Inteligencia y Libertad |
Francisco Capella |
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Artículos de opiniónLibertad Digital - inéditosArtículos escritos para Libertad Digital y enviados pero no publicados. Ana Botella y la política"Quiero dedicar mi tiempo, mis horas y mi ilusión a este proyecto. Vengo a la política para dedicarme a los ciudadanos". Ana Botella quiere entrar en política porque esto le permitirá "estar tan cerca como sea posible" de "los problemas reales" de la gente; su vocación política pasa por el "servicio a los demás" y por buscar soluciones para los colectivos más desprotegidos socialmente. Los tópicos del lenguaje político son tan eternos y universales como falsos y cargados de hipocresía: ilusión, esfuerzo, dedicación, vocación de servicio público, protección de los desfavorecidos, diálogo. Los problemas reales de la gente son en su inmensa mayoría causados por los propios políticos que simulan luchar por resolverlos: la coacción institucional, la confiscación y redistribución electoralista de riqueza, las leyes reguladoras paralizantes. Por eso los ciudadanos, que no han pedido a sus gobernantes que se ocupen de ellos, estarían mucho mejor si todos aquellos que se dedican a inmiscuirse en las vidas ajenas se dedicaran de forma honrada y pacífica a sus asuntos privados. Los políticos en el poder no suelen eliminar las cargas sobre los ciudadanos, sino todo lo contrario. No hay mayor enemigo de la libertad que un político que pretende acercarse a los ciudadanos. Probablemente busca meter la mano en su cartera. La ambición de poder, de imponer los criterios particulares a todos los demás (presumiendo de tener convicciones profundas), viene siempre camuflada como afán de servicio. Incluso es posible que el político sea tan ingenuo que se crea su propia propaganda. Ana Botella cree que "la política es una actividad noble y digna". Lástima que la política sea en realidad una sucia batalla por intereses inconfesables disfrazada de noble lucha por ideales desinteresados. Los ciudadanos honrados no se dedican a la política, y si quieren ayudar a los demás les ofrecen productos y servicios de calidad a precios competitivos o se dedican a la caridad y a la asistencia privada. Muchos dicen que Ana Botella tiene todo el derecho del mundo para entrar en política. Pero no se trata de un derecho ético, sino de uno más de los múltiples pseudoderechos hoy comúnmente aceptados. Un político más siempre es algo que lamentar. Lástima que las mujeres insistan en equipararse a los hombres en una faceta tan negativa.
Censura en MarruecosTres semanarios han sido prohibidos en Marruecos, aparentemente por mencionar una carta escrita en 1974 por Mohamed Basri, dirigente histórico del socialismo marroquí, en la cual afirmaba que algunos correligionarios (incluido el actual jefe de Gobierno), estaban al corriente de la intentona fracasada que el general Ufkir protagonizó en 1972 contra el rey Hassan II. Las declaraciones al respecto del responsable de este grave ataque a la libertad de expresión, Abderramán Yussufi, primer ministro y líder socialista marroquí, son tan patéticas y plagadas de contradicciones que muestran su falta de honestidad. Merecen una crítica contundente. Según el primer ministro, fue una decisión muy difícil que se vio obligado a tomar, en la que tuvo en cuenta ante todo el interés de su país; la libertad de expresión no está amenazada, sólo ha sido una corrección a gentes que se lo merecían, periodistas inmaduros, niñatos que se habían emborrachado con los aires de libertad que soplan en Marruecos y jugaban con fuego; era necesario pararles los pies urgentemente y quitarles el juguete antes de que ardiera toda la casa; dañaban la credibilidad del país, de sus dirigentes; no podían seguir soportando ataques demoledores cada semana; no se ha recurrido a la Justicia marroquí porque es lenta; la prohibición ha sido legal y en Marruecos se distribuyen muchas publicaciones; casi nadie ha manifestado su solidaridad con esos semanarios, casi nadie compartía lo que escribían. Los políticos no pierden ocasión de mencionar que tienen arduas responsabilidades y que todo lo hacen por el bien de su nación. Afirmar que uno se ha visto obligado a hacer algo es una triste excusa para evadir la responsabilidad sobre la decisión. La libertad de expresión efectivamente no está amenazada, el gobierno ha ido ya más allá de la amenaza y ha pasado a la agresión: los periodistas más acomodaticios no se atreverán a plantear batalla, y pueden escribir lo que quieran mientras no incordien a los poderosos. El déspota paternalista sabe objetivamente quiénes son los buenos y los malos, los maduros y los inmaduros, y quién merece correcciones y castigos (naturalmente, no van a prohibir algo a quien no se lo merece). Para intentar justificar su agresión, el gobernante recurre al catastrofismo, a tener alarmada a la población, a asustarla con riesgos inexistentes. Quien realmente veía atacada su credibilidad era la clase dirigente autoritaria, que no podía soportar las críticas tal vez porque eran verdaderas: pero nadie debe reprochar nada a los dirigentes políticos, hagan lo que hagan son intachables. Apelar a la lentitud de la Justicia (responsabilidad del propio Estado marroquí) para explicar que no se utilizaran sus mecanismos indica que los gobernantes consideran que pueden saltársela a la torera cuando lo consideren necesario. El núcleo del problema es que las tres publicaciones osaron arremeter contra lo intocable, la monarquía y el ejército. En un estado totalitario esto es inadmisible, ambas instituciones deben ser respetadas; es decir, no se las ataca porque está terminantemente prohibido hacerlo: las instituciones parasitarias necesitan ocultar su realidad prohibiendo las críticas. El monarca, su familia y sus amigos disponen de impresionantes fortunas personales (riqueza confiscada a sus súbditos) mientras gran parte de su pueblo vive en la miseria, y la clase gobernante recurre al ejército como sistema de protección particular. El primer ministro sueña con ser el primero que organice unas elecciones generales totalmente limpias. Luego reconoce que él mismo fue elegido en unas elecciones que fueron más bien amañadas por el Ministerio de Interior.
Comercio libre y guerraLa pseudointelectual antiglobalización Naomi Klein está tan chiflada o distorsiona las palabras de forma tan repugnante que afirma que “el comercio libre es la guerra”. Su tesis es un completo disparate, y por ello sólo puede apoyarla en ejemplos confusos donde mezcla de forma desordenada muchas realidades y ficciones pero sin conseguir mostrar ninguna auténtica relación entre la guerra y el libre comercio. Klein protesta por la instalación de medidores de agua potable en Soweto, porque cree que los millones de pobres que no pueden pagarla beberán agua contaminada y morirán, y contra la posibilidad de que en un país pobre como Argentina las empresas privadas incrementen las tarifas de servicios como agua y electricidad. Si los precios no pueden fluctuar libremente los servicios no se proporcionarán o serán de ínfima calidad, que es lo que sucede con todos los sectores estatizados. El mercado libre produce y cobra de forma justa y eficiente. La pobreza que impide pagar por el agua potable y que condena a la muerte está directamente relacionada con la falta de libertad. Y los fanáticos antiglobalización que tanto presumen de estar a favor de los pobres odian la libertad. Según Klein el “brutal modelo económico del capitalismo” es “una guerra porque la privatización y la desregulación matan al aumentar los precios de servicios básicos como agua y medicinas … Y es guerra porque aquellos que resisten y ‘se niegan a desaparecer’, son detenidos, golpeados y en ocasiones asesinados. Y es guerra porque, cuando esta clase de represión de baja intensidad no logra despejar la senda a la liberación corporativa, comienza la guerra real.” Klein se inventa víctimas del capitalismo, no tiene ni idea de economía (la competencia disminuye precios e incrementa calidades) y confunde la prosperidad pacífica de una sociedad libre con la violencia organizada de las instituciones estatales colectivistas. Para Klein la guerra de Irak se libró sólo por motivos económicos, para conseguir “privatización en masa, acceso ilimitado de las multinacionales y drásticos recortes en el sector público”. Es posible que haya grupos cercanos a los políticos que obtengan privilegios en la guerra, pero esto no tiene nada que ver con el libre comercio y sí que es una denuncia del poder discrecional de los gobernantes para beneficiar a sus amigos. Es bastante ridículo pretender que Irak disfruta hoy de un mercado libre. Klein repite el tópico simplón de que “el general Augusto Pinochet, con la ayuda de la CIA, impuso el libre comercio a Chile a sangre y fuego. Chile continúa siendo el país más complaciente de la región, dispuesto a acatar los dictados de Washington inclusive mientras sus vecinos rechazan el neoliberalismo en las urnas y en las calles.” Olvida mencionar que gracias a sus mercados más libres Chile es un país que prospera mucho más que sus vecinos empobrecidos por el estatismo colectivista. Klein equipara las brutales violaciones de los derechos humanos cometidas por el régimen de Pinochet con su defensa de mercados libres, afirmando que ambas están basadas en la represión y la violencia: marxismo, arrogancia moral e ignorancia económica en grandes dosis.
Conservadurismo y eutanasiaLa eutanasia es un tema éticamente simple. Cada persona es propietaria de sí misma, y este derecho de propiedad sobre su propia vida significa poder disponer de ella legítimamente si no se agrede el mismo derecho de las demás personas. El derecho a algo implica poder renunciar a ello, ya que si no fuera así se trataría de un deber y no de un derecho. El derecho a la vida incluye el derecho a suicidarse. Como propietarios de sí mismos, todas las personas pueden relacionarse y contratar con otros diversos servicios, siempre que respeten los derechos de propiedad ajenos. Es perfectamente legítimo que dos o más personas, libre y voluntariamente, acuerden entre sí colaborar para conseguir la muerte deseada de una de ellas. En eso consiste la eutanasia activa, en un suicidio asistido, en la causación de una muerte consentida por el fallecido. Aunque hay una muerte provocada por otra persona, esta es no sólo aceptada sino deseada por quien solicita la asistencia de alguien que le ayude a morir. No es lo mismo que un asesinato criminal de una persona en contra de su voluntad. Para que haya un delito no basta con que haya destrucción de una vida o propiedad, esta ha de ocurrir en contra de la voluntad del dueño: si no fuera así ninguna destrucción sería posible. La ética utiliza la argumentación racional basándose en principios universales y simétricos. Las morales particulares se basan en reacciones emocionales o en normas arbitrarias sin fundamento racional universal. La simplicidad ética de la eutanasia se enfrenta a la oposición de las morales conservadoras, impregnadas de superstición religiosa o de atavismos caducos. Quienes se oponen a la eutanasia no pueden utilizar correctamente argumentaciones racionales, ya que estas no les apoyan. Deben por tanto recurrir a falacias dialécticas, a enturbiar el debate, a confundir y a despistar. Todo ello simplemente por no reconocer que su oposición se basa en arbitrariedades o es un rechazo visceral. Un reciente editorial de ABC sobre el suicidio asistido de una pareja británica en una clínica suiza es un ejemplo perfecto de lo anterior. Comienza titulándolo “El negocio de la muerte”, como si la eutanasia fuera una actividad de una gran importancia económica o con grandes posibilidades de beneficio monetario, cuando quienes la realizan lo hacen más movidos por la compasión que por el dinero. “La disparidad legislativa promueve un siniestro turismo de la muerte que, a la vez, constituye un lucrativo negocio funeral para algunas clínicas que no dudan en curar las enfermedades mediante el drástico expediente de la muerte consentida de los pacientes”. Que algo resulte siniestro o no depende del observador, pero parece que el editorialista del diario conservador incluye ya entre sus premisas lo que quiere demostrar. No se dan cifras de los impresionantes beneficios de esas clínicas que sirven a unos pocos suicidas al año, pero el caso es enturbiar y que todo tenga aspecto sucio e interesado. Se mezcla la curación de una enfermedad, que ni la clínica ni el suicida pretenden, con la eutanasia, como si los médicos fueran unos incompetentes incapaces de tratar la enfermedad. Se habla de turismo de la muerte para ocultar que se trata de personas que escapan de la coacción institucional de los estados donde residen a otros más permisivos. Habla el editorial de asesinato consentido, como si se hubiera cometido un crimen y las autoridades no hicieran nada, cuando es esencial recalcar que quienes lo han consentido han sido los fallecidos, y que por lo tanto no hay crimen ni víctimas. El editorialista pretende ser “extremadamente respetuoso con aquello que se refiere a las cuestiones límite de la existencia humana” pero es obvio que no lo es. Habla del valor intrínseco de la vida humana, cosa inexistente (todo valor es subjetivo y es realizado por una persona respecto a diversas cosas o entidades pero no está en ellas mismas) pero que se utiliza como último bastión de quienes no quieren recurrir a la idea religiosa de la vida como don divino. Su oposición a la eutanasia no sólo es moral sino jurídica: “el Derecho no debe penalizar todas las conductas inmorales sino sólo aquellas que atenten contra los principios fundamentales de la convivencia y de la paz social”. Todos los enemigos de la libertad son colectivistas, y en lugar de referirse a personas hablan de la sociedad en abstracto, donde todos se ven afectados y todos participan: “la eutanasia no se limita al ámbito de la conciencia personal del suicida sino que involucra a la sociedad y a las profesiones sanitarias que, en lugar de consagrarse a la defensa de la vida y de la salud, se alían con la muerte”. Cree que hay “una exigencia a la sociedad de que se involucre y coopere en la muerte voluntaria de los ciudadanos”. Quien desea la eutanasia no recurre a la sociedad, sino que trata con una pocas personas concretas para que le ayuden; no les exige nada, les pide si pueden ayudarle, si es necesario a cambio de alguna contraprestación económica; los participantes no tienen por qué ser médicos, pero se les mete en el saco porque es una de las profesiones más colectivizadas y reguladas, en la cual se confunde su capacitación profesional con unos ideales arbitrarios (juramento hipocrático de “quienes profesionalmente tienen encomendado el deber de la protección de la vida y la salud”). “La proscripción jurídica de la eutanasia deriva del imperativo de no matar. Y el consentimiento de la víctima no hace desaparecer la responsabilidad criminal.” Si matar es siempre un crimen, ¿qué sucede en las guerras, en la legítima defensa, en la pena de muerte, en las muertes causadas sin intención? Se trata de un error típico de quienes toman las normas de forma absoluta sin entenderlas y sin tener en cuenta las valoraciones de las personas que son sujetos de esas normas. Todas las normas que no estén basadas en los derechos de propiedad están condenadas irremisiblemente a la arbitrariedad, a las contradicciones, y a causar perjuicios a los seres humanos. La pareja británica no padecía enfermedades terminales, “sólo” epilepsia, diabetes y problemas de espalda. Además su decisión de quitarse la vida no dependía para realizarse de ninguna forma de auxilio clínico. El editorialista considera que esto hace aún más rechazable este caso, pero no es así. Cada persona decide por sí misma lo que quiere, y nadie es quien para decirle a otro que no está sufriendo lo suficiente como para que sea legal ayudarle a morir. En una sociedad especializada uno puede hacerlo todo por sí mismo pero no resulta práctico: cómo prefieran morirse es asunto de ellos, y hay formas más desagradables que otras. “No creemos que exista un derecho a la muerte”. El editorialista se descubre: como no sabe, cree; opina pero no razona. “Cuando algo depende de otras personas, no puede considerarse como un asunto de conciencia meramente privado. Aunque se admitiera que uno puede disponer de su propia vida, no se justificaría el derecho ni el deber por parte de otros de cumplir su voluntad.” Si algo depende de varias personas es algo que les concierne a ellos, que no sea algo individual no significa que todo el mundo esté legitimado para entrometerse. Naturalmente que las personas tienen derecho a relacionarse con el consentimiento de todos los partícipes, y ninguna tiene el deber de hacerlo, aquí se vuelven a mezclar derechos y deberes para confundir un poco más.
