Inteligencia y Libertad

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Francisco Capella

 

ARTÍCULOS DE OPINIÓN

Heroísmo y Tesoro Público

Aznar y la competencia eléctrica

Genes elegidos para salvar una vida

Las gracias de Hacienda

Ciencia y política del clima

Calentamiento global y Apocalipsis

El calentamiento global: datos observacionales vs. modelos teóricos

Agricultura, agua y política

El trabajo infantil

El lenguaje sindical

Apuesto a que no le toca la lotería

Demandas por el tabaco

Más sobre las vacas locas

Contra la fiscalidad global

Genoma, investigación pública y privada

Los pestíferos lodazales de Prada

Ibarra desbarra

Derechos de migración o de propiedad

Fútbol intervenido

Cine en el Congreso

El fin de la mili

Cook: las mentiras de la socialdemocracia

La conservación del capitalismo

Estefanía y la tasa Tobin

Los ciclos económicos

Chaves y el tabaco

Aznar y el proteccionismo eléctrico

Presuntos fallos del mercado

Pescando subvenciones

El pago de las medicinas

Libertad e igualdad

Una denuncia intachable

Mercado común entre desiguales

Carlos Fuentes odia a Bush

Pseudoliberalismo sin principios

Trasplantes, eficiencia y altruismo

El Día del Trabajo

Astronauta de pago

Libertad de prensa y capitalismo

Escudero del intervencionismo global

Una sandía llamada Cohn-Bendit

La UE y el suicidio global

La irracionalidad talibán

Liberalismo utilitarista o iusnaturalista

La dependencia del tabaco

Farmacias en guardia

Contra la Renta Básica de Ciudadanía

Socialismo chileno

Ley, tabaco y pitorreo

Ética y armas

La caja de concentración de Chaves

Ecológico y poco lógico

La televisión pública ambiciosa

Falacias Atkinson

Ética y prostitución

El pseudoderecho de huelga

La esencia del socialismo

Araújo, con pocas luces

El socialismo y la verdad

Los metomentodo antiglobalización

La izquierda verde

Las lecciones de Sintel

Las culpas del esclavismo

Veneno neokeynesiano

Catástrofes intelectuales

Las culpas de EEUU

Patético Patten

Alabanzas sindicales

Emociones o inteligencia

Intenciones o resultados

Las reglas del mercado

Los bienes o la vida

Poder económico y poder político

Recuperemos el dinero de Gescartera

Comunitarismo y colectivismo

La agricultura social

Ética e impuestos

Precios, euro y Argentina

Susan George, una apologista del latrocinio

La globalización colectivista

Derechos de autor o robo legal

Saramago y la justicia

El anarcocapitalismo

El botellón colectivista

Sobre la regulación eléctrica

Movilidad laboral

La irrelevancia de lo individual

Huelga o libertad

Observaciones sobre la huelga

Desarrollo insostenible

Naomi Klein, islamismo y capitalismo

Consumo y libertad

Marina y el estado de bienestar

Vivienda y socialismo

Manifestaciones violentas

Comparando libertades con Europa

Películas Gore de vísceras climáticas

Talante intolerante

Guapas, tramposas y lloronas

Anciana oprimida

Ética y estética

Populismo casero

El día del sindicalista

La noche del calentamiento global

Agricultores liberticidas

Riñones, trasplantes y libertad

El socialismo implica mucha ignorancia

Michael Moore, sic(k)ofante

 

Artículos de opinión

Libertad Digital

Libertad Digital - Archivo de Francisco Capella


Libertad Digital - 6 de octubre de 2000

Heroísmo y Tesoro Público

"Yo he construido este puente. Yo he restaurado esta obra de arte. Yo he salvado cientos de vidas." ¿A quién pueden atribuirse estas poco humildes declaraciones? ¿A algún estupendo filántropo? ¿A un superhéroe? Sería interesante conocer a alguien así, aunque pueda parecer algo chulesco presumir tanto de sus logros. Tal vez no lo haya hecho todo solo, pero le gusta resaltar su participación.

Según la publicidad del Tesoro Público, estas grandes personalidades son todos aquellos que adquieren sus productos financieros; gracias a ellos España va bien, con una economía moderna y europea. Este alarde de individualismo resulta extraño es una institución tan fundamentalmente colectivista y éticamente ilegítima como es el Tesoro Público.

Los miembros del Estado no se quedan satisfechos con el expolio permanente de riqueza que consiguen mediante los impuestos. Para poder llevar a cabo todas sus actividades populistas, necesitan además pedir dinero prestado a los ciudadanos. Una persona incauta puede tal vez pensar que su dinero está siendo bien invertido por probos funcionarios que obtendrán beneficios con los cuales devolverle su capital y los intereses correspondientes. Pero en realidad su dinero va a una caja común en la cual los políticos meten mano para financiar sus múltiples gastos, y lo que hacen los burócratas es prometer que en el futuro seguirán robando lo que haga falta (a todos, incluido el ingenuo prestamista) para pagar sus deudas pasadas (hasta que los ciudadanos se harten, digan basta y el Estado se declare en quiebra).

El Tesoro Público compite de forma desleal con las empresas que buscan financiación, dificultando la obtención de crédito a las personas realmente productivas. Los auténticos inversores son particulares que asumen riesgos y ponen sus posesiones a disposición de empresarios que llevan a cabo actividades auténticamente beneficiosas en un mercado libre. Un empresario que pide prestado necesita una reputación de eficiencia que el Estado no requiere, ya que cuenta con la fuerza de las armas, el monopolio de la emisión fraudulenta de moneda y el Boletín Oficial.

Reconozco que yo he contribuido, en contra de mi voluntad y mis preferencias particulares, con el dinero que me ha sido confiscado por la Hacienda Pública, a construir ese puente, a restaurar esa obra de arte, y a salvar cientos de vidas. Eso sí, todo ello de forma patéticamente ineficiente. Me consuelo pensando que no mantengo relaciones con el Tesoro Público.

 


Libertad Digital - 9 de octubre de 2000

Aznar y la competencia eléctrica

Dos importantes empresas de la industria eléctrica española, Endesa e Iberdrola, están planeando una posible fusión que incrementaría la concentración empresarial en el sector. Según el presidente Aznar, esto supondría una reducción de la competencia, ya que para él lo importante es el número de competidores; el gobierno debe oponerse a la fusión, para garantizar que no decrezca el número de competidores, que ahora son cuatro, y además exigir fuertes desinversiones como garantías a la competencia.

Así que parece que cuatro es un número hermoso y aceptable, pero tres no lo es, pobrecito. Quizás se les ocurra a los directivos que negocian la fusión crear otra empresa eléctrica diminuta (el presidente no se ha referido para nada al tamaño de las operadoras, sólo a su número) para mantener la cantidad total, aunque esto suena un poco a trampa.

El señor Aznar muestra con sus declaraciones su ignorancia económica. La competencia va inextricablemente unida a la libertad, entendida esta como el respeto a la propiedad privada y a la libertad contractual. No puede haber competencia real en un mercado que no es libre, y el mercado de la energía eléctrica está fuertemente regulado por el Estado. Esto explica por qué usted no ha recibido nunca publicidad de ninguna compañía eléctrica con atractivas ofertas de mejores precios y mejor servicio. Las eléctricas no compiten, sino que se reparten el territorio nacional con el beneplácito del Estado, que es quien les fija los precios. Dependiendo de dónde tenga usted su vivienda le corresponde una empresa y no otra, por lo cual éstas no necesitan esforzarse para mantener satisfechos a sus clientes cautivos: no hay posibilidad de elección, no hay alternativa.

En un mercado libre el número de operadores es un sector es completamente irrelevante para que éste sea competitivo. Un único proveedor puede ser eficiente según las circunstancias, si los consumidores están satisfechos y así lo deciden. Los monopolios nocivos son los mantenidos mediante las regulaciones estatales que dificultan o impiden la libre entrada y salida de empresas y consumidores en el mercado.

Como grupo de presión, las compañías eléctricas sí que son muy competentes, y pretenden recibir subvenciones a costa de los consumidores y contribuyentes que les indemnicen por los costes de la transición a la competencia. Antes se aprovechaban de que no tenían que competir, ahora hay que recompensarles por dejar de abusar del consumidor.

 


Libertad Digital Semanal - 14 de octubre de 2000

Genes elegidos para salvar una vida

Una pareja ha tenido un hijo cuyos genes fueron seleccionados con un doble propósito: conseguir un bebé sano, sin la enfermedad hereditaria presente en los genes de ambos progenitores; y que el bebé fuera compatible con su hermana, afectada por esta misma enfermedad, para la realización de un transplante que permitiera salvarle la vida. Varios embriones fueron fecundados in vitro; los embriones con los genes responsables de la enfermedad fueron descartados, y un embrión con la carga genética adecuada fue elegido e implantado artificialmente en el interior de su madre. El trasplante es indoloro para el bebé (se trata de células del cordón umbilical) y no le produce ningún daño físico ni psíquico.

La capacidad de escoger embriones permite tener hijos sanos a parejas portadoras de genes responsables de enfermedades hereditarias. El principal problema ético de este método de reproducción asistida mediante ingeniería genética es la producción al azar de embriones defectuosos que son eliminados. Lo ideal sería poder elegir óvulos y espermatozoides sanos para no tener que producir embriones que posteriormente serán descartados. Pero con la tecnología actual es necesario permitir que el embrión se desarrolle parcialmente, que tenga unas pocas células para extraer una y realizar un diagnóstico genético de preimplantación, ya que la célula estudiada queda destruida por el procedimiento de análisis.

Amplios sectores de la sociedad actual muestran una profunda ignorancia y una histeria irracional frente a la ingeniería genética, quizás influidos por supersticiones religiosas y falacias igualitaristas. Carentes de conocimientos éticos adecuados, muchas personas pueden confundir sus propias reacciones emocionales de miedo o repugnancia con principios fundamentales, o bien limitarse a repetir de forma irreflexiva la doctrina señalada por sus líderes religiosos o políticos.

Jeffrey Kahn, director del centro de bioética de la Universidad de Minnesota, cree que "Esto se está convirtiendo rápidamente en algo similar a comprar un coche y poder decidir el paquete de accesorios extra que quieres. Parece que pronto los padres exigirán embriones para tener hijos con rasgos determinados." Este individuo parece considerar que la reproducción humana debe seguir en manos del azar, que no es deseable que las personas tengan capacidad de control para poder escoger lo que desean, que la especie humana no tiene derecho a mejorarse a sí misma de forma consciente utilizando sus conocimientos científicos. Impedir las mejoras genéticas controladas no es precisamente un acto de solidaridad, ya que implica perjudicar a los más desfavorecidos, a aquellos cuyos genes son de peor calidad. Los que ya tienen buenos genes son quienes menos se beneficiarían de la ingeniería genética. ¿Prefiere usted que sus hijos sean resultado de la combinación aleatoria de sus genes y los de su pareja, algunos de los cuales pueden ser defectuosos o imperfectos, o tal vez le gustaría regalarles algunos rasgos que les permitan tener más éxitos y menos problemas en la vida y ser un poco más felices?

La ética de la libertad indica que toda acción es legítima si no existe una víctima de una agresión, y que nadie tiene derecho a obligar a otro a hacer algo por su supervivencia. El problema ético del tratamiento de embriones es muy interesante. Si el embrión no se considera un ser humano con derechos, sino sólo un conjunto de células, no hay ningún problema en manipularlo. Aunque el embrión sea un ser humano frágil y dependiente, tiene derecho a no ser agredido, pero no tiene derecho a exigir a nadie ser mantenido con vida. Además el tener los genes responsables de una grave enfermedad no augura una vida agradable.

La Iglesia Católica condena la motivación (tener un hijo para salvar la vida de otro) y el método de estos actos (la manipulación genética, la selección de embriones). ¿Es pecaminoso querer tener un hijo sano? ¿Es pecaminoso querer curar a una hija enferma? ¿Es pecaminoso querer tener un hijo sano que permita además curar a una hija enferma? El jesuita Eduardo López Azpitarte, teólogo y moralista, afirma que el ser humano es un fin en sí mismo, y no un medio para conseguir otra cosa (aunque esta sea buena en principio); que el ser humano nunca puede ser utilizado como un medio; que tener un hijo para salvar a otro es cosificar a un ser humano, buscando exclusivamente una dimensión utilitarista, y eso atenta contra la dignidad de la persona (aunque si los padres deseaban tener otro hijo, entonces es moralmente aceptable).

