privado. Los estadounidenses tienen una fiscalidad muy baja, pero ¿cuánto pagan por la educación?". Resulta sorprendente que alguien pueda creer aún que la provisión pública de servicios es más eficiente que la proporcionada por empresas privadas competitivas cuyo éxito depende de la satisfacción de los consumidores. Los estadounidenses pagan por la educación (universitaria, se entiende, por la básica no pagan nada porque es pública y lamentable) lo que esta cuesta en un mercado más o menos libre: si le parece cara, es su opinión, tan irrelevante como su "pensamiento".

 


Libertad Digital Semanal - 30 de junio de 2001

Ética y prostitución

El ser humano es propietario pleno de sí mismo, de su mente y su cuerpo. Las personas pueden tener relaciones sexuales de cualquier tipo con quien libremente deseen si respetan la propiedad privada, si la relación es aceptada voluntariamente por las partes implicadas. Una persona puede proponer a otra las condiciones que desee para practicar el sexo, como por ejemplo una contraprestación económica. Es legítimo dar y recibir dinero a cambio de sexo.

La prostitución no es un delito por ninguna de las partes, prostituta (gigoló) o cliente. Si la relación entre prostituta y cliente es voluntaria, su prohibición perjudica a ambos. La criminalización de la prostitución provoca su marginación, la clandestinidad, aumenta su precio, dificulta los controles de calidad (por ejemplo sanitarios), hace posibles abusos de los policías y fomenta la existencia y el enriquecimiento de grupos criminales que la controlan en un mercado negro.

La persona que se prostituye puede trabajar por libre de forma autónoma, puede integrarse como asalariada en una empresa de servicios sexuales o puede contratar con un especialista la protección y gestión de su actividad. El proxeneta no es un delincuente si su relación con la prostituta es voluntaria y no violenta. Obligar a otra persona por la fuerza a ejercer la prostitución es un delito, igual que robarle sus ingresos. Igual que un cliente puede seleccionar qué prostituta desea, una prostituta puede negarse a mantener relaciones sexuales sin más explicaciones. La mujer no es necesariamente la parte más débil. Una prostituta no es necesariamente una víctima. Para muchas, la prostitución es sólo un trabajo, una forma de ganar dinero más interesante que otras alternativas menos atractivas.

Las prohibiciones, regulaciones o restricciones estatales a la actividad sexual son violaciones de la propiedad privada típicas de autoritarismos conservadores que pretenden imponer por la fuerza su moral arbitraria particular, y dañan a todas las partes que están dispuestas a mantener relaciones sexuales libremente consentidas. Algunas leyes son tan arbitrarias y absurdas que prohíben la prostitución pero permiten la pornografía, en la cual no sólo hay sexo a cambio de dinero sino que además se filma y se difunde. No son tan extraños los casos de individuos hipócritas que condenan en público la prostitución pero se sirven de ella en privado.

Basar la prohibición de la prostitución en la dignidad del ser humano o la degradación de la mujer es tratar a las mujeres como un colectivo uniforme, o quedarse en una idea abstracta disociada de la realidad. Cada mujer es un ser humano diferente, con sus preferencias subjetivas y sus capacidades concretas. Lo que para una persona es denigrante para otra puede ser algo placentero, o algo molesto pero que merece la pena por lo que se obtiene a cambio. Los puritanos o reprimidos intentan imponer su estrecha moral a los demás de forma coactiva, tal vez envidiosos del poder sexual de una prostituta.

Algunas prostitutas pueden sentirse molestas por lo que otras personas piensan de ellas o por la mala imagen de su profesión, por un posible estigma social. Las prostitutas no tienen derecho a controlar las mentes de las demás personas, a decidir qué es adecuado que piensen de ellas. No pueden pretender mantener un honor o prestigio de forma coactiva. Toda persona es dueña de sus pensamientos, opiniones y declaraciones, y puede pensar y decir lo que quiera acerca de la prostitución. La honorabilidad es una cuestión subjetiva que no puede imponerse legalmente. Por otra parte, lo que la mayor parte de la sociedad piense acerca de la prostitución es irrelevante para su carácter ético y no les da derecho a legislar al respecto.

La regulación estatal es mejor que la prohibición, pero no es lo mismo que el ejercicio libre de la prostitución. La regulación no defiende derechos sino que los agrede: impide el anonimato y la confidencialidad, y obliga a los trabajadores del sexo a pagar impuestos confiscatorios y a participar en el sistema coactivo y fraudulento de la seguridad social. Una mujer que desea dejar de ejercer la prostitución puede naturalmente hacerlo, pero no tiene derecho a utilizar recursos ajenos para recibir formación o encontrar otro trabajo.

El problema de las prostitutas que buscan clientes en espacios públicos como calles o parques está causado porque dichos lugares son públicos y su utilización origina conflictos de intereses. La acotación estatal de zonas donde se permite o prohíbe la prostitución es arbitraria. El propietario de un espacio privado es quien está legitimado para decidir qué actividades son permitidas o prohibidas en el mismo.

En los países más pobres, las mujeres que trabajan en el sexo pueden ser el principal o el único soporte económico de su familia, y no tienen por qué avergonzarse de ello. Prohibir su actividad implica condenarlas a la pobreza o a actividades más duras o menos productivas. Respecto a las inmigrantes ilegales o a las drogadictas que se prostituyen, los problemas están en la inmigración ilegal (por la violencia y la pobreza de los lugares de origen) y en la prohibición de las drogas.

 


Libertad Digital Semanal - 7 de julio de 2001

El pseudoderecho de huelga

El ser humano tiene derecho a trabajar siempre que respete la propiedad privada y los contratos. Una persona puede trabajar para sí misma de forma autónoma o para un empresario. Un contrato laboral supone un intercambio de la capacidad laboral de una persona, normalmente a cambio de una remuneración monetaria, sueldo o salario (fijo o variable, con o sin comisiones, dependiente o no de la productividad del trabajador o de los resultados de la empresa, con o sin participación en beneficios), en unas condiciones determinadas. El contrato puede ser temporal o indefinido, con dedicación exclusiva o parcial, e incluir cláusulas de rescisión y otras condiciones laborales, además de disposiciones especiales para la revisión del propio contrato. El despido por parte del empresario o la rescisión por parte del trabajador deben realizarse de acuerdo con las cláusulas contractuales. Un empresario puede ofrecer las condiciones laborales que desee, y el trabajador puede aceptarlas o no. El empresario no abusa del trabajador ni le explota.

Un contrato compromete formalmente a ambas partes, y su incumplimiento es un delito. Nadie está obligado a participar en ningún contrato, pero su aceptación implica una responsabilidad ética fundamental. El rigor en el cumplimiento de los contratos permite a las personas obtener garantías acerca del comportamiento futuro de otros seres humanos y planificar así sus actos de forma coordinada y adecuada. Si los contratos no se cumplen no sirven para nada y la coordinación social se hace imposible. Al negociar las condiciones de un contrato ambas partes deben tener en cuenta la evolución futura de los acontecimientos, algo que no puede conocerse con total seguridad. La flexibilidad o la rigidez en las condiciones contractuales dependen de los intereses de las partes. Un compromiso puede dejar de ser interesante para alguna de las partes si cambian mucho las circunstancias, pero esto no legitima el incumplimiento del contrato. Un contrato sólo puede ser cancelado o revisado según sus propias estipulaciones o si ambas partes están de acuerdo.

El salario depende de la oferta y demanda de habilidades laborales heterogéneas, y debe ser flexible como cualquier precio libre. El trabajador intenta cobrar lo máximo posible, y el empresario intenta pagar lo mínimo posible, con un límite inferior (las ofertas de otros empresarios) y un límite superior (la productividad del trabajador). Los trabajadores se dirigen de forma espontánea hacia las profesiones y posiciones mejor remuneradas.

Debido a cambios en el mercado es posible que en un momento dado el salario de un trabajador no se corresponda con su productividad. Esto puede deberse a un contrato rígido sin posibilidades adecuadas de revisión, y puede ser interesante para el trabajador (si cobra más de lo que vale) o para la empresa (si paga menos de lo que obtiene) pero sólo a corto plazo: cuando el contrato expire ambas partes deberán actualizar las condiciones laborales a la situación presente de la oferta y la demanda en el mercado. Es posible que entonces la parte perjudicada se niegue a continuar la relación por considerar inadecuado o abusivo el aprovechamiento de la otra parte (aunque este fuera legítimo). Si los sueldos son demasiado elevados, una empresa puede quebrar si obtiene pérdidas de forma continuada; si los sueldos son demasiado bajos, los trabajadores pueden abandonar la empresa si reciben ofertas mejores de otros empleadores. Para evitar desajustes indeseables es probable que empresarios y trabajadores negocien de forma periódica las condiciones contractuales. En un mercado competitivo los salarios tienden a ajustarse rápidamente a la productividad del trabajador, y los contratos tienen la flexibilidad necesaria para adaptarse a los cambios.

Todas las relaciones humanas se cimientan o en el interés y beneficio mutuo o en la posibilidad de unas personas de causar un daño a otras. Todo intercambio puede ser o mutuamente voluntario o basado en amenazas de violencia. Un trabajador puede intentar mejorar sus condiciones laborales de forma pacífica mostrando a su empleador su valía (dentro de la propia empresa o con ofertas de empresas competidoras), o de forma ilegítima intentando causar un grave perjuicio a la empresa.

En aquellos sectores económicos donde unos pocos trabajadores difíciles de sustituir de forma rápida (por impedimentos legales o porque controlan el acceso de otros ciudadanos a su profesión) pueden ponerse de acuerdo para negarse a trabajar, una huelga colectiva puede causar graves daños y pérdidas a las empresas del sector: bienes de capital inutilizados, costes fijos elevados, daños colaterales por incumplimiento de compromisos empresariales, pérdida de prestigio. Las huelgas siempre se realizan cuando más daño pueden causar.

Los privilegios que las leyes estatales otorgan a los sindicatos empeoran el problema. Negociar con los sindicatos para obtener paz social es equivalente a aceptar las exigencias de los violentos para evitar su agresión. Un piquete es un grupo de personas que impide de forma violenta el trabajo a aquellos trabajadores que se niegan a participar en una huelga. Al incumplir de forma flagrante un compromiso previo, el huelguista demuestra que es una persona indigna de confianza.

El derecho de huelga no es ético. La huelga es ilegítima porque es un incumplimiento de contrato: el trabajador se niega a cumplir su deber de trabajar para presionar coactivamente al empresario y obtener alguna mejora en las condiciones laborales. Que las constituciones o las declaraciones de derechos humanos incluyan el derecho de huelga no significa que sea un auténtico derecho legítimo, sino que estas leyes fundamentales son nocivas por ser contrarias a la ética adecuada a la sociedad humana. Las leyes estatales que permiten y regulan las huelgas provocan graves problemas que son el resultado de sustituir la libertad, la creatividad y la diversidad contractual por legislaciones coactivas uniformes.

 


Libertad Digital Semanal - 14 de julio de 2001

La esencia del socialismo

El socialismo es el sistema institucionalizado de agresión y coacción sistemática contra la acción humana creativa y la función empresarial coordinadora. El socialismo es contrario a la libertad individual y es un grave peligro para la humanidad, un nocivo error intelectual, y un ideario éticamente inadmisible por ser contrario a la naturaleza humana. Es un ideal engañoso, falso, absurdo, impracticable, destructivo, represivo e inhumano, que se presenta como salvador de la humanidad y que sólo puede sobrevivir por culpa de la ignorancia, la demagogia y la falta de crítica racional. El socialismo presenta variantes esencialmente equivalentes (comunismo, colectivismo, comunitarismo, estatismo, marxismo, fascismo, nacionalsocialismo, intervencionismo, totalitarismo) y está presente en todas las ideologías políticas no liberales.

El socialismo disfruta de una falsa y absurda superioridad moral, aparentando ser bueno, noble, compasivo, solidario, altruista, servicial, progresista. El capitalismo es percibido de forma errónea como malvado, criminal, egoísta, insolidario. El socialismo provoca escasez, pobreza, abusos, tiranía, ausencia de bienestar, falta de creatividad, perjudicando a todos los miembros de la sociedad, especialmente a quienes pretende defender, los más débiles y necesitados. El socialismo pretende construir de forma coactiva un orden social artificial, diseñado de forma irracional por pseudointelectuales y dirigido por un estado paternalista, presuntamente omnipotente y omnisciente.

El socialismo coloca a la sociedad y a la igualdad por encima de los individuos y su libertad. El colectivo abstracto e intangible es más importante que las personas concretas, lo que justifica todas las agresiones en nombre de la igualdad. El término socialismo es fraudulento, ya que es en realidad una ideología antisocial. El socialismo tiende a convertirse en un poder absoluto que tiende a mantener a la sociedad en un estado de constante dependencia e inmadurez.

El socialismo económico es una ideología pseudocientífica que propugna la dirección centralizada y dictatorial de la economía, tanto producción como distribución, la propiedad colectiva de los medios de producción o bienes de capital, y el control del poder estatal por el proletariado. El socialismo es teóricamente imposible, ya que en ausencia de propiedad privada no hay intercambios ni precios y no se puede producir el cálculo económico racional. El socialismo es irrealizable en la práctica debido a las limitaciones cognitivas de todos los seres humanos: los planificadores no tienen acceso a la información necesaria ni pueden utilizarla para controlar eficientemente el sistema económico, no conocen los deseos y capacidades de las personas, no saben qué producir, ni en qué cantidades ni qué métodos utilizar. El mercado libre es un orden social espontáneo, voluntario, no diseñado y enormemente complejo, que funciona local y globalmente mediante enormes cantidades de información práctica, tácita, particular, local, no articulable, dispersa, implícita y variable. La producción y distribución de bienes no es un simple problema de optimización en el que toda la información está dada. Los ordenadores no sirven para resolver el problema del cálculo económico en el socialismo.

El cálculo económico es imposible sin propiedad privada y precios libres de mercado, y la gestión económica socialista es irracional. La propiedad privada de los medios de producción es necesaria para la generación de precios. El socialismo afirma que los medios de producción deben ser de propiedad estatal. Esto significa que los bienes de capital no pueden comprarse ni venderse, y por lo tanto no hay precios para ellos. Sin precios, no hay test de beneficios y pérdidas, no hay contabilidad, no puede haber cálculo económico. Los defensores del socialismo son incapaces de explicar el funcionamiento adecuado de una economía planificada.

En sus versiones más moderadas de ingeniería social el socialismo implica un círculo vicioso de intervencionismo sobre el mercado. Las intervenciones coactivas consiguen efectos contrarios a los pretendidos, creando o agravando problemas que a su vez dan lugar a nuevas intervenciones. El intervencionismo socialdemócrata es cualitativamente equivalente al socialismo, sólo hay diferencias de grado. En el socialismo comunista el estado se apropia de los medios de producción (es omnicomprensivo); en el intervencionismo el estado limita coactivamente el libre uso de la propiedad privada y la función empresarial (actúa por parcelas). El intervencionismo estatal sólo puede causar daños. La coacción estatal dificulta la generación empresarial de información y el cálculo económico, produciendo importantes desajustes y descoordinaciones sociales. Las regulaciones económicas estatales son complejas y opacas, innecesarias e ineficientes, limitan las alternativas a los usos del capital y dificultan la creatividad empresarial.

El intervencionismo nunca puede alcanzar los fines que se propone: las medidas que recomienda resultan contrarias a su finalidad, empeoran en vez de mejorar; no logran alcanzar los fines perseguidos, sino que además producen un estado de cosas menos satisfactorio (incluso para sus propios defensores) que las condiciones anteriores que presuntamente intentaban corregir. No es posible la existencia estable de un sistema intermedio de organización económica de la sociedad, entre socialismo y capitalismo, con sus ventajas y sin sus inconvenientes. El socialismo no tiene ninguna ventaja y tiene todos los inconvenientes. Las intervenciones estatales consiguen lo opuesto de lo propuesto, crean problemas que provocan nuevas y mayores intervenciones igualmente fallidas que conducen gradualmente hacia la gestión centralizada y totalitaria de la economía. Los políticos culpan al mercado, pero es el intervencionismo estatal el que causa la depresión económica, el desempleo, la miseria.

Todos los intentos históricos de implementación del socialismo más o menos puro han fracasado, están fracasando y fracasarán, pero sus testarudos defensores siempre encuentran alguna excusa, como la maldad de la naturaleza humana, para su exculpación. En sus versiones más extremas el socialismo intenta un imposible, cambiar por la fuerza la naturaleza humana mediante deportaciones, asesinatos en masa y adoctrinamiento obligatorio. El socialismo no es simplemente un experimento fallido, es una utopía impuesta violentamente, imposible de realizar y enormemente dañina.

 


Libertad Digital - 19 de julio de 2001

Araújo, con pocas luces

El escritor Joaquín Araújo ataca en un reciente artículo la energía nuclear y propone en su lugar el uso de la energía solar. Lo curioso del caso es que en lugar de utilizar argumentaciones racionales y económicas recurre a pobres técnicas literarias: léase sofisticada palabrería con muchos adjetivos calificativos pero escaso análisis lógico.

Según Araújo se desvanecen por un "bulímico abuso" los combustibles fósiles y los radiactivos. Otra vez la falacia del agotamiento inminente de los recursos naturales. La energía es "deseable, casi imprescindible, pero mucho mejor si apostáramos por el obsequio de lo ingente, seguro y limpio. Me refiero al imponente y desmedido baño de energía que nos escancia el cosmos más cercano". La cantidad de energía solar que llega a la superficie de la Tierra es enorme (en parte porque la superficie terrestre es también considerable), pero muchas personas ignoran las dificultades que entraña su aprovechamiento eficiente. Cree Araújo que los seres humanos "no queremos aprovecharla". La realidad es que no somos tan idiotas: nos gustaría hacerlo, pero no es tan simple como parece. Resulta muy caro producir los sistemas de transformación de la energía de la luz solar. Hoy día otras fuentes de energía son mucho más competitivas. Si mereciera la pena, muchos de esos con "ilimitada codicia" se apresurarían a beneficiarse de esta oportunidad de negocio: no lo hacen porque hay alternativas mejores.

Respecto a la energía nuclear, las falacias de siempre: "cualquier dosis de radiactividad artificial es un peligro inadmisible" (¿cualquier dosis, no importa lo pequeña que sea?, ¿admisible por quién?, ¿los enfermos que reciben radioterapia deben renunciar a ella o recurrir a la radiactividad natural?); "el control y ubicación de los residuos nucleares no tiene solución alguna" (¿los ingenieros son incompetentes?, ¿tan poco avanza la tecnología?); "nadie quiere como vecino un cementerio nuclear" (tal vez dependa de lo que ofrezcan a cambio, y ¿no está el mundo lleno de desiertos?); "se trata del mayor desastre en la historia de los negocios" que sólo se mantiene mediante subvenciones (las que sólo existen gracias a las subvenciones son las energías favoritas de los ecologistas, entre ellas la solar); las centrales nucleares son "invariablemente peligrosas por riesgo de accidente" (combinación típica de miedo e ignorancia).

Si según Araújo somos despilfarradores y "existe la clara posibilidad de seguir creciendo económicamente al 3% anual con una reducción del 50% de la energía", ¿a qué espera para informarnos de cómo hacerlo, con lo que a la gente le gusta ahorrarse unas pesetillas? Eso sí, de forma no coactiva, por favor.

Al parecer la crisis energética puede solucionarse usando "la casi inagotable sonrisa del Sol, a su vez limpia, segura, descentralizada, liberadora, creadora de empleo y verdadero progreso. A nuestro alcance está la lucidez de la primera luz". Qué bonito. Lástima que sea mentira. Al menos por el momento.

 


Libertad Digital Semanal - 21 de julio de 2001

El socialismo y la verdad

El secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, comentando el documento ideológico "Ciudadanía, libertad y socialismo" que constituye el núcleo conceptual de la Conferencia Política de su partido, afirmó que "no queremos definir ninguna ideología, al menos como un sistema cerrado de pensamiento, como una doctrina". Zapatero cree que si hubiera una verdad no seríamos libres, que no hay que buscar soluciones verdaderas o científicas, ya que "no somos hormigas, no hay una verdadera organización social", "nadie tiene los planos del paraíso".

La verdad es la correspondencia del pensamiento con la realidad. Para su supervivencia y desarrollo el ser humano necesita conocimiento tan correcto, claro y completo como sea posible dadas sus limitadas capacidades cognitivas. La persona inteligente distingue lo que sabe de lo que ignora y se esfuerza por ampliar el dominio de lo que conoce. Las opiniones arbitrarias y sin fundamento no tienen ninguna relevancia epistemológica y pueden ser muy dañinas si a las creencias erróneas se les da la misma importancia que al conocimiento verdadero.

La realidad es cognoscible, no todo es opinable. En la realidad natural, humana y social hay cosas que pueden conocerse y otras que es imposible saber debido fundamentalmente a su enorme complejidad. Una teoría correcta de la organización social debe tener en cuenta la naturaleza de los seres humanos que actúan y se relacionan, y es esencial considerar la existencia de conocimiento personal, local, particular, privativo, disperso, no articulable. Son precisamente los problemas de limitación del conocimiento los que hacen necesario que la sociedad se articule de forma descentralizada, espontánea y no coactiva conforme a los conceptos de propiedad privada (ámbito local de discrecionalidad acotada) y contratos (pactos voluntarios consensuados para la transferencia de derechos de propiedad).

Aquellos que quieren imponer modelos coactivos de organización social son relativistas alérgicos a la idea de verdad, ya que el rigor intelectual desmonta sus falacias. A los equivocados les conviene minusvalorar la importancia de la verdad. Los demagogos no buscan la corrección teórica, prefieren halagar a las masas, decirles que todas sus opiniones son igualmente respetables y que todas deben ser tenidas en cuenta para diseñar la sociedad. Pero el orden social no es diseñable ni depende de las preferencias de las personas. Los seres humanos no son hormigas, pero esto no significa que no haya organizaciones sociales más adecuadas que otras.

Hace tiempo el socialismo se autodenominó científico porque era una etiqueta con connotaciones positivas, pero en realidad era una doctrina fundamentalmente anticientífica. Sí que es posible para alguien tener la verdad, quizás no toda la verdad, pero sí una gran cantidad y calidad de verdades relevantes, mientras que otros no tienen más que batiburrillos de ideas mal definidas y ensambladas, sin coherencia lógica, inconsistentes, incompatibles entre sí, inadecuadas para el desarrollo individual y social de los seres humanos, incorrectas, ambiguas, vagas y difusas.

El debate abierto del PSOE consiste en no preocuparse por la realidad: todo vale aunque no tenga sentido, y lo que obtenga más votos gana. El discurso político socialista se transforma en palabrería en la que se mezcla todo lo que suena bien, lo que es popular: se tira uno flores a sí mismo, se adjudica uno todo lo que es bueno, todo lo que tiene connotaciones positivas. Lo que en verdad buscan los socialistas es renovar su imagen, conseguir ser más atractivos para los votantes y alcanzar así el poder. Cuando las ideas son correctas no es necesario estar constantemente redefiniéndolas y dándoles la vuelta.

 


Libertad Digital Semanal - 28 de julio de 2001

Los metomentodo antiglobalización

Los activistas antiglobalización son en el fondo como los pesados insoportables que te dicen cómo debes vivir, qué debes hacer, qué no puedes hacer, con quién está bien relacionarse y con quién no. No parece que haya forma de librarse de ellos: se suben a tus espaldas y buscan "espacios de consenso" para discutir sobre los problemas sociales y decidir democráticamente las soluciones. Y al que no le guste el consenso y sus resultados, que se jorobe, ya que todo es susceptible de votación y lo que gane se impondrá por la fuerza.

En realidad son aspirantes a políticos, que son quienes han profesionalizado y sistematizado la intromisión presuntamente legítima en las vidas ajenas. Se han creído y venden a conciencia el timo ese de que toda opinión cuenta. Pero como por su radicalismo no les votan, se hacen pasar por representantes de la voz de la calle, del ciudadano de a pie, ese mismo que pasa olímpicamente de ellos el día de las elecciones porque algo de sensatez aún le queda.

Los metomentodo antiglobalización no quieren globalización sin representación, y naturalmente ellos serán los representantes, lo que no está claro es quiénes serán los representados. El metomentodo quiere controlar la globalización, cambiar su curso, reorientarla a su gusto. El metomentodo seguramente no ha contribuido en nada al desarrollo de la tecnología de las comunicaciones, del procesamiento de la información y del transporte que hacen posible la globalización, pero quiere no sólo aprovecharse de ellos, sino incluso decirle a todo el mundo cómo deben ser utilizados. Gracias a los avances de la globalización los pelmazos pueden fastidiar no sólo a sus vecinos más próximos, sino también a otros sufridos semejantes muy alejados de ellos.

Al metomentodo no le gusta que haya personas que intenten escapar de la confiscación estatal de su riqueza recurriendo a los paraísos fiscales, esos países que respetan los derechos de propiedad y la libertad contractual. Al metomentodo no le gusta que haya gente que se arriesgue y especule, que invierta su dinero hoy aquí y mañana allá. Al metomentodo no le gustan los empresarios que buscan el máximo beneficio para los accionistas, ni las empresas que pretenden satisfacer a los consumidores con mayor calidad y precios más bajos. Al metomentodo no le gusta la competencia pacífica entre distintas instituciones: todas deben ser igualmente intervencionistas, centralistas, planificadoras y coactivas. El metomentodo ambiciona el gobierno mundial: se le cae la baba al pensar que puede jugar a ser el diosecillo que lo controla todo.