Dinero, trueque y bienestarHeidemarie Schwermer, una psicoterapeuta alemana, lleva seis años sin utilizar dinero. Realiza trabajos a cambio de comida, cama o diferentes servicios. Es pobre por vocación, y afirma que vivir bien y feliz sin dinero es posible. Si pretende dar ejemplo lo tiene difícil, ya que casi todo el mundo prefiere ser rico a pobre, tener dinero a no tenerlo. Además deshacerse del dinero es trivialmente fácil (destruyéndolo, abandonándolo, regalándolo), sobre todo comparado con lo que cuesta conseguirlo. Dice que un error de nuestra sociedad es que "separa ocio y trabajo, la mayoría hace algo que no le gusta sólo por ganar dinero y gastarlo en cosas que no necesita". Nada original, las viejas falacias nunca mueren. El hecho de que alguien intercambie voluntariamente una cosa por otra (dinero, trabajo, bienes, servicios) significa que valora más lo que recibe que lo que da. El comprador renuncia a su dinero porque prefiere el bien adquirido. Si alguien cree que vive mejor con menos porque no le compensa el esfuerzo necesario para obtener más, es libre de hacerlo. De hecho no hay nadie que produzca sin parar, todo el mundo reserva algo de tiempo y recursos para descansar y disfrutar. Con el tiempo cambian las preferencias de las personas y pueden descubrir que ya no necesitan algo, y entonces no tienen más que renunciar a ello (vendiéndolo, regalándolo o no comprándolo más). La sabia enseñanza de no apegarse demasiado a las cosas no equivale a que sea malo desear bienes materiales. Los ascetas eligen libremente una vida austera, pero suelen tener la manía de criticar las opciones de quienes no viven (o malviven) como ellos. El hecho de que alguien viva con poco no le legitima para amonestar a quienes consumen más. Las necesidades parecen más fundamentales que los deseos, pero pretender objetivarlas de forma arrogante, diciendo a los demás lo que necesitan o no, es peligroso. Si se quiere ser estricto con las necesidades vitales, basta con aire, un clima benigno, agua y comida. Además los ascetas no sólo consumen poco, sino que suelen producir también muy poco, a menudo menos de lo que consumen, por lo cual se transforman en mendigos dependientes de la caridad ajena. El disfraz de asceta es típico de vagos parásitos. Hay gente que hace cosas raras con tal de ser originales o llamar la atención, y un ejemplo son los clubes de trueque. "Cuando quiero algo pienso cómo conseguirlo, quién lo tiene y qué puede necesitar que yo le pueda dar". Esta señora afirma convencida que ha cumplido todos sus sueños sin dinero. Debían de ser sueños muy modestos. Porque el dinero no da la felicidad, pero consigue cosas que se le parecen muchísimo. Y si no que se lo digan a los argentinos, forzados al trueque por la falta de liquidez en su economía. El trueque directo entre individuos es muy ineficiente, ya que requiere la coincidencia espacial y temporal de los intereses de ambos participantes en un intercambio, y muchos bienes son difícilmente divisibles. El mercado tiende de forma evolutiva a producir medios universales de intercambio (medios de pago y cobro de aceptación generalizada para las transacciones comerciales) o dineros, que sirven también como unidades de cuenta y depósitos de valor. Heidemarie tiene ordenador y teléfono móvil, tal vez alguien debería decirle que no los necesita. Ha escrito un libro, "Mi vida sin dinero", que es obviamente prescindible. Incluso tiene varias mudas de ropa y algún que otro producto cosmético, ¡qué superficial! Vive gracias a sus contactos, o sea que es una gorrona simpática. Cuida (es un decir) casas de amigos o se refugia en un centro cultural estudiantil, donde ofrece su "terapia" y cocina: "No empleo mucho tiempo en la cocina. Suelo utilizar lo primero que encuentro, verduras variadas, las echo a la sartén y hago lo que salga", dice. Pobres comensales. Asegura que en sus primeros tiempos pasó hambre, pero siempre que necesita algo lo desea con fuerza y termina apareciendo. Mantiene que un "ángel" cuida de ella y que "se siente guiada". Desea muy fuerte pero no hagas nada: la mejor receta del éxito. Imagínense lo que sucedería si todo el mundo intentara vivir así. Quiere que la gente reflexione y aprenda que todo trabajo tiene el mismo valor, y que es posible no tener nada y valer mucho. Para mí el valor del trabajo de esta señora es menos que cero: afortunadamente para ella y para mí lo del valor trabajo objetivo e igual para todos es una falacia.
El cambio del clima socialLos sindicatos amenazan al gobierno con un cambio del clima social si el ejecutivo incumple su compromiso de no legislar en materia laboral. Fuentes conocedoras del lenguaje sindical indican que este cambio climático se refiere a incrementos en las presiones sobre los políticos mediante concentraciones callejeras de elementos activistas. Los analistas descartan que el calentamiento social se refiera a una mayor excitación de la libido o deseo sexual de las personas humanas provocados por las exhibiciones públicas de dúos de atractivos líderes sindicales. Los sindicatos aclaran al PP que pueden tener un efecto negativo en las elecciones, pero con "l" de latón. Resulta inoportuno este plan calefactor justo cuando se avecina una agradable primavera. ¿No podrían haberlo ofrecido en medio de los rigores invernales? Negros nubarrones se ciernen sobre el horizonte del diálogo social. Soplan vientos de cambio sobre las negociaciones laborales, que serán más secas y se desarrollarán en una atmósfera enrarecida. Las precipitaciones de los legisladores pueden originar peligrosas inestabilidades. Abundan frentes de menos de dos dedos. La reducción de la temporalidad se entiende como una disminución del número de tormentas borrascosas. Se espera que Naciones Unidas (hace pocos años estaban muy juntas ante un eminente enfriamiento global) llame la atención a los sindicatos por su irresponsabilidad. Siempre obsesionados con el IPC, parece que los sindicatos no han oído las trompetas del IPCC que profetizan el Apocalipsis climático y el fin de los días. Las emisiones obreras de CCOO (alias C2O2) atentan contra el principio equitativo de la Uniformidad Global de Temperaturas. Para evitar todo tipo de fricciones y rozamientos generadores de calor ambas partes deben lubricar sus contactos y alcanzar rápidamente acuerdos beneficiosos para todos. Una primera propuesta será la total supresión de la actividad humana para evitar así nuestra autodestrucción en una catástrofe ecológica poco lógica. Todo trabajo consiste en la utilización de energía, que como se sabe por los principios de la termodinámica termina siempre degradándose en calor. Para paliar el calentamiento global del planeta la reforma laboral debe consistir en prohibir por completo el trabajo. Además los sindicatos insisten en la mejora de las pensiones. En efecto, deben ser todas mejoradas hasta el equivalente de un hotel de tres estrellas. Alojamiento y desayuno no es suficiente, y los mediopensionistas deben ser promocionados a pensión completa.
El coste de un hijoJosune Aguinaga Roustan, profesora de Sociología de la UNED y presidenta de la UNAF, acaba de publicar un artículo ("El precio de un hijo", en El País) que refleja algunos de los múltiples disparates y atentados a la libertad que reivindican las actuales feministas de orientación colectivista respecto a la maternidad, "el tema no resuelto de la justicia de género". Según esta feminista, los hombres "aunque no quieran dialogar, tendrán que escuchar"; o sea, que serán torturados verbalmente y forzados a sufrir unos cuantos discursos moralizantes. Comienza Aguinaga confundiendo precio (si es monetario, el dinero que se entrega a cambio de un bien recibido en un intercambio comercial) y coste (el valor de aquello a lo que se renuncia para alcanzar un bien más valioso). Como toda acción humana, tener un hijo tiene un coste inevitable para sus progenitores, especialmente para la madre que es la que soporta el embarazo y quien (por sus naturales capacidades e inclinaciones biológicas y afectivas) suele dedicar más esfuerzos a su cuidado. Pero los hijos no tienen precio, ya que ni se compran ni se venden (al menos legalmente). Según la autora, la maternidad está mitificada: en los momentos iniciales la madre "encuentra pocas gratificaciones reales, porque un bebé, aunque haga muchas gracias, no tiene capacidad de dar respuestas positivas en un proceso de reciprocidad". Tendré que preguntarle a mi madre si mi incapacidad de dar respuestas positivas en un proceso de reciprocidad fue temporalmente frustrante, o si se le caía la baba de felicidad con su bebito, como observo ahora en las madres que conozco. O la autora no ha sido madre, y habla de lo que no conoce (y como es profesora universitaria, pobres de sus alumnos), o ha sido una madre amargada de un estrujador de ubres el cual "aparte de un calor humano animal, no produce un intercambio, sólo recibe". Según la autora, las bases de algunas teorías científicas no son justas con las mujeres. Es una lástima, pero la ciencia no es una cuestión de justicia, sino de obtención de conocimiento correcto acerca de la realidad. Como muchos otros sociólogos, Aguinaga es una mala científica que hace un gran esfuerzo para no pensar de forma racional, crítica y analítica, recurre a las sacrosantas encuestas como fuente de sabiduría, y muestra su desconocimiento en materia económica mediante un chapucero estudio utilitarista de la maternidad: el cambio que pretende "necesariamente ha de revertir en la mejora de la calidad de vida de todo el mundo", ya que la maternidad es una "necesidad social"; "lo que nos importa es progresar, conseguir que el género humano tenga las mínimas frustraciones"; y al parecer hay mucha gente deseando reproducirse pero no puede hacerlo porque la sociedad no se lo financia. Es decir que hay "malestares sociales y frustraciones personales" por no poder utilizar la riqueza del prójimo para la propia reproducción. Se olvida de mencionar e incluir en el "cálculo" de costes y beneficios el malestar de la víctima de un robo que ve cómo su dinero es utilizado por sus agresores para producir copias de sí mismos. Las feministas colectivistas exigen a empresarios y políticos el coste cero de la maternidad: esto no quiere decir que la maternidad no tenga ningún coste, lo cual es imposible. Lo que quiere este grupo de interés es lo que quieren todos (pero ninguno reconoce abiertamente): dinero (ajeno) y privilegios (a costa de los demás), que otros asuman los costes y ellas disfruten de los beneficios. En eso consiste la ley de conciliación de la vida familiar y laboral: en una transferencia coactiva de riqueza de los que sólo trabajan a las que trabajan y tienen hijos. Si realmente sólo quisieran que sus cónyuges compartieran de forma equitativa las tareas domésticas y el cuidado de los hijos, entonces deberían ser más cuidadosas y exigentes a la hora de elegir marido, negociar con su pareja, llegar a acuerdos contractuales antes del matrimonio o la paternidad. Como no hacen todo esto (o lo hacen muy mal), podemos deducir que lo que buscan es participar del botín fiscal confiscado a los ciudadanos productivos para financiar su reproducción y tener hijos a los cuales poder inculcar su propia ignorancia y su falta de respeto por la libertad. Pero parece que pedir a las mujeres intervencionistas que respeten la propiedad privada es "volver a meter a las mujeres en las cavernas". La desigualdad de género es un fenómeno natural que en realidad favorece a la mujer. El hombre, por mucho que quiera, no puede gestar un hijo. La mujer puede decidir si desea hacerlo o no, nadie le obliga. Toda mujer es libre para elegir entre la vida familiar, la vida laboral o una sabia combinación de ambas, y escogerá la que subjetivamente le produzca mayor satisfacción personal. Eso sí, tendrá que asumir los costes, y no pretender que le guarden su puesto de trabajo, ni que la asciendan automáticamente, ni que le paguen por algo que no ha producido. Aguinaga afirma que "hemos iniciado una nueva reflexión en torno a este problema... quizá planteamientos anteriores hayan sido equivocados y, por tanto, necesitamos hacer una revisión de las viejas reivindicaciones". Pues resulta que reflexionan bastante mal, ya que sus nuevos planteamientos también están muy equivocados.