Aquello de que el ser humano es un fin en sí mismo y no un medio para conseguir otra cosa es una proposición muy solemne que parece tener mucho contenido ético, pero en realidad es una frase absurda y sin sentido. Los seres humanos actúan utilizando medios útiles disponibles para conseguir fines valorados. El fin es el objetivo de la acción, y no queda nada claro qué significa que el ser humano es un fin en sí mismo. Por otra parte los seres humanos, o algunos aspectos o habilidades de los mismos, son constantemente utilizados (de forma utilitarista) por otras personas para alcanzar sus metas particulares, y esto es perfectamente legítimo si las relaciones son voluntarias y consentidas, si ningún individuo agrede a otro.

Según la Congregación para la Doctrina de la Fe, intervenir en el patrimonio cromosómico y genético es atentar contra la dignidad, la integridad y la identidad del ser humano. Esto implica que sólo son morales los cambios accidentales en los genes, las mutaciones y las recombinaciones, que por otra parte son inevitables. Si al ser humano no le gusta su propia identidad, debe fastidiarse y no hacer nada por cambiarla, ya que esta parece ser sagrada; eso sí, preservará su dignidad, aunque no se sepa muy bien lo que este término etéreo pueda significar.

La verdad científica es que el patrimonio genético del ser humano no tiene nada de sagrado, sino que es resultado de un largo proceso evolutivo en el cual los cambios han sido producidos al azar, preservándose los genes adecuados a la supervivencia y eliminándose los no convenientes. La ingeniería genética, de forma aún muy limitada, permite comenzar a controlar voluntariamente el proceso evolutivo. La vida no es regalo de ningún dios, y los seres humanos no necesitan dar explicaciones ni pedir permiso a los presuntos representantes de la divinidad.

 


Libertad Digital Semanal - 28 de octubre de 2000

Las gracias de Hacienda

Según la Agencia Tributaria del Ministerio de Hacienda, avanzamos juntos. Esta bonita imagen de un grupo humano cuyos miembros caminan unidos y sonrientes hacia delante es típica de la monserga demagógica del Estado. Somos un pueblo que camina, y juntos caminando podemos avanzar. Ambas palabras, avanzamos y juntos, tienen fuertes connotaciones emocionales positivas (retroceder separados suena mal), y por eso Hacienda las utiliza en su publicidad. Merece la pena analizar más a fondo su uso: las eternas preguntas de quiénes somos y adónde vamos.

Cuando alguien utiliza un término plural (nosotros) es interesante preguntarse a quién se refiere, qué personas quedan incluidas en él. Para aquellos con mentalidad gregaria esta pregunta ni siquiera tiene sentido: nosotros es todos nosotros, nadie puede ni siquiera pensar en separarse del rebaño. También cabe estudiar si todos los miembros del grupo avanzan libremente, si la cohesión del grupo es espontánea y voluntaria, o si está impuesta por la fuerza. Tal vez algunas personas consideran que no vamos en la dirección correcta y preferirían, sin obligar a los demás, dirigirse por su cuenta y riesgo hacia otro lado. Los más perspicaces pueden darse cuenta de que los pseudolíderes políticos en realidad no paran de intentar dar pasos adelante hacia el abismo.

Hacienda no se conforma con confiscar enormes cantidades de recursos de los contribuyentes. Para hacer más fácil su labor intenta que los desvalijados piensen que los impuestos son legítimos, que la fiscalidad es justa y se hace por el bien de todos, y para ello utiliza campañas publicitarias periódicas en las cuales distorsiona términos como solidaridad, progreso y bienestar social. Pero la auténtica solidaridad es voluntaria y personal, no puede ser obligatoria y gestionada por el Estado, que es la institucionalización de la violencia y el mayor enemigo del progreso. No se puede incrementar el bienestar de una persona quitándole su dinero e impidiéndole elegir por sí mismo.

Los impuestos son tributos exigidos por la fuerza, no son pagos aceptados voluntariamente a cambio de la recepción de un bien o servicio. Los impuestos son una coacción unilateral y no se justifican por los presuntos servicios que el estado proporciona a sus contribuyentes, ya que éstos no se proporcionan mediante acuerdos libres y voluntarios. Que el ladrón entregue algo a la víctima no legitima el robo, no se trata de un intercambio ético de derechos de propiedad. Los impuestos perjudican directamente a aquellos que deben pagarlos, los contribuyentes. Los impuestos benefician a quienes los reciben y consumen: políticos, burócratas, funcionarios, receptores de subsidios, de contratos y de gastos estatales.

La Agencia Tributaria presta más y mejores servicios. O al menos eso dicen ellos mismos. No hace falta preguntar a los contribuyentes que la sufren, basta con su seguramente desinteresada autoevaluación. Hacienda agradece la contribución y el cumplimiento responsable de millones de ciudadanos. Millones de incautos que están ayudando a su peor enemigo. Las gracias de Hacienda no tienen gracia. Quítense la careta y sean sinceros, burrócratas de mano larga: avísenme de que si no pago mis impuestos bloquearán mis cuentas corrientes, embargarán mi nómina, confiscarán mi coche y mi vivienda y si me pongo muy pesado me enchironarán.

 


Libertad Digital - 28 de noviembre de 2000

Ciencia y política del clima

El ecologismo y la preocupación por el medio ambiente están de moda. Está muy extendida la opinión de que los seres humanos consumistas e irresponsables son un peligro para la naturaleza e incluso para sí mismos. Destaca más concretamente el dogma de fe, histérico y catastrofista, acerca de los presuntos cambios climáticos que puede producir un supuesto calentamiento global provocado por el incremento antropogénico del efecto invernadero. Según muchos políticos y fanáticos activistas a quienes parece no importar el rigor intelectual, se trata del mayor problema al que se enfrenta la humanidad. Una estrategia demagógica típica es la propaganda alarmista de presuntas amenazas que fomentan el miedo de los ciudadanos, facilitan la aplicación de intervenciones estatales coactivas, y distraen de los auténticos problemas.

En contra de la actual creencia popular que casi nadie se atreve a criticar, la temperatura global no parece estar aumentando de forma apreciable como consecuencia de las emisiones de CO2 que resultan de la utilización de combustibles fósiles como el petróleo, el carbón y el gas natural. No hay evidencia científica firme de que vaya a ocurrir un calentamiento significativo como resultado de la actividad humana, y de todos modos las consecuencias de un calentamiento moderado serían básicamente positivas. La base científica del calentamiento global es demasiado débil como para tomar medidas políticas coactivas drásticas, enormemente costosas y de dudosos beneficios.

El racionamiento energético (asignación política de recursos) y los impuestos sobre la energía (confiscación y redistribución de riqueza) causarían graves perjuicios económicos y empobrecimiento generalizado, especialmente a los pobres y a los países menos desarrollados: menos uso de energía, menos transporte, menos actividad industrial, menos calefacción, menos aire acondicionado.

Los ciudadanos reciben indicaciones de que la evidencia científica es definitiva, indiscutible, concluyente e indudable, cuando en realidad los expertos científicos muestran fuertes desacuerdos y escepticismos acerca de la evidencia, tanto teórica como observacional. El presunto consenso científico sobre el cambio climático es falso, y de todos modos el conocimiento científico no depende de votaciones democráticas u opiniones mayoritarias. Buena parte de la comunidad científica se opone a la actuación precipitada e ignorante de los burócratas internacionales para combatir un problema inexistente. Los mismos presuntos expertos, obsesionados con la toma de conciencia de la sociedad, hace años hablaban de los riesgos de un enfriamiento global inminente: disminución de la productividad agrícola, hambrunas, muerte, violencia, anarquía.

La ciencia es frecuentemente distorsionada para promover agendas políticas. Los informes gubernamentales sobre este tema son documentos políticos que presentan las opiniones de científicos del clima combinados con científicos no expertos en física atmosférica, economistas, expertos en política, burócratas, especialistas en relaciones públicas, y representantes de países con poco nivel científico. Informes del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas fueron manipulados de forma clandestina para distorsionar los testimonios de los asesores científicos, de modo que la versión oficial fuera conforme a los intereses de los políticos.

Muchas personas están a favor de actuaciones políticas sobre el presunto problema del cambio climático: algunas pueden estar sinceramente preocupadas pero mal informadas, y la mayoría simplemente acepta de forma acrítica lo que aparece en los medios de comunicación. Quienes realmente promueven las actuaciones políticas pertenecen a distintos grupos: los propios políticos que persiguen popularidad y votos; los burócratas oportunistas que con la creación de problemas buscan avances profesionales, dinero, privilegios, poder; los ecologistas cuyos ingresos dependen de asustar a la gente, y los ejecutivos y abogados de sus grupos de presión que consiguen grandes salarios; los socialistas que buscan un gobierno mundial centralizado de burócratas y ven en el control de la energía un paso adelante para eliminar las soberanías locales; los ideólogos fanáticos irracionales que consideran al ser humano como inherentemente malvado y destructivo y que pretenden equiparar los derechos humanos con los de animales y plantas.

Respecto al tema del medio ambiente muchos periodistas muestran su ignorancia científica, su poco rigor y su superficialidad: repiten clichés, se limitan a transmitir pasivamente los comunicados oficiales, y llegan a identificarse con los intereses de políticos y burócratas (no vayan a ofenderse) en contra de la libertad individual. Se recurre al dramatismo, a las exageraciones apocalípticas, al sensacionalismo efectista; no se comprueba lo que se cree cierto, y se niega lo que va en contra de las propias creencias aunque esté cuidadosamente demostrado; se ignora o descalifica a quien va en contra de las versiones comúnmente aceptadas.

Los institutos científicos oficiales, dependientes de los subsidios recibidos de sus respectivos gobiernos, son curiosamente los que apoyan las tesis que interesan a los políticos. Requiere valor para un científico oponerse a las versiones oficiales y arriesgar las becas o subsidios que pueda recibir. Los científicos que no dependen de ayudas estatales pueden ser más independientes. Si le interesa saber más sobre este tema, visite la página web del Science and Environmental Policy Project, www.sepp.org, o del Competitive Enterprise Institute www.cei.org, o www.junkscience.com.

 


Libertad Digital - 29 de noviembre de 2000

Calentamiento global y Apocalipsis

Ante una circunstancia futura potencialmente problemática, una persona inteligente y sensata verifica, incrementa y utiliza su conocimiento acerca de la realidad para poder prever los acontecimientos futuros y actuar de forma efectiva y eficiente. Tal vez el presunto problema no exista, quizás no sea urgente ni importante, o incluso el cambio podría resultar beneficioso. Una actuación precipitada y equivocada hace que el falso remedio sea peor que la enfermedad no demostrada.

La interferencia antropogénica con el sistema climático y sus efectos de calentamiento global no se conocen bien, pero no se espera ninguna catástrofe. Los seres humanos influyen sobre el clima con la agricultura, la actividad industrial y las ciudades. El incremento de población está cambiando las relaciones entre áreas de cultivo y bosques, lo cual altera el albedo o coeficiente de reflexión de la superficie terrestre. La construcción de presas, con la consiguiente disminución del flujo de agua dulce al mar, aumenta la salinidad de los mares y altera la circulación de las corrientes marinas.

Se cree que entre las influencias humanas están la suavización de las temperaturas extremas, el enfriamiento de la estratosfera y la disminución de la frecuencia de los huracanes. No se sabe cuál es el nivel adecuado o peligroso de gases de efecto invernadero, y por lo tanto resulta absurdo intentar estabilizar o reducir un nivel dado de los mismos: cualquier objetivo es arbitrario y no tiene base científica.

La conexión causal entre el CO2 y el calentamiento global parece un dogma irrefutable, y sin embargo los datos históricos de miles de años obtenidos en exploraciones en el hielo de la Antártida no muestran evidencia de ello. Las concentraciones de los gases responsables del efecto invernadero han aumentado un 50% en los últimos 150 años sin ningún calentamiento global asociado. Datos históricos de periodos geológicos muestran concentraciones muy altas de CO2 sin efectos apreciables sobre el clima. Las relaciones no son obvias, ya que ha habido glaciaciones con altos niveles de CO2. Las fluctuaciones climáticas resultan ser mayores en épocas de bajos niveles de CO2; los niveles altos de CO2 pueden promover la estabilidad climática y evitar cambios drásticos y peligrosos.