El metomentodo probablemente tiene una vida aburrida y sin interés, por eso intenta superar sus frustraciones viviendo de forma parasitaria la vida de los demás. El metomentodo es un ignorante incapaz de aprender de sus propios errores, pero quiere imponérselos al resto de la especie. El metomentodo es intolerante por definición y cree saber lo que es bueno para miles de millones de personas que ni siquiera conoce. Un solo consejo para los entrometidos a gran escala que se creen llamados a inmiscuirse en todo y dirigir a la humanidad: vive y deja vivir, o en el lenguaje global, mind your own business.

 


Libertad Digital - 31 de julio de 2001

La izquierda verde

Joan Saura, presidente de Iniciativa per Catalunya-Verds y diputado en el Congreso, presenta en un reciente artículo "un nuevo referente en el espacio de la izquierda, la Federación Los Verdes - Izquierda Verde", confluencia de izquierda y ecologismo, es decir batiburrillo de falacias comunistas y alarmismo infundado de fanáticos ecolocos.

Al parecer la izquierda tradicional no ha sabido dar la respuesta adecuada a las múltiples demandas políticas de los movimientos sociales, pero la izquierda verde sí lo hará. Antes la izquierda estaba intelectualmente verde y sin posibilidades de madurar (de donde no hay no se puede sacar), ahora aspiran a ser y quedarse esencialmente verdes. Y verdes que les van a poner cada vez que abran la boca, porque no destacan precisamente por su inteligencia.

Tienen las ideas tan poco claras que afirman que el movimiento verde se ha extendido no sólo por la presunta (y en realidad falsa) degradación del medio ambiente, sino también por "la exclusión social, la globalización, el poder de las grandes corporaciones, los nuevos retos para el Estado del bienestar, la esclerotización de la política, el racismo o la vulneración sistemática de los derechos humanos". ¿Qué tendrán que ver el racismo y todos los demás fenómenos mencionados con la ecología? Con una problemática tan variada y con tan pocas relaciones con el medio ambiente natural uno se queda sorprendido de que todavía no se asignen a sí mismos todos los colores del arco iris. De momento se conforman con mezclar el rojo y el verde, el cual es amarillo más azul, o sea que ya tienen todos los colorines básicos y pueden empezar a garabatear monigotes hasta que sus progenitores los saquen de la guardería.

Fracasados intelectualmente el socialismo y todas sus variantes, los huérfanos de la izquierda radical, pobres fracasados de la vida, se sienten solos y desamparados y reclaman la unión de diversas corrientes igualmente minoritarias y despistadas, como ecoilógicos y feministas. Aspiran a representar a los inconformistas críticos con el mundo actual: se supone que sólo a aquellos que no entienden nada de lo que pasa y son capaces de tragarse todos sus disparates. Porque es verdad que mucho hay en el mundo criticable, y es justo lo que estos descerebrados defienden.

La izquierda verde sigue con su aburrida cantinela de emancipación, sostenibilidad, radicalidad democrática e igualdad, pero al menos son parcialmente honrados (no como sus colegas neosocialistas) y no hacen mención de la libertad: no les interesa.

 


Libertad Digital - 8 de agosto de 2001

Las lecciones de Sintel

El caso Sintel proporciona una serie de lecciones que desgraciadamente no serán aprendidas. Es un claro ejemplo de que lo que hoy se suele entender por justo no tiene nada que ver con la esencia ética de la justicia, que es el respeto de los derechos de propiedad privada. Como de costumbre, pagan justos por pecadores.

Un colectivo de trabajadores se encuentra con un problema de suspensión de pagos y pérdida de empleo. Para llamar la atención de la opinión pública y de los políticos sobre sus reivindicaciones laborales, no se conforman con manifestarse temporalmente o recurrir a los tribunales, sino que instalan un campamento en la principal calle de la capital, donde varios cientos de personas permanecen durante seis meses. Cometen diversas infracciones de ocupación de espacios públicos, pero nadie hace nada por evacuarlos, ya que aparentemente se han ganado las simpatías de la opinión pública y hay que evitar el escándalo político de un desalojo por la fuerza. O sea que cuanto mayor y más consistente es la agresión a la propiedad ajena (en este caso pública, circunstancia agravante del problema) menos deben intervenir las fuerzas de seguridad, no sea que alguien resulte ofendido. Después de esta evidente falta de autoridad contra los agresores, sorprende que haya personas que aún piensen que los gobiernos están para hacer que se cumpla la ley. Si se puede invadir impunemente un espacio colectivo para reivindicar justicia, ¿para qué están entonces los tribunales?

Lo políticamente correcto ha sido y es manifestarse a favor del "campamento de la esperanza". De la esperanza de que el gobierno ceda ante el chantaje y les resuelva su problema metiendo como siempre la mano en los bolsillos de los contribuyentes inocentes. Tener un problema, por grave que sea, no legitima para obligar por la fuerza a quienes no lo han causado a participar en su resolución. Pero a los sindicalistas jamás se les pasará por la cabeza buscarse otro trabajo, reciclarse profesionalmente o convertirse en empresarios. O esperar la sentencia de los tribunales si ha habido algún tipo de fraude o malversación. La cultura predominante es no hacer nada productivo por sí mismo, que papá Estado lo solucionará todo.

Ganarse a la opinión pública, dar pena (siempre hay que mencionar a las familias dependientes), caer bien a la gente, que te apoyen algunos políticos, que ciertos pseudointelectuales se solidaricen con tu causa (es gratis y mejora tu imagen en ciertos sectores), no es lo mismo que tener razón o derechos para exigir justicia. Al parecer incluso debemos agradecerles que no hayan cortado la circulación, faltaría más, y que se hayan esforzado en dejarlo todo muy "limpio" ("sólo" han dejado unos cuantos cientos de toneladas de basura).

El plan social (a todo lo que es fundamentalmente injusto y contrario a la ética hay que calificarlo como "social" para despistar) para "resolver" este conflicto consiste en créditos millonarios (¡qué generoso es el Estado con el dinero ajeno!), prejubilaciones (a casita a descansar y a ser mantenidos), bajas incentivadas, y recolocación en empresas del sector. Si Telefónica es una empresa privada, ¿cómo es que el gobierno puede presionarla para que intervenga en este asunto?; ¿y cómo pueden contratar a trabajadores que han estado insultándolos sistemáticamente durante todo este tiempo? Si este plan es justo, ¿cómo es que no se hizo hace meses?

Este es un ejemplo de libro de los problemas de la elección pública: el beneficio concentrado en un grupo de presión organizado y con fuertes incentivos para presionar al gobierno, y el coste diluido entre millones de contribuyentes que ni se pueden organizar ni tienen suficiente motivación para defenderse de la agresión fiscal. Las lágrimas de felicidad, los abrazos y la fiesta los monopolizan los trabajadores de Sintel. Los que realmente pagan la factura no se van a echar a llorar al ver que les han vuelto a robar, están más que acostumbrados y la dejadez es la norma.

Como al final han conseguido lo esencial de sus objetivos, este episodio sienta un grave precedente fácilmente repetible al que intentarán acogerse todos los futuros protestarios: no sería equitativo tratarles de otra manera. La lección es que se premia a los que causan problemas, no a los trabajadores pacíficos que, habiendo perdido su trabajo, no se manifiestan de forma permanente frente a un Ministerio. Algunos "esquiroles" no formaron parte del campamento, y cinco empleados de Sintel rechazaron el plan: ¿será porque son honrados o es que querían todavía más?

Los miembros del campamento son ahora felicitados por su tenacidad, por haber plantado cara a la indiferencia. Imagínese lo que sucedería si toda persona que tuviera un problema, del tipo que sea, intentara llamar la atención de los demás para que se lo solucionen, en lugar de hacerlo ellos mismos: caos e inactividad total al intentar todo el mundo vivir a costa de sus semejantes. Y si van a acusarme de falta de sensibilidad, les garantizo que mi solidaridad está con los ciudadanos honrados que injustamente van a tener que asumir los costes de este esperpento.

 


Libertad Digital - 3 de septiembre de 2001

Las culpas del esclavismo

Los líderes políticos tienen a menudo delirios de grandeza que les llevan a creer que el resto de la humanidad les presta una enorme atención, como si fueran los únicos garantes de su bienestar. Así el secretario general de la ONU, Kofi Annan, afirma respecto a la Conferencia de Durban contra el racismo que "No debemos dejar que ningún tema descarrile la conferencia; si no el resto de la humanidad nos hará responsables de este fracaso". Por una parte están ellos, los conferenciantes que viajan (casi nunca en clase turista), ven mundo, se alojan en lujosos hoteles, reciben suculentas dietas y sestean durante los discursos ajenos. Por otra parte, el resto de la humanidad pendientes de todos sus actos. Ni que fueran futbolistas o estrellas de cine. Pero la realidad es que las personas honradas vigilan a los políticos sólo para intentar evitar los daños sistemáticos que estos suelen causar.

Estos mismos políticos se creen la farsa de que son representantes legítimos de sus pueblos y hablan en nombre de todos. Esto resulta especialmente reprobable cuando se dedican a asumir culpas por parte de millones de personas que son totalmente inocentes. El ministro de Exteriores de Alemania, el izquierdista Joschka Fischer, ha asumido la responsabilidad de los países ricos en la esclavitud: "El admitir la culpa, el asumir la responsabilidad y enfrentar las obligaciones históricas puede por lo menos devolverle a las víctimas y sus descendientes la dignidad que les fue robada. Yo quisiera, por lo tanto, hacer esto hoy en nombre de la República Federal de Alemania". Tal vez algún ciudadano alemán se sienta justamente indignado con su ministro y le presente una demanda por injurias, ya que le está llamando responsable del esclavismo. Casi nada.

El problema principal de la justicia es determinar quién es el responsable de una agresión y quién es la víctima. Colectivizar la culpa es radicalmente injusto. Quienes reclaman compensaciones por las agresiones esclavistas del pasado lo hacen desgraciadamente desde una mentalidad colectivista, sin molestarse en distinguir a las auténticas víctimas ni a los culpables de los inocentes. Y además olvidan que nadie es éticamente responsable de los actos de sus antecesores.

Resulta especialmente grotesco ver a Fidel Castro apoyar estas compensaciones por los daños del esclavismo: ¿acaso piensa indemnizar él personalmente a todas las víctimas de su estrafalaria dictadura?

 


Libertad Digital - 19 de septiembre de 2001

Veneno neokeynesiano

El economista (es un decir) de inspiración keynesiana Paul Krugman acaba de mostrar que las viejas falacias nunca mueren. Según él, el espantoso atentado terrorista de las Torres Gemelas "podría incluso ser positivo para la economía" por dos posibles efectos favorables: el aumento del gasto empresarial por la necesaria reconstrucción de los edificios de oficinas y el "rápido aumento del gasto público" para luchar contra la recesión (evitando "irresponsables reducciones fiscales a largo plazo"). Llega a afirmar que "si la gente se apresura a comprar agua embotellada y alimentos enlatados, eso en realidad impulsará la economía".

Krugman cree que "lo que ha motivado la ralentización económica ha sido una caída en la inversión empresarial", con lo cual demuestra que confunde los efectos con las causas. La causa de la crisis económica es el exceso de inversiones equivocadas provocado por la reducción artificial y coactiva de los tipos de interés por parte del Estado. La crisis sucede cuando las empresas se dan cuenta de que están produciendo bienes que los consumidores no desean: corregir el error implica desinversiones y reasignación de recursos, no simplemente aumentar la inversión empresarial de cualquier manera.

Si tener que reconstruir algo es tan bueno para la economía, no sé a qué esperamos para dejar libre nuestro lado vandálico: destrocémoslo todo, que luego la economía mejorará. Esta estupidez equivalente a la falacia del cristal roto (que "activa" la economía porque da trabajo al cristalero) se repite a menudo después de cada guerra o catástrofe. Pero ¿usted qué prefiere, disfrutar de bienes ya en su posesión, o tener que matarse a trabajar para conseguirlos? Un grave error de los keynesianos es creer que la economía va bien si se trabaja mucho: olvidan que el ser humano por lo general no desea trabajar, sino disfrutar de bienes de consumo con el mínimo esfuerzo posible. Toda destrucción de bienes de propiedad valiosos es mala para sus propietarios. Los recursos que se emplean en la reconstrucción no pueden emplearse en otras cosas que sí serían posibles si no se hubiera producido la destrucción. Además la reconstrucción no es necesaria de forma absoluta, y sólo se hará si se considera que es rentable.

Como Krugman no entiende gran cosa de los principios fundamentales de la acción humana, insiste en la irracionalidad ocasional de los mercados: pero si él sabe cuándo esto ocurre, ¿cómo es que no se aprovecha de ello para hacerse multimillonario? Respuesta: porque no hay tal comportamiento irracional. Los participantes en el mercado se enfrentan a limitaciones cognitivas insalvables, pero siempre actúan creyendo que lo que hacen es lo mejor posible. Los errores no pueden conocerse a priori.

La clásica respuesta keynesiana a la recesión económica, un aumento temporal del gasto público, se ha demostrado fallida una y otra vez. Pero los socialistas no pueden evitarlo. Creen que los ciudadanos son idiotas que no saben gastar su dinero, así que el Estado debe arrebatárselo y gastárselo en su lugar. Eso sí, asesorado por necios muy influyentes.

 


Libertad Digital - 20 de septiembre de 2001

Catástrofes intelectuales

Malo es el médico que receta veneno para una enfermedad. Como Felipe González, que propone soluciones políticas para la actual crisis: "más liquidez, menos tipos de interés y recuperar el razonamiento de Keynes". Más intervencionismo estatal y más socialismo, como si no tuviéramos ya suficientes problemas. No sorprende que nuestro antiguo presidente proponga estas necedades, pero es de muy mal gusto por su parte hablar estos días con descaro del "casino financiero internacional". O sea, que los miles de víctimas del World Trade Center eran algo así como crupieres o ludópatas, responsables de las dificultades económicas actuales. Se les ve el plumero a los enemigos de la libertad y del capitalismo. No son capaces ni de respetar la memoria de los muertos recientes.

José Vidal-Beneyto quiere "sacar a Bush de su autosatisfecho aislacionismo", "revisar las esperanzas en el automatismo liberador del mercado" y conseguir un "gobierno democrático mundial" más justo y solidario. No importa lo que los norteamericanos que eligieron a Bush quieran, los neosocialistas se sienten legitimados para decirle a su presidente lo que tiene que hacer, y le obligarán a participar en todos los problemas del mundo. Tampoco importa que lo que hoy muchos entienden por justicia y solidaridad es en realidad injusticia coactiva. Si los estados nacionales ya demuestran su incompetencia y nocividad para los ciudadanos, imagínense lo mismo a escala mundial.

Sami Naïr, eurodiputado socialista francés, menciona como factores de difusión de la amenaza global a la "mercantilización generalizada", igualito que los talibanes que condenan el materialismo consumista. Joaquín Estefanía también recomienda las desastrosas recetas keynesianas: incremento del gasto público para hacer política anticíclica, "desplazar la inversión del sector privado al sector público". Lo que equivale a confiscar la riqueza de los contribuyentes, gastarla en proyectos políticos y agravar los problemas del ciclo económico. Eso sí, con la pretensión, encima, de que con ello se promueve el bienestar de los ciudadanos.

En los Estados Unidos, algunos ciudadanos se han quejado de que ciertos comerciantes cobraban precios "abusivos", e incluso algunos estados declararon el estado de emergencia para permitir la detención de los responsables. Pero no han aclarado qué precios serían correctos. ¿Cómo quieren que los precios permanezcan iguales después de unos cambios tan enormes en las circunstancias económicas? EEUU es, posiblemente, la nación más capitalista del mundo. Sin embargo, los propios estadounidenses se hallan lejos de comprender que el funcionamiento de un mercado libre se basa en el respeto de los derechos de propiedad y en la libertad de contratos. No hablemos de los ciudadanos del resto del mundo.

Respecto a la impresionante arquitectura de las Torres Gemelas, diversos comentaristas han hablado de vanidad, de prepotencia, de necedad o locura al construirlas, incluso de "orgullo de la arquitectura fálica" (qué obsesión sexual tienen algunos). Los mediocres son incapaces de reconocer y admirar los logros de la inteligencia y el esfuerzo de los seres humanos. Tal vez alguien llegue a proponer que ahora se construyan chalés independientes en el bajo Manhattan.

 


Libertad Digital - 26 de septiembre de 2001

Las culpas de EEUU

Tienen razón los intelectuales de izquierda cuando critican la política imperial de los EEUU en muchas partes del mundo. El intervencionismo internacional en política exterior del gobierno norteamericano ha tenido muchos aspectos negativos: bombardeos sobre civiles inocentes, destrucción de infraestructuras, embargos dañinos para la población empobrecida que además no sirven para eliminar a los dictadores que la subyugan, apoyos a regímenes totalitarios, promoción de algunos indeseables para luchar contra otros indeseables, o pasividad ante matanzas generalizadas. Aunque también conviene no olvidar, y esto casi nadie lo menciona, que los enemigos de los Estados Unidos han sido casi siempre naciones o grupos dominados por ideologías enormemente dañinas para los seres humanos: el socialismo y los fanatismos religiosos violentos e intolerantes.

Pero estos intelectuales, cuando intentan explicar el atentado terrorista contra los Estados Unidos, mencionan, como ha hecho recientemente Carlos Fuentes, "los vicios de la globalización irrestricta dominada por una sola potencia". Como siempre, los antiglobalización meten la pata cuando intentan arrimar el ascua a su sardina. Según ellos, los estados deben comprometerse para superar "las fuerzas del mercado y del crimen". Mercado y crimen parecen ir juntos, son casi lo mismo para las mentes delirantes de algunos necios: comprar, robar, vender, secuestrar; no son capaces de ver las sutiles diferencias.

Los EEUU no podrán quejarse de un ataque como el del 11 de septiembre, suelen decir, si ... favorecen a compañías explotadoras del equilibrio natural, se niegan a ratificar los tratados de protección del medio ambiente o provocan el desequilibrio militar con el absurdo proyecto del escudo antimisiles. En fin, parece ser que, según la izquierda, negarse a ratificar un tratado absurdo y dañino como el de Kyoto, explotar recursos naturales como el petróleo y el carbón, promover los alimentos transgénicos, e intentar defenderse contra agresiones militares externas; todo eso es tan malvado que ¡justifica los actos terroristas! Sabemos que algunos ecologistas son locos fanáticos: tal vez ahora se dediquen a exterminar a la especie humana con bombas bacteriológicas.

Sólo es legítimo "reforzar a los organismos internacionales" (burocracias colectivistas y parasitarias, contrarias a los auténticos derechos individuales) y "encabezar las campañas para la erradicación de la pobreza, el hambre, la enfermedad y el analfabetismo". En esto último los norteamericanos son los más generosos y activos del mundo, pero a los socialistas les molesta que lo hagan espontáneamente de forma libre, particular y privada: así no pueden manejar ellos la riqueza ajena.

 


Libertad Digital - 2 de octubre de 2001

Patético Patten

¿Moralidad de pensamiento, palabra, obra, u omisión? Para Chris Patten, el comisario europeo de Relaciones Exteriores, "es inmoral pensar que nuestra civilización es superior". Se ha encolerizado porque Silvio Berlusconi ha afirmado la superioridad de la civilización occidental frente al mundo árabe y musulmán. Y claro, no conviene decir la verdad, no sea que alguien pueda sentirse ofendido.

Una civilización se desarrolla mejor si respeta con justicia el inalienable derecho de propiedad que cada individuo tiene sobre sí mismo y sus posesiones legítimas; si su sistema económico es capitalista, si los individuos tienen libertad para emprender sus propios proyectos y existe el intercambio voluntario sin trabas; si la inteligencia, la razón, la experimentación y a la creatividad -en lugar de la fe ciega, la superstición y la aceptación irreflexiva de dogmas arbitrarios- guían la producción de ciencia, tecnología y arte; si se fomenta la responsabilidad y la tolerancia en lugar de la violencia; si se aprovecha el potencial humano de todos los miembros de la sociedad, en lugar de excluir de forma coactiva a grandes de sectores de la población (como por ejemplo las mujeres); si el sistema social tiene la flexibilidad necesaria para adaptarse a los cambios y asimilar de forma beneficiosa las influencias externas.

Aunque la civilización occidental no es ideal en nada de lo anterior, está mucho más cerca de ello (y por esto es superior) que otras culturas que son rígidas, irracionales, colectivistas, intolerantes, y, en ocasiones, incluso brutales. Cierto que Occidente ha protagonizado persecuciones religiosas, guerras mundiales y diversos holocaustos; pero esto ha sido en el pasado, y siempre que ha traicionado su esencia. En otras culturas, la esencia es la negación de la libertad individual. Esas otras "civilizaciones" (no merecen la dignidad que otorga ese nombre, tampoco el de culturas, que implica ser cultos) son inmovilistas e incapaces de aprender, no admiten cambios evolutivos.

Si uno no tiene la capacidad suficiente para comprender el funcionamiento de la sociedad, no tiene más que fijarse en ciertos indicativos como, por ejemplo, dónde se vive mejor, dónde hay más libertad, más oportunidades de desarrollo; de dónde vienen y hacia dónde van los flujos migratorios; dónde se aceptan y asimilan otras culturas y dónde están prohibidos los contactos con el exterior; quiénes envidian y quiénes son envidiados...

Insiste Patten en que "tendrían que practicar la humildad franciscana quienes hablan de nuestra superioridad". Este vergonzoso relativismo ético recuerda aquello de que, en ocasiones, la humildad es la virtud de quien no tiene otra. Si los europeos tenemos algo de qué avergonzarnos es de nuestros políticos, representantes tan “humildes” que creen que pueden dirigir nuestras vidas, darnos la felicidad y hablar en nombre de millones de nosotros. Sorprende que quien fue el último gobernador británico en Hong Kong (uno de los lugares más prósperos y libres del mundo) y presidente del Partido Conservador inglés, no entienda qué es lo que hace a una civilización superior a otra.

Y un consejo: no dejen de leer en El Mundo lo que estos días está publicando Oriana Fallaci, "La rabia y el orgullo". Una maravilla esclarecedora.

 


Libertad Digital - 4 de octubre de 2001

Alabanzas sindicales

A los colectivistas no les da vergüenza echarse flores a sí mismos, y como no hacen gran cosa de forma individual, hasta se felicitan a sí mismos en plural por todos sus "logros sociales" (que siempre consiguen de forma coactiva). Un caso especialmente grave es el de los nocivos sindicalistas españoles. Casi no tienen afiliados y mucha gente está harta de sus privilegios y su nefasta influencia. No conectan con los jóvenes, lo cual es extraño si éstos están tan indefensos y les ofrecen servicios tan maravillosos. Como no reciben alabanzas del exterior, necesitan periódicamente celebrar ellos solos lo encantados que están de conocerse. Y eso acaba de hacer Jose María Fidalgo con motivo del aniversario de su sindicato CCOO. Son narcisistas incurables que se atribuyen a sí mismos todo el progreso social, y además se consideran imprescindibles.

Uno de los principales problemas de la economía española es la rigidez y la falta de libertad en las relaciones laborales, pero no importa: los sindicalistas, esencialmente reaccionarios, exigen más de lo mismo. Ni hablar de desregulación, ni de negociación individual ("un retroceso al siglo XIX"), ni siquiera de negociación a nivel de empresa, todo debe hacerse por sectores. Advierte Fidalgo que "Una reforma de convenios por la fuerza tendría una dura respuesta". La amenaza es la principal arma de estos "liberados" de la necesidad de trabajar.

"Hoy, las reivindicaciones de CCOO son empleo estable, seguro, sin riesgos y con derechos". Aspiran a un mundo utópico e irreal, sin riesgos, sin cambios, y por lo tanto sin oportunidades. No entienden que ningún empresario puede tener garantías de que su empresa va a tener beneficios indefinidamente, ya que las preferencias de los consumidores son variables e impredecibles. No aprenden que dificultar el despido equivale a dificultar la contratación. Olvidan que el objetivo de la actividad económica es crear riqueza, y que el empleo es sólo un medio para ello y no un fin en sí mismo. Pretenden defender el capital humano (según ellos no hay "buenas direcciones de recursos humanos") y con sus absurdas y antieconómicas exigencias consiguen que los empresarios se vayan a otros países o que sustituyan la mano de obra por máquinas.

Fidalgo convoca "a las personas a la participación activa en defensa de sus intereses". Ya lo intentamos, camarada, pero es que no conseguimos quitarnos de encima a los sindicalistas. Dicen que ellos conocen nuestros intereses mejor que nosotros mismos. Y nos convocan a celebrar con ellos su aniversario. Por mi parte ni me alegro ni pienso enviarles ningún regalo.

 


Libertad Digital - 8 de octubre de 2001

Emociones o inteligencia

Una persona equilibrada coordina de forma adecuada su inteligencia y sus emociones. Sus deseos le indican lo que quiere, y su razón le indica cómo conseguirlo. Desgraciadamente muchos seres humanos creen que sus sentimientos son epistemológicamente equivalentes a sus pensamientos lógicos o creativos. En lugar de pensar de forma crítica y rigurosa, aceptan como reflejo fiel de la realidad lo que les dicen sus ilusiones, sus miedos, sus esperanzas. Piensan con las tripas, es decir, no piensan. Y como sus ideas están disociadas de la realidad, sus acciones están condenadas al fracaso.