El juego del TesoroEn la última campaña publicitaria del Tesoro Público, el encargado de la ruleta rusa de un casino advierte a un jugador sobre las muy escasas probabilidades de que salga premiado su número. Obviamente los juegos de azar no son una buena inversión, como puede explicarle cualquier matemático. Los dueños de casinos, bingos y demás garitos no se ganan la vida regalando dinero a sus clientes. El Tesoro ofrece como alternativa sus productos pseudofinancieros, con sus características de accesibilidad, seguridad, rentabilidad y liquidez, conseguidas gracias a la facilidad con la que Hacienda confisca la riqueza de los contribuyentes. Si usted cree que puede dar el golpe y hacer saltar la banca, probablemente también crea que el Tesoro invierte su dinero en algo productivo con lo que pagarle los intereses prometidos. Los defensores del estado del bienestar suelen deplorar el egoísmo y el ansia de enriquecimiento de los seres humanos, y resulta que las propias instituciones estatales se dedican a fomentar y aprovechar la ambición de lucro sin esfuerzo. "¿Quiere usted ganar una fortuna? ¡Confíe en los productos del Tesoro! Por un lado es bueno para usted, y por el otro también." Si todo es tan estupendo en todos sus aspectos, ¿cómo es que necesitan insistir tanto con su publicidad? Más que dos lados los funcionarios de Hacienda tienen dos caras, ambas muy duras y falsas. ¿Por qué han escogido los creativos de la agencia de publicidad la ruleta de un casino, y no han mencionado por ejemplo las mucho menores probabilidades que existen de ganar algo en las diversas loterías y quinielas? Tal vez por un pequeño conflicto de intereses: es el propio Estado quien las monopoliza y promociona, y no van a echar piedras sobre su propio tejado. Mejor atacar sutilmente los juegos de azar organizados por empresarios privados.
El Marruecos realMohamed VI, el actual rey de Marruecos, no es muy diferente de su padre Hassan II: un tirano despótico de un país tercermundista que sólo hará las reformas políticas imprescindibles para apaciguar a la opinión pública internacional. Y esas reformas serán superficiales, simple cosmética para disfrazar la realidad y presentar unas apariencias que engañen a los incautos: nada se aceptará si puede amenazar los privilegios de la casta dominante, adecuadamente protegidos por un ejército a su servicio particular. Y esto no es extraño, ya que un monarca absoluto cree firmemente que tiene el derecho divino para hacer su santa voluntad. Una enorme cantidad de miles de millones de pesetas de los presupuestos del Estado marroquí son asignados anualmente al monarca, como si no tuviera suficiente con la exorbitante fortuna que ya poseen él, su familia y sus amigos, riqueza confiscada a sus súbditos, gran parte de los cuales viven en la miseria. En el colmo del cinismo el rey se mofa de sus súbditos: "Los marroquíes quieren una monarquía fuerte, democrática y ejecutiva". Ser (o parecer) democrático es necesario para obtener el visto bueno de los países desarrollados, pero una monarquía fuerte y ejecutiva (uno manda y concentra el poder) es una contradicción con una democracia (el pueblo es quien manda). Este rey endiosado no sólo es omnipotente, sino también omnisciente: afirma saber lo que quiere su pueblo, a pesar de que nunca se le ha consultado al respecto. Y si usted pregunta a un marroquí de la calle, tal vez su respuesta esté algo condicionada por el miedo que le tienen a su dictador y su sistema represivo. Al parecer la voluntad del pueblo coincide con la de su máximo líder: "En nuestra casa el rey no se conforma con reinar". No se conforma con vivir a todo lujo y ser un simple símbolo representativo: quiere el poder y no está dispuesto a soltarlo. Para lo cual se rodea de políticos, gobernantes y embajadores que recuerdan con sus declaraciones a los cortesanos dedicados a cuerpo y alma a hacer la pelota a su rey y señor. No le gustan las comparaciones con monarquías más moderadas como la española: "Los marroquíes nunca se han parecido a nadie y tampoco piden a nadie que se les parezca". Típico plural mayestático de los que se creen con derecho a hablar en nombre de todos. El monarca asume, pero "ante todo por falta de medios", una pequeña parte de la responsabilidad de su país en los problemas de la emigración y la droga. O sea que al menos de boquilla está a favor de la absurda guerra contra las drogas, y si por él fuera impediría a sus súbditos escapar de sus dominios, tal vez con un bonito muro o telón de acero o concediendo pasaportes sólo a los ciudadanos dispuestos a entregar una fuerte suma a su Estado (y el Estado es él). Y para compensar los vasallos que se le escapan, se queda con el Sáhara.
El pañuelo femenino musulmánUna sociedad libre se basa en el derecho de propiedad. El propietario controla de forma legítima el dominio de sus posesiones, es quien decide qué hacer o no hacer con ellas, siempre y cuando no agreda la propiedad ajena. Si alguien es agredido puede defenderse o solicitar (no exigir) ayuda a otras personas, pero nadie tiene derecho a interferir en asuntos ajenos por el hecho de percibir subjetivamente un presunto problema que la falsa víctima no siente como tal. Es la víctima real quien se siente agredida o no, y quien cede o no su derecho de defensa. La persona tolerante no utiliza la fuerza para imponer sus preferencias o comportamientos sobre otras personas. La promoción pacífica de ideas y valores puede realizarse de forma respetuosa mediante la persuasión, el boicoteo, el rechazo y la presión social. Las creencias religiosas no justifican ninguna violación del derecho de propiedad. En una sociedad libre toda persona debe aceptar en todo momento las normas o condiciones impuestas por el propietario del lugar en el cual se encuentra en cada momento. Cada individuo puede vestir como desee en su propiedad, pero para acceder a la propiedad ajena debe seguir las indicaciones del dueño. El problema del pañuelo en la cabeza de las mujeres musulmanas procede de la coacción estatal y de la ignorancia de la superstición religiosa. Los creyentes confunden normas arbitrarias y a menudo absurdas con mandatos ineludibles. El problema no es el pañuelo que cubre la cabeza, sino el frecuente ciego fideísmo de su interior y la obsesión con los libros sagrados, que podrían ser sustituidos por más lógica, conocimiento científico, racionalidad y capacidad de análisis crítico. De todos modos si una persona entiende el valor de una norma hace bien en cumplirla. Un centro educativo privado tiene perfecto derecho a imponer normas de comportamiento y vestimenta a sus alumnos clientes, y los progenitores son libres para rechazar sus servicios, pero deben aceptar sus reglas si los desean. El estado confisca dinero a unos para educar a otros, y obliga a asistir a sus centros educativos a quienes no lo desean. Un centro educativo estatal presenta todos los problemas típicos de la propiedad pública: reglas no competitivas iguales para todos, imposibilidad de discriminación y toma no local de decisiones con menos conocimiento y peores incentivos. Desde fuera del Islam se piensa que esta forma de vestir es un símbolo de discriminación y sumisión sexual, lo cual puede tener buena parte de razón. Pero para muchas musulmanas se trata simplemente de un elemento de su tradición cultural: hablan de pudor, modestia, vergüenza; se sentirían incómodas o incluso impuras pecadoras si no pudieran cumplir con el precepto religioso. Las normas religiosas son a menudo arbitrarias y nocivas, pero igual pueden serlo las leyes civiles. Lo importante es lo que afirme cada mujer, si es amenazada con la violencia o si decide libremente por voluntad propia. Toda persona vive rodeada de influencias ajenas, sistematizadas o no, y las amenazas pueden ser sutiles e indirectas, pero la presión social pacífica no es una agresión. Nadie tiene derecho a determinar por otro qué debe gustarle y qué no. Nadie tiene derecho a exigir a los demás que le acepten como es. Si una persona no se siente a gusto en su familia o en su comunidad puede abandonarlos. Pero las leyes estatales impiden esta posibilidad al otorgar a los padres poderes coactivos sobre sus hijos menores que éticamente no tienen. Si las musulmanas no se sienten agredidas, un observador externo puede intentar persuadirlas, pero no tiene sentido decir que se actúa en su beneficio cuando ellas rechazan explícita, consciente y libremente esa presunta ayuda. Y si hablamos de discriminación sexual, ¿por qué los uniformes escolares de los niños llevan pantalones y las niñas falda?
El político y el pilotoEl piloto alemán Michael Schumacher acaba de alcanzar por tercera vez el título de campeón del mundo de Fórmula 1 con la escudería italiana Ferrari. Durante la ceremonia de entrega de trofeos el vencedor escuchó solemnemente quieto el himno alemán; pero durante el himno italiano no paró de moverse, llevando el ritmo de la música e incluso bailoteando, participando de su alegría con sus seguidores y con los miembros de su equipo. Tal vez musicalmente uno incite al baile y el otro a la rigidez corporal. Al ex-presidente y ahora senador vitalicio de Italia Francesco Cossiga no le ha gustado nada esta actitud y ha llamado payaso insolente a Schumacher por no mostrar el mismo respeto al himno italiano que al alemán. Sería interesante preguntar a los propios italianos por quién sienten ellos mayor simpatía, respeto o admiración, si por el piloto extranjero o por el político autóctono. Michael Schumacher tiene un salario multimillonario que refleja que es enormemente valorado por el mercado (escuderías, anunciantes y aficionados). Sus habilidades al volante son únicas y además se juega la vida en cada carrera. Muchos afirman que es el mejor piloto del mundo en este momento, y ha devuelto el título y la ilusión a los tifosi de Ferrari después de muchos años de sequía. Francesco Cossiga alcanzó un alto nivel con sus habilidades de demagogia, componendas y trapicheos: la presidencia de la República de Italia, estado famoso por la corrupción generalizada de su clase política, la cual se enriquecía ilícitamente mediante las famosas comisiones que exigían a los empresarios. No es extraño que un profesional del parasitismo sistemático sienta un gran fervor por los diversos símbolos de la institución que le da de comer. Los estatistas esperan que sus súbditos muestren veneración e inclinen la cerviz ante sus aburridas demostraciones de hueca y pomposa solemnidad. Pero si el estado es una entidad perversa y contraria a la libertad de los seres humanos, ¿qué sentido tiene mostrar respeto alguno por sus símbolos?
