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Francisco Capella

 

SUICIDIO Y EUTANASIA

Suicidio

Eutanasia

Libertad y Ética

Suicidio y eutanasia

Suicidio

El suicidio consiste en provocar la propia muerte. Cada ser humano autónomo es propietario pleno de sí mismo, de su mente y su cuerpo. Este derecho de propiedad o legitimación del control significa que el propietario puede hacer lo que desee con su propiedad siempre que no dañe la propiedad ajena: la libertad de cada uno acaba donde empieza la de los demás. Dentro del ámbito de la propiedad, la única voluntad éticamente relevante es la del dueño. La destrucción de una propiedad no es delito si no va en contra de la voluntad del propietario. El suicida decide destruirse voluntariamente, luego el suicidio es un acto ético.

Algunos aparentes suicidios son en realidad formas de elegir una forma menos dolorosa de morir, como cuando una persona salta a una muerte segura desde un edificio en llamas para no morir abrasado.

Nadie tiene derecho a impedir por la fuerza un suicidio alegando que el suicida cambiará de opinión, ya que no se puede garantizar que lo haga. Es posible arrepentirse de un intento fallido de suicidio, y estar agradecido a quienes lo impidieron; es posible cambiar de opinión una vez comenzada la acción que termina con la muerte, pero un suicidio llevado a cabo hasta el final es un acto del cual es imposible arrepentirse después: una vez muerto ya no hay ser humano ni deseos ni pensamientos.

Algunos suicidas están desesperados y sufren emociones negativas muy intensas, otros saben perfectamente lo que hacen. Es natural desear ayudar a un suicida, intentar persuadirle de que la vida merece la pena, pero no es legítimo agredirle para que no se mate o castigarle si lo intenta y fracasa. Sujetar brevemente a una persona para evitar que se mate es una agresión leve que el suicida seguramente perdonará e incluso agradecerá si se arrepiente; y si no lo hace siempre puede reclamar una compensación a quien le retuvo y volver a intentarlo. Encerrar y mantener controlada a una persona para que no se mate es un secuestro. Es legítimo intentar convencer a alguien de que no se quite la vida, pero sin usar la violencia para impedirlo.

El derecho negativo de una persona a algo significa que ninguna otra persona está legitimada para impedir u obligar a dicho individuo respecto a esa cosa. Una persona tiene derecho negativo a algo si puede hacerlo o dejar de hacerlo, intentar obtenerlo o renunciar a ello, sin que los demás usen la fuerza en su contra, sin que ningún otro le obligue o se lo impida recurriendo a la violencia física o a amenazas. El derecho negativo prohíbe la interferencia violenta, pero no supone ningún deber activo: delimita las áreas dentro de las cuales nadie puede interferir en las acciones de otra persona. Un derecho no es un deber u obligación: el deber implica no poder elegir, no poder decir que no. Cada persona tiene derecho inalienable a su vida porque ésta no puede traspasarse a ningún otro, pero puede disponer de ella y extinguirla según su voluntad. La vida no es un deber. El derecho a la vida implica poder terminar con ella según la propia voluntad. Si uno no puede decidir sobre su propia vida es que otro decide por él, y entonces una persona es dueña de otra.

Es natural que los seres vivos desarrollados deseen vivir y que consideren horrible el deseo de morir. Un organismo motivado para mantenerse vivo tiene más probabilidades de supervivencia que un organismo al cual la vida le resulte indiferente. Lo normal en un ser vivo es que desee seguir viviendo, los suicidas son un porcentaje ínfimo de la sociedad. Pero en determinadas circunstancias la vida puede ser tan penosa que el individuo prefiere acabar con ella a continuar sufriendo. La persona que sistemáticamente desea suicidarse es quien mejor sabe si puede soportar y resolver los problemas que le angustian. No se trata de que el suicida desee la muerte sin más, sino que la prefiere como la menos mala de las alternativas disponibles.