Un calentamiento global moderado tiene efectos positivos y negativos, pero en general el calentamiento es mejor que el enfriamiento. El calentamiento y el incremento del CO2 atmosférico son mejores para la agricultura (menos heladas, épocas de cultivo más largas, mayor crecimiento de las plantas, más lluvias, menor necesidad de agua), para el crecimiento de los bosques, disminuye los extremos climáticos, permite ahorros energéticos en calefacción y es mejor para la salud: los periodos fríos en la historia de la humanidad son desastrosos por las hambrunas y las enfermedades.

El aumento del nivel del mar debido al calentamiento global (con las consecuencias de inundaciones de zonas costeras y desaparición de algunas islas) es una falacia muy extendida. El nivel del mar lleva varios siglos ascendiendo levemente: no se sabe por qué (tal vez por movimientos tectónicos que reconfiguran los fondos oceánicos), pero seguro que no es por cambios climáticos o por influencias humanas. El aumento de la temperatura produce varios efectos contrarios sobre el nivel del mar, y el resultado neto no es claro: por un lado, el nivel del mar tiende a aumentar debido a la dilatación del agua causada por el aumento de su temperatura, y a la recepción de agua procedente de la fusión parcial del hielo de glaciares y casquetes polares; por otro lado el nivel del mar tiende a disminuir por el aumento de la evaporación seguido de más lluvias sobre las regiones polares que aumentan la acumulación de hielo en las mismas. Los datos históricos recientes muestran que al aumentar la temperatura baja el nivel del mar.

El avance y retroceso de los glaciares es un fenómeno complejo que no sólo tiene que ver con los cambios climáticos. Muchos glaciares se derritieron parcialmente y retrocedieron a comienzos del siglo XX, pero no se puede extrapolar una media del siglo pasado al futuro.

No está demostrada ninguna relación entre la influencia humana sobre el clima y los desastres meteorológicos como sequías, inundaciones, riadas, huracanes. No hay incrementos relevantes de inundaciones, pero sí de los daños debidos a las mismas debido a construcciones en áreas proclives a las mismas.

Se afirma que el calentamiento global contribuye a la expansión de insectos portadores de enfermedades infecciosas tropicales, pero en realidad el factor dominante de la transmisión de enfermedades es el aumento de los contactos humanos causado por el incremento del transporte aéreo, marítimo y terrestre. Las epidemias de malaria y fiebre amarilla han ocurrido en zonas frías, y no ocurren en algunas zonas ricas tropicales.

El peligro real para la humanidad es la posibilidad, señalada por los geólogos, de una próxima edad de hielo. El periodo cálido interglacial actual puede terminar pronto y el efecto invernadero podría suavizar esta amenaza.

Los problemas medioambientales pueden resolverse mediante el conocimiento científico, el avance tecnológico y el desarrollo económico. El mercado libre fomenta la eficiencia de los medios de transporte y plantas de energía, y la correcta asignación y defensa de derechos éticos de propiedad impide las agresiones contaminantes.

 


Libertad Digital - 30 de noviembre de 2000

El calentamiento global: datos observacionales vs. modelos teóricos

La historia del clima terrestre en los últimos millones y miles de años muestra muchos cambios climáticos naturales grandes y rápidos, reflejados en los hielos polares, en los núcleos de sedimentos oceánicos y en los anillos de los árboles. En los últimos 2 millones de años ha habido unas 17 Edades de Hielo.

El clima cambia constantemente y los seres humanos son capaces de adaptarse. Ahora hace más frío que hace 1000 años, durante los períodos templados de la Edad Media, cuando se podía cultivar vino en las islas británicas y los vikingos colonizaron Groenlandia (la Tierra Verde). Entre 1450 y 1850 se produjo la Pequeña Edad de Hielo. Hubo un claro calentamiento de origen natural entre 1880 y 1940 (antes de que aumentaran notablemente las emisiones de CO2). Aparte de un enfriamiento global entre 1940 y 1975, que llevó a temer un enfriamiento global catastrófico y una nueva edad de hielo, no ha habido un cambio apreciable en los últimos 50 años (salvo un ligero enfriamiento en los últimos veinte años), en contra de las predicciones de los modelos informáticos. Se ha informado erróneamente (ya que no son un fenómeno nuevo) y de modo sensacionalista de la aparición de lagunas en el Polo Norte como presuntas pruebas del calentamiento global.

Hoy día hay un leve calentamiento en las latitudes medias del hemisferio norte que no es consistente con la teoría global del efecto invernadero, la cual predice mayores calentamientos en los polos. Una posible explicación es el efecto regional del tráfico aéreo (cambia la composición química de la baja estratosfera y los cirros delgados producidos por la estela de los aviones causan un incremento local del efecto invernadero).

Los datos atmosféricos independientes de los satélites meteorológicos (desde 1979) y de instrumentos en globos sonda de las últimas dos décadas no muestran ningún calentamiento, sino más bien un leve enfriamiento. Los datos procedentes de las mediciones en superficie de las estaciones terrestres son problemáticos por múltiples razones: faltan datos de grandes porciones del Hemisferio Sur y de la mayor parte de la superficie de los océanos; se producen perturbaciones e interferencias locales como el crecimiento urbano cerca de las estaciones meteorológicas, lo cual produce una apariencia ficticia de tendencia al calentamiento; se combinan diferentes técnicas para producir un valor global, pero la intercalibración es problemática; la composición relativa de fuentes de datos cambia con el tiempo, lo cual probablemente introduce tendencias de variación de temperatura que son resultado de errores sistemáticos.

El clima es un fenómeno muy complejo que aún no se comprende bien. Los efectos de múltiples factores no se conocen con precisión: composición de la atmósfera, nubes, usos y configuración del terreno. Los actuales modelos matemáticos del clima son defectuosos, incompletos, y no se corresponden con las observaciones de la realidad. Estos modelos inadecuados aún no incluyen correctamente efectos de interacciones entre atmósfera y océano, corrientes marinas, partículas atmosféricas de polvo y aerosoles, erupciones volcánicas y principalmente nubes. Incluso los modelos más sofisticados tienen una pobre resolución espacial, y no son capaces de representar adecuadamente las nubes, cuyos procesos físicos no son suficientemente bien conocidos. Por lo tanto los modelos no calculan adecuadamente la distribución del vapor de agua, el principal gas de efecto invernadero. Estos modelos defectuosos no son capaces de explicar la evolución pasada del clima, no se ajustan a los datos observacionales y sus predicciones de rápidos y pronunciados aumentos globales de las temperaturas no son fiables. Sin embargo, son el único fundamento de las políticas medioambientales erróneas referidas al cambio climático.

 


Libertad Digital Semanal - 9 de diciembre de 2000

Agricultura, agua y política

Resulta paradójico que la Unión Europea, una asociación de naciones avanzadas, dedique la mitad de su presupuesto (unos cuantos billones de euros confiscados a los ciudadanos) a subvencionar la agricultura, una de las actividades económicas más primitivas. Muchas personas se sorprenderían y tal vez incluso se escandalizarían si supieran los muchos millones de beneficio neto que generan los invernaderos de la zona mediterránea española. Grandes fortunas particulares se han formado gracias al mar de plástico, y ya no cuadra la imagen tradicional del agricultor pobre y sacrificado. Esta riqueza puede utilizarse para influir sobre los políticos y para financiar campañas de propaganda demagógica (qué bonito es recordar que la agricultura es fuente de vida) destinadas a conseguir el apoyo de la opinión pública.

En un intento desvergonzado de justificar todos sus privilegios, las asociaciones de beneficiados por los invernaderos mencionan la enorme riqueza que aportan a España con sus exportaciones, riqueza que olvidan mencionar va a parar a sus propios bolsillos, a menos que se haya nacionalizado su actividad y no nos hayamos enterado. Es como afirmar que el que le toque la lotería al vecino del quinto supone un gran enriquecimiento para toda la comunidad.

Los pseudoempresarios de este sector agrícola intentan que se mantengan todas las regulaciones que los protegen, siempre a costa de los demás contribuyentes: precios garantizados por encima del mercado, subvenciones de todo tipo, y protección (aranceles y cuotas) contra los productos más competitivos de países menos desarrollados (lo cual dificulta su desarrollo y contribuye a mantenerlos en la pobreza). Dos de sus factores de producción les resultan especialmente baratos (aparte de la luz solar, que les sale gratis): la mano de obra inmigrante (frecuentemente ilegal o en condiciones precarias) y el agua regalada por el Estado.

El agua es legalmente un bien público, no se compra ni se vende. Como no existen derechos de propiedad privada sobre el agua ni un mercado de la misma, es imposible saber cuáles son sus usos más valorados por los ciudadanos. El precio del agua se fija mediante mecanismos políticos: los colectivos organizados pueden presionar para obtener mejores condiciones, y de este modo los agricultores consiguen agua mucho más barata que la destinada al consumo humano.

Todos los bienes públicos que se gestionan políticamente sufren el mismo problema de luchas encarnizadas por su uso. En el mercado libre los bienes se asignan a quien está dispuesto a pagar el precio más alto. En una economía intervenida los bienes los reciben quienes más puedan influir, mediante favores o amenazas, sobre los gobernantes: todos quieren obtener la mayor cantidad posible de bienes y que los paguen los demás. Los políticos locales deben luchar con el gobierno central para recibir el máximo, siempre a costa de otras regiones: la política es un juego de suma cero, para que uno gane otro debe perder.

El problema del agua no se solucionará mientras se mantenga su gestión política. El mar contiene enormes cantidades de agua que puede ser desalada si los consumidores del producto final están dispuestos a asumir sus costes. También pueden realizarse trasvases desde zonas que estén dispuestas a vender el agua, teniendo también en cuenta el coste del transporte. En un mercado libre triunfaría la opción más eficiente. En la situación política actual, parece que las empresas constructoras de infraestructuras para trasvases tienen más amigos en el gobierno que las constructoras de plantas desaladoras, y que las regiones costeras tienen más peso político que las interiores. Pero todo se hace en nombre de la solidaridad interterritorial, claro.

 


Libertad Digital - 12 de diciembre de 2000

El trabajo infantil

Cercanas las fiestas navideñas los niños son el centro de atención y las intenciones caritativas llenan los corazones de todo el mundo. Personas de buena voluntad se escandalizan ante los presuntos horrores del trabajo infantil y reclaman a los políticos su prohibición.

En los países más desarrollados los niños son en general queridos, cuidados e incluso mimados. Nos parece natural que los niños jueguen y aprendan ajenos a las preocupaciones de sus mayores. Pero a menudo se olvida que la existencia de clases pasivas es posible gracias a la acumulación previa de conocimiento y bienes de capital que incrementan la productividad del trabajo y facilitan la obtención de riqueza. Una sociedad rica puede aceptar que una buena parte de sus miembros no trabajen, pero un pueblo pobre no puede permitirse esos lujos.

Los niños pueden dejar de trabajar cuando sus familias disponen de suficientes recursos para sobrevivir. En los países ahora desarrollados también hubo trabajo infantil cuando no tenían suficiente capacidad de generar riqueza. Lo preocupante no es el trabajo infantil, sino la pobreza generalizada de algunos pueblos, causada principalmente por la violencia y la ignorancia de los sistemas políticos que los oprimen.

Comparar el trabajo infantil con la esclavitud es una tergiversación repugnante. El esclavo es amenazado con la muerte y no tiene oportunidad de elegir: los bajos salarios y las duras condiciones de trabajo no son en absoluto equivalentes a la esclavitud. El empresario que da trabajo no ha provocado la pobreza y ofrece un modo de ganarse la vida, no es ningún explotador: toda relación voluntaria es beneficiosa para ambas partes, y su prohibición violenta es perjudicial.

Las empresas que utilizan mano de obra infantil en el tercer mundo no obligan por la fuerza a nadie a trabajar para ellas. Estas empresas ofrecen oportunidades y tienden a aumentar los salarios, por bajos que éstos sean. Los sueldos y las condiciones laborales mejoran si aumenta el número de empresas que deben competir por la mano de obra. El problema es la escasez de empresarios y de bienes de capital combinada con una gran oferta de mano de obra poco cualificada. Prohibir el trabajo infantil imposibilita a los no adultos la obtención de recursos propios para su emancipación. Además, cualquier edad determinada legalmente para definir lo que es un niño es arbitraria.