Esta irracionalidad es frecuente en la literatura. Algunos escritores manejan palabras con habilidad para evocar sensaciones: cuentan bonitas historias que suenan bien, tocan las fibras sensibles y producen efectos placenteros. Pero este uso del lenguaje está muy alejado del rigor que requiere el conocimiento del mundo. Por eso hacen el ridículo cuando opinan sobre diversos problemas. Como Laura Esquivel, quien cree que "esta globalización inhumana, basada en los beneficios y la usura, no es civilizada". Alguien que no sabe gran cosa de economía no entiende la función social de los beneficios, siempre demonizados; tampoco comprende la importancia esencial del crédito, y cae en el mito del malvado usurero. Para ella lo humano es el amor, las miradas, la comunicación, el contacto: muy tierno; y muy ingenuo, sobre todo porque parecen creerse poseedores exclusivos de emociones.

Esquivel cree que escribe apoyada por la ciencia: "los mayas sabían que la galaxia y sus habitantes estaban intercomunicados por un cordón umbilical invisible, un cable que partía del plexo solar y viajaba por esa gran matriz resonante que es el universo transmitiendo el conocimiento y la sabiduría"; "los científicos ya saben que el 90% de nuestro cuerpo es espacio vacío; la energía que ocupa es el amor". No entiende ni la lógica más elemental. "Las palabras viajan a la misma velocidad que el deseo, y por lo tanto es posible prescindir de ellas al enviar un mensaje de amor". Tal vez sea posible comunicar afectos sin palabras, mediante otro medio de comunicación, pero esta posibilidad no tiene nada que ver con la velocidad del sistema mensajero: el "por lo tanto" sobra. Aparte de que el deseo es un estado mental que no viaja a ninguna parte.

Cree que acumular riqueza genera violencia y le quita libertad a otra persona (la falacia del beneficio de uno y perjuicio de otro); le parece mal que si no tienes dinero no puedas conseguir lo que quieres o necesitas. Cree que los que controlan el mundo son como los terroristas a los cuales hay que quitarles los mandos del avión mediante el voto electoral. Y es verdad que la clase política es muy nociva, pero asusta pensar lo que podrían hacer los amorosos irracionales en su lugar. El amor es estupendo; combinarlo con la ignorancia lo estropea.

 


Libertad Digital - 18 de octubre de 2001

Intenciones o resultados

El ladrón no suele llegar a casa a pleno día anunciando sus intenciones a todos los ocupantes. Es raro el violador que se presenta: "Buenos días, señor, que vengo a violar a su hija". Estos criminales intentan que no los vean para pasar desapercibidos y no ser castigados por sus delitos. Las agresiones a gran escala de totalitarios y colectivistas son demasiado visibles como para pretender ocultarlas por completo. Recurren entonces al disfraz de los buenos propósitos y la retórica demagógica. Pretenden los tiranos que lo que hacen supone un gran sacrificio, sí, pero es en nombre del progreso, de la modernización, de la mejora de las condiciones de vida de los seres humanos.

Añádase a lo anterior una dosis generosa de ignorancia, irracionalidad y relativismo, y el resultado es enormes cantidades de personas engañadas acerca del comunismo y del socialismo. Para estos incautos son simplemente sistemas alternativos al capitalismo que pretenden conseguir los mismos nobles fines. Y como según ellos no hay forma de saber a priori qué sistema de organización social es más adecuado, es necesario experimentar. Lástima que los "ensayos" colectivistas hayan producido millones de muertos, pobreza generalizada, ignorancia, odios y desesperación.

Aunque las buenas intenciones de los líderes del mundo comunista sean sinceras (y es mucho suponer sabiendo cómo suelen ser los peores los que llegan más arriba en el poder político), la ciencia económica muestra que los problemas de conocimiento, interés y poder hacen inviables los sistemas no capitalistas. Sólo el libre mercado, la sociedad que respeta los derechos de propiedad individuales, puede garantizar el progreso humano.

Los adultos pueden animar a los niños a aprender y superar sus errores con aquello de "la intención es lo que cuenta". Las personas maduras saben que lo que vale son los resultados. Las buenas intenciones por sí solas no producen gran cosa útil: deben ir acompañadas de conocimiento adecuado. Además los resultados son objetivos, contrastables, públicos, mientras que las intenciones son subjetivas, entidades mentales privadas: por eso es tan fácil mentir acerca de ellas (y no supone un gran esfuerzo declarar buenas intenciones), y resulta sorprendente comprobar cuánta gente hay dispuesta a dejarse engañar. Tener como héroes a Stalin, Mao o Fidel Castro implica ser muy necio. E inspirados en ellos aún hay muchos líderes políticos hoy día.

Bin Laden expresa claramente sus intenciones respecto a Occidente: destruirlo o conquistarlo para el Islam. Dudo que los resultados se correspondan con sus deseos. ¿Tienen los líderes extremistas de los países musulmanes buenas intenciones respecto a sus súbditos? Es irrelevante, ya que los resultados están a la vista: la combinación de superstición sumisa, violencia institucional y colectivismo económico sólo puede llevar al desastre absoluto.

 


Libertad Digital La Revista Economía e Ideas - 30 de octubre de 2001

Las reglas del mercado

Los necios colectivistas, enemigos acérrimos de la liberad, suelen referirse de forma falaz y despectiva al mercado libre como "mercado sin reglas", "capitalismo salvaje", "ley de la jungla", o "ley del más fuerte". Para ellos sólo la política puede producir reglas que permitan la convivencia y la ordenación de los intereses incompatibles entre los miembros de una sociedad.

La regla fundamental del mercado libre es el respeto de los derechos legítimos de propiedad privada: la obtenida mediante el primer uso (colonización), la creación y el libre intercambio. Todos los bienes, de consumo y de producción, son propiedad privada. El propietario es quien decide qué hacer con su propiedad, con la única restricción de no agredir la propiedad ajena. El derecho de propiedad privada es la única norma social que puede ser universal, simétrica y funcional. Su incumplimiento siempre implica una asimetría o parcialidad (algunas personas tienen privilegios sobre otras) que dificulta el desarrollo humano. El capitalismo es el único sistema social ético. La sociedad libre prohíbe única y exclusivamente las agresiones contra la propiedad privada ajena: agresión física, secuestro, violación, robo, fraude, estafa, incumplimiento de contrato.

El mercado libre se basa en las relaciones contractuales de intercambio voluntario de títulos de propiedad sobre bienes entre personas que por un lado son productores especializados y por otro son consumidores generalistas. Si dos personas intercambian voluntariamente bienes diferentes, ambas lo hacen porque esperan beneficiarse. El mercado es beneficioso para todos los que participan en él, y ninguna persona está obligada por la fuerza a hacerlo. Una sociedad libre respeta la propiedad privada, al contrario que las sociedades hegemónicas basadas en la violencia. En la sociedad libre una persona tiene que beneficiar a otros (como consecuencia inevitable, intencionada o no) para beneficiarse a sí mismo.

Un mercado es libre si los derechos de propiedad son legítimos y se respetan los contratos libremente pactados. En una sociedad libre ninguna persona está legitimada para imponer por la fuerza condiciones a los demás, como precios máximos o mínimos, regulación de características de bienes o servicios, o calendarios y horarios comerciales o laborales. El productor no está obligado a producir lo que los consumidores quieren, pero sólo triunfa si sirve adecuadamente a los demás, y fracasa si no lo hace. El consumidor no puede obligar al productor a producir algo, ni obligarle a venderle algo, ni prohibirle producir o vender algo. El productor no puede obligar al consumidor a consumir algo, ni a comprarle algo, ni prohibirle consumir o comprar algo.

Las empresas en un mercado libre no disfrutan de privilegios ilegítimos. Las empresas que producen lo que los consumidores desean a precios que están dispuestos a pagar, triunfan, son recompensadas y atraen más recursos a su actividad. Las que no lo hacen fracasan y liberan sus recursos. La competencia produce una selección evolutiva, pero no necesariamente de individuos, sino de formas de hacer las cosas. Los consumidores pueden controlar la calidad de los productos si pueden negarse voluntariamente a adquirirlos.

Para algunos teóricos el Estado es necesario para administrar las normas del mercado y defender la vida y la propiedad de los ciudadanos, pero esta presunción es ilusoria. La naturaleza esencial del Estado es la violación de los derechos de propiedad, la coacción institucional y sistemática, el monopolio de la fuerza que le permite imponer normas contrarias a la ética: reglas que benefician a unos a costa de perjudicar a otros, reglas demagógicas en busca de votos, reglas sugeridas por grupos de interés a cambio de favores inconfesables, reglas que acaban perjudicando a todos, reglas imposibles de justificar de forma auténtica, reglas cuya legitimidad se supone porque surgen de algún mecanismo democrático, reglas basadas en el engaño y la ignorancia de las masas.

El Estado no crea riqueza, ni actúa de árbitro o moderador del mercado. La injerencia política de la regulación estatal es siempre una agresión que obstaculiza el desarrollo social. Todas las barreras al mercado libre benefician a unos pocos parásitos sin escrúpulos y con conexiones políticas a costa de perjudicar a todos los demás. Los arrogantes ineptos que pretenden "regular" el mercado para corregir sus "fallos" y limitar sus "excesos" lo que realmente consiguen es destruirlo, que probablemente es lo que en el fondo algunos desean: la pobreza igualmente generalizada.

 


Libertad Digital - 2 de noviembre de 2001

Los bienes o la vida

El clásico salteador de caminos reclamaba a sus víctimas "la bolsa o la vida". Se suele elegir entregar la bolsa, aunque sin ella la vida es menos fácil, pero es que sin vida el dinero y la riqueza no sirven para mucho (y además seguro que una vez tomada la vida el ladrón tomaría también la bolsa, entendiendo que la disyunción no era necesariamente excluyente). Un bandolero moderno que dominara el lenguaje económico exigiría "los bienes o la vida". Sería redundante denominarlos bienes materiales, ya que los servicios o bienes inmateriales es difícil enajenarlos y llevárselos consigo.

Los defensores del Estado socialista, esa institución coactiva que legaliza y profesionaliza la confiscación sistemática de la riqueza, ya no se conforman con los bienes de nuestra bolsa: los dejan condescendientes al mercado, pero a cambio de controlar las vidas de sus súbditos. Lo afirma públicamente Fernando Henrique Cardoso, presidente de Brasil: "El Estado debe ser el gestor de la vida, y el mercado, el gestor de los bienes. Y la vida debe prevalecer sobre los bienes". Gestionar: administrar, controlar, mandar.

O sea que defiende un Estado "ecológico" (¿?) que se ocupe de la vida y que esté por encima del mercado. Es decir un Estado que pueda inmiscuirse en absolutamente todo, porque todo lo que hacen las personas es vivir y actuar para vivir más y mejor. Y es mediante los bienes que esto se consigue. Separar los bienes de la vida es una estupidez: Cardoso mismo reconoce que "es más cómodo no pensar", lo sabrá por su propia experiencia. En su estrategia envolvente de confusión, el Estado parece dejar en paz al mercado cuando en realidad lo controla mucho más férreamente porque ahora no se queda en los medios sino que abarca también su finalidad última.

Porque según él "el mercado no se ocupa de la vida, la gente, las personas, la salud, la educación, la seguridad, la cultura, el medio ambiente". Vivimos en una fantasía onírica. No hay mercado de la salud: no hay hospitales privados, ni médicos independientes, ni empresas farmacéuticas. No hay mercado de la educación: como yo no estudié en un colegio público, no estudié en ninguna parte; y mis clases en una universidad privada son un error de mi memoria. No existen los vigilantes de seguridad sin uniforme oficial, ni los teatros no estatales, ni las editoriales privadas. Los dueños de espacios naturales no los cuidan, dejan que mueran y se devalúen. Tal vez algún día despertemos de este sueño en el que tratamos no con personas, sino con fantasmas.

El bandolero al menos daba a elegir, se jugaba su propio pellejo, no pretendía actuar por el bien de los atracados, y una vez cometido el delito se marchaba y los dejaba en paz. Los socialistas no nos conceden ni eso. Quieren nuestra vida, y esta incluye nuestros bienes.

 


Libertad Digital La Revista Economía e Ideas - 6 de noviembre de 2001

Poder económico y poder político

Los seres humanos racionales actúan para conseguir el placer y evitar el dolor. Las relaciones humanas en un entorno social pueden ser origen de bienestar o de malestar. Una persona puede conseguir lo que quiere de los demás pacíficamente (utilizando el placer) o de forma violenta (utilizando el dolor). Las personas tienden a asociarse voluntariamente con quienes son agradables o pueden proporcionar algún valor o beneficio, y tienden espontáneamente a alejarse de quienes son desagradables o perjudiciales. Las relaciones voluntarias son mutuamente beneficiosas y se producen sin necesidad del uso de la fuerza porque ambas partes buscan su propio bienestar. En las relaciones impuestas por la fuerza al menos una parte resulta perjudicada por la agresión, y actúa en contra de su voluntad y preferencias por el miedo a sufrir un daño.

Una persona tiene un poder pacífico frente a los demás si puede influir sobre sus comportamientos de forma no violenta, mediante sus dotes personales, su simpatía, su atractivo sexual, su capacidad de seducción o persuasión, o si posee algo que el otro desea y puede ofrecérselo para un acuerdo o intercambio. Una persona tiene poder económico si posee aptitudes o riquezas materiales que puede utilizar para realizar sus proyectos o para intercambiar con los demás. En un mercado libre tener riqueza o poder económico significa que previamente se ha servido adecuadamente a los demás. El mercado libre es un juego de suma positiva por ambas partes.

Una persona tiene un poder violento frente a los demás si puede influir sobre sus comportamientos mediante la amenaza o el uso de la fuerza en su contra. El agresor utiliza la fuerza y el temor al sufrimiento para asesinar, violar, secuestrar, esclavizar o robar a sus víctimas. El ladrón consigue su riqueza quitándosela a otros, es un parásito que vive a costa de las personas productivas a quienes daña. La violencia puede ser asistemática, por parte de agresores individuales o en pequeñas grupos que son perseguidos por los ciudadanos honrados, o sistemática e institucionalizada, cuando un grupo dominante controla y gobierna a una casta inferior de súbditos. El poder político del gobierno es la institucionalización de la violencia.

La política democrática es presuntamente legítima, pero el poder político sigue existiendo gracias a la coacción. El proceso democrático supone la elección de unos representantes por parte del pueblo (los que votan). El poder de los gobernantes proviene de que determinan el contenido de las leyes y son obedecidos por las instituciones armadas de la policía y el ejército. Los jueces no hacen justicia en un sentido ético, sino que se limitan a aplicar la ley de forma automática, sea esta legítima o no. El ciudadano cumple leyes arbitrarias no por su propio beneficio (para eso no harían falta leyes ni castigos) sino porque teme que una parte aún mayor de sus bienes sean confiscados o incluso ir a la cárcel. En los estados democráticos hay una presunta apariencia de legitimidad (en realidad falsa), y la casta privilegiada (gobernantes, funcionarios, grupos de interés, receptores de subvenciones) no agrede de forma clara y directa, sino que lo hace de forma legalizada e indirecta. Ningún ciudadano, por honrado y pacífico que sea, aunque no vote, o aunque vote en contra de los gobernantes, puede abstenerse de ser gobernado de forma colectivista en contra de su voluntad; su riqueza es parcialmente confiscada con la excusa de ofrecerle a cambio unos servicios públicos ineficientes y de baja calidad (lo cual no ha sido libremente aceptado), todo falsamente justificado de forma demagógica con ideas corrompidas de igualdad y solidaridad.

Es posible ignorar al económicamente poderoso, pero es prácticamente imposible evitar al poder político. Las empresas no obligan a nadie a trabajar para ellas ni a comprar sus productos, pero no se puede renunciar a pagar impuestos. Si el empresario es el seductor de sus clientes, el político es el embaucador de sus votantes y el violador de los que se oponen. El poder económico es servir, el poder político es ser servido. Las empresas no necesitan armas para triunfar. Los políticos no pueden vivir sin ellas. Los políticos no crean ni producen nada, simplemente quitan, se quedan una parte y gastan el resto de tal modo que puedan alcanzar el poder o seguir en él. Los sistemas socialistas puros intentaron controlar completamente la producción de riqueza y fracasaron. Las socialdemocracias son más astutas, dejan que los productivos generen riqueza y luego se la quitan.

 


Libertad Digital - 7 de noviembre de 2001

Recuperemos el dinero de Gescartera

Muchos ciudadanos están justamente indignados sabiendo que personajes como Luis Roldán, después de pasar unos pocos años en prisión (una cárcel "de lujo" además, y a costa de los contribuyentes), saldrán libres y podrán huir del país y disfrutar de buena parte de los miles de millones que robaron y escondieron en alguna parte. Y lo mismo hará otro personaje de más actualidad como Antonio Camacho, el presunto responsable de las "irregularidades" de Gescartera. Que esto pueda suceder demuestra que nuestras leyes son elaboradas por personas de escasas luces y nulos conocimientos de ética. No es buena la ley que hace que algunos delitos merezcan la pena.

La ética indica que el derecho fundamental de cada persona es el de propiedad privada. Cuando este derecho es violado, el criminal pierde sus derechos en forma proporcional a lo que le ha quitado a la víctima. El propietario puede utilizar la fuerza para conseguir que el ladrón le devuelva lo robado más daños y perjuicios (si bastara con devolver lo robado el crimen merecería la pena, porque quizás no te cojan; y aunque te cojan). La deuda del ladrón no prescribe, y si no tiene recursos propios se le puede obligar a trabajar hasta alcanzar la compensación total. Encarcelarlo no es necesario si una vigilancia adecuada es suficiente para conseguir que no evite cumplir con su deber. Si el encarcelamiento es inevitable, éste debe ser pagado por el propio delincuente, no por sus víctimas. El criminal no tiene una deuda con "la sociedad" sino con aquellos a quienes ha agredido, y el Estado no tiene legitimidad para confiscar los derechos de las víctimas. Si sabe que no será libre y que no podrá disfrutar del dinero escondido hasta compensar plenamente lo que ha hecho, el ladrón tiene fuertes incentivos para recuperar lo robado.

Si los bienes robados por el delincuente fueron traspasados a otras personas (parientes, personas de confianza, testaferros), es perfectamente legítimo quitárselos, ya que el ladrón no es el propietario legítimo y no tiene derecho a transferir a otros lo que no es suyo. Y esto deberían saberlo los receptores de bienes sospechosos de ser obtenidos de forma ilegítima.

Antes de arremeter contra los paraísos fiscales, habría que considerar que algo falla en los sistemas impositivos del mundo cuando muchos ciudadanos honrados, que nada tienen que ver con negocios sucios, procuran poner su patrimonio a salvo de la voracidad fiscal de sus estados por medios extralegales; aunque convendría que los depositarios de ese dinero se aseguraran de que ha sido obtenido honradamente, ya que si no lo hacen, pueden encontrarse en posesión de bienes robados. Y añadamos, por si no está claro, que el delito fiscal dista mucho de ser un verdadero crimen, como lo son el robo, la extorsión o el asesinato.

Recuperar ese dinero estafado o robado vendrá muy bien a las víctimas de Gescartera, pero también al resto de los contribuyentes, que así evitarán el riesgo de ser los que paguen el pato.

 


Libertad Digital La Revista Economía e Ideas - 13 de noviembre de 2001

Comunitarismo y colectivismo

Los comunitaristas creen que los individuos deben ser considerados necesariamente como parte de una comunidad, que es un error exigir derechos individuales a expensas de la comunidad. Para el colectivismo, la vida de un individuo pertenece a los demás, debe ser controlada por el colectivo, y la justificación de la existencia es el sacrificio por el grupo. El valor fundamental del colectivismo es el igualitarismo: las desigualdades, especialmente las de riqueza y poder, son indeseables e inmorales.

Los individuos reciben influencias de la comunidad en la que viven, pero es la comunidad la que está formada por los individuos que la componen. Si un grupo se disuelve, sus integrantes pueden formar otras asociaciones. Si los miembros de un grupo desaparecen, el grupo como entidad abstracta deja de existir. El individuo es la unidad de acción, el ente que piensa, siente, elige y actúa. El lenguaje colectivista frecuentemente utiliza de forma arbitraria formas plurales que atribuyen de forma falaz las mismas características, opiniones o deseos uniformes a múltiples personas. La colectivización sirve de excusa para inmiscuirse en asuntos ajenos y para obligar a los demás a colaborar en la resolución de problemas que no les afectan y de los cuales no son responsables.

Los individuos son en realidad parte de muchas comunidades, de todas aquellas de las que libremente deciden formar parte. En la sociedad primitiva un individuo forma parte de una única comunidad física y cultural en la que debe desarrollar forzosamente su vida, sin posibilidad de elección, con todos los aspectos de su vida estrechamente regulados y determinados. La sociedad civilizada desarrollada, con su diversidad de actividades, intereses y posibilidades, permite a los individuos establecer múltiples relaciones mutuamente beneficiosas, de modo que las personas no se ven restringidas por las imposiciones culturales de ninguna comunidad concreta. Las asociaciones flexibles de una sociedad libre tienen propósitos específicos y no exigen que el individuo comparta todos los aspectos de su existencia. Las asociaciones particulares no pretender imponer sus normas a toda la sociedad. La sociedad libre permite la existencia de colectivos voluntarios de libre participación, comunidades que se rigen por normas aceptadas por sus miembros y que pueden ser más restrictivas que la ética universal, prohibiendo u obligando a determinadas acciones. La sociedad política estatal no tolera grupos libres que se separen de ella.

En la sociedad libre las personas no tienen por qué sentirse alienadas o aisladas, ya que pueden establecer conexiones con quienes libremente deseen. La sensación positiva de pertenencia a una comunidad no puede conseguirse imponiendo la unidad por la fuerza. La sociedad humana está formada por una enorme cantidad de individuos con ideas y propósitos diferentes. Es imposible alcanzar un consenso colectivo completo acerca de los valores y objetivos de la sociedad. La sociedad libre es un orden espontáneo complejo, resultado de las múltiples interacciones voluntarias entre los individuos, muy superior al orden empobrecedor que resulta de la organización coactiva del estado socialista. Los problemas sociales, muchos de los cuales son causados por la intervención violenta de los poderes estatales, se resuelven si las instituciones respetan la propiedad privada. En una sociedad libre cada persona toma decisiones acerca de su vida. En una sociedad política los gobernantes toman decisiones acerca de las vidas de los gobernados y las imponen por la fuerza.

Una acción no queda legitimada por el hecho de ser realizada de forma colectiva. Actuar juntos y coordinados da poder y fuerza, pero no otorga razón moral o ética. Muchos seres humanos muestran tendencias tribales a identificarse plenamente con sus compañeros de grupo y a considerar enemigos a los que no son de los suyos. No resulta nada heroico hacer lo que hacen todos. Es fácil confundirse en el anonimato del colectivo. El mérito está en oponerse a la inmensa mayoría, aceptando la posible exclusión, cuando una persona sabe que hace lo correcto. Los grupos de acción suelen despreciar y atacar a los traidores, a los esquiroles, a los chivatos, tengan o no razón.

 


Libertad Digital - 16 de noviembre de 2001

La agricultura social

Lo "social": pocas palabras hay tan hermosas en su realidad y a la vez tan repugnantemente distorsionadas en el actual lenguaje políticamente correcto. Su significado auténtico y valioso está en lo referente a la sociedad, al orden espontáneo de relaciones libres y enriquecedoras entre múltiples seres humanos. Pero los colectivistas la utilizan como excusa para perpetrar todo tipo de agresiones políticas que en realidad son antisociales. Para pervertir un concepto basta con adjetivarlo como "social": justicia social, derechos sociales, economía social de mercado, socialdemocracia, seguridad social.

Y ahora agricultura social. Los gobernantes de la Unión Europea y unos cuantos países más de la Organización Mundial de Comercio se niegan a eliminar los subsidios a sus agricultores y las barreras proteccionistas a los productos agrícolas del Tercer Mundo. En realidad lo hacen porque temen las consecuencias: movilizaciones violentas, deterioro de su imagen pública y posible pérdida de votos. La penosa excusa es que la agricultura tiene "carácter social, cultural y medio ambiental, por lo que no puede ser tratada como cualquiera otra industria". Pero ¿existe alguna actividad económica que no tenga carácter social? Lo de cultural no sorprende, ya que es otra de las palabrejas que sirven para pseudojustificar cualquier cosa en esta lamentable Europa nuestra, tan gastronómicamente culta y a la vez tan necia. Y lo medioambiental está en boga en todo el mundo. Todo con tal de evitar el mercado libre, el riesgo, la incertidumbre, la responsabilidad y la competencia.

Un porcentaje ínfimo de trabajadores políticamente organizados se llevan la parte del león del presupuesto de la UE. El agricultor no produce para el intercambio y el consumo ajeno: produce para la subvención. Si el último mohicano era un héroe admirable, los últimos agricultores europeos son unos parásitos sin escrúpulos. Especialmente nuestros vecinos franceses, los vándalos quemadores de camiones representados por ese cínico indeseable que es José Bové. Creen tener derecho a mantener su ineficiente e incompetente modo de vida a costa de los demás. Sobre todo a costa de mantener en la pobreza a los países menos desarrollados. A ver si se dignan a cambiar de profesión o a ejercerla respetando la libertad ajena.

Es posible que algunos agricultores europeos sean honestos y quieran librarse del intervencionismo político, pero deben estar muy bien escondidos. Pocas cosas hay tan absurdas para el desarrollo económico como destruir alimentos, imponer cuotas máximas de producción, eliminar cultivos o prohibir intercambios comerciales. La Política Agraria Común es un gigantesco disparate, pero ahí sigue. De momento la OMC parece impotente frente a la agricultura "social". ¿O será socialista?