Quienes afirman que siempre que una persona desea morir es porque no ha recibido la asistencia, cuidados o cariños adecuados, presumen de un conocimiento que en realidad no tienen, generalizan sin conocer los detalles de cada caso e insultan a quienes hayan intentado ayudar a quien desea morir. El cariño no lo puede todo: el amor no garantiza el alivio del sufrimiento. Algunos suicidas pueden ser enfermos mentales, pero tal vez su enfermedad es incurable y ninguna cantidad o calidad de cariño habría resuelto el problema.

La muerte de una persona puede causar mucho dolor a aquellos con quienes tiene relaciones afectivas, como familiares y amigos, pero ese daño no es resultado de una agresión contra la propiedad ajena, y por lo tanto no puede usarse la fuerza para impedirlo. Ni el sufrimiento ni el disfrute son cuantificables, medibles ni objetivables, no es posible comparar el daño que sufre la persona obligada a seguir viviendo con el daño que sienten los que sufren su pérdida. Tampoco es posible determinar si el sufrimiento es soportable o no. Nadie puede garantizar que el sufrimiento acabará y que la persona volverá a disfrutar de la vida. El suicidio de un ser querido puede ser devastador para los que siguen viviendo, pero en lugar de criticar al suicida tal vez podrían intentar entenderlo, reconocer que no supieron o pudieron ayudarle, perdonarse a sí mismos, superar su sensación de culpabilidad y aprender de la vida y la muerte.

Algunas personas pueden desear morir aunque no sufran ninguna enfermedad, quizás porque sus creencias religiosas indican que pueden acceder a una fase superior de su existencia. En realidad después de la muerte no hay nada, la muerte es el final de la vida. Muchas religiones inventan una vida gozosa después de la muerte y presentan la muerte como un tránsito que no puede realizarse de forma voluntaria, a no ser que se trate de un martirio por el bien de la propia religión. Algunos lunáticos miembros de sectas marginales pueden desear morir para iniciar un viaje a una existencia mejor ayudados por extraterrestres.

Los colectivistas conservadores creen que el tabú contra el suicidio es esencial para la cohesión y la interdependencia social, que el suicida abandona la sociedad y le causa un gran perjuicio y graves daños morales, que ofende a quienes se sacrificaron en el pasado y que da un mal ejemplo a todos. Prohibir el suicidio alegando que el suicida priva a los demás de su contribución a la sociedad implica considerar a cada persona esclava del colectivo. Además los suicidas no suelen estar en condiciones anímicas de ser muy productivos, pueden incluso resultar una carga para otros.

Defender la legitimidad ética del suicidio no es animar a la gente a practicarlo, ni decirle que sus vidas no son valiosas, pero los prohibicionistas suelen presentar a sus contrarios como indeseables que desprecian la vida humana.

La obligación de la conservación y el mantenimiento de la vida no es un axioma ético. La vida no es un valor objetivo supremo al cual debe subordinarse cualquier otra entidad. Cada persona es única e irrepetible como consecuencia de la enorme complejidad de los seres humanos, pero esto no implica que su vida tenga un valor sagrado infinito. Toda valoración es subjetiva, finita y relativa (de unas cosas con respecto a otras). En algunos casos la vida deja de ser un valor para convertirse en una pesada carga.

La vida humana no es un valor absoluto que anule todos los demás: hay personas que mueren por otros (martirio heroico) o contra otros (asesinos suicidas); algunos guerreros arriesgan su vida o se suicidan por honor; los asesinos pueden ser eliminados para evitar que mueran personas inocentes; la defensa propia justifica el asesinato del agresor; el esclavo antepone el seguir viviendo a todo lo demás, pero algunos prefieren morir a perder su libertad, y los poderes constituidos temen a los ciudadanos libres dispuestos a arriesgar su vida contra la opresión. La sociedad suele aplaudir a quien se mata por los demás, incluso algunos son elevados a la categoría de héroes o dioses. Pero la motivación o intencionalidad de un acto es irrelevante para que este sea éticamente legítimo: basta con no agredir a otros.