El precio justo de FolgadoEl secretario de Estado de Economía José Folgado culpa la subida de la inflación al incremento de los márgenes empresariales del sector servicios, y ha amenazado a estas empresas diciendo que el Gobierno no puede ser "contradictorio" y bajar impuestos a quienes aumentan los precios de manera "injustificada". El Ministerio de Economía puede pensar en producir una versión estatal del programa de televisión El Precio Justo, presentado por el propio Folgado. Los empresarios de todos los sectores que forman ese inútil engendro denominado IPC serían los participantes que intenten adivinar qué incremento de precios es considerado justificado por los tecnócratas gubernamentales. El que se exceda será humillado públicamente y recibirá las iras del público seleccionado entre organizaciones de consumidores afines al poder. El que más se pase será nombrado chivo expiatorio de la semana y los políticos al mando le echarán las culpas de todos los males. El que acierte recibirá unas migajas de desgravaciones fiscales. No se considera el caso de que alguien pueda quedarse corto: para la mentalidad del intervencionista no hay empresarios que puedan intentar reducir los precios para atraer más clientes, todos son egoístas enemigos del bien común que sólo aspiran a enriquecerse a costa de los demás. Naturalmente el departamento ministerial de justificación de aumentos de precios no explicaría qué criterios utiliza para considerar adecuado un incremento, ya que entonces el concurso no tendría ninguna gracia. Conociendo la profunda ignorancia de la ciencia económica de los burócratas, no sería sorprendente que afirmaran que está justificado subir los precios si suben los costes: otra vez la falacia de que los precios siguen a los costes, cuando en realidad es justo al revés. Las palabras oferta, demanda, propiedad privada, competencia, posibilidad de elegir, política monetaria, serían consideradas tabú por los guionistas del programa; además son demasiado técnicas para la audiencia popular, que no necesita conocimientos acerca de la realidad ya que se fía siempre de la buena imagen y la sonrisa del presentador. El Gobierno no está satisfecho de cómo se están comportando los precios, pero cree que su política es la "adecuada" para reconducirlos. Como los pseudoeconomistas del Ministerio son matemáticamente sofisticados, no se ocupan ya de los niveles de precios sino solamente de sus diferenciales. En la eterna busca de la estabilidad (es decir, que nada cambie para poder permanecer en el poder) se dan por buenos los precios actuales (no se dictan al estilo soviético), sólo se intenta que no cambien. También la deflación es considerada negativa por muchos políticos, lo cual indica que para ellos vivimos en el mejor de los mundos posibles y que cualquier variación es a peor. Este señor que ni siquiera sabe utilizar la lógica más elemental (no hay ninguna contradicción entre pedir recortes de impuestos e incrementar precios) pretende decirles a los propietarios de bares, cafeterías, restaurantes, hoteles y agencias de viajes cómo llevar su negocio y ser competitivos y viables a largo plazo. Y al mismo tiempo ejerce de analista financiero, ya que al afirmar (de forma totalmente arbitraria) que estas empresas están obteniendo suculentos beneficios está animando a los inversores potenciales a introducirse en el sector (lo cual curiosamente tendería a reducir los precios y los beneficios, quizás sea su intención). En resumen, una absurda excusa para no bajar los impuestos y dirigir las iras de los potenciales afectados hacia selectos cabezas de turco.
El profesor chifladoDiego Guerrero es profesor de Economía Política de la Universidad Complutense y claro ejemplo de que es posible ser profesor de economía (al menos en una universidad pública) y sumo ignorante en la materia, incluso de sus nociones más básicas, como él mismo muestra sin ninguna vergüenza en un reciente artículo en El País. El análisis marxista sobrevive en algunas cabezas despistadas que se autoproclaman asalariados explotados; lo preocupante es que desde su posición de poder académico puedan transmitir sus errores y falacias a alumnos indefensos. Según Guerrero vivimos en un sistema capitalista basado en "la explotación del trabajo por el capital" y "la competencia de todos contra todos"; "es precisamente la competencia el origen de la ineficiencia actual (capitalista) en la asignación mundial de los recursos". "El capitalismo deja a los asalariados al margen del progreso y la riqueza que crea para los capitalistas (al menos, los asalariados se benefician de eso sólo de modo marginal y dependiente y obligadamente servil). Los asalariados somos el centro de la explotación capitalista. De nosotros nace la renta con la que vivimos nosotros y con la que viven ellos." "Los flujos de emigración (trabajo y medios de producción) que la economía mundial necesita no pueden regularse racionalmente mientras el sistema de empresa privada sea el que decida esos flujos. Porque la competencia lleva a cada unidad decisoria a decidir por su cuenta y en contradicción con las decisiones de las demás. Hay que sustituir la competencia por la cooperación, y la cooperación auténtica es una quimera en el marco de este sistema capitalista que nadie se molesta hoy en poner en entredicho (salvo aquellos a quienes se nos calla la boca)." Ninguna de estas afirmaciones es verdadera, y ya es difícil no acertar ni por casualidad. El capitalismo es el sistema económico basado en la propiedad privada (tanto de bienes de consumo como de bienes de capital) y la libertad contractual y comercial. Ninguna nación actual tiene un sistema capitalista puro, todas las estructuras políticas intervencionistas de los estados (socialburocracias) agreden de múltiples formas la propiedad privada e impiden las libertades comerciales y contractuales. El Estado no es una institución capitalista, es ingenua y errónea la percepción del mismo como garante de la libertad. En un mercado libre los acuerdos entre empresarios y asalariados son libres y voluntarios, luego nadie puede resultar explotado ni perjudicado. El salario tiende al valor marginal descontado de la productividad del trabajador: una empresa que paga a sus trabajadores más de lo que producen no es eficiente, obtiene pérdidas y quiebra; una empresa que paga a sus trabajadores menos de lo que producen los pierde ante las mejores ofertas laborales de otras empresas competidoras. Un asalariado poco productivo puede estar descontento con su sueldo, pero su empleador no le está robando. El capitalista no es un parásito inactivo, es alguien que previamente ha trabajado, producido y ahorrado, no ha consumido todos los recursos disponibles y puede cederlos o alquilárselos a los empresarios que desean llevar a cabo tareas productivas. La productividad del trabajo depende de forma crítica de la posibilidad de utilizar bienes de capital: es gracias a los capitalistas que los trabajadores aumentan sus rentas. Un trabajador sin bienes de capital es muy poco productivo, no genera una renta apreciable que pueda sostenerle a él mismo y a otros presuntos explotadores. Es normal que la competencia moleste a los incompetentes. La competencia es un proceso de descubrimiento que posibilita que diferentes actores económicos produzcan diversos bienes y servicios de formas distintas e independientes, y que sean los consumidores finales los que elijan libremente los que prefieren. Que cada actor decida por su cuenta no implica que todas las decisiones sean contradictorias. Un mercado libre no obliga a competir, sino que permite la cooperación voluntaria entre los diferentes actores. Una empresa es el resultado de múltiples pactos de cooperación entre diferentes especialistas: accionistas, empresarios, directivos, trabajadores. Que las cooperativas sin ánimo de lucro no estén más extendidas muestra que son económicamente poco eficientes. El sistema capitalista de mercado libre es hoy día constantemente atacado en los medios de comunicación y en los centros de enseñanza por múltiples pseudointelectuales como este profesor, quien denuncia que le callan la boca en un artículo publicado en el diario de mayor difusión. Con semejantes contradicciones no sorprende que confunda a Galbraith como defensor del sistema capitalista, o que distinga entre flujos de capital "productivo" y "financiero" sin molestarse en explicar la diferencia.
Errores judicialesLos asesinatos cometidos por Tony Alexander King y su imputación a Dolores Vázquez muestran varios graves problemas de los sistemas judiciales de las modernas democracias, todos ellos fundamentados en el incumplimiento radical de los principios éticos universales de la justicia: se da por hecho que el estado debe ejercer el monopolio de la justicia de forma democrática, según lo que vote la mayoría, aunque sea contrario a la ética; se colectiviza todo el sistema de administración de justicia, asumiendo de forma arbitraria que es la sociedad en su conjunto, cual una pequeña tribu, la que debe juzgar los delitos, y que la sociedad tiene siempre parte de culpa por lo que debe intentar reinsertar al delincuente. Desde el punto de vista ético la administración de justicia es la actividad clave en cualquier sociedad, y por eso son exigibles al máximo los principios de respeto a la libertad: el derecho de propiedad privada, la libertad contractual y de todo tipo de relaciones personales y comerciales, la asunción de responsabilidades por los daños causados por las personas cuya actuación los ha provocado, y la compensación proporcionada a las víctimas por parte de los agresores. El criminal pierde sus derechos en beneficio de la víctima en la misma medida en que se los arrebata a la víctima. Los inocentes no tienen por qué cargar con ninguna parte del castigo a los culpables, y nadie puede legítimamente arrebatar a una víctima su derecho a la justa compensación. La justicia estatal impide el establecimiento de sistemas competitivos eficientes de resolución de conflictos. Los burócratas no tienen clientes a los que deben satisfacer, no ven peligrar su posición privilegiada si realizan mal su trabajo, no están incentivados para hacerlo lo mejor posible. Los funcionarios no tienen que demostrar permanentemente sus habilidades en un mercado competitivo, basta con que superen unas oposiciones en las que demuestran gran capacidad de memoria y poca inteligencia crítica, y después pueden descansar tranquilos y seguros de su sueldo, que es lo que realmente todo aspirante a burócrata en el fondo desea, además del afán de poder sobre sus semejantes. Tienen a los ciudadanos cautivos, ya que no permiten que se renuncie a sus servicios. Cuando aciertan se atribuyen todo el mérito de forma demagógica, y si se equivocan, lo que ocurre casi siempre, escurren el bulto, se escudan en que ellos hacen lo que el sistema indica, o en la inevitable falibilidad humana, y socializan las pérdidas, esparciendo el daño entre muchos contribuyentes indefensos. Los jueces, fiscales y letrados al servicio del estado nunca asumen responsabilidades por sus errores: es típico de los miembros del estado, que pueden hacer cosas prohibidas a los ciudadanos particulares y cuya negligencia no suele ser castigada. Los juristas se limitan a cumplir normas formales de procedimiento sin fijarse en los resultados finales. Olvidan el esclarecimiento de la verdad y lo sustituyen por reglas procesales rígidas y a menudo absurdas. Cuando hay que pagar compensaciones a un inocente falsamente condenado el dinero no sale de los bolsillos de quienes cometieron los errores, sino que lo pagan todos los contribuyentes. Se coacciona a personas inocentes para participar en el jurado (demagógicamente llamado popular), para cumplir con la ficción falsamente legitimadora de que es la sociedad en su conjunto, mediante una muestra aleatoria de la misma, la que juzga a los presuntos delincuentes. Así si la sociedad se equivoca es toda la sociedad la que debe pagar. Se trata de una común falacia colectivista, atribuir al conjunto las características de una ínfima cantidad de sus elementos. En una sociedad libre y ética el que ejecuta una condena a un inocente comete un crimen del cual es directamente responsable. Si encarcela a un inocente comete un secuestro. Si mata a un inocente es responsable de asesinato. Si se apropia de los bienes de un inocente se convierte en ladrón. La presunción de inocencia es así conseguida gracias al propio interés de los administradores de justicia, quienes han de poner cuidado para no perjudicarse a sí mismos. El equilibrio entre las cautelas garantistas y la condena de los criminales se consigue porque quienes desean trabajar en la justicia no tienen garantizado su puesto, deben satisfacer a sus clientes en competencia directa con otros posibles proveedores de este crucial servicio. El que acusa a un inocente lo está difamando, dañando gravemente su reputación, y aunque en una sociedad puramente libre esto no tiene por qué ser delito, sí que debería tenerse en cuenta para evaluar el honor y la confianza que merece el falso acusador. La rabia y el dolor de los seres queridos de una víctima no legitiman descargas arbitrarias de odio sobre personas cuya culpabilidad no se puede probar. Cuando el estado juzga y acierta, en lugar de obligar al criminal a compensar a la víctima, lo encierra durante un tiempo arbitrario en una prisión donde se convierte en un parásito improductivo a costa de los contribuyentes, y después de este tiempo en el que alimenta su rencor y puede aprender nuevas formas de delincuencia de otros expertos, queda libre para tal vez continuar agrediendo a sus semejantes. Las ideologías progresistas creen que es posible reformar a cualquiera, que la mente humana es infinitamente plástica. Ignoran que hay rasgos de la naturaleza humana que son rígidos, que hay criminales intratables de quienes hay que defenderse. Criminales que no pueden culpar a nadie más que a sí mismos.