Si usted decide felicitar las Navidades con tarjetas de Unicef, tal vez tranquilice su conciencia, pero en realidad está contribuyendo a la supervivencia de una institución de mentalidad colectivista cuyos burócratas disfrutan de elevados sueldos y múltiples privilegios. Las presuntas ayudas de las naciones avanzadas que muchos reclaman son en realidad transferencias de riqueza de los pobres de los países ricos a los ricos de los países pobres. Si usted no compra un producto porque ha sido elaborado con mano de obra infantil, condena a los niños a la pobreza.

 

Versión original de Francisco Capella:

El trabajo infantil

Cercanas las fiestas navideñas los niños son el centro de atención y las intenciones caritativas llenan los corazones de todo el mundo. Personas de buena voluntad se escandalizan ante los presuntos horrores del trabajo infantil y reclaman a los políticos su prohibición.

En los países más desarrollados los niños son en general queridos, cuidados e incluso mimados. Nos parece natural que los niños jueguen y aprendan ajenos a las preocupaciones de sus mayores. Pero a menudo se olvida que la existencia de clases pasivas es posible gracias a la acumulación previa de conocimiento y bienes de capital que incrementan la productividad del trabajo y facilitan la obtención de riqueza. Una sociedad rica puede aceptar que una buena parte de sus miembros no trabajen, pero un pueblo pobre no puede permitirse esos lujos. Los niños pueden dejar de trabajar cuando sus familias disponen de suficientes recursos para sobrevivir. En los países ahora desarrollados también hubo trabajo infantil cuando no tenían suficiente capacidad de generar riqueza.

Lo preocupante no es el trabajo infantil, sino la pobreza generalizada de algunos pueblos, causada principalmente por la violencia y la ignorancia de los sistemas políticos que los oprimen. Resulta chocante que la gente espere de los burócratas improductivos que resuelvan mediante leyes y regulaciones los graves problemas que ellos mismos crean mediante la coacción institucional: esta pretensión implica desconocer la naturaleza nociva del estado y su actividad parasitaria. El estado no crea nada, sólo coacciona, destruye, roba a unos para darles parte a otros, y pone todo tipo de obstáculos para la creación pacífica de riqueza. Reclamar a los estados su obligación de educar a los niños supone darles más poder político para confiscar recursos y moldear a su gusto las mentes de los ciudadanos.

El trabajo infantil no es un fenómeno exclusivo de países atrasados. Los niños trabajan en países ricos ayudando en el negocio familiar, con las tareas domésticas, en tiendas, en talleres o repartiendo periódicos. A muchos les gusta, aprenden una profesión y el sentido de la responsabilidad, y no están ociosos.

Comparar el trabajo infantil con la esclavitud es una tergiversación repugnante. El esclavo es amenazado con la muerte y no tiene oportunidad de elegir: los bajos salarios y las duras condiciones de trabajo no son en absoluto equivalentes a la esclavitud. El empresario que da trabajo no ha provocado la pobreza y ofrece un modo de ganarse la vida, no es ningún explotador: toda relación voluntaria es beneficiosa para ambas partes, y su prohibición violenta es perjudicial.

Las empresas que utilizan mano de obra infantil en el tercer mundo no obligan por la fuerza a nadie a trabajar para ellas. Estas empresas ofrecen oportunidades y tienden a aumentar los salarios, por bajos que éstos sean. Los sueldos y las condiciones laborales mejoran si aumenta el número de empresas que deben competir por la mano de obra. El problema es la escasez de empresarios y de bienes de capital combinada con una gran oferta de mano de obra poco cualificada.

Los padres no tienen derecho a obligar a un niño a trabajar, pero tampoco tienen ninguna obligación ética de mantenerlo. Las regulaciones estatales sobre la patria potestad y la adopción dificultan que los niños puedan abandonar padres indeseables y encontrar refugio en familias dispuestas a acogerlos. Prohibir el trabajo infantil imposibilita a los no adultos la obtención de recursos propios para su emancipación. Además, cualquier edad determinada legalmente para definir lo que es un niño es arbitraria.

Por mucho que la ONU y los estados se empeñen en proclamar pomposas declaraciones de pseudoderechos para múltiples colectivos, el único derecho ético auténtico es el derecho de propiedad de cada ser humano sobre sí mismo y los frutos de su trabajo. Si usted decide felicitar las Navidades con tarjetas de Unicef, tal vez tranquilice su conciencia, pero en realidad está contribuyendo a la supervivencia de una institución de mentalidad colectivista cuyos burócratas disfrutan de elevados sueldos y múltiples privilegios. Las presuntas ayudas de las naciones avanzadas que muchos reclaman son en realidad transferencias de riqueza de los pobres de los países ricos a los ricos de los países pobres. Si usted no compra un producto porque ha sido elaborado con mano de obra infantil, condena a los niños a la pobreza. ¿Dejaría usted de adquirir algo porque lo han hecho mujeres o negros? Si quiere usted ayudar a las familias y los niños del tercer mundo, compre sus productos o colabore con organizaciones privadas de su confianza.

 


Libertad Digital - 17 de diciembre de 2000

El lenguaje sindical

El lenguaje es una potente herramienta que permite la comunicación entre los seres humanos, pero su uso inadecuado resulta muy peligroso: ciertas personas y colectivos no tienen escrúpulos a la hora de pervertirlo en su provecho para poder vivir a costa de los demás, fingiendo ser las víctimas para ocultar que son los agresores.

Los sindicatos son grupos de interés que buscan su propio beneficio (aunque según ellos, hablan en nombre de todos los trabajadores y todo lo hacen por el bien de los ciudadanos) y que utilizan como herramienta política la distorsión sistemática del lenguaje. Su talismán favorito es el término "social", adjetivo que añaden a todo lo que pueden para intentar aparentar legitimidad ética. Así llaman avances o conquistas sociales a múltiples obstáculos institucionales a la creación y distribución de riqueza mediante la acción humana y la creatividad empresarial. Llaman protección social al sistema coactivo de redistribución de riqueza del cual ningún trabajador puede escapar: pensiones públicas fraudulentas y seguros de desempleo que fomentan la inactividad y la dependencia.

Llaman fomento del empleo estable a impedir la libertad de contratación y despido, provocando rigidez e ineficiencia en el mercado laboral. Llaman reducción de la jornada laboral a prohibir a quien lo desee trabajar más de un determinado número de horas. Llaman derecho a la negociación colectiva a la ausencia de derecho de cada trabajador a la negociación individual con la empresa. Llaman huelga legal a un incumplimiento de contrato mediante el cual presionan de forma coactiva al empresario para obtener mejoras en las condiciones laborales. Llaman piquetes informativos a grupos de activistas que amedrentan a los trabajadores que se niegan a participar en una huelga.

Llaman concertación o diálogo social al privilegio legal mediante el cual los sindicalistas, a pesar de su muy escasa representatividad, además de su voto democrático en las elecciones tienen privilegios políticos añadidos para influir sobre los contenidos de las leyes laborales. Llaman apoyo al diálogo social a manifestaciones y huelgas donde lo que se busca es mostrar el daño que se puede hacer, su capacidad de presión. Llaman paz social a la rendición incondicional a sus pretensiones. Se oponen a la liberalización de la economía, ya que según ellos condiciona la negociación social. Negociar con los sindicatos para obtener paz social es equivalente a aceptar las exigencias de los violentos para no ser agredidos.

 


Libertad Digital - 22 de diciembre de 2000

Apuesto a que no le toca la lotería

Llegan la Navidad y el Gordo de la Lotería Nacional, la solemne celebración anual de ese astuto impuesto sobre los que no saben matemáticas. En la última campaña publicitaria del Tesoro Público, el encargado de la ruleta rusa de un casino advierte a un jugador sobre las muy escasas probabilidades de que salga premiado su número. Obviamente los juegos de azar no son una buena inversión, como puede explicarle cualquier matemático. Los dueños de casinos, bingos y demás garitos no se ganan la vida regalando dinero a sus clientes.

En una sociedad intervenida tan obsesionada con la eliminación de la incertidumbre y el riesgo, ¿cómo es que no se informa a los jugadores de lotería de las ínfimas oportunidades de ganancia de dicho juego? Tal vez porque es la propia Administración reguladora quien lo organiza y promociona, obteniendo enormes ingresos, y no van a echar piedras sobre su propio tejado. Mejor atacar sutilmente los juegos de azar organizados por empresarios privados, quienes deben sobrevivir luchando contra la competencia desleal del Estado.

Los defensores del estado del bienestar suelen deplorar el egoísmo y el ansia de enriquecimiento de los seres humanos, y resulta que las propias instituciones estatales se dedican a fomentar y aprovechar la ambición de lucro sin esfuerzo. "¿Quiere usted ganar una fortuna y realizar sus sueños? ¡Juegue a la lotería!" El Estado presuntamente igualitario contradice su propia ideología cuando organiza y fomenta juegos de azar que sirven para crear enormes desigualdades entre abundantes perdedores y escasos ganadores multimillonarios: antes del sorteo la distribución de riqueza es mucho más uniforme que después del mismo.

Toda ser humano dueño de su vida puede participar con su dinero en los juegos de azar que desee, pero es triste que lo haga en beneficio de instituciones coactivas. Muchas personas participan para compartir una ilusión y una posible alegría, pero algunas confiesan parte de envidia al comprar participaciones, no sea que les toque a los demás y uno quede como un tontaina. Hay asociaciones de ludópatas que siempre protestan contra las máquinas de apuestas de los bares, pero nunca les he oído oponerse a la lotería: sin embargo apuesto lo que quieran a que con ella tampoco ganan.

 


Libertad Digital - 3 de enero de 2001

Demandas por el tabaco

Varias asociaciones de afectados de cáncer de laringe han demandado colectivamente a la industria tabaquera española, a la que consideran causante de su enfermedad. Afirman que el dinero de la indemnización no es para el lucro personal, sólo lo quieren para ayudar a recuperar la voz y la autoestima de miles de afectados: adquirir locales, gastos de funcionamiento, gastos médicos y de rehabilitación. Parecen bien asesorados por abogados expertos en relaciones públicas: hay que evitar el lucro particular, que suena fatal, y dar algo de pena para tener apoyo popular. Pero si realmente han sido agredidos o estafados mediante productos adulterados tienen derecho a mucho más, y la indemnización es independiente de en qué quieran gastarse el dinero.

La industria tabaquera no causa por sí misma ninguna enfermedad, como puede comprobarse por la inexistencia de efectos del tabaco entre los no fumadores, especialmente si trabajan en un estanco. Son los propios fumadores quienes se causan a sí mismos el daño por un hábito que no saben controlar. Es el fumar en exceso (es decir, depende de la cantidad y la frecuencia) lo que provoca problemas de salud, y no la producción y venta de tabaco. Para que el tabaco cause daño hay que fumarlo, y fumar es decisión personal y privada de cada individuo. Toda adicción puede vencerse con suficiente fuerza de voluntad. ¿Tienen estas presuntas víctimas alguna forma de demostrar que intentaron dejar de fumar, o tal vez disfrutaban con su hábito? ¿Solicitaron a alguien que les impidiera fumar por la fuerza? Parece que no se quejaban mientras no sufrían los posibles daños (inflingidos a sí mismos) de su vicio. Sólo protestan cuando tienen que asumir las consecuencias de sus propios errores.

Los afectados solicitan que las compañías demandadas inserten en los productos que fabrican los componentes que contienen estos productos, con especial hincapié en los que provocan cáncer. En justa correspondencia se espera que los fumadores muestren públicamente y de forma bien visible un aviso acerca de sí mismos, a elegir entre:

a) Soy una persona madura, consciente, responsable de mis actos; conozco los riesgos y peligros del hábito de fumar y los asumo plenamente; renuncio a cualquier reclamación posterior por daños y perjuicios.

b) Soy una persona inmadura, inconsciente, e irresponsable; soy una marioneta sin carácter, ni personalidad, ni capacidad de decidir por mí mismo; la publicidad me convence de cualquier cosa; soy un adicto a un vicio que me domina; necesito que se me considere mentalmente incapacitado, que se me quite mi derecho al voto para no afectar a personas inocentes y se me asigne un tutor que me vigile.

Las artimañas legales a las que van a recurrir los abogados de este caso son llamativas por su estupidez: según diferentes leyes, el tabaco es un producto nocivo para la salud, los productos que son nocivos para la salud son considerados peligrosos, y todo producto peligroso se considera defectuoso. ¡Todo producto peligroso, como por ejemplo un paracaídas, un avión o un arma, es automáticamente defectuoso! Pobres ingenieros que no saben construir adecuadamente productos peligrosos.