Es natural que los seres humanos se sientan mal frente a la muerte, porque falta alguien amado, o también porque la causa de la muerte de otro (una enfermedad, un depredador) puede afectarme a mí también o a mis seres queridos. Pero no es raro desear la muerte de enemigos a los que consideramos malvados.

La vida (y su evolución, y la muerte) es un fenómeno natural, y no un misterio trascendente ni un regalo de la divinidad. No hay garantías absolutas de que la vida funcione perfectamente. La terminación de la vida puede suceder por accidente, por enfermedad mortal, por agotamiento, o por la voluntad del mismo ser vivo. Si el hombre no decide el momento y las circunstancias de su muerte, entonces son el azar, otras personas o las circunstancias incontrolables los que la determinan, y no una entidad divina imaginaria.

Argumentar éticamente acerca de la vida supone estar vivo, pero no implica desear estar vivo. Una persona viva puede discutir con interés acerca de la vida porque desea obtener ayuda o permiso, para sí o para otra persona, para dejar de existir. Que no nos hayamos dado la vida a nosotros mismos no implica que no tengamos la potestad de quitárnosla. Aunque obviamente no pides existir, eso no implica que no puedas pedir morir. El ser humano es dueño pleno de su vida, no es un simple administrador, y no tiene que dar cuentas a nadie del uso que haga de ella.

La dignidad humana es un término grandilocuente de contenido poco claro que no sirve de ayuda para aclarar los derechos humanos y que a menudo se utiliza para negar el derecho fundamental de propiedad de toda persona sobre sí misma. Lo que para unos es digno para otros es indigno. Quienes argumentan que el suicidio o la eutanasia no son legítimos porque son contrarios a la dignidad humana no suelen precisar qué significa dicha dignidad, o recurren al absurdo del valor absoluto de la vida humana.

Eutanasia

La eutanasia activa es la acción cuyo objetivo es terminar deliberadamente con la vida de un ser humano que lo solicita de forma libre, explícita y reiterada. Suele deberse a que la persona padece sufrimientos vividos subjetivamente como intolerables, por una enfermedad avanzada irreversible o terminal, o una minusvalía grave, o un malestar psicológico. La eutanasia activa indirecta es la administración de fármacos mitigadores del dolor o de otros síntomas, aunque tengan como efecto secundario un acortamiento de la vida. La eutanasia pasiva es la interrupción u omisión de acciones terapéuticas imprescindibles para el mantenimiento de la vida de un enfermo. La eutanasia activa consiste en hacer algo para que la persona muera, como la administración de un veneno o droga letal. La eutanasia pasiva consiste en dejar morir a la persona, suspender un tratamiento médico, no mantenerla artificialmente con vida. La eutanasia, la ayuda a morir o la asistencia al suicidio de quien no quiere o no puede hacerlo por sí mismo, es éticamente legítima. La obstinación terapéutica, la prolongación artificial mediante la tecnología médica de la vida de una persona con una enfermedad terminal o en estado vegetativo persistente, es ilegítima si el afectado muestra su oposición.

La libertad propia implica la tolerancia, la aceptación de la libertad de los demás incluso cuando no nos gusta lo que hacen. Obligar a vivir en sufrimiento es ilegítimo; permitir morir en paz es legítimo. Prohibir la eutanasia es legislar en contra del más débil, del más incapaz, del que quiere morir pero no puede suicidarse, y provoca la continuación del sufrimiento. La penalización de la eutanasia castiga severamente a quien hace un gran bien según la valoración subjetiva relevante de la persona que recibe el alivio de la muerte. Quienes están en contra de la legalización de la eutanasia no están obligados a practicarla o solicitarla, pero tal vez cambiarían de opinión si se vieran en una situación desesperada y necesitaran a alguien que les ayudara a morir. Participar en una eutanasia puede ser un acto de piedad que requiera un gran valor para soportar el rechazo y la persecución de una mayoría que se opone. Algunos médicos practican eutanasias en secreto de acuerdo con los enfermos y sus familias, todos hacen algo legítimo pero tienen que actuar a escondidas de forma vergonzosa.