Estado y guerraLa guerra es el apogeo, la apoteosis del Estado, del ideal colectivista de la dirección despótica y coactiva de la sociedad. En la guerra el Estado muestra su poder destructivo a gran escala de forma explícita. La guerra es mala para los ciudadanos, pero buena para la clase gobernante, que son quienes la controlan. La guerra produce centralización y crecimiento del Estado: medidas de emergencia que se convierten en permanentes, reclutamiento obligatorio, censura, controles de precios, confiscaciones, ataques a los disidentes. La guerra se utiliza para pretender que el Estado puede organizar la sociedad de forma eficiente y para justificar incautaciones masivas de recursos materiales y humanos. En la guerra las primeras víctimas son la libertad y la verdad. Las guerras son peleas entre élites gobernantes que tratan las vidas de sus súbditos como consumibles y las vidas de los enemigos como despreciables, sin valor. Las guerras no enfrentan sociedades, enfrentan Estados y son perjudiciales para todas las sociedades, incluso para aquellas cuyos Estados resultan victoriosos. La existencia de instituciones estatales coactivas provoca luchas entre distintos colectivos para hacerse con su control y beneficiarse de sus privilegios. La libertad es incompatible con los imperios. Un Estado tan fuerte como para hacer la guerra a pueblos extraños también agrede con seguridad a su propio pueblo. Los Estados forman ejércitos y practican la guerra para extender sus ámbitos de influencia, para aumentar los territorios que controlan de forma monopolística e ilegítima. La guerra no es la continuación de la política por otros medios, sino simplemente la continuación de la política. Los medios de la política son los medios violentos de la guerra pero ejercidos de forma difusa y sutil. En la política la violencia no se manifiesta abiertamente porque una parte se rinde sin luchar: el contribuyente se deja robar sus impuestos y el ciudadano cumple leyes injustas para evitar la amenaza armada de ser encarcelado o castigado. La defensa nacional no es un bien público, sino una institución que permite a los Estados proteger y aumentar sus riquezas. Se protege principalmente la soberanía de los gobernantes, y sólo se protege a los ciudadanos en la medida en que puedan continuar sirviendo como fuente de ingresos de los miembros del Estado. Las guerras lejanas a los límites nacionales sirven para proteger fuentes extranjeras de ingresos estatales. Los Estados democráticos pretenden justificar la guerra en nombre de la justicia y el humanitarismo, pero en realidad responden a deseos de venganza o intervencionismo de los votantes. Además las guerras suelen tener consecuencias imprevistas desastrosas, y facilitan la violencia colectivista y totalitaria. El resultado de las guerras es defender el autoritarismo y destruir muchas vidas inocentes y bienes materiales. Los dirigentes del Estado saben que es difícil que los ciudadanos libres participen voluntariamente en sus proyectos visionarios, y que la declaración de una guerra es una buena excusa para exigir su obediencia ciega e incondicional. La guerra produce un instinto de rebaño en los ciudadanos que permite la extensión del poder del Estado. La guerra sirve también como excusa para distraer la atención de los problemas internos. La guerra ha sido frecuentemente causada por el mercantilismo, por la alianza entre los Estados y sus élites comerciales privilegiadas. Las guerras benefician a las grandes empresas productoras de armas, frecuentemente aliadas de los gobernantes. Las políticas de equilibrio entre superpotencias estatales conducen a guerras continuas y gasto militar descontrolado. Los peligros de la guerra han hecho que el Estado busque problemas alternativos que sirvan como equivalentes morales, como la guerra contra la pobreza, o contra las drogas, para persuadir a los ciudadanos de que renuncien a su libertad y entreguen sus propiedades al Estado. El uso de la fuerza es legítimo y ético solamente cuando se realiza en defensa propia (ante una agresión presente o una amenaza real) o para hacer justicia, exclusivamente contra los agresores y sus cómplices, sin dañar a personas inocentes y sin obligar a participar en la pelea (sea personalmente o mediante aportación de bienes) a personas que no desean hacerlo. Las guerras estatales no cumplen estas características y por lo tanto no son éticas.
Funcionarios en huelgaSuena el teléfono en un ministerio cualquiera y preguntan por un funcionario. Los sindicatos de la función pública de UGT, CCOO y CSIF han anunciado la convocatoria de diversas movilizaciones y una huelga general en las administraciones públicas para el mes de diciembre, durante la tramitación de los Presupuestos Generales del Estado, para protestar contra la subida salarial del 2% impuesta por el Gobierno para los empleados públicos en el 2001. Piden, entre otras cosas, un aumento del 4,7%, el resultado del 2% de previsión de IPC, más 1,7% de desviación de la inflación de este año y un 1% para hacer partícipes a los empleados públicos de la buena marcha de la economía. Conviene recordar qué es un funcionario o burócrata, para ver si realmente tienen algo que ver con la buena marcha de la economía y si merecen beneficiarse de ella. Los funcionarios no son sistemáticamente altruistas, ni trabajadores dedicados al bienestar común y al interés público. Son egoístas como todo ser humano, tienen sus propios objetivos, sus intereses particulares a corto plazo, aspiran a mejorar su posición y la de su familia y amigos. Los funcionarios se presentan a sí mismos como servidores del pueblo, cuando en realidad son un clan parasitario que contribuye a la supervivencia del Estado intervencionista y que dificulta el progreso social. Como miembros del sector público no producen nada valioso, solamente gastan los recursos confiscados previamente a los ciudadanos; no necesitan satisfacer a sus clientes para conservar su empleo, ya que las instituciones públicas no están sometidas a los tests de beneficios y pérdidas. Los consumidores no pueden decidir libremente si desean utilizar sus servicios según sus preferencias personales. El poder del funcionario es generalmente destructivo: gestiona permisos y administra regulaciones que dificultan y bloquean la actividad empresarial creadora de riqueza. En algunos puestos clave los burócratas pueden enriquecerse de forma ilícita mediante su poder regulador. Una licencia puede eternizarse si un funcionario corrupto no es adecuadamente recompensado. La administración pública penaliza la solución de problemas. Al burócrata no le interesa que los problemas se resuelvan, ya que esto significa que ya no es necesario y que su departamento puede desaparecer; al burócrata le conviene que el problema se mantenga y agrave para así poder reclamar más recursos y aumentar su poder. La consigna principal respecto al presupuesto de cualquier departamento ministerial es gastarlo todo para poder pedir más en el futuro. Las academias que preparan las oposiciones de acceso a la función pública recuerdan a los posibles interesados la envidiable jornada laboral y la seguridad del puesto de trabajo, sin referirse nunca a la posibilidad de trabajar por los demás. Los funcionarios son normalmente contratados mediante pruebas puntuales en las que demuestran unos conocimientos teóricos y no una capacidad real para desempeñar una tarea. El funcionario que ha superado un proceso de selección (oposiciones) muestra gran capacidad memorística combinada con una falta de inteligencia crítica o falta de escrúpulos, ya que asume todas las sofisticadas falacias que permiten la existencia del Estado coactivo. Los funcionarios tienen contratos indefinidos, empleos garantizados de por vida que les identifican con los intereses del Estado, y es prácticamente imposible despedirlos, por lo cual es muy difícil controlar su rendimiento profesional. Para lo que hacen, mejor que no hagan nada, que se queden en casa, donde tal vez echen de menos la pausa para el desayuno, los juegos con el ordenador y las charlas entre compañeros. Si están en huelga pueden dejar en paz a los demás ciudadanos y además nos ahorramos sus sueldos.
Genoma, discriminación y supersticiónLos avances en la investigación del genoma humano están incrementando la capacidad de predicción médica respecto a los problemas sanitarios potenciales de cada persona, información que podría ser utilizada por las empresas aseguradoras para personalizar sus primas según los niveles de riesgo genético. Ante esta posibilidad, algunos científicos instan a los gobiernos a legislar contra esta forma de discriminación (presuntamente abusiva) que podría acabar con el reparto equitativo del riesgo, especialmente en los países "no bendecidos con sistemas sanitarios públicos que comparten los riesgos de modo equitativo entre toda la población". Esto científicos olvidan la economía y la ética: si los riesgos son compartidos, se debilitan enormemente los incentivos para disminuirlos. Si se afirma que una persona no es culpable de poseer un gen que puede causarle una enfermedad, mucho menos responsables son las demás personas de quienes se pretende que paguen por ello. La auténtica justicia implica dar a cada uno lo suyo y que cada cual pague lo que le corresponde. La persona con un gen defectuoso tal vez quiera exigir una indemnización a sus progenitores, pero estos pueden alegar que no les fue posible seleccionar los genes transmitidos a sus hijos: no sólo es técnicamente difícil, sino que hoy día es ilegal. La prohibición de los usos pacíficos del conocimiento es típica de totalitarismos oscurantistas. La libertad supone la posibilidad de discriminación. Es falso que los nuevos descubrimientos invaliden el concepto de raza. Los individuos de una misma raza comparten de forma sistemática genes que les diferencian, también de forma regular, de individuos de otras razas. En algunos casos puede haber mayor diferencia genética entre dos personas de la misma raza que entre dos individuos de razas diferentes, pero esto sólo significa que los genes que determinan una raza son relativamente independientes del resto de genes del individuo. La superstición destaca en las declaraciones del teólogo jesuita Juan Antonio Martínez Camino, secretario de la Comisión para la Doctrina de la Fe en la Conferencia Episcopal Española, según el cual el desciframiento del genoma "no podrá desvelar nunca el secreto del ser humano, no aportará nada, cualitativamente, a la comprensión de la vida humana, de la que ya la filosofía y la fe han aportado sus claves". Conforme la ciencia avanza la religión se ve cada vez más arrinconada, pero sus defensores no se rinden y no dejan de recurrir a argumentos irracionales y anticientíficos.
Ignorantes y violentosLa ignorancia y la violencia suelen ir de la mano y están en la raíz de todos los problemas humanos. La violencia, entendida como la agresión contra la libertad y la propiedad privada, es enemiga sistemática del progreso. Los ignorantes suelen ser enemigos de la libertad, aunque a menudo se consideran sus ardientes defensores, porque ni siquiera saben de qué hablan. En realidad su discurso tiende a justificar a los violentos diseminando falacias. José Vidal-Beneyto es el arquetipo del ignorante sofisticado. Desde sus poltronas de eurócrata en la Agencia Europea para la Cultura y como director del Colegio de Altos Estudios Europeos, y en sus frecuentes artículos en El País (¿dónde si no?), este eurobseso reclama constantemente más Europa, más burocracia injustificada, más colectivismo, más intervencionismo, más regulaciones paralizantes, más poder para los políticos, menos ámbitos individuales de decisión. Está tan despistado que considera "actores de la no violencia" a dos personajes tan nefastos como el subcomandante Marcos y José Bové. José Bové es el carismático líder bigotudo del sindicato de campesinos franceses Confédération Paysanne. Son esos chicos tan pacíficos que bloquean carreteras, queman camiones españoles y se embolsan miles de millones de recursos (la mitad del presupuesto de la UE) confiscados a los europeos. Su activismo político como grupo de presión a favor del proteccionismo comercial impide que los europeos compren alimentos a países subdesarrollados que así podrían salir de la pobreza. Odia la "dictadura del mercado", la cual pretende sustituir por el autoritarismo chauvinista del agricultor francés. Destrozó un McDonald's (según él lo "desmontó" como una protesta simbólica), secuestró y retuvo como rehenes durante unas horas unos funcionarios del Ministerio de Agricultura, y destruyó unas plantaciones de arroz transgénico ideal para los agricultores del Tercer Mundo (que para él son la competencia a combatir). Un auténtico apóstol de la no violencia. Pepe Bobo.
La arrogancia del necesitadoEn Cataluña un padre de cuatrillizos lleva a cabo una campaña para conseguir ser recibido por el presidente de la Generalitat. Exige recibir ayudas oficiales hasta que sus hijos cumplan tres años y que esas ayudas se extiendan a todas las familias en su situación. "No quiero dinero, no quiero regalos, quiero que la ayuda venga de las instituciones". Muchos necesitados honrados no recurren al robo, sino que piden limosna a personas o instituciones de caridad privadas. Tal vez sea algo vergonzante, pero al menos respetan que los demás tal vez tengan asuntos más importantes y aceptan que al ser libres no están obligados a compartir sus penas. Reconocen los derechos de propiedad. La desesperación de este padre no justifica su chantaje a las autoridades, quienes probablemente cederán para no empeorar su imagen y perder votos por parecer insensibles e insolidarios. Y si ceden una vez, tendrán que ceder siempre para evitar discriminaciones arbitrarias. Y si se trata de tres años, ¿por qué no cuatro o cinco? Una vez conseguida una subvención hay una fuerte tendencia a reclamar más. Este necesitado arrogante no quiere depender de la voluntad de los demás, incluso rechaza soberbio la ayuda de quienes se la ofrecen voluntariamente. No aparece en los medios de comunicación para solicitar la cooperación de las personas bondadosas. No quiere la ayuda de los que quieran dársela. Quiere el dinero de quienes no quieren o no pueden dárselo. Quiere meter la mano en el bote presupuestario. Quiere llevarse el dinero ajeno sin que sus dueños puedan negarse. Conviene no olvidar que los contribuyentes no han causado su problema y que por lo tanto no tienen ninguna obligación ética de colaborar con él. La necesidad no justifica el robo. La socialdemocracia tiene estos problemas: engaña a los ciudadanos con falsos derechos que originan múltiples conflictos y sustituye los mecanismos naturales y espontáneos de asistencia por la coacción estatal. Los que necesitan ayuda ya no la piden: la exigen.