La Administración concede la justicia gratuita a las asociaciones sin ánimo de lucro y de interés público para que puedan afrontar un pleito con la tranquilidad de que, de perder, no tendrán que pagar las costas del juicio, que en un proceso de este tipo podrían ser muy altas. O sea que encima los ciudadanos inocentes tienen que pagar las facturas de los picapleitos de los irresponsables que no saben cuidar de sí mismos. ¿Si pierden no se ha demostrado que no tienen razón? ¿No han contribuido de forma inútil al colapso del sistema judicial, dificultando la resolución de conflictos que sí son auténticas agresiones? Y por otra parte ¿cómo puede haber alguien que espere que el Estado resuelva este problema cuando gran parte de su financiación (un billón de pesetas al año en impuestos especiales) depende de que el mismo se mantenga?

¿Por qué no demandan los afectados a los estanqueros que les vendieron el tabaco? Tal vez porque el dinero y la mala imagen pública los tienen las grandes compañías tabaqueras. "¿Por qué roba usted bancos?", le preguntaron a un ladrón. "Porque ahí es donde está el dinero".

 


Libertad Digital - 6 de febrero de 2001

Más sobre las vacas locas

Imaginemos una gran multinacional que distribuye un producto destinado al consumo humano que en algunos casos resulta ser defectuoso (de forma no intencionada y durante algún tiempo sin conocimiento de ello) por la presencia de pequeñas cantidades de un veneno acumulativo potencialmente mortal (dependiendo de la dosis) a largo plazo. Las asociaciones de consumidores lo denunciarían poniendo el grito en el cielo, los consumidores tenderían a evitar dicho producto, y la empresa vería disminuir drásticamente sus ingresos. Aquellos que hubieran resultado damnificados presentarían demandas por daños y perjuicios.

Supongamos además que la imparcialidad de la justicia exige tratar igual a las personas, no según quiénes son, sino según qué han hecho. Y ahora sustituyamos a la odiada multinacional por algunos ganaderos y carniceros que presuntamente han distribuido carne de vacuno contaminada con priones que pueden causar en los seres humanos una enfermedad mortal que ataca al sistema nervioso. Resulta que estos profesionales protegidos por el Estado no sólo no son enjuiciados (alegan que todo lo que han hecho es legal), sino que encima amenazan con cortar las calles y provocar serios disturbios si no les entregan enormes cantidades de dinero (del bolsillo de ciudadanos inocentes) como indemnizaciones para resolver su problema, ya que están arruinándose: o sea, que paguen justos por pecadores. Los ganaderos pretenden que su forma de ganarse la vida sea infalible: si las cosas van mal, que el Estado les saque del apuro. Jamás se les habría ocurrido contratar seguros o sistemas de control privados para protegerse de estas contingencias. También es cierto que cualquier carnicero, ganadero, o distribuidor de harinas animales debe ser considerado inocente mientras nadie demuestre en concreto lo contrario (no se puede acusar a una clase).

El problema principal de las vacas locas no son los cada vez más escasos bovinos, sino los muy abundantes bobinos de la clase política y los medios de comunicación. Algunos ignorantes pretenden que este problema es una señal que debería advertir a los liberales de lo peligroso que es dejar al mercado libre, sobre todo al alimentario, sin estrictos controles estatales, lo cual afectaría gravemente a la salud de los consumidores. Hay que tener mucha cara dura para realizar estas afirmaciones, ya que este problema ha mostrado que son los controles estatales los que han fracasado estrepitosamente, lo cual es inherente a su naturaleza. Los políticos y los burócratas sólo se preocupan por la salud de los consumidores en la medida en que estos puedan darles o retirarles su voto y mantenerlos o apartarlos del poder.

Los ingenuos ciudadanos confían en que todo está bien por que papá Estado está vigilando. El mercado alimentario europeo (con su nefasta política agraria común) no es un mercado libre, es un mercado fuertemente intervenido y subvencionado a expensas de los consumidores (se dificulta o impide la importación de carne de otros países, se garantiza a los productores precios por encima de los de mercado), donde no existen controles de calidad y garantías realmente eficientes como serían los proporcionados por agencias de certificación en competencia, que reflejaran las diferentes asunciones de riesgos y evaluaciones de costes y beneficios. Además un mercado libre implica unos mecanismos de justicia (respeto a la propiedad privada y los contratos, indemnización por los agresores a las víctimas) actualmente inexistentes.

Las vacas han sido tradicionalmente vegetarianas, pero no es una aberración ni un crimen ecológico darles de comer proteínas animales si sus sistemas digestivos son capaces de asimilarlas sin deteriorar su salud. El problema no está en los piensos animales en general, sino en su contaminación con priones. Buscar la eficiencia (reducir costes, aprovechar residuos) es inteligente. Si todo cambio provocado por los seres humanos en la naturaleza fuera una aberración, no existirían los animales domésticos.

El problema médico y científico de las vacas locas es difícil por varias razones peculiares: se trata de un nuevo tipo de enfermedad, no causada por ningún microorganismo, y los riesgos y peligros no están bien establecidos de forma científica. Algunos expertos hablan de hecatombe o de bomba a punto de estallar, mientras que otros lamentan tanta alarma social ante una enfermedad que se ha cobrado muy pocas víctimas humanas en varios años. Es posible que los riesgos para la salud se estén exagerando, igual que es posible que se estén minimizando. Los seres vivos son enormemente complejos y el conocimiento acerca de los mismos no es simple. Imponer una versión oficial como la única verdad es un grave error. Se sabe que no existe contagio entre animales por proximidad, pero se están sacrificando millones de vacas sin ni siquiera saber si están enfermas o no: un enorme despilfarro de riqueza y un absurdo asesinato en masa de seres vivos con la excusa de la seguridad de las personas.

 


Libertad Digital - 11 de febrero de 2001

Contra la fiscalidad global

Jesús Lizcano Álvarez, catedrático de Economía Financiera y Contabilidad de la Universidad Autónoma de Madrid, acaba de publicar en El País un artículo en defensa de la tasa Tobin. Se trata de un impuesto mundial propuesto por el norteamericano James Tobin (premio Nobel de Economía en 1981), consiste básicamente en gravar el uno por mil de las transacciones financieras en los mercados internacionales de divisas.

Al profesor Lizcano los mercados cambiarios le parecen demasiado volátiles, inconsistentes, aleatorios (como un casino), variables e impredecibles, y excesivo su volumen y nivel especulativo. La tasa Tobin podría "desincentivar y reducir las continuas compras y ventas de divisas que se hacen diariamente por millones con carácter de apuestas especulativas". Resulta chocante que un catedrático de economía financiera no entienda la naturaleza positiva de la especulación para uniformar los precios de los bienes en el tiempo: el especulador no es un apostante en un juego de azar, sino que compra cuando un bien está barato, incrementando su precio, y vende cuando está caro, disminuyendo su precio.

Los especuladores monetarios son los perros guardianes que dificultan la comisión de tropelías monetarias por parte de políticos ineptos y sin escrúpulos. Obstaculizar los intercambios voluntarios y el funcionamiento de los mercados de divisas es una pésima idea (los volvería más inestables al hacer más difíciles los ajustes), pero muy del agrado de los déspotas que nos gobiernan. Es obvio que los políticos estarán encantados de que les den oportunidades de apropiarse de más riqueza ajena de la forma más cómoda posible.

En un intento de justificar moralmente este patoso proyecto de ingeniería social a escala mundial, Lizcano dice que los recursos financieros que se obtendrían, "se podrían destinar a importantes fines sociales, fundamentalmente en los países del Tercer Mundo." Naturalmente, un robo sistemático a tal escala generaría un botín espectacular confiscado a sus legítimos propietarios. Es la vieja falacia económica de que el dinero que les sobra a los ricos es mejor aprovechado por los pobres. Todos los colectivistas excusan sus coacciones con la ayuda a los más débiles.

En el colmo de los despropósitos, Lizcano indica que este impuesto podría servir "para ampliar el libre comercio internacional", y parece alegrarse de que los ciudadanos no podrían evitarlo fácilmente (utilizando paraísos fiscales), porque la mayor parte de las transacciones financieras del mundo se producen en unas pocas plazas controladas; propone incluso el boicoteo de los países "que no respetasen el pago de esta tasa legal". Este catedrático espera "que los políticos puedan estar a la altura de los ciudadanos y de una sociedad moderna como la actual, que puedan regalarnos esta primera iniciativa fiscal de ámbito mundial". Resulta escandaloso hablar en nombre de todos para calificar de regalito lo que es un penoso castigo. Esperemos que no cuele esta disparatada iniciativa.

 

Versión original de Francisco Capella:

Contra la fiscalidad global

Jesús Lizcano Álvarez, catedrático de Economía Financiera y Contabilidad de la Universidad Autónoma de Madrid, acaba de publicar en El País un artículo en defensa de la tasa Tobin, el impuesto mundial propuesto por el norteamericano James Tobin (premio Nobel de Economía en 1981), que consiste básicamente en una tasa impositiva del uno por mil sobre las transacciones financieras especulativas en los mercados internacionales de divisas. "Esta medida podría contribuir a una mayor estabilidad mundial de los mercados financieros internacionales, y de paso, se podrían mejorar los desequilibrios y necesidades acuciantes de una buena parte de la población mundial."

El profesor Lizcano estima que hay "una globalización caótica del riesgo financiero": los mercados cambiarios le parecen demasiado volátiles, inconsistentes, aleatorios (como un casino), variables e impredecibles, y excesivo su volumen y nivel especulativo. La tasa Tobin podría "desincentivar y reducir las continuas compras y ventas de divisas que se hacen diariamente por millones con carácter de apuestas especulativas". Resulta chocante que un catedrático de economía financiera no entienda la naturaleza positiva de la especulación para uniformar los precios de los bienes en el tiempo: el especulador no es un apostante en un juego de azar, sino que compra cuando un bien está barato, incrementando su precio, y vende cuando está caro, disminuyendo su precio.

En el caso de los mercados de divisas, el auténtico problema está en las manipulaciones estatales coactivas de las monedas sin respaldo real (envilecimientos, devaluaciones) agravadas por las políticas fiscales depredadoras y las regulaciones paralizadoras de la actividad económica. Los especuladores monetarios son los perros guardianes que dificultan la comisión de tropelías monetarias por parte de políticos ineptos y sin escrúpulos. Obstaculizar los intercambios voluntarios y el funcionamiento de los mercados de divisas es una pésima idea (los volvería más inestables al hacer más difíciles los ajustes), pero muy del agrado de los déspotas que nos gobiernan. Es obvio que los políticos estarán encantados de que les den oportunidades de apropiarse de más riqueza ajena de la forma más cómoda posible.

En un patético intento de justificar moralmente este patoso proyecto de ingeniería social a escala mundial, Lizcano menciona los enormes recursos financieros que se obtendrían, "que se podrían destinar a importantes fines sociales, fundamentalmente en los países del Tercer Mundo." Naturalmente, un robo sistemático a tal escala generaría un botín espectacular, una enorme cantidad de riqueza que sería confiscada a sus legítimos propietarios. Afirma también que se trata de una "medida de suma positiva" sin indicar qué es lo que se está sumando. Es la vieja falacia económica de que el dinero que les sobra a los ricos es mejor aprovechado por los pobres. Todos los colectivistas excusan sus coacciones con la ayuda a los más débiles. ¡Qué fácil es la solidaridad con el dinero ajeno! Es una lástima el olvido de conceptos éticos fundamentales como la inviolabilidad de la propiedad privada y la importancia de los intercambios libres.

En el colmo de los despropósitos, Lizcano indica que este impuesto podría servir "para ampliar el libre comercio internacional", y parece alegrarse de que los ciudadanos no podrían evitarlo fácilmente (utilizando paraísos fiscales), porque la mayor parte de las transacciones financieras del mundo se producen en unas pocas plazas controladas; propone incluso el boicoteo de los países "que no respetasen el pago de esta tasa legal". Este catedrático espera "que los políticos puedan estar a la altura de los ciudadanos y de una sociedad moderna como la actual, que puedan regalarnos esta primera iniciativa fiscal de ámbito mundial". Siempre me ha parecido penoso el uso que hacen del plural aquellos que no se atreven a hablar en primera persona del singular, y resulta escandaloso hablar en nombre de todos para considerar un regalito lo que en realidad es un penoso castigo. No sé por qué, pero el "¡Por favor, róbennos!" me suena poco creíble.