Algunas personas aceptan matar a un animal que sufre, sin estar seguros de si el animal quiere o no ser matado, pero no aceptan que una persona ayude a otra a morir, aunque ambas puedan expresar claramente su asentimiento.

Los enfermos terminales que solicitan la eutanasia no lo hacen por falta de cariño: temen la pérdida de control por la degradación de las enfermedades mentales, no quieren ser una carga (personal y económica), y detestan la pérdida de dignidad que les supone no poder valerse por sí mismos.

Ante la penalización de la eutanasia los enfermos terminales pueden sentirse presionados para organizar su propia muerte mientras tienen la capacidad física y mental de hacerlo, ya que si esperan demasiado pueden perder el control sobre su vida. Si la eutanasia es legal el enfermo tiene una preocupación menos.

Solicitar la eutanasia para uno mismo puede ser una muestra de generosidad. Los cuidados médicos intensivos utilizados para prolongar la vida pueden resultar devastadores para las finanzas de una familia, consumiendo los ahorros de toda una vida o incluso endeudando a los vivos, y todo por alargar una situación irrecuperable. Si el sistema sanitario está colectivizado este problema se traslada de la familia al conjunto de la sociedad, que debe decidir en qué enfermos gastar sus recursos médicos escasos.

Quienes se suicidan debido a fuertes depresiones o angustia mental suelen hacerlo en secreto, avergonzados, de forma repentina e impulsiva, con métodos desagradables y dañando emocionalmente a otros. Quienes piden la eutanasia normalmente tienen su autoestima intacta, no necesitan esconderse de nadie, reflexionan su decisión y quieren compartirla con sus seres queridos. Los parientes de un suicida sufren enormemente culpa y vergüenza, no tuvieron información ni oportunidad de ayudar. Los parientes de alguien que solicita la eutanasia tienen la oportunidad de participar como crean conveniente, no tienen por qué avergonzarse ni sentirse culpables, pueden estar incluso orgullosos, y no recuerdan la experiencia como algo espantoso.

Una persona puede contratar libremente con otra en las condiciones que ambos consideren convenientes si respetan la propiedad ajena. Nadie puede obligar a otra persona a que le ayude a morir, ni impedir una muerte deseada por la propia persona. Algunas personas pueden ayudar a otras a morir o a tomar la decisión adecuada al respecto. Nadie puede ser obligado por la fuerza a ayudar a otra persona, ni a vivir ni a morir. Ningún médico está por defecto obligado a participar en una eutanasia, y tampoco se le puede prohibir hacerlo. Salvo que exista un compromiso contractual previo, una persona puede negarse a asistir a un paciente que desea morir, y puede negarse a actuar para mantener viva a otra persona. Mantener viva a una persona en contra de su voluntad es un delito.

El compromiso con un código deontológico profesional no justifica que el médico mantenga la vida de un paciente en contra de su voluntad. El juramento hipocrático de los médicos, el cual no todos ellos realizan, también prohibía la cirugía y la práctica médica de las mujeres.

Confundir médico y verdugo es absurdo. Un verdugo es un profesional que mata a una persona (normalmente un criminal) en contra de la voluntad de la víctima, y en la eutanasia el afectado desea morir. La profesión médica no tiene misiones inmutables fijadas por un juramento hipocrático arcaico, sino que tiene unos conocimientos que pueden ser útiles para otras personas: la mayoría de los clientes de un médico quiere conservar la salud y seguir vivos, unos pocos quieren que les ayuden a morir de forma digna. No parece sensato temer a un médico porque haya ayudado a morir a otras personas que se lo pidieron: eso implica que ese médico atiende a sus pacientes y no ignora sus deseos. Los médicos siempre han tenido conocimientos que les dan poder para matar, pero que se legalice la eutanasia no implica que tengan más fácil el asesinato de sus pacientes.