 


Libertad Digital La Revista Economía e Ideas - 27 de noviembre de 2001

Ética e impuestos

Los impuestos son la confiscación de riqueza por el Estado para financiar sus actividades: son tributos exigidos por la fuerza, no son pagos aceptados voluntariamente a cambio de la recepción de un bien o servicio. Ningún impuesto es justo, ya que el contribuyente lo paga en contra de su voluntad. Es ilegítimo exigir el pago de impuestos, ya que son un robo, una agresión contra la propiedad privada. Es legítimo pagar impuestos, porque no puede exigirse a nadie que se defienda ante una agresión, pero pagar impuestos significa entregar recursos a los agresores. Es legítimo no pagar impuestos, porque toda persona tiene el derecho a defenderse de las agresiones contra su propiedad.

Los impuestos son una coacción unilateral y no se justifican por los presuntos servicios que el Estado proporciona a sus contribuyentes, ya que éstos no se proporcionan mediante acuerdos libres y voluntarios. Que el ladrón entregue algo a la víctima no legitima el robo, no se trata de un intercambio ético de derechos de propiedad. Los impuestos perjudican directamente a aquellos que deben pagarlos, los contribuyentes. Los impuestos benefician a quienes los reciben y consumen: políticos, burócratas, funcionarios, receptores de subsidios, de contratos y de gastos estatales. Mediante los impuestos los contribuyentes financian proyectos que no les interesan (si les interesaran no haría falta la coacción) e incluso actividades a las que se oponen abiertamente y que consideran nocivas.

La fiscalidad distorsiona la asignación de recursos en la sociedad, de modo que los consumidores no pueden satisfacer sus deseos de la forma más eficiente. La fiscalidad redistribuye riqueza de los explotados a los explotadores, de los no organizados a los organizados políticamente, de los productivos a los parásitos. No existe el impuesto neutral que deja el mercado libre y sin perturbaciones. Todo impuesto es injusto e ineficiente: los impuestos al consumo o a las ventas, los impuestos parciales al consumo, los impuestos a los ingresos (salarios, ingresos empresariales, beneficios empresariales, ganancias del capital), al capital acumulado, a las herencias, a los regalos, a la propiedad, a la riqueza individual.

El impuesto proporcional y el impuesto progresivo disminuyen los incentivos y la productividad de los creadores de riqueza. Son castigos injustos al mérito en la capacidad de servicio en el mercado. El nivel de proporcionalidad y progresión de los impuestos es siempre arbitrario. La proporcionalidad sólo es justa cuando el coeficiente de proporcionalidad es cero. Es absurdo pretender que la sociedad tiene necesidades que deben ser satisfechas, y que para financiar su satisfacción debe pagar más quien más tenga. La fiscalidad progresiva está en realidad basada en la envidia hacia los más ricos y capaces.

Los criterios de coste de recolección, conveniencia, certeza, y dificultad de evasión no son criterios de justicia, sino de eficiencia en cualquier cobro. El burócrata prefiere costes de administración elevados para la expansión de su influencia. Como el impuesto es injusto, es mejor que sea difícil de conseguir, inconveniente para el contribuyente para que le induzca a rebelarse, y fácil de evadir. Los costes de administración y cumplimiento son cargas adicionales contrarias a la eficiencia económica.

La distribución de la fiscalidad no varía su injusticia. La uniformidad no es un criterio adecuado de justicia. El tratamiento fiscal uniforme supone un castigo igual para todos. La igualdad ante la ley no tiene valor ético si la ley es injusta. La igualdad en la injusticia no puede ser un ideal ético. Como el impuesto es injusto, la uniformidad fiscal es la imposición general de la injusticia, y las excepciones son justas. Una exención fiscal no es un privilegio equivalente a un subsidio, es una forma de escapar de una agresión. El subsidio es la participación en el reparto del botín. La exención es el escape del pago del tributo a los ladrones. Las exenciones no deben eliminarse, sino hacerse completas y universales.

La uniformidad fiscal es además imposible y contradictoria: la existencia del Estado divide la sociedad en dos clases, el grupo perjudicado de los que pagan los impuestos (dan más de lo que reciben) y la clase privilegiada de los que consumen impuestos (reciben más de lo que dan). Es imposible determinar de forma objetiva y no arbitraria el patrón de uniformidad y la carga fiscal, sean ingresos o riqueza, capacidad de pago, sacrificio, o beneficios recibidos. Cualquier ideal conceptualmente imposible o inconsistente es absurdo y no puede ser éticamente correcto.

Si el Estado controla de forma monopolística la emisión de moneda, puede financiarse también mediante inflación o emisión de dinero fraudulento, sin respaldo real. Para proteger este monopolio el Estado debe evitar que otros hagan lo mismo, declarando delito de falsificación la emisión de dinero no estatal. El Estado puede también financiarse mediante la emisión de deuda pública, pidiendo dinero prestado para posponer la recaudación de impuestos y así sobrevivir a costa de los ciudadanos futuros que no pueden protestar en el presente.

Los estados no suelen conformarse con gastar todo lo que confiscan a sus súbditos, sino que gastan de más y generan cuantiosos déficits. La financiación del déficit estatal mediante deuda pública aumenta la tasa de interés y dificulta la inversión privada. Un presupuesto estatal equilibrado es mejor que uno deficitario, pero no es la solución ideal. El gasto estatal confisca recursos al sector privado productivo y nunca es una inversión real, como la que realizan los capitalistas que arriesgan su propio dinero intentando satisfacer las demandas futuras de los consumidores, sino un consumo por parte de políticos y burócratas. El gasto estatal debe ser tan pequeño como sea posible, es decir cero.

El Estado utiliza diversas técnicas para recaudar lo máximo posible y gastar a discreción. El Estado utiliza categorías generalizadas de gasto, sin evaluación de los componentes concretos individuales. El Estado reclama impuestos indirectos, escondidos en el precio de los productos, en lugar de impuestos directos. Los impuestos de lujo se aprovechan de lo especial de algunas situaciones para amortiguar la molestia del pago del impuesto. Los impuestos especiales al alcohol y al tabaco se basan en una presunta inmoralidad de esos productos o en los presuntos gastos sanitarios que originan. Los impuestos temporales para emergencias se convierten sistemáticamente en permanentes. Algunos impuestos se aprovechan de los conflictos sociales, del odio y la envidia hacia personas como los muy ricos, y del miedo irracional ante la amenaza de colapso social que presuntamente produciría la cancelación de programas demagógicos. Los impuestos se incrementan de forma sutil para que los contribuyentes se adapten gradualmente y no se rebelen. Las leyes fiscales y presupuestarias son enormemente complejas para esconderlas de la comprensión del público. En ciertas circunstancias un Estado puede recaudar más con impuestos más bajos que desincentivan menos la producción: el parásito pretende optimizar su situación mediante limitaciones fiscales que permiten que su huésped sea muy productivo y así poder obtener más de él.

 


Libertad Digital - 14 de enero de 2002

Precios, euro y Argentina

En un mercado libre los precios de todos los bienes y servicios los fija la interacción entre la oferta y la demanda. Ninguno de los participantes de un intercambio comercial puede fijar unilateralmente los términos del mismo. Un vendedor puede pedir por sus productos la cantidad de dinero que estime conveniente, pero no conseguirá vender si su precio no es competitivo, si existe otro comerciante que vende lo mismo a un precio mejor. Y aunque no exista competencia, la compraventa no se realiza si el comprador potencial valora más su dinero (y las otras cosas que puede adquirir con él) que la mercancía ofrecida a un precio que considera excesivo. Lo mismo sucede con los compradores, quienes deben competir por los productos en venta con otros consumidores que tal vez estén dispuestos a ofrecer más dinero.

Los precios deben poder fluctuar libremente para reflejar los cambios de la oferta y la demanda. Cualquier restricción política a los cambios en los precios es una causa de descoordinación económica. Si los precios intentan fijarse de forma arbitraria (voluntaria o coactivamente) lejos del precio de mercado (aquel que iguala oferta y demanda), se provoca escasez (precios demasiado bajos) o excesos de inventario (precios demasiado altos).

Las personas que protestan por los incrementos de precios que pueden producirse por la aparición del euro (redondeos y demás) muestran ignorancia económica, pasividad y actitud lastimera. El vendedor de un producto tiene perfecto derecho a subir o bajar los precios cuando desee, igual que el comprador habitual puede serle infiel y pasarse a la competencia sin necesidad de excusas ni explicaciones. Parece que hay gente que cree que tiene derecho a comprar el pan y la leche siempre en el mismo sitio y siempre al mismo precio: son poco tolerantes con las decisiones ajenas e incapaces de buscar y comparar precios y calidades. En vez de resolver sus problemas por sí mismos reclaman quejicosos la intervención política coactiva. Además no se dan cuenta de que si los precios están muy por encima de los costes de producción, lo que sucede no es un abuso, sino una oportunidad de negocio estupenda para entrar en ese sector económico como empresario y obtener buenos beneficios. Pero la cultura estatista dominante hace que abunden los llorones que no saben vivir sin la protección de papá Estado, y que escaseen los auténticos empresarios creadores de riqueza.

La única forma de que se produzca un incremento generalizado de los precios (inflación de precios) es la pérdida de valor de la moneda causada porque los gobernantes incrementan la cantidad de dinero en circulación (inflación monetaria). Pero los políticos, maestros en el deshonesto arte de echar las culpas a otros y desviar así la atención de sus desmanes, advierten a los comerciantes contra la tentación de subir los precios. Como si dejar que el mercado libre funcione fuera un pecado.

Los políticos argentinos, esa casta parasitaria que está demostrando claramente que entre los gobernantes y una banda organizada de delincuentes la única diferencia es la pretensión de legitimidad, están llevando al límite este juego sucio: han devaluado la moneda de forma brutal, pero amenazan a los dueños de comercios y empresas que intenten adaptarse a esta nueva situación. Los presuntos garantes de la seguridad y el orden no hicieron nada ante los saqueos vandálicos, tal vez porque les parecían legítimos o quizás como una repugnante forma de presionar y controlar a los comerciantes. La excusa es que todos deben sacrificarse en una situación de crisis tan grave como la actual. El problema es que no todos los ciudadanos la han causado, y mucho menos los que trabajan, ahorran, arriesgan y producen.

 


Libertad Digital La Revista Economía e Ideas - 15 de enero de 2002

Susan George, una apologista del latrocinio

En el salvaje oeste un ladrón de diligencias experimentado debería instruir adecuadamente a los miembros noveles de su banda. Les diría, por ejemplo, que si uno quiere robar con éxito es necesario averiguar dónde está el dinero, obteniendo información fiable acerca del transporte de oro, joyas, billetes o personas adineradas. Si uno se arriesga a ser herido o a ir a la cárcel, al menos que el botín merezca la pena. Probablemente sólo los muy tontos esperarían que sus víctimas dejaran pasivamente que les arrebatasen sus posesiones.

Susan George, vicepresidenta de ATTAC (Asociación para la Tasación de las Transacciones Financieras), tiene todo lo anterior muy claro. Afirma que hay que "ir a buscar el dinero donde realmente está, en los mercados financieros internacionales, en paraísos fiscales y en las cajas de caudales de las corporaciones transnacionales. Los actuales poseedores de una extraordinaria riqueza naturalmente opondrán resistencia; pero ello no es razón, todo lo contrario, para aflojar la presión sobre ellos". Para ella la solución para la recesión económica mundial es la nociva política keynesiana, el gasto masivo internacional para preservar el ambiente, y la transferencia de riqueza de los ricos a los pobres, todo mediante la tasa Tobin sobre las transacciones monetarias. Es decir, mediante el robo sistematizado y legalizado a gran escala.

No importa si los muy ricos han obtenido legítimamente su riqueza sirviendo a sus semejantes y comerciando con ellos. No importan la justicia ni los derechos de propiedad. Para esta pseudointelectual, una de las líderes de opinión del movimiento antiglobalización, la globalización está dirigida por las grandes corporaciones y la intervención estatal a nivel internacional es "necesaria para los intereses de todos". Pero es fácil demostrar la falsedad de una proposición universal mostrando casos particulares que la refuten: unos cuantos o unos muchos no estamos de acuerdo con ella, conocemos bien nuestros intereses.

George afirma también que la deuda de los países pobres "no es un problema financiero o económico, sino un problema político. Las riquezas arrancadas al Sur desde hace siglos deben serle restituidas". Los bancos privados y los diversos acreedores "deberían ser obligados a participar" en el alivio de la deuda, ya que "a ellos se les ha pagado ya en exceso lo que habían prestado".

Carente de la inteligencia ética necesaria para distinguir a un culpable de un inocente, esta poco respetable señora tiene una curiosa manera de colectivizar culpas y responsabilidades, además de transferirlas del pasado al presente. Los que no comprenden que la riqueza se puede crear sin empobrecer a los demás sólo entienden el uso de la fuerza, y creen que pueden obligar impunemente a los demás a participar es sus descabellados planes.

 


Libertad Digital - 31 de enero de 2002

La globalización colectivista

Los ideales comunistas no han muerto. Si Lenin deseaba que la revolución roja se extendiera por todo el mundo, sus herederos antiglobalizadores pretenden implantar el colectivismo a nivel mundial. En realidad no están en contra de la mundialización, lo que pretenden es utilizarla para imponer su agenda particular de socialismo y coacción a gran escala. Lo están demostrando sin tapujos en el Foro Social Mundial que se reúne estos días en Porto Alegre, Brasil (y no en Cuba o en Corea del Norte).

Como demostración del nivel intelectual y de rigor científico de la reunión, indígenas de diversas etnias participarán en una ceremonia en la cual invocarán a sus antiguos dioses para que la conferencia resulte auspiciosa. Lo cual va a ser difícil dado que entre sus participantes se encuentran las lumbreras habituales: Rigoberta Menchú, Noam Chomsky, Lori Wallach, Susan George...

Mucha solidaridad y camaradería, pero también hay pugnas internas, como por ejemplo por José Bové (declarado persona no grata en Brasil), arrasador de McDonalds y asaltador de plantaciones de biogenética, quien da mala fama a la causa. Es una lástima que sólo se fijen en su imagen y no en el daño que causa a los agricultores de los países más pobres con sus afanes de protección de los muy subvencionados campesinos franceses.

Eulogio Rivera, dirigente sindical chileno, pretende "una globalización alternativa en la cual los pueblos, a través de organizaciones democráticas, puedan decidir qué uso se da a sus recursos". Adiós a las personas individuales y a la propiedad privada. Hola a los pueblos y a la confiscación colectiva. Pero así como es relativamente fácil diferenciar entre distintas personas, convendría que los socialistas nos dijeran dónde acaba un "pueblo" y dónde empieza el siguiente. Y qué pasa si los "pueblos" deciden por mayoría eliminar a sus minorías o hacerse la guerra unos a otros, como ha sucedido a menudo en el pasado. Todo en nombre de un mundo más humano. Y es que la ignorancia y la violencia son muy pero que muy características de los seres humanos. Aunque naturalmente otro mundo es posible, un mundo inteligente, libre, pacífico, tolerante y responsable. Posible pero difícil. Es la lucha eterna de paz contra violencia, de capitalismo contra comunismo, de realismo contra fanatismo, de razón contra superstición.

Rivera afirma que "el caso de Argentina es una metáfora del poder destructor que alcanza la ideología del libre mercado cuando se ceba en un país". Es una lástima que Argentina no haya tenido apenas un mercado libre, y sí mucho estado corrupto. Pero un fanático no deja que la realidad le estropee sus falacias favoritas. Quiere "desarticular la conspiración que están fraguando los bebedores de champaña y los degustadores de caviar". ¿No habrá algo de envidia cochina en esta identificación de los malvados según sus hábitos gastronómicos? Me pregunto si Fidel Castro consume espumosos o huevas de esturión.

 


Libertad Digital - 6 de febrero de 2002

Derechos de autor o robo legal

Se supone que toda persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario. No parece aceptable imponer una penalización a alguien si esta persona no ha cometido ningún crimen, delito o falta. Incluso un delincuente es normalmente intocable hasta que es declarado culpable después de un juicio justo con garantías procesales. Pero a nuestros legisladores y jueces estos principios del derecho les parecen irrelevantes en ciertos casos.

Parece que muchas personas incumplen la cláusula contractual referente a mercancías audiovisuales que impide realizar copias de diversos productos culturales o creaciones artísticas como libros, películas o canciones. Pero no se sabe quién lo hace y quién no. No se dispone de datos estadísticos fiables, e incluso si estuvieran disponibles serían completamente irrelevantes. La penalización estadística es la antítesis de la justicia: no se distingue a los ciudadanos honrados de los delincuentes, y pagan justos por pecadores.

José Neri, presidente de la sDae, filial en Internet de la SGAE (Sociedad General de Autores), cree incluso que "los discos duros de los ordenadores llevarán un canon de copia privada, o los módem o el ADSL". ¿Por qué no lo extenderá también al papel, históricamente el principal almacén exosomático de información? Y ya puestos, incluyamos la memoria cerebral, el almacén endosomático sin el cual todos los demás son inútiles. Según Neri los efectos del canon para quienes usan medios informáticos sin violar derechos de autor (datos propios o de libre distribución) son irrelevantes: "porque le cueste un disco 115 pesetas en lugar de 80, pues no le va a pasar nada". ¿Qué entenderá este personaje por "nada"? Un robo grande es peor que un robo pequeño, pero ambos son ilegítimos.

Si el aumento de precio es tan irrelevante, ¿por qué pelear por él? La respuesta es que aunque la cantidad es pequeña, ésta se cobra muchas veces: hay unos beneficiarios concentrados, los creadores intelectuales y artísticos y sus representantes legales, y muchos consumidores de medios de comunicación y de almacenamiento de información entre los cuales el coste se diluye. En teoría la SGAE defiende los derechos de autor, pero esto es una ilusión, ya que no están nada interesados en ayudar a los empresarios para promocionar sistemas antipiratería. Lo que quieren es que el gobierno haga el trabajo sucio por ellos y recaudar todo lo posible. Lo tienen fácil con nuestros legisladores y jueces.

Una empresa ha sido condenada por una juez a pagar derechos de autor a la SGAE por fabricar CDs grabables (CD-R). La juez "justifica" su decisión en que a los españoles tienen el hábito de copiar sin permiso discos musicales: "es bien sabido cuál es el hábito del consumidor español, el de grabar mediante ordenador los CDs legalmente adquiridos por otras personas, o grabar música directamente de Internet". Se ve que los juzgados son cada vez más flexibles a la hora de considerar qué es una prueba de culpabilidad. Todos los españoles somos culpables, menos mal que esta sabia juez nos castiga adecuadamente.

El canon de copia privada, la compensación a los autores que establece la ley española por el uso de soportes vírgenes grabables de audio y vídeo, es completamente arbitrario y sin fundamento ético. ¿Por qué 30 pesetas por hora de grabación de audio, y 50 pesetas para soportes de vídeo? ¿Acaso no saben los legisladores que todos los soportes son intercambiables y que la relación entre la información video y la información audio es muy diferente de esa? Si se paga el canon, ¿se tiene derecho a piratear todo lo que se quiera? ¿Por qué sólo se paga a los autores y no a las compañías que tienen derechos en exclusiva sobre el trabajo de esos autores? ¿Cómo es que la penalización se paga antes de cometer (o no) el delito? ¿Es que los jueces son adivinos?

 


Libertad Digital - 9 de febrero de 2002

Saramago y la justicia

¿Puede alguien ser tan necio como para comenzar una conferencia con una historia ejemplar y moralizante sin darse cuenta de que ésta en realidad sirve para desmontar los fundamentos de su argumentación posterior? José Saramago sí lo es. Como es premio Nobel de literatura, puede permitírselo. Y si su audiencia no es intelectualmente capaz ni exigente, como la de la clausura del Foro Social Mundial, pues tal vez nadie se dé cuenta.

A Saramago le preocupa la "injusticia globalizada". En eso coincide con muchos liberales. Lástima que nuestras concepciones de la justicia sean tan diferentes. Al menos la nuestra es coherente. Comienza su charla con el relato de un campesino que protesta ante la muerte de la justicia, ya que un rico señor sin escrúpulos está expoliando impunemente sus tierras. Parece ser que entonces la injusticia es que se viole el derecho de propiedad y que al agresor no le pase nada.

Saramago lamenta que hoy día la justicia sigue muerta, pero celebra la existencia de quienes tratan de revivirla, los "múltiples movimientos de resistencia y acción social que pugnan por el establecimiento de una nueva justicia distributiva". "Una justicia protegida por la libertad y el derecho", "basada en la Declaración Universal de los Derechos Humanos", la cual podría sustituir a los programas de todos los partidos políticos de izquierda y de los sindicatos por la "rectitud de sus principios".

Parece que el concepto de justicia es para Saramago variable en el tiempo, dependiente de las modas. La justicia muerta de antes no es la que se intenta revivir ahora. Antes se trataba de defender el derecho de propiedad, ahora se trata de negarlo sistemáticamente, ya que en eso consiste la redistribución. La justicia distributiva es la negación de la libertad y el derecho, es como un muerto muy vivo, como la belleza fea, como la ética inmoral, como la rectitud torcida. En una cosa acierta plenamente: la Declaración Universal de los (falsos) Derechos Humanos es colectivismo en estado puro.

Lamenta también que los electores no puedan controlar "democráticamente" al poder económico, a las empresas multinacionales. ¿Ha probado a no comprar lo que esas empresas le ofrecen o es que le obligan de forma coactiva para que consuma sus productos? ¿Cree que los accionistas no tienen derecho a voto?

 


Libertad Digital La Revista Economía e Ideas - 12 de febrero de 2002

El anarcocapitalismo

En términos generales se dice que los liberales defienden el capitalismo, el mercado libre y los derechos individuales frente al poder coactivo del estado; que son contrarios a la redistribución de riqueza, al intervencionismo de la política económica, a las subvenciones a los grupos de interés, a las barreras arancelarias proteccionistas que dificultan el comercio internacional, y la ingeniería social colectivista; que quieren más sociedad, más iniciativa empresarial y menos estado.

Definir así el liberalismo es problemático y en realidad arbitrario (aunque muchos aspectos bien entendidos resultan ser correctos). Es imposible determinar de forma objetiva qué tipo de estado y en qué cantidad es aceptable para alguien que se considera liberal: depende de preferencias subjetivas y no de verdades contrastables. No es adecuado intentar definir la sociedad libre en función de las características que posea su estado. El proceso correcto es el inverso, definir el estado como concepto más complejo en función de la libertad individual como concepto más básico. Aunque pueda parecer una afirmación exageradamente tajante y radical, sólo existe una forma de liberalismo bien fundamentada (con principios axiomáticos sólidos), lógica (consecuente, consistente, sin contradicciones) y de acuerdo con la naturaleza del ser humano y de la realidad en la que vive: el liberalismo que entiende la libertad como el respeto al derecho de propiedad privada, y que se basa en el principio ético de no agresión o no iniciación del uso de la fuerza.

Los potenciales conflictos entre propietarios y la posible existencia de delincuentes hace necesarios servicios de policía, defensa y justicia. Un minarquista defiende un estado mínimo estrictamente limitado cuyas únicas funciones son las de policía, defensa y justicia. El estado tiene el monopolio del uso sistemático de la fuerza sobre unos súbditos y un territorio o jurisdicción, tiene el poder y la autoridad exclusivos para mandar y hacer cumplir reglas de comportamiento social.

El problema del minarquismo es creer que el monopolio de la violencia puede ser eficiente, no corromperse, y que su poder puede mantenerse estable y limitado por los ciudadanos. El estado es ineficiente: no existe competencia y no se permite a los ciudadanos prescindir de sus servicios. Una jerarquía coactiva genera fuertes incentivos para su propio crecimiento a costa de los gobernados. En los peores casos se llega hasta el totalitarismo. Un estado mínimo no defiende el derecho de propiedad sino que lo viola sistemáticamente al no permitir a cada persona decidir cómo resolver pacíficamente sus problemas de seguridad y protección. Los mecanismos democráticos no resuelven estos problemas, y en algunos casos los agravan. Además la extensión territorial del estado es arbitraria y suele ser resultado de hechos históricos violentos como guerras y conquistas.

El mejor estado es efectivamente aquel que menos gobierna: el que no gobierna nada en absoluto. El anarquismo es autogobierno y supone la defensa radical y consecuente de la libertad. El anarcocapitalismo o sistema de ley policéntrica mediante jurisdicciones competitivas es una organización social espontánea, autónoma, no coactiva, un orden voluntario cooperativo basado en la ética objetiva y universal de la libertad y la justicia rectamente entendida como el derecho individual de propiedad privada. El anarquismo no significa caos, desorden o salvajismo, sino simplemente ausencia de estado monopólico. El anarquismo liberal implica la abolición de todas las formas de estado por innecesarias, peligrosas e indeseables. No es un anarquismo comunista o anarcocomunismo, sistema inviable en el cual no se reconoce el derecho de propiedad. Existen instituciones, leyes y agencias de seguridad, pero no son impuestas mediante la violencia. Se trata de una heterarquía o estructura de red, y no una jerarquía o estructura de árbol. Anarquismo y mercado no son contradictorios: propiedad y estado sí que son incompatibles. Cómo funcionan las instituciones de una sociedad anarcocapitalista es un asunto importante y ya estudiado en diversos trabajos de investigación. Intentaré exponerlo en artículos futuros.