Tal vez haciéndole un guiño al partido político en el poder, señala que es una medida adecuada para una derecha "moderna, progresista y liberal". Típico del pseudointelectual que da ideas a los políticos para incrementar el poder de ambos, como cuando aconseja la creación de un grupo multidisciplinar para su estudio. ¡Qué forma tan sutil de proponerse a sí mismo como experto para un carguito bien remunerado! Espero que no cuele.

 


Libertad Digital - 14 de febrero de 2001

Genoma, investigación pública y privada

Mediante la investigación el ser humano incrementa su poder al obtener conocimiento científico y tecnológico, pero a menudo se olvida que la utilidad del conocimiento sólo puede ser juzgada con referencia al propósito y a la valoración subjetiva de cada persona. El conocimiento puede ser valioso, pero su adquisición tiene un coste que cada individuo debe considerar.

Las empresas privadas investigan para obtener conocimientos y tecnología que les permitan servir a sus clientes de forma más eficiente y competitiva, y deben decidir cuántos recursos dedicar (y cómo hacerlo) a la investigación y al desarrollo de nuevos productos, de modo que lo obtenido sea más valioso que los recursos gastados. Los accionistas muestran su aprobación a los proyectos de la empresa invirtiendo en ella. Los consumidores demuestran que valoran lo producido pagando por ello.

La investigación estatal produce necesariamente conocimientos menos valiosos y útiles que los conseguidos en una sociedad libre. Los recursos utilizados proceden de los impuestos confiscados a los ciudadanos, los cuales no pueden decidir voluntariamente si les interesa o no participar en los proyectos de investigación. Las líneas de investigación se deciden según criterios políticos, por razones electorales de prestigio e imagen de los gobernantes. Los resultados obtenidos se distribuyen de forma gratuita, con lo cual es imposible determinar su auténtico valor. Los institutos oficiales compiten de forma desleal con las empresas privadas.

La investigación estatal suele ser realizada por funcionarios no sometidos a la obligación de satisfacer a sus clientes, y que constantemente reclaman más recursos públicos para poder continuar con sus actividades favoritas (que a menudo sólo interesan a una ínfima minoría). Aunque alegan que trabajan en beneficio de toda la sociedad, en realidad ellos mismos son los principales beneficiarios: mantienen sus puestos de trabajo y adquieren una experiencia que les puede proporcionar mejores oportunidades profesionales en el futuro.

La investigación del genoma humano es una clara muestra de demagogia. La prensa alaba a los investigadores públicos y demoniza a los privados. Para Francis Collins, director del consorcio público, "Lo importante es que cualquiera pueda estudiar el genoma humano". Según John Sulston, coordinador del equipo británico, "Sería criminal dejar esta investigación en manos privadas". Los científicos piden acceso libre al genoma sin tener que pagar por ello (están acostumbrados a ignorar todos los criterios económicos) y afirman de forma arbitraria y sin ofrecer ningún dato al respecto que el coste social de no participar de la nueva era de la genética puede ser mucho mayor que las inversiones necesarias. Si están tan bien informados, ¿a qué esperan entonces para invertir su propio dinero?

En el campo contrario (el de los buenos), la iniciativa empresarial privada de Craig Venter y Celera no les ha costado un duro a los contribuyentes y ya produce beneficios para sus accionistas. ¿Quiere usted aprovecharse de los resultados de su trabajo? Pues sea honrado y pague por ellos.

 


Libertad Digital Semanal - 17 de febrero de 2001

Los pestíferos lodazales de Prada

Al escritor Juan Manuel de Prada (ABC) le disgusta "el infinito estiércol que abruma las páginas de Internet". Según él, "Sabemos que ocho de cada diez páginas de Internet son pestíferos lodazales donde cualquier espíritu sensible podría perecer atufado. Sabemos también que ese prodigioso vehículo de información corre el riesgo de convertirse en el sarcófago de nuestras más vergonzantes vilezas... somos muchos los que pensamos que esos aliviaderos deben ser clausurados, aunque tanta mierda obturada haga estallar Internet en mil pedazos."

Este escritor de exquisita hipersensibilidad y escasa tolerancia comete varios errores típicos de los más ignorantes, confundiendo la opinión con el conocimiento y lo subjetivo con lo objetivo. Utilizando un lenguaje plural típicamente colectivista, en lugar de afirmar directamente algo sobre la realidad se refugia en un grupo no identificado que pretende saber algo esencialmente imposible, ya que no puede saberse lo que no es cierto o no tiene sentido. Su afirmación mezcla una cantidad completamente precisa (el ochenta por ciento de las páginas de Internet) con otros términos cuyo significado es arbitrario y está lleno de connotaciones literarias y emocionales, como "pestíferos lodazales" y "espíritu sensible". No aclara dónde ha obtenido estos datos estadísticos, tal vez sean simplemente producto de su imaginación. Si fueran resultado de una investigación personal, me sorprende el sacrificio masoquista de alguien que se dedica a explorar una inmundicia que le parece insoportable.

Una característica típica del intolerante es que se ofende por algo que hacen otras personas (y que consideran de algún valor) sin agredirle a él y pretende prohibirlo. Es algo incoherente que exija la censura en Internet (aunque no utilice este término se le ve el plumero de lejos) alguien que se dedica a despreciar a las masas ("resignadas a un destino subalterno", "asustadas de su propia vulgaridad", "ya no se avergüenzan de sus propias bajezas, sino que se regodean en ellas y se consuelan con ellas", "se refocilan en su propia mierda") y sus groserías, abyección y mentecatez. Es cierto que muchas personas inteligentes y cultas pueden lamentar las estupideces que se comunican en ciertos foros. Pero cada persona que navega por Internet decide por sí misma aquello a lo que quiere acceder, nadie está obligado a prestar atención a contenidos que no considere adecuados, y puede libremente rechazarlos o incluso boicotearlos. Clausurar algunos foros requeriría una policía intelectual propia de sistemas políticos totalitarios. La ética de la libertad de expresión implica que, mientras no agreda la propiedad ajena, toda persona puede decir lo que le plazca, guste o no a los demás, aunque sean calumnias o falsedades. La ofensa está en el ojo del que contempla.

Internet es hoy día un medio enormemente abierto y bastante libre de injerencias estatales, a pesar de los intentos de algunos jueces y legisladores. Esto no significa que no existan normas (la "netiqueta" que desconocen los que hablan de Internet sin conocerlo en profundidad), sino que dichas normas surgen de las interacciones espontáneas entre los múltiples participantes, y no son impuestas coactivamente desde fuera mediante la violencia institucional. Internet permite que las personas puedan mantener relaciones libres (personales y comerciales) sin intromisión de los gobernantes, y esto es lo que realmente les asusta: que los ciudadanos descubran que pueden prescindir de ellos sin ningún problema. Por ello los políticos no descansarán hasta que consigan regular la red a su gusto. Mientras tanto agradecen a "intelectuales" como de Prada el apoyo moral para su causa.

 


Libertad Digital - 23 de febrero de 2001

Ibarra desbarra

El presidente de la Junta de Extremadura, el socialista Juan Carlos Rodríguez Ibarra, ha decidido imponer un impuesto a los bancos que operan en su región, gravando fiscalmente la captación del ahorro de los extremeños que no se reinvierta en proyectos productivos mediante créditos a otros extremeños. Es decir, que Ibarra quiere chupar la sangre de los bancos que consiguen fondos en Extremadura y los invierten en otros lugares.

Si Extremadura no es un buen sitio para invertir, tal vez sea por culpa de sus impresentables gobernantes. Si Rodríguez Ibarra fuera coherente, aplicaría ese impuesto no sólo a los bancos, sino también a los inversores particulares que se llevan su dinero fuera de la región. Sería interesante ver el efecto electoral de esa coherencia, además de investigar dónde invierten su dinero los políticos socialistas de esta comunidad autónoma.

Los principales perjudicados por esta agresión a la libertad serán los ciudadanos de Extremadura, que encontrarán más dificultades para que sus recursos económicos sean utilizados de la forma más valiosa. Se trata de una medida propia del más rancio mercantilismo que muestra los desastres a los que puede dar lugar la autonomía fiscal.

Seguramente esta medida única en España no se lleve a cabo, porque parece inconstitucional y va contra la normativa europea de libre circulación e instalación de entidades financieras. Pero Ibarra es conocido como maestro demagogo, y atacar a los bancos y a los ricos puede ser un mensaje político popular para las clases bajas e incultas que son su reserva de votos: "Hay que sacar el dinero de aquel que lo tiene". Qué listo en darse cuenta de que de donde no hay no se puede sacar. Como cree el ladrón que todos son de su condición, Ibarra afirma que los bancos "recaudan" en Extremadura (sobran comentarios). Y encima cometen el pecado de "enriquecer o mejorar la situación de sus accionistas", por lo cual deben ser castigados.

Se librarán las cajas de ahorros porque no tienen accionistas y destinan parte de sus beneficios a obra social en la región. Hablando en cristiano: porque los dueños son los propios políticos, las cajas hacen lo que les mandan y no van a ser tan tontos de quitarse poder a sí mismos. Además "si hay bancos que deciden hacer obra social, ese importe se les deduciría del impuesto". Pórtense bien, banqueros, y les perdono parte del castigo.

 


Libertad Digital Semanal - 24 de febrero de 2001

Derechos de migración o de propiedad

Algunos comentaristas políticos protestan ante la aparente contradicción de un mundo globalizado en el cual el dinero y las mercancías se mueven libremente mientras que las personas encuentran grandes obstáculos para sus movimientos migratorios. El principal defecto de su análisis es que hablan (normalmente en términos colectivos y no individuales) de un presunto derecho a la inmigración, e ignoran por completo el único derecho auténticamente ético, el derecho de propiedad, cuya violación implica todo tipo de paradojas.

Los derechos de propiedad privada determinan ámbitos de decisión y control que sirven para evitar conflictos. Al igual que todos los bienes escasos susceptibles de uso por los seres humanos, el espacio físico o territorio es un objeto de propiedad. El propietario decide según su voluntad y sus capacidades qué desea hacer con el terreno (vivienda, agricultura, industria, venderlo, alquilarlo, etc.), e igual que puede invitar a algunos a compartirlo puede rechazar a otros e impedirles el acceso. Ninguna persona está legitimada para obligar o prohibir a los demás el compartir su territorio con otras personas. A quién invita o rechaza el vecino es cosa suya. El derecho de migración existe a condición de que no se invada la propiedad ajena. Si un ser humano desea viajar o cambiar de residencia, puede hacerlo siempre que respete los derechos de propiedad de los demás.

Es posible que algunas personas se sientan incómodas frente a individuos de otras razas o religiones, o con distinto idioma o apariencia física, y no se les puede obligar a relacionarse con ellos. A unos puede gustarles el mestizaje y la mezcla de culturas, mientras que a otros puede disgustarles o incluso asustarles. La diversidad no siempre supone un enriquecimiento. Las asociaciones de propietarios pueden establecer voluntariamente determinadas zonas donde se controle o limite el acceso de personas según distintos criterios.

El dinero y las mercancías son objetos de propiedad (bienes poseídos); las personas son sujetos propietarios (dueños, poseedores). El dinero y las mercancías son movidos por seres humanos, mientras que los propios seres humanos se desplazan por sí mismos. Los intercambios voluntarios de dinero y mercancías entre sus legítimos propietarios son resultado de relaciones voluntarias que benefician a ambas partes. Las relaciones entre las personas que se encuentran próximas en el espacio pueden ser agradables o desagradables: cada uno valora y decide de forma subjetiva quién le cae simpático y quién antipático, en quién confía y en quién desconfía.

Las personas suelen transportar a su casa lo que han comprado en el mercado, pero normalmente no les apetece invitar al tendero a que se instale en el cuarto de invitados. Igualmente el comerciante se lleva a su domicilio el dinero obtenido por la venta de sus productos, pero esto no da derecho a sus clientes a utilizar su cocina. Los anfitriones pueden disfrutar de la compañía de sus invitados, pero suelen esperar que se marchen en un plazo de tiempo razonable. No es lo mismo un turista, que un trabajador, que un mendigo. La suegra, ¿viene de visita o pretende quedarse?