Con la tecnología adecuada es posible ayudar a alguien a morir sin tener que llegar a matarlo directamente y sin grandes conocimientos médicos: basta con colocar a la persona al alcance de algún veneno o permitirle que utilice una máquina cuya activación se produzca mediante alguna señal inequívoca de asentimiento. Ser médico no es un requisito ético para participar en una eutanasia. Es arbitrario exigir que sea un médico quien practique una eutanasia, quien determine si se trata de una enfermedad terminal, si el sufrimiento es insoportable, o si la persona es mentalmente competente: los médicos no tienen derechos humanos de los cuales carecen las demás personas. Privilegiar a los médicos es incluso menos ético cuando la medicina está controlada de forma coactiva por el aparato estatal.

Tener un propósito piadoso o misericordioso no justifica un asesinato, como en el caso de algunos médicos o asistentes sanitarios que matan a sus pacientes sin que estos se lo pidan, compadecidos por su sufrimiento. Médicos sin escrúpulos pueden estar interesados en prolongar la vida de pacientes terminales que les suponen grandes ingresos.

En algunas situaciones límite una persona no puede expresar su voluntad respecto a su deseo de seguir viviendo. A menos que exista una declaración contraria, es razonable asumir por defecto el deseo de vivir. Una persona que se encuentra en estado vegetativo persistente, o en una situación donde no sea capaz de razonar o expresarse, puede haber hecho constar con anterioridad (con plena capacidad de discernimiento y decisión) su voluntad sobre esa situación mediante un testamento vital o documento de voluntades anticipadas. Si no hay un testamento vital es la familia, el heredero o la persona previamente designada por el afectado quien está legitimada para decidir qué hacer.

Algunos alegan que dejar morir a alguien en coma es como matar a una persona dormida. Cuando uno está dormido no puede expresar su voluntad, pero lo normal es despertar, y el sueño no es una enfermedad. El coma es una situación médica que requiere cuidados intensivos y su reversibilidad es difícil de determinar.

La eutanasia infantil es especialmente problemática. Bebés y niños suelen ser amados intensamente, se suponen llenos de vida y con todo un futuro por delante. Pero en ocasiones sufren graves enfermedades, algunas irremediables, que les provocan intensos dolores. Mientras que un niño no pueda decidir por sí mismo son los padres quienes están legitimados para tomar la difícil decisión de mantener o no con vida a sus hijos.

La eutanasia y el asesinato son esencialmente diferentes. La eutanasia es la buena muerte porque el involucrado pide voluntariamente ser matado. Tener derecho a ayudar a alguien a morir según su voluntad no implica poder asesinarlo en contra de su voluntad. La confusión entre eutanasia y asesinato en algunos debates parece provocada a conciencia como distracción ante la falta de argumentos racionales de los prohibicionistas. Es un error típico de moralistas ignorantes que sólo se fijan en parte de la realidad sin apreciar lo más relevante: las valoraciones humanas.

Algunos prohibicionistas aseguran que la eutanasia es propia de regímenes políticos totalitarios (nazis, fascistas o comunistas), confundiendo el asesinato estatal de las personas inútiles para el estado con la legalización de la asistencia a una muerte voluntaria. La eutanasia no equivale a la eliminación de los ancianos inútiles o gravosos, de los disminuidos psíquicos y de los miembros improductivos de una sociedad. Legalizar la eutanasia no equivale a decidir quién puede vivir y quién no. El miedo al peligro de los abusos, a que la legislación evolucione por una pendiente resbaladiza de tal modo que el médico pueda matar al paciente en contra de su voluntad, es equivalente a creer que legalizar las relaciones sexuales consentidas o la prostitución fuera a llevar a legalizar las violaciones. El asunto crucial, sistemáticamente ignorado por los prohibicionistas, es el consentimiento de las personas involucradas.

Los seres humanos sistemáticamente influyen unos sobre otros, más cuanto más próximos afectivamente. Hay quienes consideran a la gente tan malvada que creen que uno puede perder las ganas de vivir porque los demás le imponen el deseo de morir. Hay gente que se siente sola y olvidada, que desea más afecto, pero el amor no es exigible, quien no quiere a otro no es responsable ético de su sufrimiento. Quienes afirman que la legalización de la eutanasia supondrá una gran presión sobre ancianos y enfermos para aceptar ser matados probablemente tienen o imaginan unos familiares indeseables que sólo desean quitarse de encima un estorbo. En la realidad puede suceder todo lo contrario, que quien desea morir tenga que convencer a sus seres queridos para que acepten su decisión.