 


Libertad Digital - 1 de marzo de 2002

El botellón colectivista

Después de mucho tiempo de adoctrinamiento obligatorio disfrazado como educación pública, no es extraño que los nefastos resultados de la ideología colectivista se extiendan por toda la sociedad: el sistema de enseñanza estatal transmite las ideas dominantes, equivocadas o no, y premia a los que se adaptan a ellas. El botellón juvenil sólo es un síntoma más de la socialdemocracia, que niega los derechos individuales de propiedad y no quiere ver las consecuencias de hacerlo: se promulgan falsos derechos que en realidad sólo sirven para generar más conflictos y dependencias; al individualista se le tacha inmediatamente de egoísta y antisocial, así que lo aceptable es formar parte del rebaño sin resaltar, confundiéndose con los demás, aborregándose; la responsabilidad está mal vista, el agresor es una víctima de la sociedad y los agredidos unos intolerantes. Muchos jóvenes no actúan como individuos, sino como masa, porque les enseñan a hacerlo así, desde el igualitarismo. No les enseñan espíritu crítico y análisis lógico, lo cual es normal, ya que destruiría el actual sistema de paternalismo y despotismo estatal.

Ninguna persona tiene derecho a agredir la propiedad de otra, y los ruidos excesivos y la suciedad son claras agresiones. Los residentes desean tranquilidad y limpieza, a los cuales realmente tienen derecho. El bebedor callejero cree que tiene derecho a la diversión, a hacer ruido en plena noche y a ensuciar la calle (orines, vómitos, cristales, restos de bebidas), que ya la limpiarán otros. Curiosamente los que pagan impuestos son los agredidos, mientras que los agresores reciben todo tipo de mimos y subvenciones. Además de obligarles a limpiar lo ensuciado y a reparar sus destrozos, una buena lección para uno de estos rebeldes de poco cerebro sería convertir su habitación en una pocilga, estropear sus pertenencias más queridas, impedirle dormir cuando desee hacerlo y quitarle su dinero: así tal vez entienda los problemas que está causando a otros. Pero la ley les enseña que no pasa nada, que vale todo, y que si además son menores son intocables.

Como las calles son públicas, los ayuntamientos, teóricos propietarios, deben decidir entre los usos conflictivos de las mismas, pero lo hacen de forma uniforme para todos, sin permitir decisiones locales más informadas y con mejores incentivos. Además no son eficientes en la utilización de sus fuerzas de seguridad. Si las calles son privadas y se respeta el derecho de los propietarios a imponer normas de comportamiento y a excluir a quienes consideren conveniente, quien decida vivir en un área determinada sabe a qué atenerse según las reglas y costumbres locales; a los alborotadores, a los delincuentes y a todos aquellos que no son bienvenidos simplemente no se les permite el acceso, y así se evitan los conflictos.

Los jóvenes amantes de la juerga callejera pretenden que no tienen alternativas y que deben ser los poderes públicos los que les resuelvan sus problemas. Si los bares de copas son tan caros o no son de su agrado, ¿no será eso una oportunidad de negocio para jóvenes emprendedores? ¿No pueden buscarse un empleo con el cual financiarse su esparcimiento sin recurrir a la confiscación del dinero ajeno? ¿No hay cines, teatros, espacios naturales, bibliotecas, instalaciones deportivas, domicilios particulares donde organizar fiestas privadas?

Los políticos se ofrecen para "resolver" los problemas que ellos mismos han causado. Los poderes públicos, en lugar de enseñar la importancia del derecho de propiedad, de no agredir a los demás, recurren una vez más a la moralina puritana y a medidas prohibicionistas absurdas: prohibir el alcohol a los menores de edad significa provocar una transición brusca y arbitraria a la mayoría de edad, se pasa instantáneamente de la prohibición absoluta al todo vale, no es posible el aprendizaje gradual en el seno familiar. Como con todas las drogas, los mayores problemas vendrán de su ilegalización. La inmadurez y la estupidez del que no sabe controlar el alcohol son propiciadas por los propios gobernantes que tratan a los ciudadanos como niños incapaces.

 


Libertad Digital La Revista Economía e Ideas - 18 de marzo de 2002

Sobre la regulación eléctrica

Los que se oponen a la liberalización total del sistema eléctrico europeo argumentan que el ejemplo de la fallida desregulación del mercado eléctrico en California demuestra que es un sector estratégico especial que no puede funcionar adecuadamente sin regulaciones estatales. Según los enemigos de la libertad fueron los fallos inherentes a un mercado libre los que causaron los apagones propios de un país no desarrollado.

Un economista inteligente sabe que un mercado libre no puede fracasar tan rotundamente en el ajuste entre la oferta y la demanda de un bien o servicio. Es una burda falacia afirmar que el mercado libre de la electricidad no funcionó en California: nunca hubo un mercado libre respetuoso de la propiedad privada y de los contratos voluntariamente pactados. Nunca hubo una desregulación: la ley californiana de 1996 trataba falsamente de la desregulación del mercado eléctrico, pero en realidad era un cambio de unas regulaciones malas por otras nefastas. Los que insisten en este mito no hacen más que repetir tópicos de forma irreflexiva y sin conocimiento de causa. Los políticos del estado socialista de California sabotearon sistemáticamente a su propia industria eléctrica, y cuando llegaron los problemas culparon a los empresarios y al mercado.

Los precios de venta de electricidad al por mayor (de los productores a los distribuidores y comercializadores) habían sido parcialmente desregulados, pero los precios de venta al por menor (a los consumidores finales) seguían rígidamente regulados. Hubo dos condados donde la desregulación fue prácticamente total, y los precios de la energía en ellos aumentaron enormemente al competir por ella los distribuidores de otros condados.

Los precios máximos impidieron su libre variación y provocaron un grave desajuste entre oferta y demanda de energía eléctrica. Con precios máximos bajos los consumidores no tenían incentivos para ahorrar y los políticos sólo podían recurrir al patético recurso de apelar al civismo de los californianos para que voluntariamente decidieran utilizar menos electricidad. En este caso el consumidor asume el coste de renunciar al consumo deseado y sólo obtiene beneficios si un número suficiente de ciudadanos hace lo mismo para evitar las sobrecargas de la red y los apagones; pero como la acción de una persona tiene un efecto mínimo para resolver el problema global y unos costes concentrados en ella, es difícil que se produzca. Es más racional esperar que sean los demás quienes restrinjan su consumo. Los precios altos de un bien permiten que éste se asigne a quienes más urgentemente lo desean, a los usos más esenciales y valiosos; los primeros en dejar de consumir son los compradores marginales, que son quienes menos lo valoran. Los precios altos indican a los empresarios que es rentable producir más electricidad o redistribuirla desde zonas con precios más bajos, lo cual incrementa la oferta y tiende a bajar los precios.

Se argumentaba que los precios máximos servían para evitar que los avariciosos productores de otros estados obtuvieran enormes beneficios no merecidos a costa de los sufridos consumidores californianos. Se olvidaba que esos productores habían invertido previamente grandes cantidades de dinero para disponer de la capacidad de generación de energía necesaria, y que estaban en su perfecto derecho de solicitar los precios que estimaran conveniente y obtener el máximo posible de beneficios. Los que habían causado el problema que ahora iba a salir tan caro a los consumidores californianos eran sus políticos, que entonces se apresuraron a buscar chivos expiatorios. Si un vendedor no obtiene el precio solicitado simplemente no vende (a menos que se le obligue coactivamente a hacerlo, lo cual es un robo), con lo cual ambas partes resultan perjudicadas, pero sobre todo el consumidor, a quien no se le permite pagar más aunque esté dispuesto a hacerlo.

Las regulaciones medioambientales habían impedido la instalación de más capacidad generadora de energía. La oferta de energía permaneció básicamente constante por culpa de ecofanáticos opuestos a las centrales nucleares, a las presas hidroeléctricas y las plantas de carbón. No se instalaron nuevas plantas generadoras e incluso algunas fueron desmanteladas. Las plantas de gas natural promocionadas son más caras, de modo que los inversores tenían difícil animarse a instalarlas; además California está mal conectada mediante gasoductos con el resto del país, y al depender tanto del gas natural su precio se disparó, con lo cual aumentó el coste de producción de energía.

La población creció y también el consumo per cápita debido al progreso económico, por lo cual subió la demanda de energía. Los distribuidores estaban obligados por ley a suministrar toda la energía que reclamasen los consumidores al precio fijado por el estado, y sólo podían restringir el acceso a la red si peligraba la integridad de la misma. Por eso la red eléctrica solía estar al límite de su capacidad y en ocasiones se saturaba.

Una demanda creciente, una oferta restringida y controles de precios son los ingredientes necesarios para la escasez catastrófica o desabastecimiento de un bien. Los precios mayoristas se dispararon, pero las empresas comercializadoras de energía no pudieron tocar los precios de venta a los consumidores: mayores costes e iguales ingresos provocan pérdidas y llevan eventualmente a la quiebra. Los productores de energía de otros estados dejaron de suministrarla cuando percibieron que no iban a cobrar.

Prácticamente todas las medidas políticas ante esta crisis energética contribuyeron a agravar el problema: endeudamiento, subidas de impuestos, más regulaciones dañinas. Por ejemplo los políticos obligaron a los participantes a establecer contratos a largo plazo, con la pretensión de evitar los picos puntuales de precios altos. Consiguieron lo que era de esperar, que poco tiempo después cuando los problemas energéticos se habían suavizado los precios acordados fueran mucho más altos que los precios día a día del mercado. Ahora están intentando rescindir los contratos que ellos mismos forzaron. Resulta especialmente llamativo que la ley presuntamente "desreguladora" había prohibido los contratos a largo plazo (para evitar colusiones entre los participantes), forzando la negociación minuto a minuto y obligando al mercado a sufrir sin posible arreglo todo tipo de volatilidades.

 


Libertad Digital - 20 de marzo de 2002

Movilidad laboral

Cualquier persona valora positivamente tener un trabajo que le guste, bien pagado y cerca de su domicilio. Pero en el mundo real esto no siempre es posible. Hay trabajos que contribuyen a la realización personal, pero también hay tareas desagradables o poco reconocidas socialmente. Los salarios no pueden fijarse de forma caprichosa independientemente de las realidades económicas. Es la oferta y demanda de puestos de trabajo específicos la que determina los salarios. Un empresario ofrece un empleo a un trabajador si éste produce más de lo que le cuesta en salarios e impuestos. El trabajador debe tener alguna habilidad que le haga valioso en el mercado laboral, y en una sociedad libre es responsabilidad suya el obtener la capacitación adecuada. Algunos trabajos pueden realizarse desde el propio domicilio, pero muchos otros requieren la presencia de los empleados en un centro laboral, para lo cual deben trasladarse diariamente al mismo. El dueño de una fábrica debe situarla en algún sitio, el cual estará más o menos cerca de la residencia de sus trabajadores.

En un mercado libre cada participante, respetuoso de la propiedad ajena, intenta obtener el mejor empleo posible, pero casi siempre es necesario asumir costes, renunciar a algo para obtener otra cosa más valiosa. Si un trabajo es muy atractivo puede resultar interesante el cambiar de domicilio e incluso cambiar de ciudad, provincia o país de residencia. Una persona libre corre con sus gastos y no exige que los demás le financien la solución de sus problemas. Desgraciadamente no vivimos en una sociedad libre. Sufrimos un Instituto Nacional de Empleo que fracasa sistemáticamente en su cometido pero que se mantiene para beneficio de sus burócratas. Padecemos políticos demagógicos que se dedican a transferir coactivamente riqueza para obtener votos y obstaculizan constantemente la empresarialidad humana.

En un mercado libre la existencia de una región con mucho paro puede ser un estímulo para que diversas empresas se instalen allí si los trabajadores locales aceptan salarios bajos competitivos que reflejen la escasa productividad. Cuantas más empresas se aprovechen de este hecho, mayor será la competencia por la mano de obra y crecerán los salarios. No sucede así porque no tenemos un mercado libre y las empresas encuentran todo tipo de trabas y regulaciones absurdas contrarias a la eficiencia. Las regiones más pobres coinciden con las menos libres y menos dinámicas, las más estatizadas.

Ahora se pretende facilitar la movilidad laboral subvencionando al trabajador que acepte un empleo lejos de su domicilio. Subvenciones que saldrán de la confiscación de riqueza a los contribuyentes. Conviene recordar una serie de hechos políticamente incorrectos: no hay un derecho ético a un subsidio por desempleo; no existe el derecho a vivir siempre en el lugar de nacimiento a costa de los demás; los trabajadores honrados suelen invertir tiempo, dinero y esfuerzo en formarse y adquirir experiencia para poder optar a empleos atractivos; si uno no tiene habilidades profesionales debe aceptar trabajos humildes y tal vez poco interesantes; la vivienda es cara por las intromisiones estatales, regionales y municipales en los mercados del suelo y por la falta de libertad de contratación y de seguridad jurídica en los alquileres; la escasez de puestos de trabajo es causada por el intervencionismo económico.

 


Libertad Digital La Revista Economía e Ideas - 11 de junio de 2002

La irrelevancia de lo individual

El pseudointelectual colectivista José Vidal-Beneyto afirma que "el hiperindividualismo de las sociedades contemporáneas nos enclaustra en la irrelevancia de nuestros problemas individuales y nos condena al solitario desamparo de una identidad hermética y estrictamente confinada en nuestro perímetro personal". Resulta sorprendente que un necio de tal calibre pueda escribir semejantes tonterías en un diario de máxima difusión: es una señal inequívoca de la escasa inteligencia y la nula capacidad de análisis crítico de los progresistas, tanto de quien escribe como de quienes lo leen y lo alaban.

Una característica obvia de las sociedades actuales es la enorme y creciente facilidad para establecer y mantener relaciones personales y sociales. Los avances tecnológicos y la acumulación y mejora de medios de comunicación y de transporte producen una civilización cada vez más interconectada, rica y compleja: abundan las influencias mutuas, las fertilizaciones cruzadas, los intercambios comerciales y culturales. Las personas no tienen por qué vivir enclaustradas en ámbitos herméticos y estáticos, sin posibilidad de evolucionar, de crecer y desarrollar su identidad; no están condenadas a permanecer para siempre en ámbitos limitados y empobrecedores. La soledad y el aislamiento son opcionales, no impuestas por la escasez de medios o por la coacción.

Para un socialista cualquier individualismo es hiperindividualismo. Los problemas individuales son irrelevantes. Al afirmar esto demuestran que los demás, uno por uno, no les importan en absoluto. El colectivista se disfraza de benevolente desinteresado, pero en realidad es un criticón entrometido que sistemáticamente desprecia las decisiones ajenas. Para él sólo merecen atención sus disparatadas observaciones acerca de la realidad. Observaciones que además son contradictorias, ya que si no hay problemas individuales entonces tampoco hay problemas colectivos (problemas individuales que afectan a muchos individuos). Basta con conocer mínimamente a los seres humanos para saber que suelen tener una componente egoísta, pero que también se preocupan por los demás, por sus familiares, por sus amigos, incluso por completos desconocidos cuyos sufrimientos pueden afectarles en mayor o menor medida.

Es el individuo el que percibe los problemas, piensa, decide y actúa. El colectivista pretende hablar en nombre del grupo, pero en realidad impone su visión particular sobre la de otros individuos. Si, como él mismo afirma, sus propios problemas carecen de importancia, ¿por qué parece vivir Vidal-Beneyto en un permanente estado de amargo resentimiento contra las libres opciones ajenas?

 


Libertad Digital La Revista Economía e Ideas - 18 de junio de 2002

Huelga o libertad

La libertad no es hacer lo que a uno le salga de las narices, coaccionando a los demás o incumpliendo pactos libremente acordados. No existe un derecho ético a quebrantar contratos, sino todo lo contrario, su vulneración es un delito. Que diversas constituciones incluyan la huelga como un derecho fundamental es una más de las muchas contradicciones de la socialdemocracia. Después de muchos años de activismo y violencia sindical, los políticos claudicaron ante sus pretensiones liberticidas (o se aliaron con ellas y las celebraron), para obtener la "paz social" (o sea, para evitar los alborotos de los camorristas organizados).

El colectivista sólo acepta la versión de la democracia que puede adulterar con todas las trampas posibles: no se conforman con votar en las elecciones, también quieren poder determinar la elaboración de las leyes en contra de los resultados electorales. No tienen los votos pero quieren el poder, y acusan a quien tiene más votos (mayoría absoluta) de abusón antidemócrata. El sindicalista no representa apenas a nadie pero pretende ser el único auténtico demócrata; no produce nada de valor pero mama seguro y arrogante de la teta del estado. ¿Para qué votan los ciudadanos a sus representantes políticos si luego estos deben pedir permiso para todo lo que hagan (lo llaman "diálogo social" y "búsqueda de consenso") a una minoría de privilegiados que se nombran a sí mismos de forma unilateral interlocutores sociales? El sindicalista desprecia al individuo, sólo cree en el rebaño de borregos dirigidos por su sabia mano pastoril, es un burócrata ignorante incapaz de ser creativo o asumir riesgos de forma responsable.

El único derecho humano genuino y legítimo es el derecho de propiedad. Todos los demás derechos surgen exclusivamente de compromisos voluntarios entre individuos. No existe ningún derecho social, sólo derechos individuales compartidos por muchos individuos. Si un grupo de personas decide formalizar su solidaridad y cohesión interna mediante mecanismos como seguros de desempleo o diversas subvenciones, están en su perfecto derecho siempre que la participación en la asociación sea libre y voluntaria. El engañosamente llamado estado del bienestar se impone por la fuerza, no permite decisiones individuales sobre la colaboración en el mismo: es deseable toda acción legal, por tímida que sea, que tienda a terminar con la perversión institucional de la solidaridad.

Es fácil y demagógico presentar al empresario como explotador y al trabajador como honrado sufridor: hay muchos más trabajadores que empresarios, se obtienen más simpatías y votos estando del lado de la mayoría. Se olvida que nadie prohíbe al trabajador convertirse en empresario, y que los empresarios también se sacrifican, trabajan, se arriesgan y no siempre triunfan. Los derechos laborales no pueden imponerse legalmente, inventándose a partir de la nada, sino que surgen de la negociación a cambio de la demostración de la productividad del trabajador. Sin productividad no hay beneficios, sin beneficios no hay empresas, y sin empresas no hay creación eficiente de riqueza.

Los sindicalistas hablan del trasvase de rentas de los trabajadores a los empresarios pero esto es sólo para despistar. Lo que estos parásitos establecidos pretenden es el trasvase de rentas de los productivos, trabajadores y empresarios, a los improductivos: sindicalistas, funcionarios, subvencionados varios. Eliminar o limitar el subsidio de desempleo no equivale a criminalizar el paro. La libertad es el remedio contra el desempleo: en un mercado libre el trabajo es un bien escaso fundamental y no hay paro involuntario sistemático. Y que no les vendan el cuento de que ahora hay mercados libres y aún hay paro: lo cierto es que no hay mercados libres, abundan las intervenciones, regulaciones, confiscaciones y obstáculos a la empresarialidad humana.

La tolerancia de los sindicalistas se comprueba al ver cómo promocionan su convocatoria de huelga: paralizando el transporte para que la gente se quede en casa, destruyendo los cerrojos de las tiendas para que no puedan abrir, coaccionando mediante piquetes organizados a los timoratos, controlando los medios de comunicación para que hablen en su favor. Todo para no enfrentarse con la realidad y que parezca que muchos les apoyan. Las manifestaciones sindicales son muy llamativas, y es fácil olvidarse de lo que no se ve: la enorme cantidad de gente que no se agrupa detrás de sus pancartas.

 


Libertad Digital - 21 de junio de 2002

Observaciones sobre la huelga

Piquetes formando barricadas para impedir el tráfico, quemando contenedores, esparciendo basuras. Piquetes que bloquean el paso a los trabajadores a su centro de trabajo. Son presuntamente pacíficos porque no golpean a nadie, sólo se unen en rebaños para cortar el acceso. Si impidieran salir a alguien de un lugar se les llamaría secuestradores, pero como sólo bloquean el paso son obstáculos al progreso. Obstáculos que conviene derribar. Descerebrados sin educación insultando sin ninguna gracia a los heroicos esquiroles que escapan de sus garras.

Piquetes diciéndoles a los cámaras de televisión lo que deben filmar y lo que no, no sea que el ciudadano pacífico pueda contemplar abiertamente la brutalidad sindical. Piquetes que pasan lista para sólo permitir el paso a los trabajadores adscritos a los servicios mínimos, de modo que estos se convierten en servicios máximos, la huelga pasa de ser un derecho a un deber y se agrede el derecho del trabajador a decidir por sí mismo si trabaja o no.

Cánticos sindicales que afirman que ellos van a conseguir que todo el mundo pare, que todas las tiendas cierren, con amenazas poco sutiles de violencia. En las elecciones se vota en un ambiente políticamente aséptico: durante el día anterior y el mismo día de las elecciones no se fomenta ninguna opción política. ¿No han tenido hasta el día clave suficiente tiempo los que apoyan la huelga general para persuadir a los ciudadanos? ¿Para qué hacen falta piquetes informativos si han tenido todo el tiempo del mundo para a priori deformar la realidad a su gusto? Parece que todo su poder de convicción se consigue con la demostración ostensiva de sus puños.

Guarros incívicos que se llaman a sí mismo sindicalistas deteriorando espacios públicos con sus pintadas, sus pegatinas y sus folletos tirados por los suelos (¿quizás porque a casi nadie le interesa leer sus estupideces?). Tanto pretender que defienden lo público y son incapaces de mantener limpias calles y paredes.

Líderes sindicales, socialistas y comunistas incapaces de reconocer su fracaso y felicitándose mutuamente encantados de haberse conocido. Sindicalistas organizados, burócratas del colectivismo, profesionales del activismo callejero, llamando la atención, haciendo como que son muchos y que tienen razón mayoritaria. Lo que les sobran son motivos: defienden todos sus privilegios de liberados y subvencionados con uñas y dientes.

Pero es más importante lo que no salta a la vista: muchísimos más ciudadanos pacíficos que intentan trabajar sin llamar la atención y sin imponerse coactivamente a los demás. Y es una lástima que los que se oponen a la huelga no se unan y manifiesten para abuchear a los parásitos y para defenderse de sus agresiones.

 


Libertad Digital - 3 de septiembre de 2002

Desarrollo insostenible

Un sistema capitalista de mercado libre produce siempre un desarrollo sostenible. Los recursos naturales se utilizan si es económicamente viable hacerlo. Cuando un recurso escasea su precio tiende a incrementarse, lo cual puede conducir, según cómo evolucione su demanda, a que se dediquen más medios para su obtención, a que se utilice de forma más eficiente sólo para los fines más valiosos o a que se abandone su uso y sea sustituido por otras alternativas más competitivas.

La acumulación de capital y el desarrollo continuo de las tecnologías de producción incrementan la eficiencia y la productividad del trabajo humano y liberan a las personas de la dependencia de los a menudo imprevisibles ciclos naturales de regeneración. El hombre no sólo consume como un parásito o depredador, sino que contribuye de forma activa a la generación de vida. Más población humana no significa necesariamente más problemas.

En una sociedad auténticamente libre los residuos, basuras y todo tipo de sustancias tóxicas indeseables son tratadas de forma adecuada para no agredir a los demás. No se trata de que el que contamine pague al estado (el cual permite que unos vean deterioradas sus condiciones de vida para beneficio de otros), sino de que nadie pueda violar impunemente la propiedad ajena. Una sociedad inteligente utiliza el conocimiento científico de forma crítica y consciente, sin dejarse alarmar por agoreros catastrofistas.

El desarrollo es insostenible cuando es manipulado de forma coactiva por políticos demagogos y burócratas aferrados a sus privilegios. Los problemas del mundo actual se deben a los obstáculos estatales a la legítima asignación de derechos de propiedad y al funcionamiento de los mercados. Los aranceles y los subsidios proteccionistas (agricultura, industria siderúrgica, maderera, textil, etc.) sirven para mantener trabajadores ineficientes y actividades no competitivas (es decir, no sostenibles), beneficiando a unos pocos a costa de muchos.

El uso del agua potable, hace tiempo un recurso prácticamente inagotable, debe racionalizarse privatizando su control y permitiendo su compraventa a precios de mercado. Es absurdo que los agricultores obtengan agua a precios irrisorios mientras que algunas personas sufren restricciones para su consumo. Depender de la lluvia es arriesgado, como demuestran las sequías, y la desalinización del agua marina es a menudo una alternativa económica. Las instituciones públicas gestoras de recursos hídricos despilfarran el agua de forma sistemática, pero el estado aún tiene la desfachatez y la estulticia de pedir a los ciudadanos que ahorren agua cuando no pagan apenas nada por ella. Los precios de mercado son señales e incentivos adecuados para el uso eficiente de cualquier bien, pero los colectivistas en el poder se niegan a aceptarlo, porque va en contra de sus ideas absurdas y les quita su poder de decisión en nombre de los demás.

Los recursos pesqueros se agotan porque no se aplican los derechos de propiedad. Los seres humanos ya no son mayoritariamente cazadores y recolectores, sino ganaderos y agricultores. Lo mismo debe hacerse con los recursos marinos.

Las fuentes de energía a disposición de los seres humanos son variadas y abundantes. La contaminación real debe evitarse, pero es absurdo confundir gases de efecto invernadero (que tienen efectos aún no bien conocidos sobre el clima) con gases contaminantes, tóxicos para los seres humanos. Es irresponsable condenar a millones de personas a la pobreza por falacias ampliamente divulgadas como un presunto calentamiento global que es más mito que realidad. En cualquier caso el mercado libre, creativo y adaptativo, es la mejor respuesta ante los cambios en las condiciones de la naturaleza.