La discriminación laboral de la mujerEn el día de la mujer trabajadora vuelven a repetirse las falacias de siempre respecto a la discriminación laboral de la mujer en el mercado libre, especialmente la de que la mujer cobra menos realizando el mismo trabajo. La sociedad libre tiende a evitar las discriminaciones absurdas y a recompensar a los trabajadores de acuerdo con su productividad. Si un empresario decide no contratar a una trabajadora más eficiente u ofrecerle peores condiciones laborales simplemente por ser mujer, está sacrificando la eficiencia de su empresa, y esa trabajadora puede ser contratada por otro empresario más competitivo. Si realmente hay mujeres dispuestas a producir lo mismo por un salario menor, los empresarios atentos aprovecharán esta oportunidad para demandar esa mano de obra femenina, lo cual tiende a aumentar su precio o salario hasta que se igualen con los masculinos. Una feminista activista que esté segura de que las mujeres están discriminadas laboralmente puede montar una empresa altamente exitosa donde sólo trabajen mujeres. Los datos estadísticos muestran que las mujeres cobran menos en general porque se dedican a tareas menos productivas y cualificadas, y no porque produzcan menos que un hombre en el mismo puesto. La existencia de diferencias salariales por género es un claro indicativo de falta de libertad. Las regulaciones estatales contrarias al desarrollo económico dificultan la actuación coordinadora de los empresarios y los ajustes sociales necesarios en el proceso de incorporación de la mujer al mercado de trabajo. Un problema real que tiene todo empresario frente a una mujer es la discontinuidad debida a la maternidad. No es lo mismo una trabajadora experta y acostumbrada a un entorno laboral que una sustituta. Mientras que sea la mujer la que queda embarazada, y quien por factores biológicos y psicológicos tenga más predisposición a ocuparse de la familia, habrá diferencias laborales entre hombres y mujeres. Es obvio que el tiempo que dedica la mujer a su familia no puede emplearlo en avanzar profesionalmente, pero se trata de una decisión libre y personal. Para el editorialista de El País, con una extraña concepción de la legitimidad, la escasez de mujeres en la política "legitima que algunos partidos políticos fuercen la presencia femenina en las listas de candidatos mediante discriminación positiva". Y según la magistrada y ex secretaria de Estado Margarita Robles "La igualdad es una asignatura pendiente que se alcanzará el día que haya una presidenta del Gobierno". Magia potagia, votamos una mujer para presidenta y todo resuelto políticamente. En realidad habría que felicitar a las mujeres honradas que no se meten en política y dejan en paz a sus semejantes, y animar a los hombres a abstenerse de una actividad tan corrupta y dañina para la sociedad. ¿Para cuándo el día de la mujer empresaria?
La fachada de la respetabilidadEn el constante esfuerzo por la supervivencia y el desarrollo, algunas personas eligen relacionarse de forma pacífica con sus semejantes, sin coacciones ni parasitismos. Otros prefieren vivir a costa de los demás, aprovechándose sin escrúpulos de su debilidad y de su ignorancia. Los ladrones, los secuestradores, los grupos armados opresores, utilizan abiertamente la fuerza para apropiarse ilegítimamente de las riquezas ajenas. Se muestran claramente como enemigos, amenazan visiblemente a sus víctimas para obtener lo que desean. Pero la sinceridad en la violencia no es siempre la norma. El engaño es normal en la vida: el depredador y la presa tratan de ocultarse mutuamente, de decirle al otro que no están allí. El enemigo intenta disfrazarse de amigo para obtener la victoria. Un parásito avanzado se da cuenta de que puede obtener más fácilmente sus objetivos si los parasitados no se dan cuenta de que están siendo perjudicados. En ocasiones es posible incluso confundir a la víctima para que crea que todo es por su bien, que va a beneficiarse, que sus intereses son defendidos por su enemigo, permitiendo al agresor actuar impunemente o incluso colaborando activamente en su actuación. El Estado coactivo es el mayor enemigo de la libertad de los seres humanos, agrediendo sistemáticamente los derechos de propiedad que presuntamente debe proteger. Sin embargo sus principales miembros y servidores, los políticos, actúan escondidos tras una fachada de respetabilidad. No paran de hablar de legitimidad democrática, de que actúan impulsados por nobles ideales y en cumplimiento de sus deberes cívicos. Mediante el uso de la educación pública y su control y presencia constante en los medios de comunicación han conseguido convencer a las masas de que son un bien necesario y éticamente irreprochables. Incluso han rebautizado su engendro de forma fraudulenta como "Estado del bienestar". Pocas personas se fijan de forma atenta y con talante crítico en lo que realmente dicen y hacen. Los peores indeseables pueden parecer agradables, simpáticos y perfectamente respetables. Por eso es saludable tener una actitud de sospecha ante los presuntos honorables. Si una persona tiene una muy buena imagen (físico, ropa, voz) pero no dice más que tópicos y vaguedades y halaga a las masas, sospeche. Ante la solemnidad y grandilocuencia, sospeche. Si hay que llamarle ilustrísimo o excelentísimo, sospeche. Si se trata de un cargo político, sobre todo si es importante, sospeche. Si un pseudoempresario reclama la intervención de sus amigos políticos contra la competencia por el bien de los consumidores, sospeche. Si un poderoso insiste mucho en defender judicialmente su honorabilidad, tal vez esté intentando inmunizarse a las críticas que le quitarían la careta o desmontarían su fachada. Confíe en la naturalidad, pero con precaución: la naturalidad también puede ser un disfraz artificial cuidadosamente ensayado.
La leche negraLlega un matón a tu granja y te dice que se van a acabar tus problemas económicos, que ya nunca tendrás que preocuparte por los costes y los beneficios de tu actividad. Ellos te aseguran que eliminarán la competencia de esos productores indeseables de países que practican el dumping social y te garantizan un precio de venta independiente de los volubles caprichos del mercado libre. Quieren protegerte porque eres un hombre del campo europeo, una especie presuntamente en vías de extinción. No desean que te urbanices. A cambio de las subvenciones te exigen sumisión absoluta. Ellos te indicarán qué, cuánto, cómo, cuándo y dónde puedes producir. Deberás pagarles los impuestos que ellos unilateralmente determinen, y si eres agradecido les votarás y hablarás bien de ellos. ¿Que por qué le llamo matón y no burócrata o funcionario del Estado? Porque te hace una oferta que no puedes rechazar. No necesita ir armado: conoce a los que saben utilizar armas y éstos le obedecen, los tiene a sueldo. Es el recadero de la banda; el capo está ocupado soltando discursos en su traje impecable, y no le gusta ensuciarse con asuntos tan bajos. El poder de la banda es tan grande que ya no necesitan visitar las granjas, son los propios granjeros los que van a ellos a reclamar protección, a solicitar sus favores, a arrodillarse y besar el anillo. No sólo controlan a los productores, también se han camelado a la inmensa mayoría de los consumidores: todo lo hacen por su bien, por su seguridad, por su salud. Son la última barrera contra los desmanes del capitalismo salvaje. Algo sale mal en el plan. Parece que hay gente que se muere de forma espantosa cuando come carne de vacas alimentadas con unos piensos defectuosos; muchos animales sufren una enfermedad que puede ser fatal, se ha desatado una epidemia que se creía imposible; y encima resulta que la leche, que siempre ha sido blanca, ahora es negra. Aún no se ha llegado al contrabando de leche, pero algunos ganaderos se pasan de sus cuotas y colocan sus excedentes en el mercado sumergido a través de sucios intermediarios. Se trata de la PAC, la Película del Agricultor y la Cosanostra, en su versión para todos los públicos conocida como la Política Agraria Común. ¿Cómo terminará? ¿Terminará?
La leche negra desnatadaLlega un funcionario europeo a tu granja y te dice que se van a acabar tus problemas económicos, que ya nunca tendrás que preocuparte por los costes y los beneficios de tu actividad. Ellos te aseguran que eliminarán la competencia de esos productores indeseables de países que practican el dumping social (los pobres países subdesarrollados) y te garantizan un precio de venta independiente de los volubles caprichos del mercado libre. Quieren protegerte porque eres un hombre del campo europeo, una especie presuntamente en vías de extinción. No desean que te urbanices y que el medio rural se desertice. A cambio de las subvenciones te exigen sumisión absoluta. Ellos te indicarán qué, cuánto, cómo, cuándo y dónde puedes producir. Deberás pagarles los impuestos que ellos unilateralmente determinen, y si eres agradecido les votarás y hablarás bien de ellos. ¿En qué se parecen el euroburócrata y un recadero de la mafia? En que ambos te hacen ofertas que no puedes rechazar. Si te niegas a aceptar su "protección", el mafioso llama a sus matones para que te hagan una visita; después de la paliza correspondiente deberás ir a solicitar clemencia al capo, arrodillarte y besar su anillo. Si no te interesa la oferta del euroburócrata, éste te hablará de democracia, de imperio de la ley, pero al final todo se basa en que la policía está armada y son muchos y tú sólo eres uno e indefenso. El euroburócrata forma parte de un sistema contrario a la ética mucho más sutil y complejo llamado Unión Europea, de inspiración socialdemócrata. Los líderes "intelectuales" o políticos visten trajes impecables y sueltan solemnes discursos acerca de la grandeza de Europa. No pueden usar la fuerza directamente, pero tienen la sartén por el mango gracias a que son ellos los que hacen y aplican las leyes. No sólo controlan a los productores, también se han camelado a la inmensa mayoría de los consumidores: todo lo hacen por su bien, por su seguridad, por su salud. Son la última barrera contra los desmanes del capitalismo salvaje. Los granjeros ya no son pasivos y miedosos: si algo no les gusta bloquean las carreteras y queman unos cuantos camiones; con sus amenazas y su poder electoral han conseguido darle la vuelta a la tortilla y ahora incluso consiguen subvenciones por no producir. Algo sale mal en el plan de la Europa una, grande y ¿libre?. Parece que hay gente que se muere de forma espantosa cuando come carne de vacas locas alimentadas con unos piensos defectuosos; muchos animales sufren una enfermedad que puede ser fatal, se ha desatado una epidemia de fiebre aftosa que se creía erradicada; y encima resulta que la leche, que siempre ha sido blanca, ahora es negra. Aún no se ha llegado al contrabando de leche, pero algunos ganaderos se pasan de sus cuotas y colocan sus excedentes en el mercado sumergido a través de intermediarios tramposos. Si esto fuera una película dramática podríamos esperar un final, feliz o desastroso, pero al menos sería un final. La calamitosa Política Agraria Común parece que no acabará nunca.
La mula OmarAl leer el texto de la última entrevista con Mohamed Omar, jefe supremo de los talibanes, me he preguntado si había un problema grave de errores en la transcripción y en la traducción, o si este fanático es simplemente un retrasado mental incapaz de razonar, una mula más que un mulá. Esto último no sería muy extraño, dado el peculiar sistema educativo de las madrasas fundamentalistas: repetición obsesiva de textos religiosos sin asomo de crítica lógica o contrastación observacional. Omar habla de un plan para la destrucción de Estados Unidos. "El plan sigue adelante, y si Dios quiere, se llevará a cabo. Pero es un cometido inmenso, que va más allá de la voluntad y del entendimiento de los seres humanos. Con la ayuda de Dios, eso sucederá dentro de un corto periodo de tiempo. Tengan esta predicción en mente." El ignorante supersticioso carece de conocimiento acerca de la realidad y por lo tanto es difícil que sus acciones tengan éxito, sobre todo si son de gran envergadura. Para consolarse a sí mismo y animar (mediante el engaño) a sus correligionarios, se inventa a un Dios omnipotente que lleve a cabo sus objetivos. Pero estas pretensiones tienen múltiples problemas. ¿Cómo conocen los humanos las intenciones de Dios si está más allá de su entendimiento? ¿Y si el líder espiritual mezcla o confunde sus deseos personales con los mensajes divinos? Si el Dios lo puede todo, ¿para qué necesita a sus débiles siervos terrenales? Todo sucede según la voluntad de Dios, así que triunfar o fracasar no importa. Entonces ¿para qué actuar? No tiene sentido fiarse de predicciones que nunca pueden ser refutadas: no se está diciendo que algo vaya a pasar, sino que sucederá "si Dios quiere"; si no pasa es que no quiere. Si se asevera que algo pasará pronto, los condicionantes sobran. Respecto al uso de armas nucleares, químicas o biológicas, Omar dice que "no se trata de armas. Tenemos esperanzas en la ayuda de Dios." Si las armas no son relevantes, ¿para qué las compran? ¿Por qué reclutan soldados a la fuerza entre la población civil? Tampoco importa cuántas provincias controlan, muchas o pocas, pero lo más curioso es la razón: "antes no controlábamos ninguna provincia, y después tomamos todas las provincias, que hemos perdido en una semana. Por lo tanto, el número de provincias no tiene importancia". ¿Qué sentido tiene ese "por lo tanto"? ¿Se debe inferir que si cambia la cantidad de algo que se controla, ese algo no tiene importancia? Este genio intelectual llega a afirmar que "todos los talibanes son moderados. Existen dos cosas: extremismo o conservadurismo. Por lo tanto, somos todos moderados, estamos en la mitad del camino". Otro "por lo tanto" sumamente misterioso. Y si ellos están en la mitad, ¡cómo serán los extremos! Lo mejor, su predicción final: "No aceptaremos un Gobierno de pecadores. Preferimos morir antes que formar parte de un Gobierno diabólico. Tengan esto en cuenta. Ésa es mi predicción. Que lo crea o no es asunto suyo. Pero esperemos y ya veremos". Ojalá tenga razón este obseso de las profecías, yo quiero creerlo. Respecto a lo de su propia muerte, claro.