Un rico agonizante puede tener unos parientes avariciosos que desean acelerar su muerte para poder heredar su fortuna, pero en una sociedad libre cada persona es libre para entregar su herencia a quien quiera, y resulta extraño que alguien dé su riqueza a unos indeseables. Muchas legislaciones estatales impiden a las personas disponer libremente de su herencia, obligan a entregar parte de ella a cónyuges e hijos.

La legalización de la eutanasia como consecuencia lógica del principio ético básico de la propiedad privada es incompatible con su regulación y financiación por el estado. El estado es la institucionalización de la coacción, y su actuación consiste en confiscar riqueza a unos para transferírsela a otros. Si la eutanasia estuviera subvencionada por el estado, los contribuyentes contrarios a la misma estarían financiándola. Por muy rica que sea una sociedad, ninguno de sus miembros tiene derecho natural a exigir a nadie que le ayude, sea a vivir o a morir, pues ello implicaría que unos son esclavos de los deseos de otros. Quienes se oponen a la eutanasia pueden boicotear a quienes la defienden o participan en ella (y viceversa), pero no usar la fuerza contra ellos.

Algunos conservadores argumentan que el principio rector fundamental y la misión primordial de cualquier ordenamiento jurídico es defender la vida de los ciudadanos, no permitir su destrucción. Creen que en cualquier código penal la eutanasia debe ser un delito y que legalizarla sólo contribuiría a crear indefensión jurídica. Sus graves errores son no reconocer la naturaleza coactiva y arbitraria de las leyes estatales, ignorar el derecho de propiedad como fundamento de la ética, absolutizar la vida en abstracto y no tener en cuenta la voluntad de las personas dentro de sus ámbitos de legitimidad. Los legisladores atienden a los deseos de sus votantes, no a los derechos de los individuos. El derecho de una persona de ayudar a otra a morir puede no contar apenas frente al enfado de aquellos que retirarán su voto a quien lo consienta.

La religión puede consolar ante la realidad inexorable de la muerte, pero lo hace mediante ficciones y engaños, aunque sean bienintencionados. Las declaraciones de personas con creencias religiosas en contra de la eutanasia no suelen ser argumentaciones racionales, sino posturas reaccionarias y oscurantistas. Recurren a la superstición, a entidades divinas imaginarias, a dogmas de fe arbitrarios, e intentan influir sobre los demás mediante el miedo a lo desconocido. Los fundamentalistas religiosos proclaman constantemente la barbarie generalizada, la ruina moral, la decadencia espiritual, la civilización en quiebra, la corrupción de los tiempos actuales. Creen que la humanidad sólo prosperará si se hace lo que ellos dicen. La eutanasia les parece especialmente abominable, es un peligro para las organizaciones religiosas porque les quita una parte importante del control que tienen sobre las vidas humanas.

Practicar la eutanasia no es jugar a ser dioses (que de todos modos son entidades imaginarias). Los reaccionarios han usado, usan y usarán este argumento para persuadir a los creyentes contra múltiples avances que temen, como la cirugía, la inseminación artificial, el control de natalidad, la clonación, la ingeniería genética.

Las religiones inventan dioses y les nombran creadores, dueños y señores de la vida humana. Pueden ser dioses amantísimos pero permiten situaciones de sufrimiento infernal, ante las cuales el único argumento es el misterio de lo divino (o sea la falta completa de argumentos). Son dioses que no se manifiestan de ninguna manera, no es posible consultarles cada caso particular, pero quienes creen en ellos dicen saber lo que quieren: que el enfermo sufra hasta el final. La vida se supone que es un don, pero es un regalo extraño y a veces envenenado, al parecer con muchas condiciones, no se puede disponer libremente de él y rechazarlo, porque sufrirías el castigo eterno del infierno.