La ciencia económica muestra un problema más, de carácter extremadamente importante y fundamental, para que el desarrollo sea sostenible. Mientras que sean los estados quienes manejen el dinero y el crédito, la manipulación artificial de los tipos de interés confundirá a ahorradores, inversores y empresarios, comenzando proyectos que a la larga no serán sostenibles por falta de rentabilidad, lo cual llevará a crisis generalizadas, liquidaciones, pérdidas y desempleo: el ciclo económico, del cual se suele culpar de forma errónea a la irracionalidad de los mercados. Las causas del ciclo económico son conocidas por los auténticos economistas, pero los políticos, deshonestos e ignorantes, nunca harán caso: el poder de la emisión de moneda a cambio de nada es gigantesco y no es fácil renunciar a él.

 


Libertad Digital La Revista - 18 de octubre de 2002

Naomi Klein, islamismo y capitalismo

En el movimiento antiglobalización la manifestación hace la fuerza: abundan los rebeldes irreflexivos con causa pero sin cerebro que repiten tópicos sin sentido y que no dejan que la realidad les estropee un buen prejuicio. Semejante rebaño, con tantas tripas y tan poca cabeza, necesita pastores adecuados: escritores y habladores a quienes llamar pensadores o intelectuales suena a chiste, regurgitadores de falacias, sofisticados engañabobos, ídolos provocadores a quienes admirar en una adolescencia que nunca llegará a la madurez. Por sus tonterías los conoceréis.

Naomi Klein es una escritora canadiense autora del panfleto "No Logo: el poder de las marcas", en el que critica a las grandes multinacionales y al poder de la publicidad. Es una activista política que considera que los consumidores son memos manipulados como marionetas por malvadas corporaciones ansiosas por dominar el planeta y exprimirlo sin piedad. En unas recientes declaraciones ha puesto al mismo nivel lo que ella considera dos fundamentalismos esencialmente comparables: el islámico y el capitalismo de mercado. "¿Cómo descubrir a un fundamentalista? Es fácil: les encantan los sistemas; creen que con un sistema se pueden resolver todos los problemas; no hay más que rezar o ir de compras".

Un sistema puede entenderse como un método de actuación, una receta adecuada para conseguir algo, un algoritmo o estructura de acciones para alcanzar un objetivo. Si el sistema se diseña de forma adecuada es muy útil para la supervivencia y el éxito, ya que permite utilizar experiencia acumulada y conocimiento teórico para alcanzar objetivos de forma eficiente y no limitarse a dar palos de ciego de forma descoordinada. En el mundo de las ideas un sistema es una teoría de amplio alcance, una construcción intelectual formada por conceptos relacionados, estructurados, aplicables a múltiples casos particulares de la realidad. Un sistema científico aspira a la verdad, a la corrección, a la claridad, a la precisión, a la completitud, a la coherencia.

El capitalismo o sistema de mercado libre es un sistema en ambos sentidos: un método para producir y distribuir riqueza permitiendo la convivencia pacífica y armoniosa de muchos participantes con intereses y capacidades diversos, y una teoría científica que explica por qué y cómo el sistema social funciona. Equiparar al mercado libre, que permite la vida y el desarrollo de millones de personas, con el fanatismo islámico de las escuelas coránicas y los atentados terroristas, que mantiene en la ignorancia y la miseria a otros millones de infelices, es una clara señal de la necedad de esta despreciable juntaletras.

El liberalismo es pensamiento con premisas realistas y sólidas, lógica y rigor, no tiene nada que ver con el dogmatismo ciego y violento de los que están dispuestos a morir matando por odio. Es difícil que los líderes colectivistas lo entiendan porque no son exactamente brillantes y la verdad no les interesa, son incapaces de construir sistemas de conocimiento potentes, consistentes y aplicables a la realidad: manejan anécdotas, datos inventados o mal interpretados, y metáforas rayanas con la injuria criminal.

 


Libertad Digital - 30 de diciembre de 2002

Consumo y libertad

Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política, es un caso típico del intelectual colectivista que se cree moralmente superior y se pasa la vida sermoneando y difundiendo falacias burdas de forma sofisticada. Cree Cortina que estamos en la Era del Consumo "desde que nació la producción en masa haciendo necesario el consumo masivo en una parte de la humanidad". Ignorante suma en materia económica, no se da cuenta de que la producción en masa hace posible el consumo que las personas desean, no lo hace obligatorio: por eso algunas empresas quiebran, porque lo que producen no es suficientemente valorado por los consumidores. Los consumidores no son esclavos de los productores. No se consume para que otros produzcan, sino que se produce para que otros consuman.

Los colectivistas son metomentodo incapaces de aceptar la libertad de los demás para hacer pacíficamente lo que les dé la gana con su dinero. Desde hace milenios repiten lo buena que es la vida sencilla y contemplativa del que renuncia a casi todo y se abstiene de consumir. Pero no suelen predicar con el ejemplo.

Es la misma letanía crítica del consumo de todas las navidades, enunciada en plurales colectivos ilegítimos: consumimos demasiado, consumimos irreflexivamente, consumimos de forma no equitativa, consumimos por envidia, compramos por comprar, comercializamos el cariño. Como la primera persona del plural incluye al sujeto hablante, podemos deducir que la profesora Cortina es una pésima consumidora, por lo cual sorprende que quiera dar consejos a los demás. Y convendría que explicara cómo conoce tan bien las vidas ajenas para criticarlas de forma tan dura. ¿No será que simplemente repite tópicos obsoletos dirigidos a la parroquia de sus poco críticos fieles?

Cortina habla de construir una ética del consumo, tal vez para promocionar su último libro. Se pregunta si nuestro consumo es elegido libremente, justo en la distribución de bienes, y felicitante. Sorprende que no conozca las respuestas: somos libres si no nos agreden o coaccionan; hay justicia si se respetan los derechos de propiedad; todo consumo es a priori felicitante, y si uno se arrepiente puede aprender o utilizar las múltiples garantías de satisfacción de los vendedores. Se plantea "¿por qué los ciudadanos, por qué los protagonistas de la vida personal y compartida no asumen las riendas de su forma de consumir y la llevan hacia donde verdaderamente desean?" Es incapaz de imaginar que los ciudadanos son personas maduras que ya hacen todo eso, que no son "esclavos de voluntades ajenas", que sólo son esclavos de los colectivistas que viven cómodamente a costa de los productivos.

Cortina quiere educarnos en el consumo porque no somos racionales, no estamos informados, no sabemos relacionar calidad y precio, consumimos por hábito, por motivos inconscientes, por envidia, para consolarnos de nuestros fracasos, para mostrar una personalidad. Hay un consumo realmente ilegítimo que raras veces se critica: el que se basa en bienes robados, en dinero confiscado mediante impuestos, en subsidios obtenidos mediante coacción. Es el consumo de los políticos, de los burócratas, de los grupos parasitarios organizados. Es el consumo de Adela Cortina.

 


Libertad Digital La Revista - 10 de enero de 2003

Marina y el estado de bienestar

El filósofo Jose Antonio Marina cree que el estado del bienestar es un gran logro de la humanidad, "un proyecto de vida noble y arduo". Pero avisa de forma crítica que no debería fomentar, como está sucediendo, la comodidad y la cultura del gorroneo, la reclamación y la queja. Marina escribe mucho sobre ética pero desconoce lo fundamental del tema, que el único derecho humano universal es el derecho de propiedad. Por eso intenta diseñar un sistema que garantice los pseudoderechos generalmente aceptados hoy día, con la particularidad de insistir en exigir responsabilidades a cambio, en valorar el talento y el esfuerzo, una visión típicamente conservadora y paternalista.

Quiere debate y un acuerdo nacional sobre nuestro modelo de economía y globalización, "en el que participen fuerzas políticas, económicas, intelectuales y sociales". De forma ingenua, que revela su ignorancia de economía y elección pública, cree que puede compatibilizar la acción individual y el estado, el mercado y la política, "si existe un alto nivel de educación generalizada, un entorno que favorezca la innovación y aplauda al emprendedor, una Administración más eficiente y productiva, un clima alerta y estimulante en la nación entera y un desprecio feroz hacia los gorrones".

Un alto nivel de educación nunca se conseguirá con escuelas públicas dominadas por funcionarios interesados en mantener sus privilegios, ni con medios de comunicación estatales al servicio de la demagogia política. El estado no facilita en nada su labor al emprendedor, sino que le impide su labor con sus impuestos confiscatorios y sus absurdas regulaciones. La administración nunca se ha distinguido por ser eficiente y productiva. Si gorrones son los que viven por la cara a costa de los demás, prácticamente todos los beneficiarios de la redistribución estatal de riqueza son gorrones que reclaman derechos machaconamente repetidos pero realmente inexistentes.

Frente al liberalismo espontaneísta de Hayek propone lo que él llama un liberalismo radical, que no tiene nada de liberalismo ni de radical, es un colectivismo conservador. Pretende aumentar la libertad de cada ciudadano, pero para Marina "la libertad no consiste sólo en estar libre de injerencias, sino en tener capacidad de creación, en tener recursos intelectuales, físicos y económicos para ampliar las posibilidades de acción". Cree que puede existir un estado que promueva esta "libertad radical".

Marina confunde libertad y poder. Libertad es, aunque no le guste, ausencia de coacción, respeto a la propiedad. El poder de actuar significa tener medios disponibles, riqueza e inteligencia. La libertad facilita la creación de riqueza, pero el estado va en contra de ambas porque no crea riqueza, solamente la redistribuye robándosela a unos para dársela a otros (normalmente buscando réditos electorales), destruyendo una buena parte en el proceso y desincentivando su creación. Se nota que Marina se ha quedado en Hayek, que no ha estudiado praxeología y que no ha profundizado en los pensadores liberales más consistentes y sistemáticos, Mises y Rothbard.

Marina cae en todas las falacias de la presunta justicia social: cree que el estado protege a los ciudadanos (sin preguntarles si desean ser protegidos ni permitirles renunciar a sus mafiosos cuidados), que defiende los derechos laborales (prohibiendo la libertad de las relaciones contractuales), y que es posible la administración sabia del gasto público (olvida que quien mejor gestiona un bien es su legítimo propietario).

Marina es el ideólogo perfecto para el actual Partido Popular: habla de libertad sin creer en ella, y defiende con naturalidad el estado colectivista. Eso sí, en una versión diluida, que no suene a socialismo y que insista en los valores y la responsabilidad, que se supone que es lo que gusta a sus votantes.

 


Libertad Digital - 6 de febrero de 2003

Vivienda y socialismo

Respecto a "la escandalosa subida de los precios del suelo y de la vivienda" el diputado socialista Joaquín Leguina opina que la vigente Ley del Suelo supone "el triunfo de una ideología, la neoliberal en su versión carpetovetónica, que se ha alcanzado mediante la demagogia y la mentira". Cree el ladrón que todos son de su condición.

La izquierda en el poder municipal plantea el derecho a la vivienda en su sentido colectivista: que sean los gobernantes los que planifiquen de forma centralizada y coactiva la urbanización del territorio y organicen la construcción de vivienda "social" (como si alguna vivienda no lo fuera), entiéndase subvencionada para satisfacción de sus potenciales votantes, todo en contra del derecho de propiedad y mediante la confiscación impositiva. Creen que el mercado libre sólo puede producir infraviviendas o pisos y chalets de lujo. Olvidan que esas infraviviendas les han parecido adecuadas a sus propietarios al precio al cual se vendieron, y que si la calidad o el tamaño hubieran sido mayores tal vez no habrían podido permitírselas.

En un mercado libre los precios los fijan las leyes inexorables de oferta y demanda; leyes que no sólo no tienen nada de inhumanas sino todo lo contrario, son el resultado lógico de la naturaleza humana. Sólo los necios en materia económica creen que incrementar el suelo urbanizable disminuye automáticamente los precios de la vivienda. Las leyes de oferta y demanda son proposiciones "ceteris paribus", es decir que indican qué sucede al variar un factor si todo lo demás permanece constante, señalan cómo influye ese factor sobre el precio final del bien. Incrementar la oferta de suelo urbanizable tiende a bajar su precio, pero otros factores pueden intervenir simultáneamente de modo que el resultado final sea un incremento de su precio: el bajo coste financiero de la vivienda (interés hipotecario bajo por política monetaria expansiva, presuntamente para combatir la fase recesiva del ciclo económico), inversiones alternativas poco atractivas, incremento de la cantidad de población que demanda el bien (incremento local, segundas residencias de nacionales o extranjeros para turismo). Los precios de la vivienda habrían subido aún más si no se hubiera incrementado la oferta de suelo urbanizable.

Se plantea que la subida de precios de la vivienda es un problema gravísimo para quien quiere comprar una, pero se olvida que es una bendición para los propietarios dispuestos a vender. Tal vez porque los propietarios no votan socialista porque suelen ser menos colectivistas que los no propietarios. Los presuntos remedios socialistas son patéticos, y nunca olvidan "las exigencias del desarrollo sostenible", tal vez alarmados ante la posibilidad de que se agote el suelo urbanizable en un país como el nuestro de baja densidad de población. En las comunidades autónomas con gobiernos socialistas se recalifica terreno pero se obliga a los propietarios a construir en un plazo relativamente breve, de modo que deben obtener financiación para la construcción, y luego los beneficios de la venta de las viviendas (si los hubiere) se obtienen todos concentrados en el tiempo, lo cual obviamente incrementa enormemente la carga impositiva debido a su progresividad. Se impide que los propietarios decidan por sí mismos el momento adecuado para el desarrollo urbanístico de su suelo según sus deseos, necesidades y capacidades. Se condena la especulación (palabra tan malsonante como incomprendida), con lo cual se impide el ajuste intertemporal de precios.

Los colectivistas están naturalmente a favor de la planificación: ellos planifican y todos los demás obedecen, les guste o no, a sus mandatos coactivos. A Leguina le parece espantoso que todo el suelo sea urbanizable salvo excepciones, ya que eso le quita a él, como político que es, el poder discrecional de decidir sobre los bienes ajenos. Cuando durante tanto tiempo se ha controlado las vidas ajenas y se ha metido la mano en el bolsillo de los demás es difícil desengancharse del vicio.

Leguina acusa a los propietarios de suelo y a los promotores de agredir a los consumidores, de especular y fijar precios "en régimen oligopólico y monopólico", pero no da ni nombres ni datos ni explica si existe alguna barrera legal de entrada al sector. Parece creer que el precio del suelo no podrá bajar nunca, incluso que debe estar garantizado que su incremento será mayor que otras inversiones alternativas. Es el negocio perfecto, nunca hay pérdidas y las ganancias son siempre las máximas posibles; tiene que haber bofetadas por participar. Y es que Leguina afirma rotundamente que "en un mercado de este tipo, fijado el precio por el monopolista, siempre hay alguien dispuesto a comprar" como inversión. Si el señor Leguina me asegura de forma contractual este chollo yo seré ese alguien. Pero si un día se desinfla la burbuja inmobiliaria a muchos se les va a poner cara de tontos sorprendidos. Conviene preguntarse cómo es que el precio no es ya infinito si se fija de forma unilateral. O por qué vender hoy si mañana el beneficio será mucho mayor con toda seguridad.

Leguina habla de la "invasión de nuevos territorios" como si urbanizar fuera un acto de barbarie. Lo que a él le molesta es lo qué el llama urbanización "indiscriminada", que es aquella en la que los ciudadanos deciden qué hacer con sus terrenos y con su dinero. Leguina quiere una urbanización discriminadora en la cual él sea quien discrimine: tú aquí sí puedes urbanizar, tú allí no (tal vez por antipatía, por no tener el carnet del partido o los contactos adecuados, o por simple mala suerte).

Leguina acusa a los promotores de delincuentes, de "maquinación para alterar el precio de las cosas", pero dice que son demasiado poderosos y que nadie los va a denunciar, ni siquiera a nombrar. Qué manera tan cobarde de tirar la piedra y esconder la mano, sobre todo por parte de un político con inmunidad legal y que durante tanto tiempo tuvo el poder de castigar a los malhechores.

 


Libertad Digital - 24 de marzo de 2003

Manifestaciones violentas

La izquiera colectivista, rancia y caduca, exige cuando le conviene el respeto de la legalidad internacional pero es incapaz de cumplir con leyes locales sensatas que facilitan la convivencia. Convocan manifestaciones no autorizadas y cortan el tráfico con la chulería y el desprecio a los demás de quien está fanáticamente convencido de su superioridad moral. Piden democracia y cuando no les gusta el resultado de las elecciones toman la calle por la fuerza.

Vemos en los medios de comunicación abundantes imágenes de las movilizaciones callejeras, con su dramatismo y su intensidad. Pero no vemos los cuantiosos daños que causan: las miles de personas atrapadas en atascos interminables, las pérdidas de tiempo, la impotencia y la rabia contenida de aquellos a quienes les gustaría partirles la cara a quienes les cortan el paso sin motivo. Para los colectivistas la propiedad es un robo, pero en cuanto surge la ocasión se apuntan a lo de “la calle es nuestra”. Vemos a tantos que vociferan el “No a la guerra”, pero no vemos a millones que tienen opiniones más calmadas y sensatas y sobre todo menos simplistas. Un asunto tan complejo no se resume en tan pocas palabras.

El coordinador general de IU, Gaspar Llamazares, afirma que “la ciudadanía no se da por vencida frente a un ataque contra un pueblo indefenso”. Confunde a sus pocos simpatizantes con el conjunto de los ciudadanos, hablando presuntamente en nombre de millones de personas. Y confunde también a un pueblo oprimido a quien se intenta liberar con el mínimo posible de daños colaterales con los indeseables miembros de la casta opresora.

Desgraciadamente la inmensa mayoría de los periodistas, educados en lo políticamente correcto y siguiendo su instinto de rebaño, les hacen el juego a los demagogos de forma poco reflexiva. Un reportero comenta que “los manifestantes quemaron contenedores como respuesta a la acción policial”, haciendo que un acto de vandalismo por parte de unos salvajes descerebrados parezca una acción de diálogo o de defensa ante una agresión.

 


Libertad Digital - 18 de septiembre de 2003

Comparando libertades con Europa

El presidente de la Confederación Española de Comercio (agrupación del pequeño y mediano comercio), Miguel Ángel Fraile, ha asegurado que en ningún caso su sector va a consentir la liberalización total de horarios comerciales: “la situación actual es buena, y no hay por qué cambiarla”; “el consumidor español no necesita horarios comerciales más amplios ya que es el mejor atendido de la Europa occidental”. ¿Quiénes se creen que son los pequeños comerciantes para consentir o no que otros comercios utilicen libremente sus recursos para satisfacer mejor a los consumidores? ¿Desde cuándo un grupo de interés está legitimado para dictar las leyes que deben cumplir los demás ciudadanos?

El señor Fraile parece creer en valoraciones absolutas u olvida mencionar para quién es buena la situación actual: obviamente se trata de sus asociados, que por eso no aceptan cambios que les obliguen a competir más libremente con las grandes superficies. También conoce, aunque no explica cómo, las necesidades de los consumidores españoles, y sabe que no necesitan comprar en domingo; sorprende que haya tantas empresas dispuestas a arriesgar su dinero en demostrar lo contrario. Y como quien no tiene argumentos adecuados debe echar balones fuera, pretende de forma chulesca y arbitraria que somos los mejor atendidos de Europa: ¿podría ser porque allá están muy mal atendidos?; ¿implica nuestra mejor posición que no tenemos derecho aquí a estar aún mejor atendidos también los domingos?

Mientras tanto Radio Televisión Espantosa sigue perdiendo ingentes cantidades de dinero, recibiendo fabulosas subvenciones con cargo a los bolsillos de los españoles, compitiendo deslealmente de forma desvergonzada con las televisiones privadas y acumulando una deuda completamente impagable. Todo sea por el servicio público, es decir para que políticos, sindicalistas, burócratas y artistas del régimen puedan servirse a costa del público. Y todo ello pretendiendo que es la televisión de todos y cada uno, pero no hay manera de vender mi participación y conseguir así que dejen de enviarme la factura.

Pretenden mantener los actuales niveles de audiencia e incrementar ingresos publicitarios: ahora la cultura ya no es lectura sino contemplar telebasura, y el consumismo ya se sabe que es esencial para el bienestar económico. “RTVE es el operador público radiotelevisivo que resulta más barato para la ciudadanía en el panorama europeo y también en comparación con los operadores públicos autonómicos”. Gracias por robarnos menos que lo que nos roban otros.

 


Libertad Digital - 7 de febrero de 2007

Películas Gore de vísceras climáticas

Al Gore, que se ha reinventado como misionero activista del credo ecologista más apocalíptico y catastrofista, se ha referido al "mayor problema actual de la humanidad: el calentamiento global"; "tenemos todo lo necesario para salvar el planeta excepto la voluntad política, pero ésta es un recurso renovable y los ciudadanos tenemos la responsabilidad de asignarlo". Lo que no deja de ser una desgracia, porque viviríamos mucho mejor si ese "recurso" se agotara pronto.

Los climatólogos predicen, con sus todavía limitados datos y modelos, que la temperatura media del planeta puede aumentar en torno a dos grados en los próximos cien años, debido en parte al crecimiento de la concentración atmosférica de gases de efecto invernadero por el uso de combustibles como petróleo, carbón y gas natural (además de cambios de usos del terreno y otras variables naturales como la actividad solar o los volcanes). Las predicciones de mayores incrementos no son realistas, pero se enfatizan para llamar la atención. Los climas locales pueden variar de formas diversas, pero el efecto general es que el incremento principal de la temperatura se produce en las zonas y momentos más fríos (latitudes altas, en invierno y de noche). Seguramente habrá más olas de calor, pero también disminuirán las olas de frío (¿por qué será que esto no se menciona mucho?) y se alargarán las temporadas útiles para la agricultura.

Se habla mucho de la temperatura, pero es un factor al que el ser humano se adapta con facilidad, como muestran las estaciones y los viajes entre lugares con climas distintos. Más importante es el régimen de precipitaciones, que tenderán a aumentar (más calor, más evaporación, más lluvias), aunque localmente puedan empeorar las sequías. El problema del agua, sin embargo, no es que no llueva, sino la falta de derechos de propiedad y un mercado para ella, que es lo que provoca el despilfarro agrícola y las peleas entre comunidades por recibir agua gratis o fuertemente subsidiada.

La incertidumbre es alta respecto a la incidencia sobre los fenómenos climáticos extremos (huracanes, inundaciones). Las aseguradoras alertan de los incrementos de los pagos por daños, pero estos se producen principalmente porque cada vez hay más riqueza asegurada. El crecimiento del nivel del mar será de unos pocos milímetros por año, sobre todo por expansión térmica (dilatación), y no tanto por fusión de hielo. No importa que el Ártico se derrita porque es hielo flotante: Groenlandia no está cambiando mucho y la Antártida tampoco. Un proceso tan lento y suave no es una amenaza terrible para la especie humana. Nada que ver con un tsunami.

Los ecologistas intervencionistas no parecen aceptar que el cambio climático puede tener efectos positivos. Los problemas los tienen las personas según sus circunstancias y valoraciones particulares, y algunos preferirán más calor y otros más frío. Si tuviéramos el poder de decidir el clima, ¿cómo debería ser? ¿Debería ser un delito alterarlo? ¿No hay agresiones más directas y serias?

Los progresistas suelen hablar de cambio y revolución, pero respecto al clima se transforman en reaccionarios: parece que casualmente vivíamos en un óptimo climático que no debemos alterar por ningún motivo, no importa el coste. A no ser que ese precio sea emplear la demonizada e incomprendida energía nuclear, momento en el que a muchos les puede la fobia e insisten en el viento (que sopla cuando quiere y no precisamente cuando hace falta) y el sol (que nos da mucha energía pero muy difusa) como fuentes de energía del futuro. Pero vivimos en el presente y aunque son técnicamente factibles aún son mucho más caras.

Para intentar cubrir el flanco económico recientemente se ha publicado el informe Stern, que ahora los ecolojetas repiten como un mantra: "1% de costes, 20% de beneficios". Se trata de un encargo político cuyo resultado final se consigue manipulando datos y modelos, o sea, haciendo trampas: exagerando los daños, minimizando los beneficios, minusvalorando la capacidad espontánea de adaptación (la no dirigida por los políticos) y, sobre todo, falseando las preferencias temporales de los individuos (preocuparse más por el presente que por el futuro lejano).

El ecologista escéptico Bjorn Lomborg (con quien Gore y muchos otros no se atreven a debatir) ya elaboró hace pocos años su proyecto de Consenso de Copenhague, en el cual prestigiosos científicos y economistas indicaron que evitar el cambio climático era el objetivo colectivo menos inteligente a intentar debido a sus enormes costes e inciertos y escasos resultados. Hay posibilidades más serias para ayudar a la humanidad como las enfermedades (malaria, sida), la pobreza, el agua potable, el hambre...

Los críticos de la moda ecologista solemos ser acusados de mercenarios a sueldo de oscuros intereses (tan negros como el petróleo y el carbón). Aparte de que es casi siempre falso, que fuera cierto no eliminaría la necesidad de rebatir los argumentos. Y conviene no olvidar que en esta campaña contra el cambio climático no sólo hay ingenuos moralistas empeñados en decirles a los demás cómo vivir (siempre consumiendo menos), también abundan los desvergonzados cazadores de rentas (subsidios a las energías renovables, regulaciones que dañen a la competencia, etc.).

Según Gore, "tenemos que preguntarnos cómo queremos que nos recuerde la historia. Si como los que fallamos y destruimos el planeta o como una generación grande que tuvo valor para hacer cambios difíciles". Megalómano como es, asume que la historia va a recordarle y vive para ello. Pero alterar el planeta no es sinónimo de destruirlo, que es bastante más difícil de lo que parece. Ya que menciona al futuro (nuestros hijos y nietos dan el toque emocional adecuado), conviene pensar que el crecimiento de la riqueza es tal que las generaciones futuras serán mucho más ricas que nosotros y les costará entender cómo tanta gente quería que los pobres actuales se sacrificaran en favor de los ricos del futuro.