La responsabilidad de las empresas y la arrogancia neoliberalLa Organización Mundial del Comercio ha alcanzado recientemente un acuerdo sobre medicamentos genéricos que permitirá a los países más pobres acceder a ellos, siempre que declaren emergencia sanitaria y pidan a los países suministradores que supriman los derechos de patente del fármaco correspondiente. Para la catedrática de ética Adela Cortina se trata de una buena noticia, pero cree que quienes lo han hecho posible no merecen una felicitación sino un reproche por no haberlo aceptado antes. Según la profesora Cortina la rica industria farmacéutica obtiene grandes beneficios con los medicamentos que millones de pobres enfermos no pueden costearse. Al negarse a ceder estos medicamentos o sus patentes, están cometiendo ”un crimen contra la humanidad más inerme y vulnerable”, atentando contra su derecho humano más fundamental, el derecho a la vida. Cortina acepta el argumento utilitarista de que las empresas necesitan incentivos económicos para invertir e investigar, pero rechaza el concepto liberal de responsabilidad de la empresa exclusivamente ante sus dueños, los accionistas, a quienes debe proporcionar los máximos beneficios posibles dentro del respeto a la ley. Como siempre los enemigos de la libertad distorsionan de forma patética las ideas liberales: “Quien no tiene la capacidad adquisitiva requerida para costearse la satisfacción de una necesidad, no tiene esa necesidad, según el sistema. Ésa es la divisa de un asilvestrado liberalismo económico, ésa es su fatal arrogancia.” Ningún liberal ha dicho jamás esta memez, pero Cortina necesita crear un hombre de paja para mantenerse en sus errores y distraer el debate intelectual. Lo que un liberal puede afirmar es que una necesidad no genera un derecho. Aunque esto les moleste enormemente a los socialistas, ninguna persona, grupo o empresa tiene ninguna responsabilidad o deber natural de socorrer a sus semejantes, y mucho menos a todos ellos de forma universal. Si lo hace libremente, estupendo, pero si no quiere nadie tiene derecho a obligarle a ello por la fuerza. Sólo hay un derecho humano y es el de propiedad. Nadie es un criminal por no ayudar a un necesitado. O si se acepta su argumentación, la propia Cortina es una asesina de todos aquellos pobres que han muerto de una enfermedad para la cual ella podría haber pagado las medicinas necesarias privándose de algo menos importante. Cortina aconseja a los neoliberales que se den cuenta de su “fatal arrogancia”, porque “jugamos a otro juego”, el “tú la llevas”, “juego que no consiste sino en dar el relevo a otro, que es al que le toca ver cómo se las agencia”. El principio liberal del respeto al derecho de propiedad, de no iniciar el uso de la fuerza contra otra persona, no significa que cada cual deba arreglárselas como pueda: la cooperación voluntaria es espontánea y es característica de los mercados libres, aunque sus enemigos los caricaturicen como junglas peligrosas e implacables donde todos luchan solos contra todos. Los socialistas pretenden coaccionar a las personas para que cooperen, quitándoles su libertad y destrozando las instituciones que permiten el progreso social. Siguiendo los eslóganes descerebrados del movimiento antiglobalización, Cortina afirma que “otra forma de entender la responsabilidad social de las empresas es posible”: “Una empresa asume su responsabilidad social cuando integra voluntariamente preocupaciones sociales y medioambientales en sus operaciones comerciales y en sus relaciones con los interlocutores; cuando se compromete a llevar un triple balance: económico, social y medioambiental.” Es decir cuando acepta todas las sandeces socialistas y ecofanáticas y asume una ética colectivista que tenga en cuenta a todos los “afectados” por su actividad. Se supone que lo debe hacer voluntariamente, pero por si acaso se niega alguien con poder político le recordará sus deberes, aunque la ley no lo exija. Como las buenas palabras son gratuitas, la socialista Cortina recuerda que la burocratizada y anquilosada Unión Europea pretende convertirse en “la economía del conocimiento más competitiva y dinámica del mundo” pero hacerlo intentando que sea “capaz de crecer económicamente de manera sostenible, con más y mejores empleos y con mayor cohesión social”. Como si políticos y burócratas hubieran proporcionado alguna vez algún beneficio a alguien que no fuera ellos mismos o sus aliados. Cortina menciona a Friedman y a Hayek, con lo cual se puede suponer que los ha leído. Lástima que no haya entendido gran cosa, y que pretenda enseñar ética cuando es una ignorante máxima en la materia. Es una pena que Cortina no se pregunte por qué hay gran parte del mundo sumida en la pobreza y la enfermedad: porque no se respeta la libertad, porque se siguen consejos catastróficos como los que ella misma transmite en sus catedráticos adoctrinamientos, porque los pseudointelectuales cortesanos al servicio del poder creen que el ser humano no es humanitario si no es colectivista.
Libreros irritadosEditores y libreros están irritados con el gobierno: temen que se extienda la liberalización a todos los libros, y denuncian que esto perjudica letalmente a editoriales y librerías, muchas de las cuales podrían desaparecer. Luis Alberto de Cuenca, secretario de Estado de Cultura, ha sugerido que "Es una buena ocasión de empezar a pensar que a lo mejor el número de librerías es excesivo." La CEGAL (Confederación de Gremios de Libreros) dice que en España no sobra ningún punto de venta de libros y reclama que se reconozca su papel cultural. José María Barandiarán, asesor de CEGAL, asegura que "La liberalización va a provocar la reducción de los márgenes de ganancia del librero hasta extremos insostenibles... con la liberalización va a producirse un aumento descomunal del precio del libro, porque los grandes almacenes primero van a forzar una gran bajada de precios para eliminar a la competencia, y después subirán los precios a su antojo." Las declaraciones de algunos libreros son muy ilustrativas: "La liberalización del precio fijo del libro conlleva la desaparición de muchas editoriales y el olvido de muchos autores clásicos. Por el contrario, los bestsellers se venderán como pescadillas." Este librero parece que conoce las preferencias de los lectores, pero no le gusta que puedan manifestarse libremente. "La venta en grandes superficies es deshumanizada y falta de profesionalidad." Esto genera estupendas oportunidades de negocio para las librerías que puedan ofrecer un trato humano y profesional demandado por los consumidores. Pero tal vez a algunas personas no les importe aprovechar una visita al supermercado para adquirir algún libro sin la asistencia de un profesional humanista. "Es muy difícil luchar ya que no tenemos la protección del Estado. El libro debe tener un tratamiento especial, no es un producto cualquiera." Esto puede decirlo cualquier productor de cualquier bien, como la vaca lechera que no es una vaca cualquiera. Pero ahora resulta que en el diccionario de la RAE no hay manera de separar la palabra cultura de la protección estatal. "La desaparición de estas librerías sería un paso más en la desvertebración del barrio como unidad urbana de convivencia." Qué frase más bonita, y hemos conseguido ya meter el urbanismo y la convivencia social en el asunto. "En vez de atacar a las pequeñas empresas como las nuestras deberían atacar a las grandes empresas que facturan miles de millones al año." ¿Quitar una regulación restrictiva supone atacar a alguien? ¡Vayan a por los grandes, que tienen más dinero! "Lo que hay en exceso son bares, pero nunca librerías." Nunca, aunque haya millones de librerías, serán estas excesivas. El bar no es cultura, no merece protección, aunque quizás se olvida su función socializadora. "En tres años hay elecciones y todos los que le votamos no volveremos a cometer el mismo error. La liberalización del precio fijo del libro es una demagogia absoluta, el gobierno ha permitido hacer dumping con nosotros y está prohibido por la constitución." Sobran las palabras. ¿Qué entenderá este señor por demagogia? En el PP deben temblar de miedo. "Las librerías son negocios como otros cualquiera y crean puestos de trabajo, por lo que su cierre sería un gravísimo error." Los responsables del cierre de un negocio son sus dueños y gestores incompetentes. "Los propios consumidores saldrán también perjudicados porque tendrán que desplazarse a los centros comerciales para comprar libros y les saldrá mucho más caros." Esto crea incentivos para que se mantengan las librerías de barrio, no para que desaparezcan. "La liberalización es un gran error porque nos perjudica enormemente." Honradez. "Los comercios están en función de la oferta y la demanda, y las librerías son necesarias. Cada librería sabe perfectamente que ha de hacer para poder sobrevivir." Entonces harán lo necesario y no desaparecerán. Las librerías no son ni necesarias ni innecesarias, simplemente sobreviven si hay una demanda de libros que satisfacen de acuerdo con los deseos de los consumidores. "Cualquier producto de mercado tiene que tener un precio fijo en cualquier comercio." Intervencionismo absoluto, comunismo puro y duro. En un mercado auténticamente libre son los consumidores finales quienes fijan los precios de todos los bienes mediante sus decisiones de compra. El vendedor de un bien puede proponer los precios de venta que desee, pero el comprador puede abstenerse de comprar si considera el precio demasiado elevado. Los vendedores que quieran permanecer en el mercado deben ofrecer productos de calidad a precios competitivos. Las pérdidas en un negocio señalan que es ineficiente o que ofrece algo que no interesa a los consumidores. La quiebra de una empresa ineficiente es más beneficiosa para la sociedad que su supervivencia, ya que se liberan recursos que pueden ser utilizados por actores económicos más competentes. La posibilidad de acuerdos contractuales entre editores y libreros para fijar o restringir los precios de venta de los libros es perfectamente compatible con la libertad, pero no lo es el que esta circunstancia sea obligatoria por ley. También es perfectamente legítimo vender por debajo de los costes, ya que ¿desde cuándo deben prohibirse los regalos? Una empresa no puede vender por debajo de sus costes de producción (asumiendo pérdidas) para dominar el mercado, evitar la competencia y entonces abusar de su posición de dominio vendiendo a precios mucho más altos (animando a los competidores a volver al mercado). Un hipermercado puede ofrecer descuentos en algunos productos para atraer clientes a sus instalaciones, pero estos pueden simplemente adquirir las mercancías en oferta e ignorar todo lo demás. Los descuentos en la carne en el hipermercado no acaban con las carnicerías. El auténtico problema de editores y libreros es que después de vivir tanto tiempo amparados por la regulación estatal son ineficientes y no se ven capaces de sobrevivir en un mercado competitivo.