Algunos defensores de los derechos irrestrictos de inmigración alegan que es una solución para los problemas humanitarios del Tercer Mundo, y que así los países ricos compensan a los pobres por los daños que les han causado por la colonización imperialista del pasado. Pero los ciudadanos de hoy día no son responsables de lo que hicieron sus antepasados, y no es justo hacer pagar a todos de forma indiscriminada por las agresiones de unos pocos. La riqueza del mundo desarrollado es en su mayor parte resultado de acciones pacíficas y no es la causante de la pobreza del Tercer Mundo. Tal vez sería mejor resolver los graves problemas de los países de origen de los inmigrantes (básicamente la violencia institucional de los gobiernos totalitarios y la ignorancia ciega de los fanatismos religiosos), fomentar su desarrollo económico mediante la inversión de capital, y eliminar las barreras comerciales proteccionistas que les impiden vender sus productos. El comercio y la migración están inversamente relacionados: cuanto más hay de uno, menos se necesita del otro.

El Estado no es propietario legítimo de ningún territorio, y por lo tanto no puede promulgar ningún tipo de leyes relativas a la migración de personas. El Estado impone coactivamente sus decisiones a todos los ciudadanos, y al legislar sobre la inmigración fuerza relaciones involuntarias y prohíbe relaciones voluntarias. El problema de los espacios públicos se resuelve privatizándolos o se alivia haciendo que el ámbito de decisión sea lo más pequeño posible (pueblos o incluso barrios).

El emigrante es responsable de financiar su desplazamiento y sus gastos de asentamiento y adaptación. Los emigrantes no tienen ningún derecho a servicios estatales (como educación y sanidad), al igual que no lo tiene ningún ciudadano local. Aceptar inmigrantes para resolver el problema de las pensiones públicas es como buscar nuevos primos para la estafa de la pirámide.

 


Libertad Digital - 9 de marzo de 2001

Fútbol intervenido

El mundo del fútbol, con su competencia feroz, sus pasiones desatadas, y sus enormes cantidades de dinero, puede parecer un prototipo de mercado libre y capitalismo. Pero la Comisión Europea (mediante sus comisarios de Competencia, Deportes y Empleo) la UEFA y la FIFA (ambas asociaciones de federaciones deportivas estatales) han llegado a un acuerdo para regular los traspasos internacionales de futbolistas que deja muy claro que se trata de un mercado intervenido.

En un mercado libre las competiciones deportivas son organizadas por asociaciones o empresas privadas que establecen unas normas que deben ser aceptadas por los clubes y deportistas individuales que desean participar. Estas normas no son arbitrarias, sino que pretenden conseguir el máximo éxito de la competición para así poder lograr beneficios de los espectadores y los patrocinadores publicitarios. Un mismo deporte puede tener diversos torneos en competencia (con diferentes regulaciones), de modo que triunfan los que mejor satisfacen los deseos de los consumidores y de los deportistas. Las relaciones entre deportistas, clubes y organizadores están formalizadas mediante contratos privados libres. Un contrato bien hecho incluye cláusulas de rescisión que determinan las compensaciones que una parte debe a la otra en caso de incumplimiento del mismo, y cada parte negocia para obtener las mejores condiciones posibles.

Los Estados no tienen ninguna legitimidad para inmiscuirse imponiendo normas coactivas. Al no ser posible la competencia pacífica entre diversas normativas, las regulaciones uniformes impuestas por el intervencionismo estatal son necesariamente ineficientes. Generalmente se acepta que la ley estatal está por encima de los reglamentos particulares, pero lo ético es lo contrario, lo fundamental son los acuerdos locales entre propietarios legítimos.

Tras los objetivos declarados de proteger a los jugadores más jóvenes (como si estos potenciales multimillonarios no pudieran arreglárselas solitos) y de dar estabilidad al mundo del fútbol ("el conjunto sufre cuando un jugador se va") se esconden graves agresiones contra la libertad contractual y la propiedad privada de los participantes: limitaciones arbitrarias de las duraciones de los contratos, de las edades y tiempos en los cuales es aceptable una rescisión, de los momentos en que son posibles los fichajes, e indemnizaciones arbitrarias por conceptos no objetivos como formación y promoción. Los clubes ricos son obligados a subvencionar a los pobres (presuntos formadores a quienes arrebatan los jugadores más prometedores, lo cual mantiene o incrementa las desigualdades) mediante un "fondo de solidaridad", eufemismo que oculta la realidad de que los fichajes sufren un gravamen adicional.

 


Libertad Digital - 10 de marzo de 2001

Cine en el Congreso

En el Congreso de los Diputados están viendo cine. Además de los políticos asisten productores, distribuidores y exhibidores, que según ellos mismos son todas las partes interesadas en el proyecto de ley del cine. ¿Todos? ¿No olvidan a nadie? Tal vez los espectadores tengan algo que decir, pero entre los productores de arte y cultura es frecuente el desdén hacia el público que no los comprende. Además son tantos que no cabrían en la sala, mejor dejarlos fuera.

En estas sesiones predomina una curiosa mezcla de drama, terror, farsa y cine de autor con mensaje. El presidente de los productores, Eduardo Campoy, afirma radicalmente que lo que corta la libertad de comercio es precisamente que no exista la cuota de pantalla. Muy consistente: la libertad de comercio consiste en mantener restricciones coactivas al libre intercambio, en este caso del lado de la oferta. Menos mal que no se les ha ocurrido coaccionar por el lado de la demanda, obligando a los espectadores a ver una película española por cada tres americanas (y no vale dormirse ni salirse antes del final). El cine de vodevil con divertidos malentendidos también tuvo su lugar: un congresista adormilado se sintió ofendido cuando entendió que Campoy le decía "Debemos legislar, sinvergüenza"; en realidad dijo "Debemos legislar sin vergüenza".

Recuerden que el cine es ficción, porque según la presidenta de la Academia de Cine, Marisa Paredes, "El libre mercado no existe". Enrique González Macho, productor y distribuidor, afirma que la cuota de pantalla es "imprescindible para sobrevivir", y que su desaparición pone al cine español "en el corredor de la muerte y con fecha fijada para la ejecución". Lástima que no estuviera presente Sherlock Holmes para utilizar la lógica e indicarle que si el cine español está tan mal que no puede sobrevivir sin protección, es que es muy malo.

La ley del cine es un atentado contra la libertad. La cuota de pantalla obliga a los propietarios de las salas a exhibir películas españolas o europeas que no interesan y que producen pérdidas (si fueran atractivas no sería necesario obligarles a proyectarlas). Mediante las subvenciones estatales los contribuyentes que no están interesados en el cine español financian a sus productores, directores, guionistas, técnicos y actores, los cuales además ya suelen ganar buenos sueldos o incluso auténticas millonadas. Se afirma que la actual política de subvenciones es más racional, ya que es proporcional a los ingresos por taquilla. Pero si una película consigue una buena taquilla, ¿qué necesidad tiene de subvención?; y si la taquilla es mala, ¿no significa eso que no interesa, o sea que no merece ninguna recompensa?

A menudo las gentes del cine se consideran a sí mismos influyentes creadores de opinión y centros del universo. No les entra en la cabeza que son trabajadores sometidos como todo el mundo a la voluntad de los consumidores. El director de la Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid, Fernando Méndez Leite, insiste en lo que "al parecer muchos olvidan: que el cine es cultura". Supongo que esto arruina todos mis argumentos precedentes.

 


Libertad Digital - 11 de marzo de 2001

El fin de la mili

Se acabó el servicio militar obligatorio. Por fin ha desaparecido una de las grandes agresiones colectivistas a la libertad humana, una forma institucionalizada de secuestro, adoctrinamiento y esclavitud en nombre de la patria. Terminó la discriminación sistemática entre hombres y mujeres por la cual pocas mujeres protestaban a pesar de su evidente falta de igualitarismo.

Ya no es posible maquillar de esta forma las cifras del paro. No más cohesión social mediante la convivencia forzosa. No más disciplina y obediencia ciega contra individualidad, creatividad e inteligencia racional. Adiós a la sofisticada palabrería de sesudos constitucionalistas intentado inútilmente cuadrar el círculo de la incompatibilidad que implica afirmar que defender a la patria es un derecho y un deber. Si algo es un derecho, se puede renunciar a ello (puede hacerse si uno quiere, puede no hacerse si uno no quiere); si algo es un deber, no se puede renunciar a ello (debe hacerse, quiérase o no). Y si ese artículo de la Constitución sigue vigente, ¿cómo es que su concreción legal es ahora tan diferente? Misterios de la hermenéutica jurídica.

Se ha puesto punto final a la heroica forma de desobediencia civil conocida como insumisión, la cual era a menudo y de forma extraña protagonizada por comunistas inconsecuentes que obviamente no entienden lo que es e implica el comunismo. Se acabó la astuta picaresca para librarse de la mili o conseguir un destino cómodo recurriendo a un amigo médico o mando militar, o utilizando supuestos problemas de salud que nunca han sido obstáculo para la realización de todo tipo de actividades físicas y deportivas por los reclutas dados de baja, o inventándose alguna objeción de conciencia completamente imposible de comprobar. No es que me pareciera mal, sólo lamento no haberme unido a ella en su momento.

Además de la presunta necesidad del servicio de armas, los defensores del servicio militar obligatorio señalan su utilidad para hacer amigos y conocer ciudadanos de otros lugares y niveles sociales, como escuela de alfabetización y de formación personal, cultural y profesional, y para salvar a pobres hijos de campesinos del atraso del mundo rural. Pero si estos servicios eran tan estupendos, ¿qué necesidad había de coaccionar a la gente para que los aceptara? ¿No existen ya los clubes, las academias, las agencias de viajes, las fundaciones caritativas? ¿Y qué pasa con los que no los necesitaban en absoluto o tenían algo mejor que hacer con sus vidas?

Los gobernantes y legisladores, normalmente adultos o ancianos que obligaban a otros adolescentes o jóvenes a jugarse el pellejo y servir de carne de cañón barata, han decidido que es políticamente rentable para sus expectativas electorales profesionalizar las fuerzas armadas. A partir de ahora el que participe en el ejército español lo hará por su propia voluntad. Tal vez algún día los presuntos beneficiarios tengamos también opción de darnos de baja.

 


Libertad Digital - 15 de marzo de 2001

Cook: las mentiras de la socialdemocracia

Robin Cook, ministro de Asuntos Exteriores británico y candidato a la presidencia del Partido de los Socialistas Europeos, reconoce sin tapujos en un reciente artículo en El País que el objetivo del centro izquierda es permanecer y afianzarse en el poder político, llegar a "convertirse en la fuerza natural para el gobierno europeo". Disfrutan mandando y quieren seguir haciéndolo, a ser posible para la eternidad.

Según Cook, la socialdemocracia es una ideología política flexible y reformable, capaz de producir nuevas ideas y adaptarse a un mundo en rápido cambio. Es decir, que alterarán sus ideas lo que haga falta para tener éxito en las elecciones. Aún así afirma que tienen unos principios básicos, que sus valores fundamentales son la libertad, la justicia y la solidaridad, pero esto simplemente refleja que están dispuestos a cualquier corrupción lingüística con tal de engañar a los ciudadanos: se apropian de términos con connotaciones positivas y los pervierten hasta que llegan a invertir sus significados. De este modo la libertad consiste en que los individuos no puedan elegir, sino que lo hagan los políticos y los burócratas cada vez más lejanos; la justicia ya no es dar a cada uno lo suyo y reparar las agresiones contra la propiedad privada, sino el igualitarismo mediocre alcanzado mediante la redistribución coactiva de riqueza; la solidaridad no consiste en ayudar voluntariamente a los necesitados, sino en promocionar el victimismo para transferir privilegios a grupos de interés políticamente organizados.

Al tiempo que alaban las maravillas de la globalización y el cosmopolitismo, los izquierdistas europeos ponen todo tipo de trabas proteccionistas contrarias al libre comercio. Hablan de empleo total mientras que impiden la libre negociación entre empresarios y trabajadores y dificultan la contratación de mano de obra. ¡Incluso pretenden que son ellos quienes proporcionan puestos de trabajo a los ciudadanos! Hablan de servicios públicos de calidad, pero olvidan mencionar que éstos se financian con los impuestos confiscados a los contribuyentes, quienes seguro que harían mejor uso de su propio dinero. Pretenden que los servicios públicos deben ofrecerse según las necesidades humanas, sin tener en cuenta la capacidad de pagar: perfecta receta para la bancarrota económica y moral.