También para el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, el cambio climático es "el reto más importante de la humanidad". Una lumbrera. Ya han propuesto a Al Gore para el Nobel de la Paz y el Príncipe de Asturias. Qué bajo han caído algunos galardones.

 


Libertad Digital - 20 de febrero de 2007

Talante intolerante

Perla del ministro de trabajo Jesús Caldera: "No voy a consentir que se ponga en duda el futuro del sistema de pensiones, porque está plenamente garantizado. No sólo eso, sino que las pensiones, en el futuro, serán mejores para todos. No cabe la menor duda. Se equivocan quienes piensan que el sistema no será sostenible, como se equivocaron en predicciones anteriores."

Entre los fundamentos epistemológicos del conocimiento científico están el escepticismo (la duda) y el análisis crítico; un componente esencial de la libertad es la tolerancia, especialmente hacia lo que dicen los demás. Caldera no es ni un intelectual ni un liberal y se nota: no tolera la duda, ni siquiera la más pequeña.

Las pensiones ya están en quiebra porque no existe un fondo de activos productivos para pagar a los actuales cotizantes. Lo que hay en el sistema actual de reparto es la promesa informal de que si se dejan confiscar ahora parte de su riqueza (para entregársela a los pensionistas de hoy), en el futuro el gobierno confiscará la riqueza de otros para dársela a ellos (salvo que a los políticos les resulte electoralmente rentable cambiar de opinión o sea imposible cumplir su compromiso).

Las pensiones públicas son inestables y su final promete ser catastrófico: el sistema no tiene grandes problemas cuando aún es posible modificarlo (cuando hay muchos cotizantes y pocos pensionistas), y es políticamente muy difícil cambiarlo conforme se aproxima el desastre (cuando hay muchos pensionistas y trabajadores a punto de serlo que no quieren reformas dolorosas, y pocos cotizantes lejos de la jubilación, que es el futuro de la población cuando se difumine el efecto transitorio de los inmigrantes).

Tal vez Caldera tenga razón: no hay que dudar sobre la viabilidad futura de las pensiones estatales; podemos estar plenamente seguros de que son insostenibles, y si alguien insiste en dar plenas garantías tenemos buenas razones para sospechar que se trata de un intento de ocultar un sistema fraudulento (en este caso una estafa piramidal). Y es que el problema principal del sistema de reparto es que viola el derecho de propiedad y no es ético; además de insostenible.

 


Libertad Digital - 6 de marzo de 2007

Guapas, tramposas y lloronas

Ángela Bustillo, humilde joven trabajadora aspirante a actriz y modelo, acaba de ser desposeída de su título de Miss Cantabria al descubrirse su condición de madre. Marian de la Fuente fue desposeída en 1984 del título de Maja de Cantabria tras saberse que estaba casada y tenía una hija, lo cual iba contra las normas del concurso. Según Marian “Si es verdad eso de que el cuerpo se deforma tanto después de ser madre, ¿cómo se explica que se presentaran 20 chicas y ganara yo? Son normas que sólo se explican por el machismo. ¿Qué pasa, que querían chicas solteras y sin niños para poder manipularlas mejor, o es que tenían algún interés escondido, les estorbaba algo?” Construye un hombre de paja y ataca resentida a los organizadores de aquel concurso imputándoles motivaciones perversas que no puede demostrar y razones que no son las más relevantes, y no tiene la honradez o la capacidad intelectual de ver que son posibles otras explicaciones aparte del manoseado topicazo del machismo: tal vez tenga que ver con la apretada agenda de una Miss, difícilmente compatible con una maternidad responsable.

Parece que es habitual que las candidatas oculten o maquillen datos, o sea que hagan trampa. Y encima se indignan cuando las descubren, y se quejan de que sufren mucho estrés por la persecución y la injusticia. Pobrecitas, tal vez deberían estar agradecidas porque no las denuncian por falsificar datos. El Gobierno ha pedido a la empresa que organiza el certamen de Miss España que se le devuelva el título a la afectada. Es un asunto de interés nacional, aunque quizás se olvida a la ganadora sustituta que sí cumplió con las normas. Múltiples necios han corrido en su apoyo con argumentos intelectualmente patéticos y liberticidas.

Según Rosa Peris, directora del Instituto de la Mujer, “Éste es un caso claro de discriminación directa”; parece que la ley de igualdad hará que cláusulas como la que ha permitido desposeer a Miss Cantabria de su título sean nulas de pleno derecho. “Hay una clara concepción machista en nuestra sociedad de que la maternidad es una tara. Pero no existe la misma percepción con la paternidad”.

La secretaria general de Políticas de Igualdad, Soledad Murillo, insistió en que constituye un caso “clarísimo de discriminación directa” y agregó que así “vamos a hacérselo saber a la entidad que lo ha proclamado”. Se van a enterar. Añadió que “ante la ley no se puede justificar” que la maternidad se discrimine “como si fuera un déficit para el funcionamiento profesional de una mujer”. Murillo puntualizó que actos de este tipo “muestran que todavía somos tratadas de diferente forma, y no hay ninguna justificación”. Tiene un curioso concepto de la justicia, y tal vez es parte interesada al ser mujer (aunque seguramente no se presente a concursos de belleza). Murillo considera que “ninguna entidad privada está exenta de cumplir la ley”. Pero tal vez hay leyes ilegítimas (¿no fue legal la esclavitud?) redactadas por ignorantes indeseables.

Según Murillo, al excluir del certamen a una mujer por ser madre se produce la doble discriminación de dejar fuera a una persona porque se da por hecho que su cuerpo nunca podrá volver a ser el mismo después de la gestación y al establecer que sólo la mujer puede encargarse del cuidado de un hijo; subrayó la responsabilidad que tienen los concursos de belleza cuando tratan de forma diferente a las mujeres, porque eso redunda de forma negativa en la imagen social y en la inseguridad de la mujer. Tanta maldad e irresponsabilidad junta es intolerable.

Según el Instituto de la Mujer, “la maternidad no supone ninguna limitación física, intelectual o laboral para las mujeres, por tanto, cualquier concepción de la misma como un problema es discriminatorio”; tal vez no han sido madres, pero como seguro que han sido hijas al menos podrían pedirles a sus madres que les explicaran si la maternidad no implica ninguna limitación ni ningún problema. Tal vez no sea tan cierto el tópico políticamente correcto de que “una madre puede trabajar perfectamente en cualquier ámbito”.

Laura López, la Miss Ceuta descalificada el año pasado por ser hermana de la jefa de la delegación de La Coruña, afirma que “Todos somos humanos y somos iguales”. Qué profundo e informativo. Por cierto, también se presentó a Miss Palencia en una edición anterior; la organización a veces hace la vista gorda. Enriqueta Chicano, presidenta de la Asociación de Mujeres Progresistas, denunció que estos problemas tienen su origen en “reductos” que implican que “una no puede ser madre y guapa, pero sí padre y cualquier otra cosa”.

Hay otros concursos con requisitos distintos y quien quiere puede presentarse a esos otros certámenes, ignorarlos, criticarlos, o incluso organizar empresarialmente nuevos concursos con otra mentalidad. ¿Tal vez estas chicas buscan ser famosas a cualquier precio montando un escándalo? ¿Venden luego sus apariciones televisivas, o sus desnudos? ¿Son realmente víctimas cándidas e inocentes? ¿Tienen la formación intelectual necesaria para realizar argumentaciones éticas? Después de oír a las políticas, están más o menos al mismo nivel: cercano a cero.

 


Libertad Digital - 20 de marzo de 2007

Anciana oprimida

María Teresa Fernández de la Vega, vicepresidenta primera del Gobierno, no se conserva mal para su edad, aunque esta resulte poco creíble según sus propias declaraciones. “Durante siglos, las mujeres hemos sido relegadas a la invisibilidad pública, limitadas al espacio doméstico y privadas de toda autonomía.” Como la primera persona del plural incluye al hablante, resulta que lleva siglos (o sea, doscientos años o más) sufriendo la invisibilidad doméstica y la heteronomía. Sufrimiento que tampoco parece muy creíble en alguien que ha sido funcionaria, política y gobernante casi toda su vida: tal vez su empatía le hace sentir el dolor que ella misma causa a las abundantes víctimas de su coacción política, que son tanto hombres como mujeres. Respecto a lo doméstico, tal vez deba quejarse a sus progenitores y parejas afectivas. Con “frecuentemente exaltadas como objeto puramente estético” seguramente tampoco se refiere a sí misma.

No es raro en un colectivista confundir intelectualmente la parte por el todo. Muchas mujeres han sufrido y sufren agresiones y represión, y en muchos sitios no son iguales a los hombres ante la ley, pero eso no significa que todas las mujeres puedan hacerse las víctimas de los daños sufridos por otras. La justicia no consiste en que unas mujeres no agredidas se beneficien porque otras mujeres distintas fueron o son agredidas; la justicia sí consiste en identificar a los agresores y obligarles a compensar a sus víctimas, sin que paguen justos por pecadores.

Ignorante profunda de economía y ética protesta con demagogia y cinismo por las “tasas de desempleo superiores a las de los hombres, salarios más bajos, escasa presencia en los puestos de responsabilidad, mayor precariedad laboral”. Los salarios más bajos no se deben a sueldos distintos por la misma productividad (si fuera así los empresarios serían tontos si no contrataran sólo mujeres más competitivas); la escasa presencia en puestos directivos tal vez se deba a decisiones libres de muchas mujeres que prefieren dedicar menos tiempo y esfuerzo a su profesión y más a su familia; y el mayor desempleo y precariedad quizás se deban a las regulaciones laborales que presuntamente las protegen pero que lo que realmente consiguen es asustar a sus potenciales empleadores.

No le gusta a de la Vega que las mujeres soporten la carga principal de conciliar actividad profesional y familiar; no está de acuerdo con las decisiones libres que se tomen dentro de cada familia, así que va a corregirlas mediante herramientas políticas: multas y prisión para los malos, subvenciones con cargo al fisco para los que se porten bien. Como intervencionista aspira a la igualdad total, no ante la ley sino mediante la ley, quiere más derechos políticos y sociales (léase violaciones socialistas de derechos de propiedad).

Según el principio de presencia equilibrada, ambos sexos estarán igualmente representados, no sólo en los órganos y cargos de responsabilidad del estado sino también en los consejos de administración de las empresas privadas. Lo siguiente será que los designen por sorteo. Con total desfachatez pretende que esta ley va a contribuir “al progreso de nuestro país, ya que la equidad de género es una exigencia de principio, es una exigencia ética de justicia, pero también es una política inteligente y rentable desde el punto de vista económico y social”. La justicia trata de personas, no de hombres o mujeres, así que cualquier ley que considere el género es automáticamente contraria a la ética; y la política no es una actividad donde brillen precisamente la inteligencia y la eficiencia económica. “Hay quienes han dicho que esta norma es intervencionista… Creo sinceramente que cometen una enorme injusticia”. Pobrecita, seguramente es cierto que lo cree sinceramente.

La Ley Orgánica para la Igualdad Efectiva de Hombres y Mujeres es efectivamente un paso histórico: un gran hito liberticida que abarca todos los ámbitos posibles. No se corta la vice al reconocer que busca “cambios profundos en pautas de pensamiento”, así que actuará en la educación, la creación artística e intelectual, y los medios de comunicación para imponer el principio de igualdad, la paridad y la imagen igualitaria. No contenta con regular los actos de los demás, también quiere inmiscuirse en las mentes ajenas. “Actuando así estamos extendiendo derechos, ampliando los espacios de libertad e igualdad de los hombres y mujeres de nuestro país”. ¿Derechos? ¿Libertad? Resulta dudoso que esta señora sepa lo que significan.


Libertad Digital - 6 de abril de 2007

Ética y estética

El programa de televisión “Cambio radical”, que ofrece transformaciones físicas mediante cirugía estética, ha recibido críticas de los liberticidas habituales: asociaciones de cuatro gatos que se autoproclaman defensoras de consumidores y pacientes, médicos corporativistas, feministas colectivistas, políticos y burócratas varios, que lo acusan de frivolizar la medicina y de vincular la autoestima al aspecto.

Los seres humanos tenemos muy buenos sensores innatos de belleza aunque no seamos bellos. La vida suele ser más fácil para los guapos, aunque obviamente la belleza exterior no es la única característica interesante de las personas (sobre todo en el mundo cultural moderno). La psicología evolucionista explica la importancia de los procesos de selección sexual para la configuración genética de la mente de los seres humanos, de forma diferente en hombres y en mujeres por su distinto papel reproductivo: el aspecto físico es muy relevante, especialmente en las mujeres, porque es un buen indicador de juventud, salud y fertilidad. Es normal que las mujeres tiendan a preocuparse más que los hombres por resultar atractivas, y que se sientan inseguras si no lo son, ya que les costará más encontrar pareja o mantener la que tienen. En el programa aparecen muchas más mujeres que hombres porque la inmensa mayoría de los aspirantes son mujeres: los críticos ven un problema social de machismo.

La asociación “El defensor del paciente” ha pedido la retirada del programa. Tal vez haya suerte y la petición legítima no se transforme en exigencia violenta de prohibición de su emisión. Empar Pineda, portavoz de “Otras voces feministas” ha tildado al programa y a su publicidad de “sexistas y engañosos”. No entiende que tal vez los consumidores de cirugía plástica saben lo que quieren y no son simples marionetas frustradas por una publicidad que les informa de una posibilidad de mejora (y no simplemente fomenta su insatisfacción).

Especialmente patética ha resultado ser la Organización Médica Colegial, presunta salvaguarda de la deontología médica y representante exclusiva (mediante la coacción legal) de los médicos colegiados de España, que ha cuestionado la ética médica del programa. “Debemos criticar la instrumentalización de la medicina en un espectáculo poco respetuoso con la dignidad de las personas”; recuerdan “la especial responsabilidad de no promover un concepto consumista de la salud, evitando despertar falsas esperanzas o propagar conceptos infundados”; “ponemos en duda la validez del consentimiento en pacientes que reciben un tratamiento médico gratuito a cambio de participar en un espectáculo mediático que rompe la tradicional intimidad y confidencialidad que debe rodear el ejercicio de la medicina”. Intentan de forma penosa justificar su altanería moral por un presunto deber autoimpuesto; abusan del vacuo concepto de dignidad para absolutizar sus preferencias subjetivas particulares; caen en el topicazo antimercado del consumismo y acusan sutilmente de fraude; de forma paternalista creen que los pacientes no pueden decidir por sí mismos qué les conviene; creen que la intimidad y confidencialidad de la medicina son tradiciones obligatorias.

Muchos progresistas creen erróneamente que la naturaleza humana es infinitamente moldeable mediante la cultura, desconocen sus componentes genéticos universales y critican toda manifestación que vaya en contra de su ideal de humanidad. Los igualitaristas de la estética aspiran a un mundo en el cual la belleza sea irrelevante (tal vez proyectan sus propias frustraciones reprimidas) o poco importante (hacer a todos tener el mismo aspecto es complicado), o al menos que afecte por igual a hombres y mujeres (afán que quizás refleja el resentimiento de algunas feministas por no ser hermosas, o por que otras personas no valoren en ellas lo que ellas quieren que valoren). Si algunos se indignan por la desigualdad estética tal vez se deba a que no son físicamente agraciados y tienen envidia de quienes sí lo son (por herencia genética, por cuidar su aspecto o por pagar a un cirujano plástico para que los arreglen).

 


Libertad Digital - 19 de abril de 2007

Populismo casero

Los pocos retazos de liberalismo que pueda tener el Partido Popular resultan a menudo muy difíciles de ver. Especialmente cuando se acercan las elecciones y comienzan a realizarse promesas populistas que resultan apenas distinguibles de las socialistas. La candidata del PP a la presidencia de Castilla la Mancha, María Dolores de Cospedal, se ha comprometido a conceder pensión de jubilación no contributiva para las amas de casa de su comunidad, porque son "el sostén de la economía y la familia española" y "son las grandes olvidadas de la actuación política".

Es típico del colectivismo redistribuir riqueza de forma coactiva e ilegítima. Se consigue mediante concentración de beneficios y difusión de costes: los miembros de un colectivo reciben algo y el resto de individuos pagan por ello sin aceptarlo explícitamente porque les resulta muy difícil influir en los procesos políticos para evitarlo. En ocasiones algunas personas interesadas se organizan en grupos de presión que persiguen vivir a costa de los demás (los no organizados) mediante las regulaciones intervencionistas y el asalto a los presupuestos públicos. Pero a veces los miembros de algún colectivo afortunado no necesitan organizarse, son los propios políticos los que se acuerdan de ellos y les guiñan el ojo con alguna promesa.

Los políticos son grandes especialistas en el arte de halagar a la plebe y buscar algo que parezca una justificación de sus regalos con dinero ajeno. En este caso De Cospedal nos dice que cerca de 300.000 amas de casa en su región son personas que sacrifican su salud y su vida personal y profesional diariamente para cuidar a todos los miembros de la familia y la casa sin obtener a cambio un sueldo y sin tener nunca un descanso. Conoce "los sinsabores que han tenido que pasar para que se las reconozca su labor", "personas que nos han cuidado, que han logrado que las familias estén unidas, y han hecho que un sueldo pequeño pareciera una goma elástica". No se puede hacer mejor la pelota, pero conseguir que se nos salte una lagrimilla recordando lo mucho que nuestras madres y abuelas han hecho y hacen por nosotros no justifica las subvenciones estatales.

Las amas de casa han escogido libremente su situación, sin coacción física, asumiendo un papel tradicional o negociándolo con sus maridos, quienes probablemente también han sudado algo para traer un dinero a casa; la especialización del trabajo también se da en la familia, y no todos los esfuerzos han de recibir una compensación monetaria. Además si ahora se les paga (aunque sea de forma diferida) por lo que hacen, ¿dónde queda el mérito de la entrega gratuita y altruista? Cada ama de casa ha cuidado de su hogar y de sus familiares, no de los hogares de otros y de personas extrañas; si tiene alguna reclamación debería resolverla en su propio domicilio. No queda éticamente muy claro por qué se les quiere conceder ahora este regalo a costa de otras personas que no han disfrutado de sus atenciones. Salvo que se busque su voto a cambio.

 


Libertad Digital - 2 de mayo de 2007

El día del sindicalista

Los sindicalistas presumen de defender a los trabajadores (lo cual, para una persona mínimamente inteligente y con competencia lingüística, que parece no ser su caso, incluye a los de ambos sexos sin necesidad de referirse explícitamente y de forma separada a las mujeres). No parece importarles mucho que la inmensa mayoría de esos trabajadores no se sientan representados por ellos ni estén muy interesados por sus servicios, y por eso no se afilian; quizás porque saben que los grandes sindicatos son en realidad burocracias funcionariales preocupadas por protegerse a sí mismas parasitando a los auténticamente productivos, creando todo tipo de obstáculos y dificultades para luego vender facilidades y presentarse como salvadores y agentes sociales indispensables. Hace tiempo que se dedican más a la política que a lo laboral, como demuestran sus vacuas y tópicas declaraciones contra el terrorismo y las guerras y por la globalización de los derechos humanos, la sostenibilidad medioambiental, la legalidad internacional, la igualdad, la justicia, la paz y la libertad (no tienen vergüenza ni sentido del ridículo). También comentan algo difuso y sin concretar mucho acerca del trabajo decente, el empleo de calidad y el salario digno. Y en cuanto pueden meten en su discurso a los débiles, a los marginados, a los pobres, a los desprotegidos, a los dependientes, a los niños…

Para aparentar que son muchos y muy activos periódicamente organizan manifestaciones (cada vez más minoritarias) de celebración y reivindicación de presuntos derechos. O sea que exigen más (dinero, comodidad, descanso, seguridad) a cambio de nada o nos vamos a enterar. Exhiben los logros obtenidos para la parroquia de fieles y muestran su poder de convocatoria a los contrincantes políticos. Todo bajo el camuflaje del diálogo social, el pacto y el consenso democrático.

Sus celebraciones de logros podrían denunciarse penalmente como publicidad engañosa: “reformas en nuestro mercado de trabajo que están mostrándose positivas para la contratación indefinida”; “medidas en materia de seguridad social que garantizan la viabilidad de nuestro sistema público de pensiones”; “la ley de atención a las personas dependientes que arbitra un nuevo derecho de ciudadanía y generará miles de puestos de trabajo cualificados”. Se muestran orgullosos de su coacción legalizada: “se ha promulgado la ley de igualdad donde el movimiento sindical ha logrado introducir la obligatoriedad de negociar planes de igualdad en las medianas y grandes empresas”.

Reivindican soluciones a problemas que ellos mismos causan o cuyas soluciones dificultan como la precariedad en el empleo. Alarman presentando la siniestralidad laboral como una “catástrofe nacional”. Acusan sin pruebas ni argumentos válidos de discriminación salarial entre hombres y mujeres. Fomentan la envidia y el rencor por el “insultante” crecimiento de los beneficios empresariales en relación a los incrementos de los salarios. Se quejan de los precios de la vivienda sin ofrecer soluciones eficientes. Exigen más colectivismo e intervencionismo en sanidad y educación, justo lo que reduce su calidad e incrementa su coste. Injurian a las empresas que abandonan el país (en gran parte debido a la baja productividad fruto de las rigideces laborales y las insaciables exigencias sindicales) con que “practican la rapiña impunemente dejando a miles de familias abandonadas a su suerte”; se quejan de que no se pueden ir porque han recibido subvenciones y luego piden más subvenciones. Reclaman “normas europeas vinculantes que sienten las bases de un derecho del trabajo común”, o sea que ningún país pueda librarse de la rémora de la regulación laboral sindicalista. Quieren “un gobierno económico europeo” (socialismo multinacional), “directivas sociales, garantías de servicios públicos para todos los ciudadanos”: aquí están descaradamente defendiendo los privilegios de sus principales afiliados, los funcionarios de los generalmente muy mejorables servicios públicos.

Son palabras de José María Hidalgo, de Comisiones Obreras, y de Cándido Méndez, de UGT. “Nos sentimos orgullosos de ser los principales creadores de riqueza y exigimos nuestros derechos”. Exigir, que no pedir, es propio de ellos, pero cuesta imaginar a un sindicalista creando riqueza.

 


Libertad Digital - 16 de mayo de 2007

La noche del calentamiento global

Antena 3 nos ha ofrecido en la misma velada el documental “Cambio Climático: El impacto en España”, y la película de catástrofes “Infierno: Calentamiento global” (una gigantesca bola de fuego procedente del Sol llega a la atmósfera terrestre y provoca una ola de sofocante calor). Un ejemplo más de la típica tendencia periodística a la exageración apocalíptica. Los índices de audiencia mandan.

Según el guionista del documental el clima se está “recalentando”: las facultades de periodismo hacen estragos con el lenguaje. Ningún experto de los que han consultado tiene ninguna duda sobre lo que está sucediendo y lo que hay que hacer: algo extraño en científicos, porque un tema tan vasto y complejo da para muchas incertidumbres (quizás convenga un prudente escepticismo y actitud crítica). Se afirma poéticamente (y patéticamente) que cada cambio, por minúsculo que sea, afecta a todos los seres vivos: pero la ciencia consiste en establecer y distinguir relaciones relevantes, no vale el “todo está relacionado”.

Vivíamos en el clima perfecto (qué casualidad) sin saberlo, porque todos los cambios que pueden producirse se presentan como negativos. Tal vez sea que los posibles beneficiarios de un clima más cálido prefieren callar, y que todo el que tiene algún problema o perjuicio lo achaca al cambio climático a ver si papá estado se lo soluciona o indemniza.

La fibra sensible se toca de forma facilona recurriendo a los niños: “I love Kyoto” pinta uno que parece saber mucho del tema para su tierna edad (¿o quizás le han dicho lo que debe pensar?). Se lanza la pregunta de si tendrán alimentos, agua, y oxígeno en el futuro: no es broma.

En España probablemente habrá más olas de calor, pero se silencia que también habrá menos olas de frío que son bastante más peligrosas para los seres humanos. El misterio de las abejas desaparecidas es probable que se deba a un parásito, pero se relaciona con el cambio climático: por si cuela, todo es posible. Algunos osos no han hibernado este último invierno tan benigno: tiene que ser muy malo seguir activo y pudiendo alimentarse. Parece que hay aves que se ahorran alguna migración porque ya no tienen que huir del frío: espantoso. Los fenómenos más extremos (sequías, lluvias torrenciales, huracanes, tornados) son muy espectaculares y se asegura que se intensificarán, pero en este ámbito la incertidumbre científica es grande. Tal vez haya menos precipitaciones en la península (las predicciones globales son al revés, de más precipitaciones), pero no se menciona que el problema del agua es que no se economiza porque no hay derechos de propiedad, ni mercados libres, ni precios; a cambio se ofrece moralina y concienciación.

Algunas especies podrían desaparecer (hasta un enorme 30% según algunos), pero se trata de especulaciones teóricas sin contrastación empírica (cambios climáticos precedentes no produjeron tales catástrofes ecológicas). Muchos seres vivos se ven afectados más por la invasión humana de sus hábitat que por el cambio climático. Nos asustan con los mosquitos, el paludismo y la malaria, que se dan en zonas frías y que tienen mucho más que ver con condiciones sociosanitarias. No tiene nada que ver con el cambio climático, pero aumenta el cáncer de piel y nos lo cuentan (quizás se deba a que la gente toma más el sol, pero no nos lo sugieren). James Lovelock se queda tan tranquilo prediciendo que sólo sobrevivirá el 20% de la población mundial actual (migraciones, guerras). Al menos defiende la energía nuclear, pero se nos repite la falacia de que no está resuelto el problema de los residuos radiactivos.