Algunos creen que el dolor, la decadencia y el deterioro de la salud son ineludibles para la vida humana, no ven con buenos ojos que alguien no quiera aceptarlo y se rebele, insisten en que hay que enfrentarse al dolor estoicamente porque eso dignifica a la persona, o como mucho aceptan cuidados paliativos (que en muchos casos sólo evitan el dolor dejando permanentemente inconsciente al ser humano). El dolor es un mecanismo cognitivo que incrementa las posibilidades de supervivencia de los seres vivos, les señala la presencia de problemas y les permite aprender qué es lo que no deben hacer. No se trata de un mecanismo perfecto, y en algunos casos es inútil. El sufrimiento no tiene ningún sentido sobrenatural, y la veneración del martirio, del enaltecimiento, de la purificación y la liberación por el sufrimiento, se asemeja al masoquismo: el valle de lágrimas se convierte en una cárcel con torturas sistemáticas. Un creyente bien intencionado puede consolar a alguien que sufre diciéndole que así entiende y comparte el dolor de todos los que se han sacrificado antes que él, y además obtendrá el mismo premio tras la muerte: es un engaño que tal vez funcione, pero no altera la legitimidad de negarse a sufrir.

Algunos no admiten que el consentimiento pueda justificar la eutanasia porque la interferencia del dolor puede alterar la voluntad del agonizante. No entienden que el dolor es parte esencial de la voluntad del agonizante, naturalmente si no sufrieran sin remedio no desearían morir. Parecen pensar en un alma insensible que sólo decide adecuadamente cuando nada le afecta. Entienden que si uno quiere morir es obcecado, un cobarde, está deprimido, no piensa correctamente, es mentalmente incompetente; si no pierde la esperanza, decide seguir viviendo y acepta el dolor, entonces ha acertado y es un valiente héroe a imitar. No parece muy inteligente obcecarse en aguantar un dolor insoportable e intratable.

Algunos aseguran que si una persona pide la eutanasia en realidad está pidiendo ayuda para vivir y expresando su miedo y desesperación. Según estos necios arrogantes que pretenden saber mejor que los demás lo que estos realmente quieren y sienten, si uno quisiera morir no se lo diría a nadie, planificaría su suicidio y lo llevaría a cabo en secreto. No pueden entender que una persona puede necesitar comunicar su deseo sincero de morir a otros para que le ayuden y le acompañen, para morir de forma digna en compañía de sus seres queridos. La prohibición de la eutanasia obliga a quienes la desean a morir en soledad y sin avisar, ya que si alguien les acompaña puede ser acusado de haberles ayudado, y tal vez a suicidarse de una forma repugnante porque deja un cadáver destrozado del cual alguien tendrá que hacerse cargo, una experiencia muy desagradable.

Algunos pretenden que la eutanasia es innecesaria, que todo el que quiere suicidarse puede hacerlo por sí mismo. Un paralítico completo tiene bastante difícil matarse a sí mismo. Algunas personas pueden preferir una muerte menos desagradable que cortarse las venas, tirarse al vacío, o pegarse un tiro, y están en su derecho: que puedan suicidarse no significa que no tengan derecho a pedir ayuda a otros, de igual modo que en principio es posible producir uno mismo todo lo que necesita pero casi nadie lo hace. Mediante la eutanasia los enfermos terminales no eligen morir, eligen cuándo, dónde, con quién y cómo morir.

Según la valoración subjetiva de quien pide a otro que le ayude a morir, lo mejor es que el otro actúe para causarle la muerte (o que consiga que otro lo haga por él), y lo peor es que el otro actúe para obligarle a seguir viviendo (o que impida activamente que otros le ayuden a morir). Entre ambos extremos está el no hacer nada en ninguno de los dos sentidos, no intervenir (y si nadie está disponible permitir que la naturaleza siga su curso). Aunque nadie puede ser obligado por la fuerza a ayudar a otro, parece poco compasiva la actitud de quien deja sufrir a otro hasta su muerte natural cuando no hay otra forma de aliviar ese sufrimiento.