Quieren aprovechar el potencial de la economía del conocimiento desarrollando el capital humano, lo cual significa que el Estado seguirá controlando escuelas y universidades, excelentes herramientas de adoctrinamiento social. Y hablan de un Estado Activo (¡como si el actual fuera pasivo!) paternalista que guíe a los trabajadores en la jungla de las nuevas tecnologías, como si esto no pudieran hacerlo eficientemente los propios trabajadores y empresarios.

Los partidarios del socialismo camuflado y diluido apelan a los instintos tribales ("juntos somos más fuertes que como ciudadanos individuales") y proponen una gestión sensata de la economía: no se han enterado de que la planificación socialista no funciona, porque la economía es un orden espontáneo. "Sí a la economía de mercado y no a la sociedad de mercado". No saben ni lo que es una sociedad, ni una economía, ni un mercado. Por eso se dedican a la política.

 


Libertad Digital Semanal - 17 de marzo de 2001

La conservación del capitalismo

Susan George, presidenta del Observatorio de la Mundialización, acaba de publicar un libro, "El Informe Lugano. Sobre la conservación del capitalismo en el siglo XXI", donde en forma de novela se repiten las falacias típicas acerca de los mercados, los empresarios, la economía y la política. La colaboración de Intermon revela que se trata de una ONG con la que no merece la pena colaborar si uno espera que su dinero se utilice con algo de sentido común.

Lo absurdo de sus afirmaciones demuestra que en ausencia de una teoría correcta acerca de la acción humana, las interpretaciones de los hechos de la realidad producen todo tipo de disparates. En un tono apocalíptico, habla de catástrofes dramáticas, de crisis de la economía globalizada por su mala gestión, de sufrimiento, de excesos, de descontrol, de lucha de todos contra todos, de destrucción del medio ambiente, de un sistema que produce "millones de perdedores con los que nadie tiene la más mínima idea de qué hacer". Todo culpa del capitalismo irrestricto, que "no puede asegurar la felicidad para todos", lo que hasta ahora había constituido su gran éxito. ¿O sea que ha podido garantizarla pero de repente ya no?. Con 8,000 millones de personas el sistema no funciona, pero al parecer con 4,000 millones sí es posible. Maravillas de los óptimos de población.

Un superhéroe para niños resuelve problemas porque lo sabe todo y lo puede todo, o sea por definición. George recurre a la falacia del principio de autoridad: inventa a unos presuntos superexpertos (detrás de los cuales se esconde) y patatín, patatán, espera que nos creamos que todo lo que dicen es correcto, porque, claro, son rigurosos, utilizan datos reales y están muy bien pagados para decir la verdad. Y así dicen cosas tan brillantes como que "Hay demasiadas fábricas notablemente eficientes que producen demasiados bienes para muy pocos compradores solventes". O sea, que los dueños de las fábricas son muy buenos técnicos pero no saben qué quieren los consumidores y cuánto están dispuestos a pagar por ello. Como esto debe provocar graves pérdidas, ¿cómo es que son capaces de conservar la propiedad de los medios de producción? ¿O es que estos pseudoexpertos se preocupan de que no se puede consumir lo suficiente? ¿La escasez se ha acabado y estamos en el Nirvana? ¿O se trata otra vez de la falacia del subconsumo de Keynes?

El plan de salvación del capitalismo y sus amos del universo consiste en eliminar a los que sobran, "aquellos que no contribuyen a consolidar la economía", por ejemplo mediante la intoxicación alimentaria, la epidemia del sida y la promoción de fanatismos violentos para que se maten entre ellos. Antes el empresario era demonizado por su egoísmo y su afán de captar más y más clientes, pero ahora resulta que pretende liquidar a los que no consumen. La autora realiza un curiosísimo análisis de la función empresarial: "Los empresarios no son personas libres, si no aseguran una rentabilidad del 15%, si no despiden, dejan de ser empresarios".

"El poder hoy está en los mercados financieros, en los que sólo cuentan 150 personas, y está en los dirigentes de las transnacionales y sus servidores". Estos malignos poderes distraen a la gente común para "evitar que se ocupen de lo que pueden hacer juntos; se bloquea la solidaridad". Juntos como hermanos, no nos moverán, suena a movimiento hippy.

George imagina "un accidente global, una crisis bursátil: las empresas no podrían pagar a los bancos, todo el mundo sería despedido, los bancos y las empresas cerrarían, el paro se generalizaría, los Gobiernos se verían impotentes, los precios aumentarían, la gente no tendría dinero..." Si todo el mundo es despedido obviamente el paro se generaliza, pero entonces ¿quién produce los bienes cuyos precios aumentan? ¿Quién paga estos bienes a altos precios si la gente no tiene dinero? Lo más bonito del cuento es imaginar a los gobiernos impotentes, pero sospecho que no es la idea de la autora, porque probablemente no entiende cómo se producen las crisis bursátiles por la manipulación crediticia de los gobiernos, y cómo se agravan por sus regulaciones y su presión fiscal.

Susan George afirma que sus críticos no han cuestionado sus datos, sus premisas o su "lógica", y que le gustaría que alguien lo hiciera. ¿Pretende conocer todas las críticas en su contra? Juzgue usted mismo.

 


Libertad Digital - 21 de marzo de 2001

Estefanía y la tasa Tobin

Joaquín Estefanía, principal comentarista económico de El País, comete unos cuantos errores de bulto en un reciente artículo sobre la tasa Tobin. Afirma que hay muchos países víctimas inocentes de las crisis financieras: "a pesar de practicar políticas económicas virtuosas y apelar al sacrificio de sus ciudadanos, quedan arruinados por la salida inmediata de enormes cantidades de dinero". Si un país sigue una política económica virtuosa, ¿cómo puede ser que los inversores lo abandonen en masa? ¿Es que no les gusta ganar dinero en un entorno político adecuado? La explicación real es que los inversores abandonan los países en los que la política económica es desastrosa (manipulando de forma insensata tasas de interés y tipos de cambio), abunda la corrupción y no se respetan los derechos de propiedad (regulaciones, confiscaciones fiscales, devaluaciones, nacionalizaciones).

Según Estefanía la globalización debe ser gobernada "para transformar sus efectos más indeseables", ya que supone "un riesgo cierto de acentuar aún más las lacerantes desigualdades que ya existen en la economía mundial entre los países más avanzados y los que pugnan por salir de la miseria". O sea que lo inaceptable no es la pobreza sino la desigualdad. No importa si no existe relación causal en ningún sentido entre la pobreza de unos y la riqueza de otros, ya que se asume que los ricos son culpables por definición. Si todos fueran pobres no habría problemas de desigualdad. ¿Y quién gobernará la globalización? ¿Un gobierno mundial? Comunismo a escala planetaria, como si los catastróficos desastres locales de este siglo no hubieran sido suficiente.

Estefanía critica los movimientos especulativos en los mercados de divisas a muy corto plazo, los cuales tienden a ajustar los valores de las monedas a las realidades económicas (presentes y esperadas) de los países, pero no indica qué perjuicios pueden causar. El término "especulación" está tan distorsionado y mal visto que basta nombrarlo para quedar eximido de un análisis racional de un fenómeno que no se comprende.

Con su impuesto sobre las transacciones internacionales James Tobin pretendía "echar un poco de arena en los engranajes bien aceitados de la especulación financiera", pero según Estefanía "sin afectar por ello a la eficiencia de los mercados financieros internacionales". ¿No hay aquí una pequeña contradicción? ¿Echar arena en los engranajes no afecta a la eficiencia de un mecanismo?

Parece que el hecho de que en España existan unas "asociaciones para una Tasa Tobin de Ayuda a los Ciudadanos" significa que la sociedad civil lucha a favor de este impuesto mundial, y los políticos deben escuchar el clamor popular. No importa si es la primera vez que usted oye hablar de estas asociaciones o si la inmensa mayoría de la población ni siquiera sabe en qué consiste este descabellado intento de ingeniería social a escala mundial.

 


Libertad Digital Semanal - 24 de marzo de 2001

Los ciclos económicos

Los ciclos económicos son fenómenos recurrentes de auge y depresión en mercados intervenidos, causados inevitablemente por los intentos del banco central (la autoridad monetaria) de ajustar la economía mediante la manipulación del dinero y del crédito, y agravados por las políticas fiscales y reguladoras de los estados. Los estados son incapaces de planificar la economía para evitar las recesiones: presuntamente supervisan el desarrollo económico armonioso, pero en realidad son los causantes de los problemas. Los ciclos económicos no son defectos de los mercados libres, los cuales no son ni autodestructivos ni peligrosamente inestables. Los agentes económicos no son autómatas dominados por miedos o exuberancias irracionales. La prosperidad puede ser un estado económico permanente si el estado no interviene coactivamente sobre el mercado. Un sistema monetario y financiero adecuado, respetuoso de la propiedad privada y la libertad contractual, con una moneda de oro no devaluable, está libre de crisis.

En una economía de mercado cada persona produce bienes que intercambia por dinero, y este dinero puede intercambiarlo por otros bienes que desea, guardarlo como reserva o invertirlo. La producción precede al consumo, y la oferta y la demanda se ajustan de forma espontánea: antes de demandar bienes, cada individuo debe ofrecer otros bienes. Las descoordinaciones económicas suceden cuando se intenta consumir lo que no se ha producido, cuando se crea dinero de la nada (inflación estatal de medios fiduciarios sin respaldo real, expansión crediticia) y este dinero falsificado se utiliza para comprar bienes y servicios, lo cual tiende a incrementar sus precios.

El tipo de interés en un mercado libre se determina mediante la oferta y la demanda de crédito, ajustándose espontáneamente a sus cambios, y coordina de forma óptima las capacidades y deseos de todos los participantes en el mercado, tanto productores como consumidores. Una tasa de interés baja es una señal para los empresarios de que hay ahorro disponible para respaldar nuevos procesos productivos. Una tasa de interés alta indica que los ciudadanos prefieren consumir a ahorrar.

El intento de sustituir el tipo de interés de mercado por un tipo arbitrario impuesto por una autoridad monetaria está abocado a un rotundo fracaso. Si el estado intenta fijar un tipo máximo de interés por debajo del tipo de mercado, se producirá una escasez de crédito (muchos ahorradores no querrán prestar en esas condiciones); si el estado intenta fijar un tipo mínimo de interés por encima del tipo de mercado, se producirá una sobreabundancia de crédito (muchos prestatarios no querrán créditos tan caros). Para manipular de forma efectiva los tipos de interés el estado necesita controlar también el dinero, utilizando medios fiduciarios (papel moneda impuesto legalmente) cuya cantidad pueda aumentar a su antojo para así satisfacer la demanda de crédito.

Un descenso artificial de los tipos de interés provoca que las industrias de bienes de capital inviertan en exceso en proyectos que en realidad no son sostenibles ni rentables, ya que no es posible invertir si previamente no se ha ahorrado. Si el banco central reduce artificialmente la tasa de interés (crea inflación o incremento de la oferta monetaria fiduciaria facilitado por la utilización bancaria de reservas fraccionarias), provoca una expansión de créditos sin respaldo de ahorro efectivo (contraria a las posibilidades y preferencias temporales de la sociedad), la cual causa distorsiones en el sector de bienes de capital de la estructura productiva de la sociedad. Se producen sistemáticamente inversiones erróneas de forma generalizada, se alargan de forma inadecuada e insostenible los procesos productivos, que se hacen excesivamente intensos en capital. El proceso inflacionario mediante la expansión crediticia no puede continuar indefinidamente, necesariamente acaba en una crisis o recesión económica en la que se manifiestan los errores de inversión cometidos y aparecen las pérdidas, las quiebras, los despidos y el desempleo.

La recesión es una fase inevitable y necesaria de corrección de los errores de inversión previamente cometidos, de liquidación y reasignación de los recursos económicos, de reorganización de la estructura de producción de la sociedad conforme a los verdaderos deseos y capacidades de los actores económicos. Para resolver más rápidamente y de forma menos dolorosa una recesión, los gobiernos deben dejar de causar el problema (abandonar la manipulación monetaria y crediticia y permitir que los tipos de interés alcancen su valor de mercado), y facilitar el desarrollo económico y la creación privada de riqueza mediante las reducciones fiscales y presupuestarias drásticas y generalizadas y el abandono de políticas intervencionistas, proteccionistas y reguladoras. La inyección de más crédito y la manipulación de la demanda agregada mediante el aumento del gasto estatal y del déficit no estimulan la economía, sino que prolongan y agravan el problema.

 


Libertad Digital - 24 de marzo de 2001

Chaves y el tabaco