Se insiste especialmente en el aumento del nivel del mar, con efectos especiales que muestran cómo se inundan zonas costeras e incluso alguna ciudad marítima. Se afirma que una elevación de un centímetro implica un retroceso de las playas de un metro, y como se prevén unos 40 centímetros de elevación en los próximos cien años se teme que muchas playas desaparecerán: se ignora que el nivel del mar lleva milenios subiendo a un ritmo parecido al actual (y las playas son entes dinámicos que no han cambiado tanto), y se olvida que los seres humanos pueden proteger o regenerar las playas y proteger con diques las zonas más delicadas. La gente sigue comprando viviendas cerca del mar (ZP da ejemplo), no parece que les preocupe demasiado la posible elevación de las aguas.

Se critica que la gente derrocha recursos como si fueran ilimitados (no se habla de escasez, derechos de propiedad, precios) y se recomienda eficiencia y ahorro, cosas de sentido común que el desarrollo tecnológico y la acumulación de capital consiguen por sí solos (aunque quizás el consumo total de energía siga creciendo en contra de los deseos de algunos ecologistas, porque la gente aspira a vivir mejor y esto suele ir asociado con más consumo energético). Se proponen energías renovables, que tal vez sean las del futuro pero que no son las del presente porque aún son muy caras y sólo subsisten por cuantiosas subvenciones estatales. Parece que no hay peor catástrofe que no hacer nada: quizás hacer algo equivocado.


Libertad Digital - 28 de mayo de 2007

Agricultores liberticidas

Muchos agricultores españoles se movilizan y manifiestan frecuentemente, sobre todo en periodo electoral, que saben que así desgastan más al gobierno para que ceda respecto a sus pretensiones: tienen mucha práctica en la caza de rentas. Protestan porque están presuntamente en ruina total, y exigen soluciones políticas para sus gravísimos problemas: hacerse la víctima es una buena táctica para pedir ayudas y camuflar privilegios a costa del bolsillo del contribuyente. Parece que su actividad siempre está en crisis, no les resulta rentable y las diversas administraciones deben garantizar sus beneficios: ni hablar de libre mercado (derechos de propiedad e intercambios voluntarios) en el cual los que obtienen pérdidas deben aprender a hacerlo bien o simplemente abandonan el sector y se dedican a otra cosa más provechosa. Gritan que nadie hace nada por ellos, que todo es inoperancia estatal, como si no hubieran oído hablar de la infame Política Agraria Común de la Unión Europea. No se cortan y reclaman justicia a todos los ministerios que haga falta: Agricultura, Industria, Comercio, Economía…

Denuncian las (según ellos) intolerables, desproporcionadas, injustificadas y crecientes diferencias que existen entre lo que perciben por la venta de sus productos y lo que paga el consumidor. Ellos son muchos, pobres, honestos y bien intencionados, pero los intermediarios, distribuidores y comerciantes organizados son unos pocos ricos, fuertes, manipuladores y tramposos que abusan de ellos e incluso les roban. Distraen la atención hablando de equilibrio y transparencia del mercado y libre competencia, de formación anómala de precios, para así tratar de excusar la intervención coactiva del estado: en su propio beneficio, claro, pero asegurando de forma altruista que es una cuestión de justicia y que también es por el bien de los consumidores engañados (que somos todos y pagamos demasiado por la comida). Si están seguros de que los márgenes de otros participantes en la cadena de distribución de alimentos son tan grandes, podrían utilizar el poco espíritu empresarial que tengan para entrar en esos sectores y enriquecerse sin límite. Pero no lo hacen, ¿por qué será? ¿Tal vez hay mucho cuento en sus lloriqueos?

Se escandalizan porque cobran por sus productos lo mismo o incluso menos que hace años, como si tuvieran algún derecho especial a que se les garanticen precios estables o crecientes, independientemente de la oferta y la demanda, de los cambios de las preferencias de los consumidores, de los avances tecnológicos o de la competencia de otros productores (seguramente extranjeros y más dinámicos al no estar acomodados en la dependencia de la subvención y el arancel).

Algunos proponen, pretendiendo que son legítimas y respetuosas con los derechos de todos, diversas medidas liberticidas (muchas ya en vigor): limitar la producción (arrancar campos), garantías de precios de compra, limitar los precios de venta, limitar los beneficios de los intermediarios, limitar las importaciones, e incluso prohibir la integración vertical del sector (que los productores comercialicen y los comerciantes produzcan). Creen que el hecho de que se haga en otros sectores les da derecho a exigir lo mismo en el suyo, pero las regulaciones coactivas limitadoras de la oferta o garantizadoras de beneficios son contrarias a la libertad en todos los ámbitos, y no se trata de extenderlas a todos sino de eliminarlas.

Algunos denuncian que el mercado agrícola está adulterado por los grandes comerciantes. Que no reciben ofertas de compradores, sino que tienen ellos que ofertar sus cosechas, y además deben pagar una comisión al intermediario. Que sus contratos de compraventa no son por escrito sino de palabra, que no se fija la fecha tope de recogida del producto por el comprador, que no se les indemniza si éste se estropea, que a veces ni se fijan precios en el contrato (se vende a resultas) ni fecha de pago. Podrían modernizarse y aprender a negociar mejor o integrarse en una cooperativa, pero tal vez no les gustan las condiciones, o las consideran ineficientes; lástima que no se animen a promover su propia cooperativa para demostrar que puede hacerse mejor. Quizás lo hacen lo mejor que pueden, pero desgraciadamente esto no siempre es suficiente para mantenerse en mercados libres y competitivos: por eso exigen privilegios protectores a costa de los demás. Cambiar de modo de vida, eso nunca.


Libertad Digital - 12 de junio de 2007

Riñones, trasplantes y libertad

La insuficiencia renal crónica es un problema mortal para muchas personas; otras sufren limitaciones por depender de la diálisis. Sin embargo se realizan relativamente pocos trasplantes de riñón porque hay mucha más demanda que oferta: el número de donantes (vivos o fallecidos) no es suficiente y hay largas y dolorosas listas de espera. Los estatistas colectivistas agravan el problema al negar la libertad individual y el derecho de propiedad de cada persona sobre su propio cuerpo, impidiendo un mercado libre de órganos que incentive la oferta y la ajuste a la demanda. La libertad consiste en oponerse a las agresiones violentas y respetar las decisiones ajenas, no en prohibir lo que a algunos les parece repugnante.

Recientemente se anunció en Holanda un programa de televisión escandaloso y muy criticado, el "Gran Show del Donante": una donante a quien le quedaba poco tiempo de vida quería tener un gesto altruista (afirmaba que recientemente un amigo suyo murió por no recibir un riñón a tiempo) e iba a ofrecer un riñón sano al ganador del concurso entre tres enfermos renales; el mejor candidato sería elegido por la donante ayudada por el público. Resultó ser un montaje para sensibilizar a la población para que done sus órganos.

La Comisión Europea lo calificó "de muy mal gusto". La presidenta de la Asociación para la Lucha Contra las Enfermedades de Riñón de Madrid, Iluminada Martín Crespo, lo calificó de "barbaridad", insistiendo en que donación es "regalo", y cualquier cosa diferente es "absurda y muy perjudicial para las campañas de sensibilización". "En España tenemos la mejor ley de trasplantes del mundo y no debemos dejarnos influenciar por este tipo de programas y perder algo tan bonito como es el regalo de la vida". Las personas que muestran no saber pensar bien podrían tener algo más de cuidado al calificar ciertas ideas como absurdas: la vida es bonita, y regalarla aún más, pero legalizar la compraventa de órganos (o al menos poder elegir a quién donas el tuyo) no implica prohibir su regalo sino permitir que las personas escojan libremente; y los adultos ya son mayorcitos para decidir qué influencias reciben. La valoración de nuestra intervencionista ley de trasplantes (bien engrasada con mucho dinero) es como poco subjetiva y muy particular, y quizás sólo sea la menos mala entre las muy malas de los demás países. Las campañas de sensibilización tranquilizan conciencias pero no resuelven problemas y pueden agravarlos, merecen ser criticadas cuando están equivocadas.

Según la ministra de Sanidad, Elena Salgado, este programa "sobrepasa todos los límites éticos"; "si esta situación se diera en España no cabe ninguna duda de que el Ministerio de Sanidad hubiera actuado para impedir la emisión. Mediante los medios judiciales necesarios seguro que conseguiríamos que el programa no saliera en antena". Adiós a la libertad de expresión, censura sin tapujos propia de su talante totalitario e intolerante. Para la ministra "la consideración de la medicina como espectáculo debe llevarnos a una reflexión profunda" (de la cual ella es obviamente incapaz).

Ronald Plasterk, ministro socialdemócrata holandés de Enseñanza, Cultura y Medios de Comunicación lo calificó de "indeseable y poco ético", pero al menos reconoció que la constitución holandesa no le facultaba para censurar contenidos audiovisuales. Según él el elemento competitivo del programa (que los posibles receptores tengan que ganarse los favores del público) es indeseable y convierte casi en una rifa lo que debería ser un gesto altruista. Lo que es realmente aberrante es que los políticos nos digan lo que podemos querer o valorar (indeseable: que no se puede desear), y lo que las cosas deben ser. El altruismo no es tan estupendo cuando se hace obligatorio y se prohíben las alternativas.

Rafael Matesanz, director de la Organización Nacional de Trasplantes, expresó su rechazo, calificándolo de "compra-venta de órganos" y "comercialización aberrante". Respecto al turismo del trasplante, una de las mayores preocupaciones de la Organización Mundial de la Salud, Matesanz declara rotundo que "en cualquier caso, es inmoral"; "es una forma de esclavitud, cuerpo humano a cambio de dinero". Y advierte de los riesgos al comprador occidental: "El donador altruista descubre su salud. Si ha tenido cualquier enfermedad, lo declara. Al que vende un órgano, le da igual no declarar que ha tenido una infección."
"Hay bases para criminalizar estas actividades", afirma Luc Noel, coordinador de trasplantes de la OMS, organización que defiende que los órganos son un bien de la comunidad, no un objeto de negocio.

Matesanz parece ser un gran nefrólogo y poco más. No parece entender muy bien los conceptos económicos y éticos de compra-venta y comercialización, no aplicables a este programa televisivo. No pierde la ocasión de demonizar un mercado libre de órganos, sobre todo porque él es uno de los principales burócratas estatales encargados de impedirlo. Muestra su indigencia intelectual al comparar la venta voluntaria de un órgano a la esclavitud (denigrando así a los auténticos esclavos) y su intolerancia personal al intentar imponer criterios morales que otros no comparten en absoluto. Es típico de los liberticidas utilizar referencias inconcretas a la moral y la ética para descalificar lo que no les gusta e insistir en que les parece inaceptable que otros opinen de forma diferente. Olvida mencionar que los riesgos potenciales de contagio se deben a que la ilegalización hace que surjan mercados negros sin información transparente ni controles de calidad. La OMS deja muy claro que el comunismo sigue vivo en lo más personal, el propio cuerpo.


Libertad Digital - 29 de junio de 2007

El socialismo implica mucha ignorancia

Francisco Bustelo, profesor emérito de Historia Económica, se plantea qué debe ser y hacer el buen izquierdista ante la evidencia histórica del fracaso del comunismo y la rendición política del socialismo ante el capitalismo: cuando alcanzan el poder no hacen la revolución prometida, no socializan los medios de producción.

Según Bustelo centenares de millones de personas creyeron en el comunismo, pero “su esfuerzo y, muchas veces, su generosidad y sacrificio de poco sirvieron”, ya que con el tiempo se comprobó que “el modelo sólo engendraba dictadura en el plano político e ineficacia en el económico”. Cree Bustelo que la socialdemocracia funcionó mejor: “gracias a la eficacia de la economía de mercado y a unas políticas sociales de apoyo a los de abajo, hubo un incremento notable del bienestar general”.

Seguramente en los regímenes comunistas sólo una minoría dominante cree en el sistema y se lo impone coactivamente a los demás, quienes quizás saben perfectamente que aquello no funciona en absoluto y tratan de escapar o trampean en los mercados ilegales. La generosidad del comunista es pura fachada, una completa falacia que en realidad consiste en ser muy desprendido con el dinero de los demás: sacrificios sí, pero para otros. Y creer en ideas sociales equivocadas y promoverlas sólo puede tener resultados nocivos, así que el compromiso vital no tan bonito como parece.

Las políticas sociales se publicitan como generadoras de bienestar porque no pueden presentarse como lo que realmente son: redistribuciones ilegítimas de riqueza que en realidad apenas ayudan a los pobres pero sirven para captar votos y mantener burocracias parasitarias; el avance social se produce a pesar de las políticas sociales.

Bustelo muestra que se puede ser profesor de historia económica e ignorar lo fundamental de la ciencia económica. “La dificultad estriba en que la añeja receta de socializar los medios de producción, que constituía la pieza maestra de toda política de izquierdas, resultó inservible. A decir verdad, no hay una explicación cumplida de por qué esa fórmula, en lugar de curarlos, agrava los males de la sociedad. La afirmación de un preclaro profesor escocés de hace más de doscientos años de que no es la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio, no ha sido desmentida. ¿Pero por qué la humanidad sólo ha de funcionar si se basa en el egoísmo?”

Sí que existe una explicación correcta de la imposibilidad del comunismo, ofrecida por Mises y Hayek muchos decenios antes de la caída del telón de acero que ellos mismo habían predicho: los seres humanos tienen capacidades cognitivas limitadas, y es imposible para un planificador central obtener, procesar y difundir toda la información (dispersa, tácita y no articulada) sobre las capacidades y preferencias de los individuos necesaria para dirigir la economía de una sociedad; sin propiedad privada no hay precios de intercambio ni pruebas de beneficios y pérdidas y el cálculo económico es imposible. La sociedad es un orden complejo espontáneo y emergente que no puede ser diseñado ni impuesto.

Muchos socialistas desconocen esta explicación o prefieren ignorarla porque destroza todos sus ingenuos sueños. Por eso sólo suelen mencionar el problema de los incentivos (que existe pero no es el esencial): no es que la gente no pueda vivir en el comunismo, sino que en general no quiere, va a lo suyo, es egoísta y normalmente sólo sirve a otros a cambio de algo. El ser humano es generoso pero de forma limitada porque es imposible ser completamente altruista: es una estrategia de supervivencia evolutivamente inestable y no exitosa.

Bustelo se pregunta si “¿no cabría haber mejorado más la distribución de la riqueza mediante los impuestos?”. Respuesta sencilla, que seguramente le cueste aceptar: no. Que una distribución sea mejor o peor es una cuestión subjetiva; afinen su lenguaje quienes defienden distribuciones más igualitarias (con menos dispersión) y recuerden que los impuestos se basan en la violencia (intente no pagarlos). Su receta política: “sí que cabe hacer más de lo que se hace, especialmente en nuestro país. Resulta que la España de los diecisiete años de gobiernos de izquierda tiene menos fiscalidad y menos gasto social que la media europea”. ¿Por qué acercarnos nosotros a la media y no pedimos a los demás que corrijan ellos sus excesos socialistas?

“Tal vez sea ése el cometido de la izquierda en el siglo XXI. Ya que como parece que habrá que esperar al siglo XXII o al XXIII para que los avances del saber permitan cambiar el funcionamiento de la economía, luchemos entre tanto por las muchas causas pendientes: ecologismo, ayuda al tercer mundo, políticas generosas de inmigración, laicismo, educación, emancipación definitiva de la mujer, derechos humanos, antiimperialismo, coexistencia pacífica de nacionalismos, etcétera. Además, claro está, de lograr un gasto social como el de Suecia.”

Como no conoce la ciencia económica cree que tal vez algún día cambie y encuentre una receta mágica. Y quizás también se logre la cuadratura del círculo y se encuentre el número primo máximo. Entretanto, a defender topicazos políticamente correctos.


Libertad Digital Suplemento Ideas - 17 de junio de 2007

Michael Moore, sic(k)ofante

Michael Moore ha perpetrado otro docudrama de propaganda política; esta vez critica el sistema sanitario estadounidense. Como es habitual en él, ofrece grandes dosis de demagogia sectaria y una casi nula inteligencia crítica, siempre pretendiendo ser objetivo e imparcial.

Busca la empatía facilona del espectador presentando abundantes anécdotas calamitosas (cánceres, accidentes, amputaciones de miembros) de clientes que se sienten maltratados o estafados por las aseguradoras privadas. Pero no muestra a ninguno (ni uno solo) de los cientos de millones de clientes satisfechos, y tampoco ofrece datos estadísticos significativos respecto a los precios y la calidad de los servicios. Le parece mal que los individuos tengan que preocuparse por contratar seguros médicos: mejor que papá estado se encargue de todo y solucione mágicamente los problemas, sin importar el coste.

Presenta a personas sin seguro médico que afirman tener miedo de que les suceda algo malo, pero no les recomienda que lo contraten, ni se ofrece a ayudarles a pagarlo si es que no pueden. Un matrimonio mayor tiene que enfrentarse a grandes pagos no cubiertos por su seguro (suelen tener límites respecto a los tratamientos, los medicamentos o los costes), por lo cual quedan arruinados y tienen que mudarse a vivir con su hija: declaran llorosos que creían que en su país no se permitiría algo así. Tal vez deberían haber pagado antes más dinero por un seguro con mejor cobertura, ahora que descubren que han tenido mala suerte protestan porque el sistema no les ayuda de forma automática: es fácil culpar a los demás en lugar de reconocer el error propio. Una viuda se queja, sin ofrecer ninguna prueba, de que su marido no fue tratado a tiempo porque era negro. Una mujer lleva a su hija a un hospital no aprobado por el seguro, y la niña fallece por el retraso: no se entera de lo que ha contratado pero exige a los demás que satisfagan sus necesidades según sus condiciones. Una paciente es expulsada de un hospital porque no puede pagar: parece espantoso, pero quien quiera practicar la caridad puede ayudar a los demás y asumir sus facturas en lugar de pretender que lo hagan otros a la fuerza.

Las aseguradoras no son hermanitas de la caridad sino empresas con accionistas que buscan ganar dinero proporcionando un servicio a consumidores potenciales en un mercado relativamente libre y competitivo. Por principios actuariales rechazan a gente con ciertas enfermedades o probabilidades de ocasionar grandes costes. Una trabajadora encargada de tramitar solicitudes llora porque sabe que algunas serán rechazadas; un médico reconoce arrepentido que negó a un paciente una operación que le habría salvado la vida porque ahorró muchísimo dinero a la compañía (y él también ganó mucho dinero haciéndolo).

Los contratos de seguros médicos pueden ser bastante complejos, y las aseguradoras buscan posibilidades de exclusión de responsabilidad para no tener que compensar los gastos que reclaman algunos clientes. Puede parecer inhumano, pero los contratos tienen cláusulas para cumplirlas, para aclarar a qué se compromete cada parte, y ambas pueden disputar su interpretación. Si un cliente no queda satisfecho puede reclamar ante los tribunales o anunciar públicamente su caso para que otras personas conozcan la reputación de la compañía. Pero los individuos a veces también hacen trampas e intentan estafar a las aseguradoras…

El sistema público de salud se presenta como de cobertura universal pero se omite que la participación en el mismo es obligatoria, coactiva, no voluntaria: medicina socialista. Para evitar el afán de lucro de una aseguradora privada sería posible organizarse como una mutua cooperativa de seguros, pero esto ni se propone como solución ni se muestra ningún ejemplo: tal vez porque las cooperativas tienden a ser menos eficientes que las empresas privadas. Resulta curioso que los funcionarios españoles, en su inmensa mayoría, eligen libremente abandonar el sistema público a favor de opciones privadas.

Que las aseguradoras privadas tengan enormes beneficios no es una inmoralidad: es una señal y un incentivo para que otras empresas se introduzcan en el sector e incrementen la competencia. Quienes creen que un sistema universal público es maravilloso pueden demostrarlo no obligando a nadie a participar en él. Pero entonces nos contarán que es por los pobres, que no pueden pagárselo, que hay que redistribuir la riqueza por criterios de solidaridad y justicia social: obligar violentamente a la gente a que ayude a los demás les parece perfectamente aceptable.

La Organización Mundial de la Salud coloca muy mal al sistema sanitario de Estados Unidos: lo que la gente seguramente no sabe es que el baremo utilizado para puntuar sólo considera la calidad de los servicios médicos en un 25%, y el resto son indicadores que favorecen automáticamente a los sistemas estatistas colectivizados (equidad, gratuidad, universalización de la cobertura).

Moore critica de forma indiferenciada a compañías de seguros, farmacéuticas y políticos: las empresas hacen generosas contribuciones para las campañas electorales de los políticos y los contratan como asesores o ejecutivos cuando abandonan la política. Pero el problema está en el poder coactivo de los políticos para regular a favor de algunas empresas, comprar sus productos (recetas gratuitas para los ancianos) y cargarlos al bolsillo de los contribuyentes. La solución es privatizar completamente el sistema de salud.

Una ciudadana estadounidense enferma de cáncer intenta engañar al sistema público canadiense haciéndose pasar por residente local (lo de la cobertura estatal universal parece que no es para todo el mundo, sólo para los locales). En Canadá el sistema es tan liberticida que está prácticamente prohibida la medicina privada y hay largas listas de espera (bastantes canadienses viajan a Estados Unidos para recibir asistencia privada). En la Unión Europea ya hay países, como España, que reciben turismo sanitario.

Moore alaba los sistemas canadiense, británico y francés, y entrevista a personas (pacientes y médicos) que comparten sus mismos prejuicios socialistas. No ofrece ninguna crítica ni analiza sus graves problemas de financiación, listas de espera o falta de profesionales cualificados. En Francia hay servicio de urgencias a domicilio: conviene recordar que cualquier sistema puede tener cierta calidad si se gasta suficiente dinero, pero enseñar sólo lo obvio y lo bonito sin indicar los costes es trampa. Europa parece maravillosa: a la gente le gusta todo lo que recibe aparentemente gratis o fuertemente subvencionado (educación, guarderías, asistentes sociales, vacaciones pagadas, permiso por boda, por mudanza). No ven las ineficiencias, el déficit presupuestario, la deuda estatal, el estancamiento económico, los desincentivos al trabajo. Vemos a un enfermo que recibe su sueldo aunque no trabaje: parece que no puede trabajar pero sí disfrutar de unas vacaciones en la playa a costa de los demás. La familia media europea es más pobre que la americana, pero Moore intenta hace creer que el francés vive mejor.

Se hace el tonto sorprendido cuando descubre que los pacientes no pagan sus tratamientos (incluso les reembolsan el transporte), que no hay facturas: el sistema parece gratis si no se muestran los impuestos confiscados a los ciudadanos productivos. Igual que compran productos o reciben ideas de otros países (coches, vinos), los estadounidenses deberían adoptar sus sistemas de salud: es tan inepto que no ve la diferencia entre múltiples decisiones individuales en un mercado libre y decisiones políticas desacertadas impuestas a todos.

Moore elogia los servicios estatizados, como la policía, los bomberos, la enseñanza y correos. Todos ellos de peor calidad que los que puede proporcionar un mercado libre competitivo; la enseñanza pública en Estados Unidos es patética, y el monopolio de correos una vergüenza ridículamente ineficiente. Es tan ignorante en asuntos económicos que sugiere que su modelo crearía empleos curando a la gente: no ve los que se destruirían en otros sectores; afirma que en la guerra no había desempleo, pero no explora las consecuencias lógicas de tan atrevida afirmación.

Moore critica el mercado y alaba la democracia, donde los pobres votan. Para él la solidaridad es comunismo puro: que te den lo que necesites y que pagues según lo que puedas. No le gustan las decisiones individuales libres y olvida mencionar cómo las mayorías imponen por la fuerza sus criterios a las minorías en desacuerdo. Siempre habla de cómo el país debe cuidar a su gente, nunca de personas libres relacionándose (o no) voluntariamente: “Nadamos juntos o nos hundimos juntos”.

En el colmo de su desfachatez Moore intenta ayudar a cinco trabajadores de la zona cero presuntamente afectados por los gases tóxicos durante las tareas de desescombro y que no están cubiertos por ningún seguro. Primero los lleva a la prisión de Guantánamo (intenta acceder de forma ridícula en barco sin seguir ningún procedimiento oficial), porque parece que los presuntos terroristas ahí presos reciben muy buen tratamiento médico (esto tiene que doler a toda la progresía que denuncia lo inhumana que es dicha cárcel). Como no le hacen caso, recurre a la aparentemente maravillosa sanidad de la dictadura castrista, que los trata maravillosamente y gratis. Moore pretende que el espectador es tan tonto que va a creer que no hay ninguna propaganda política tras estos hechos, que a todos los cubanos les tratan igual de bien (por eso mueren al intentar escapar de la isla cárcel), que no se trata de un montaje bendecido por las autoridades, que ellos simplemente pasaban por allí y no pidieron un trato especial. Se esperan avalanchas de turistas enfermos en Cuba a ver si les reciben igual de bien (e igual de gratis, que enfermos extranjeros de pago ya hay muchos en Cuba). Aleida Guevara, hija del Che Guevara, aparece entrevistada como comentarista objetiva e imparcial.

Moore es tan generoso que le manda un cheque anónimo a su principal crítico para que pueda pagar un tratamiento médico a su mujer y no tenga que cerrar el portal a través del cual lo critica; y ahora lo hace público, ¡qué bueno es y qué poco discreta su caridad!

 

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Francisco Capella