La eutanasia no es algo inaceptable para todas las morales. Algunas culturas ven como algo natural el deseo de morir sin dolor en ciertas circunstancias, como la vejez o la enfermedad intratable. En algunas religiones se respeta la decisión personal sobre el momento y el modo de la muerte, no se insiste en que hay que seguir luchando por seguir vivo a cualquier precio.

Los ateos suelen aceptar con más facilidad la legalización de la eutanasia, pero muchos ateos son colectivistas incoherentes que niegan la libertad individual en muchos otros ámbitos. Algunos defienden la eutanasia simplemente por oposición a los creyentes. Los colectivistas no pueden explicar adecuadamente por qué el individuo es dueño pleno de su vida y sin embargo no lo es de sus bienes materiales.

Algunos defienden la legalidad del aborto, porque significa vida y futuro, porque da libertad de elegir su vida a la mujer (ignorando que el feto, sea o no persona, deja de vivir), pero son contrarios a la eutanasia, porque implica muerte y negación del futuro (ignorando que es una muerte deseada). Hay quienes se oponen a penas de muerte por medios indoloros contra asesinos convictos, y no aceptan torturas que podrían fortalecer el carácter de los criminales, pero no tienen reparos en condenar a inocentes a muertes dolorosas e indignas.

Aunque algunos prohibicionistas así lo creen, defender la legalidad de la eutanasia no implica ser malvado, ni egoísta, ni desear que la gente se muera, ni menospreciar la vida, ni defender una cultura de la muerte, ni ser obsesos del suicidio, ni ser nihilista, ni despreciar a aquellos que deciden seguir viviendo en condiciones muy difíciles como los paralíticos. Quienes no aceptan la legalización de la eutanasia pueden ser bien intencionados, pero muchos prohibicionistas ven la eutanasia y su defensa como males espantosos e intrínsecos y no razonan al respecto. Prohibir la eutanasia puede reflejar en algunos un menosprecio del dolor ajeno e intolerancia ante las decisiones de los demás.

Si el suicidio es legal, la prohibición de la eutanasia implica el absurdo legal de que es un crimen ayudar a alguien a hacer algo que no es un crimen. Los que defienden la ilegalidad de la eutanasia no sólo se niegan a ayudar a alguien que sufre, además impiden violentamente que otras personas lo hagan. Defender la legalidad de la eutanasia no es animar ni exigir a los demás que ayuden a morir a quien así lo desee. Pedir la legalización de la eutanasia es reclamar que se exonere de responsabilidad penal a la persona que asiste en un suicidio, que no sea castigado en absoluto. No se trata de mendigar perdones o indultos por delitos inexistentes, ni de implorar atenuantes ante circunstancias especiales que aminoren la responsabilidad.

A menudo se desvía el debate de la muerte digna a la vida digna de los minusválidos, como si fueran temas inseparables. Parece que no se puede defender a quien elige la eutanasia sin tener que homenajear a la inmensa mayoría que decide luchar por vivir. Estos presuntos defensores del minusválido exigen (no piden) apoyo social, todo tipo de ayudas estatales por invalidez (confiscadas previamente a los ciudadanos), y protestan porque al parecer mucha gente no les presta la atención que merecen. Son colectivistas que no respetan la propiedad ajena y se escudan en la minusvalía para imponer su intervencionismo, saben que muy pocos se atreven a criticarles y analizar racionalmente temas con una carga emocional tan fuerte. No trabajan pacíficamente por los minusválidos sino que pretenden convertirlos en parásitos institucionales. Es perfectamente ético ayudar a un necesitado, pero no con dinero ajeno.

La eutanasia es un asunto problemático donde claramente se diferencian liberales defensores racionales de principios consistentes (autonomía del individuo) y conservadores obedientes a preceptos religiosos (la vida como absoluto). Los conservadores suelen insistir erróneamente en que el respeto a la vida es el elemento clave de una sociedad civilizada, no entienden que el fundamento de la civilización es el respeto al derecho de propiedad. El debate sobre la eutanasia también permite diferenciar a los que piensan de los que creen.

 

 

Suicide and euthanasia

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