Libres y desigualmente ricosLa falta de bases éticas del socialismo se refleja claramente en sus erróneos fundamentos: tratan la riqueza como si existiera de forma independiente de su creación por los seres humanos. Si hubiera una tarta a repartir de forma equitativa entre todos, parecería comprensible que protestaran aquellos que recibieran menos que los demás. Pero cabe preguntarse de dónde viene esa tarta, por qué hay que repartirla de forma equitativa, y qué hacer cuando nos la hayamos comido entera y estemos esperando que caiga del cielo la próxima. ¿No sería adecuado recompensar a cada persona en función de su contribución a la creación de riqueza? Juan Manuel Eguiagaray, diputado del PSOE, comenta en un reciente artículo el Segundo Informe sobre la cohesión económica y social de la Comisión de la Unión Europea. Según Eguiagaray, las diferencias de bienestar entre las regiones europeas son "enormes" (y además aumentarán con la ampliación hacia el Este de la UE), lo cual obliga al mantenimiento e incluso al incremento de los fondos estructurales y de cohesión en nombre de la "solidaridad interterritorial". Ya no son solidarias las personas, ahora lo son los campos y las montañas. Hablando en cristiano, este insigne socialista ha visto una distribución no uniforme de riqueza, esta no le ha gustado y ahora reclama que los gobiernos (de los que él mismo forma parte) roben a los más ricos para darles algo (tras quedarse una jugosa comisión por la transferencia) a los menos ricos, ganando de paso unos cuantos votos. Lo que no se entiende es a qué espera él mismo para dar ejemplo y ser el primero en donar sus excedentes a los más necesitados. Tal vez quiere ser solidario con el dinero ajeno. El socialista típico no se pregunta de dónde procede la riqueza, ni aceptará jamás que la diferencia esencial entre sociedades ricas y pobres es la libertad (entendida como el respeto a la propiedad privada) o su ausencia. No entiende que no es posible desacoplar la producción y la distribución de los bienes. Tampoco es políticamente correcto mencionar que tal vez haya gentes más vagas, o más torpes, o simplemente indiferentes a los bienes materiales. Parece que los productores de este informe han sido capaces de medir el bienestar, pero sólo lo parece: simplemente lo confunden con las rentas monetarias y la riqueza material. Según ellos, un monje en un austero monasterio sufriría un gran malestar y resultaría inexplicable su permanencia allí, e igualmente no puede haber millonarios desdichados. Las escuelas y los medios de comunicación nos machacan insistentemente con la necesidad de igualdad, pero en el colmo del victimismo descarado Eguiagaray afirma que "En estos tiempos la preocupación por la igualdad está tan devaluada como necesitada de reconsideración y apoyo intelectual ... Es posible que la igualdad no esté de moda en nuestras afluentes sociedades. Y que los valores dominantes hayan triunfado hasta reducir al silencio o al desván de lo inservible como antiguo las voces que expresaban preocupación por las diferencias sociales y territoriales existentes." ¡Toma ya!
Los Estados Unidos y la libertadLos Estados Unidos de América fueron concebidos como una república con un gobierno limitado que protegiera la vida, la libertad y la propiedad de sus ciudadanos. Eso fue hace más de doscientos años, y el experimento ha resultado fallido: en este tiempo las cosas han cambiado de forma gradual pero sistemática, de modo que la realidad actual es muy diferente. Hoy día se trata de un imperio de inspiración socialdemócrata, con un gobierno federal gigantesco que no respeta los límites de su propia constitución y con múltiples grupos de interés que parasitan a los ciudadanos honrados y productivos. Los Estados Unidos pueden proclamarse defensores de la libertad, pero no lo son tanto como parecen. Poner a los EEUU como ejemplo de país libre es intelectualmente peligroso, y sin embargo muchas personas siguen considerándolos la patria de la libertad: "La tierra de los libres y el hogar de los valientes" que canta su himno. Tal vez sea por los recuerdos del pasado y el desconocimiento de la realidad presente. Quizás porque la idea de libertad está completamente pervertida y distorsionada, y casi siempre se confunde con democracia y falsos derechos humanos. Pero sobre todo por comparación: los estadounidenses no son libres, pero el resto del mundo está mucho peor. Son mucho más libres que otros, como por ejemplo los súbditos de los socialismos europeos (de derechas o de izquierdas) o las víctimas de las múltiples dictaduras de todo el mundo (especialmente intolerantes y violentos los fundamentalismos islámicos). A pesar de estos contrastes conviene recordar que los norteamericanos están muy lejos del ideal de libertad original de sus propios padres fundadores. Las agresiones a los derechos individuales no son sólo domésticas (confiscación fiscal, manipulaciones monetarias, múltiples agencias reguladoras, discriminación positiva, seguridad social, guerra contra las drogas, etc.), sino que se extienden también a la política exterior. Los principios originales de comercio pacífico con todos y enredos políticos con ninguno se han transformado en sus opuestos: por un lado sanciones comerciales, embargos, proteccionismo, barreras arancelarias, y por otro intervencionismo político y apoyo u oposición a los gobiernos de otras naciones. El norteamericano típico no sabe mucho del mundo de fuera de su país (con lo cual no hace daño a nadie), pero este aislacionismo cultural contrasta con el deseo típicamente colectivista de sus gobernantes de entrometerse en las vidas ajenas incluso en países muy lejanos. Con la mano en el corazón, el ingenuo estadounidense medio se emociona patrióticamente con su himno y repite la promesa de fidelidad a la bandera de las barras y estrellas: "Prometo fidelidad a la bandera de los Estados Unidos de América y a la República que representa, una nación indivisible, bajo Dios, con justicia y libertad para todos". Ama su constitución, que forma parte esencial del currículo escolar, pero es sumamente ignorante respecto a los contenidos y el sentido de su ley suprema: lo cual no es extraño dada la inspiración colectivista de su enseñanza pública. Se trata en definitiva de una fidelidad ciega a unos símbolos que han perdido su auténtico valor: se habla mucho de la libertad sin entender lo que realmente significa. Los antiguos individualistas hoy día se echan en brazos del gobierno para que les resuelva sus problemas. Naturalmente aún quedan auténticos defensores de la libertad en Estados Unidos (muchos más que en cualquier otra parte), pero desgraciadamente son minoría. Ojalá que triunfen para que su país pueda servir de buen ejemplo para el resto del planeta.
Los valores humanosLos discursos políticos de alto rango (los de monarcas, presidentes y todo tipo de excelentísimos, eminentísimos y reverendísimos) suelen contener invitaciones al esfuerzo colectivo para conservar y desarrollar los valores humanos. La gente en realidad no entiende lo que se dice, lo cual es normal ya que el contenido informativo de estos mensajes es prácticamente nulo: son simplemente eficientes herramientas de persuasión y seducción; vamos, que suenan bien, emocionan y hacen buenos titulares. Naturalmente nadie puede negarse u oponerse a los valores humanos. Son valores, es decir, buenos, estupendos, magníficos; y humanos, toda persona mínimamente digna debe estimarlos y tenerlos en consideración. Su mención es la parte grandilocuente de la perorata, la que encandila al personal y le distrae de la realidad concreta y tangible de la actividad política: la prohibición arbitraria, la obligación coactiva y la confiscación de recursos ajenos con los cuales llevar a cabo proyectos particulares o colectivistas. Cuando el pseudointelectual de turno percibe una crisis presente y un riesgo de catástrofe futura, la solución implica la recuperación de algo esencial que se ha perdido, algo relacionado con los valores humanos, o una reestructuración del sistema de valores de la civilización. El presente parece estar en un permanente estado de devaluación y deshumanización, siempre hay algún profeta que protesta por una degradación. Si estas denuncias fueran consideradas ciertas, la conclusión lógica sería que los valores humanos no se han realizado prácticamente nunca en ningún lugar, lo cual contrasta con sus características (o aspiraciones) de universalidad y eternidad. Algunas personas bien intencionadas lamentan el ateísmo de la sociedad actual, al cual culpan de la pérdida de valores humanos. No les parecen suficientes la actual extensión de las supersticiones (con sus fundamentalismos e integrismos), el enorme poder de persuasión de las organizaciones religiosas dominantes, y las constantes apelaciones de muchos políticos a Dios, Alá o Yahvé. Proponen volver a los valores del espíritu, de lo absoluto, de la eternidad, del infinito, de lo trascendente (aunque sean incapaces de explicar a qué se refieren con estas ideas). Creen que sin religión no hay respeto y consideración por los demás o preocupación por el futuro. Pretenden fomentar unos patrones morales universales basados en la arbitrariedad espiritual o mística, en vez de recurrir a las capacidades cognitivas humanas para construir una ética racional universal, sin necesidad de milagros o revelaciones. Desgraciadamente no abundan los análisis rigurosos y detallados de los valores humanos. Quien los menciona los da por sabidos y suele pasar rápidamente de largo sin detenerse a explicarlos de forma racional, lógica y científica. Se trata del ámbito de la generalidad, la vaguedad, la imprecisión. Resulta difícil encontrar definiciones correctas, completas, claras y coherentes de términos abstractos como libertad, justicia, igualdad y solidaridad. Y sin embargo se trata de conceptos esenciales cuya adecuada comprensión y aplicación es esencial para el desarrollo de la sociedad. La ciencia económica muestra que los seres humanos actúan para conseguir aquello que consideran valioso, y que las valoraciones son relativas, subjetivas, incomensurables y variables. La persona recibe un beneficio psíquico cuando alcanza lo que considera bueno, y esto puede ser algo material o inmaterial. No existen los valores absolutos o supremos. Lo que para una persona es muy importante para otra puede resultar irrelevante. Lo que hoy es muy querido mañana puede ser despreciado. Una sociedad libre es aquella en la cual se respeta la propiedad privada de cada individuo, las relaciones son voluntarias y se reconoce la legitimidad de toda acción que no agreda a los demás. Cada persona puede elegir pacíficamente lo que desee hacer en la medida de sus capacidades para realizar sus valores particulares. Los seres humanos libres son responsables, tolerantes y no violentos. Esta es la única concepción posible de la libertad que posee las características de coherencia y universalidad: la libertad bien entendida es el valor humano fundamental, y la falta de libertad es la causa principal de los problemas sociales. La justicia intenta reparar las agresiones a la propiedad legítima, y no debe confundirse con el igualitarismo. La igualdad consiste en que las leyes éticas se apliquen de la misma forma a todas las personas, sin privilegios ni asimetrías. El intento igualitarista de que las personas sean iguales en oportunidades, resultados, ingresos, posesiones o bienestar, es inmoral e irrealizable. Los seres humanos tienen múltiples diferencias que hacen posible y fructífera la cooperación social. La solidaridad a la fuerza y con el dinero de los demás del Estado del Bienestar es una perversión. La persona auténticamente solidaria ayuda a los necesitados de forma libre y voluntaria.
Mercado y barbarieSami Naïr, eurodiputado por el Partido Socialista Francés y profesor invitado en la Universidad Carlos III de Madrid, está en contra de la "globalización liberal", que es "totalitaria en el sentido estrictamente comercial del término". Sólo desde la ignorancia más profunda combinada con la manipulación lingüística más chapucera puede uno llegar a asociar el totalitarismo, el control político de la coacción estatal por unos pocos violentos no elegidos por nadie, con el comercio, el libre intercambio mutuamente beneficioso de bienes y servicios. Los enemigos de la libertad humana, faltos de argumentos intelectuales coherentes, se disfrazan de benévolos humanistas e intentan descalificar al capitalismo y ensalzar al Estado tergiversando sus esencias. En el caso de Sami Nair sus intereses personales están claros: él forma parte del Estado parasitario europeo, con sus espléndidos sueldos, prebendas y privilegios, y enseña (es un decir) en una universidad estatal desde la cual puede extender sus falacias. Dadas sus escasas luces es dudoso que en una sociedad libre pudiera vivir tan bien como vive ahora a costa de los demás. Es un marxista hipócrita que ya no habla del proletariado (no está bien visto), sino de "la fuerza de trabajo poco y medianamente cualificada" que ve reducidos sus salarios por las presuntas contradicciones del capitalismo. Mercado libre y capitalismo son sinónimos, pero Nair pretende distinguirlos: para él lo malo no es el mercado sino el capitalismo sin reglas y sin control "sometido únicamente a los imperativos del beneficio dictados por las organizaciones transnacionales", "la lucha desenfrenada y anárquica de los capitales por el beneficio", "que pudre, desde dentro, el mercado y la sociedad". Llega incluso a mencionar "la dictadura de los accionistas de los fondos de inversión". La esencia de una dictadura es que una persona (o un grupo muy reducido) imponen su voluntad por la fuerza a un gran número de súbditos sometidos; ¿cómo pueden ser dictadores millones de accionistas que arriesgan su capital y que son respetuosos con la propiedad ajena? Para aumentar el galimatías se refiere a "una demanda sistemáticamente impuesta por una oferta imperativa". Que alguien me lo explique, por favor. Pero antes de intentarlo recuerden que recurrir al oscurantismo terminológico es una vieja táctica de aquellos que tienen un cacao mental profundo y quieren aparentar una gran sofisticación intelectual. Naturalmente que el capitalismo tiene reglas: el respeto a la propiedad ajena y el cumplimiento de los contratos, es decir la ética de la libertad. Las leyes (democráticas o no) contrarias a estos principios básicos son nocivas para la sociedad. El capitalismo no es un sistema caótico sino un orden espontáneo enormemente complejo que no puede ser dirigido por unos pocos y que resulta de la coordinación local de los planes individuales de sus participantes. El mercado no tiene ni necesita un plan de funcionamiento centralizado y gestionado por burócratas o tecnócratas. Los procesos competitivos permiten el aprovechamiento del conocimiento disperso en la sociedad y el descubrimiento de las actividades productivas adecuadas a los deseos y capacidades de los participantes, coordinando lo que se quiere y lo que se puede conseguir. Los participantes en el mercado son por un lado productores especializados y por otro consumidores generalistas. Si un individuo no se relaciona con otras personas, si permanece aislado, debe producir por sí mismo todo lo que desea consumir. Si el ser humano puede relacionarse con otros in |